Capítulo 9. El Pozo Oscuro #2
Recuerdan el mundo de antes con una precisión que los demás han perdido o nunca tuvieron.
Recuerdan cómo funcionaban las cosas cuando las cosas funcionaban de otra manera.
Recuerdan que hubo un tiempo en que los humanos no vivían así, y esa memoria, transmitida en las noches, cuando las lámparas se apagan y la oscuridad es total y las voces en la oscuridad son lo único que queda, actúa como contrapeso del sistema de Vorak.
Y en el Pozo, donde el control de Vorak no llega con la misma completitud que en los niveles superiores, recordar en voz alta es el acto más revolucionario posible.
Dante, sin querer prestar demasiada atención, no puede evitar escuchar una conversación.
Alguien susurra: Hablemos más bajo, los guardias… cuidado.
Y alguien más responde: ¿Cuidado de qué? ¿Qué más pueden hacernos?
Y ahí está, la libertad paradójica de quien ya no tiene nada que perder.
Dante comprende que, en el lugar más castigado de la montaña, donde el Orden oprime a sus proscritos, se da una paradoja, la libertad de los condenados.
En el Nivel I, los Custodios miden cada palabra porque cada palabra puede costarles la posición.
En el Nivel II, los Recolectores hablan en susurros porque un susurro escuchado puede costar una ración.
En el Internado, las Reproductoras hablan solo en las letrinas porque hablar en otro lugar puede costar una selección.
En el Pozo, la gente habla.
No a gritos. No hacen falta gritos. Pero hablan con normalidad, con el volumen de conversación de gente que no está escondiendo nada porque no hay nada que esconder que importe ya.
Hablan de Vorak. Lo llaman tirano, dictador, hijo de puta, asesino.
Hablan del sistema. Lo llaman por lo que es: una prisión, una tumba, un infierno organizado con pretensiones de salvación.
Dicen cosas que en cualquier otro nivel de la montaña serían traición castigada con degradación inmediata.
Aquí son solo palabras en el aire caliente.
Porque ya están en el fondo. Ya fueron degradados todo lo que se puede degradar a un humano sin matarlo directamente.
Y esa condición, ese haber tocado fondo, tiene una consecuencia inesperada que Vorak nunca contempló en su diseño del sistema, los libera.
No físicamente. Siguen atrapados en la montaña, en el calor, en el trabajo que destroza el cuerpo día tras día.
Pero mentalmente, emocionalmente, en todos los sentidos que el sistema de Vorak quería controlar, el Pozo es el único lugar de la montaña donde un hombre puede decir lo que piensa sin miedo a las consecuencias. Porque las consecuencias ya ocurrieron.
Al caminar entre las sombras del Pozo, Dante observa las condiciones en las que viven los castigados. El mobiliario del Pozo es una burla del concepto de mobiliario.
Las literas no son literas en el sentido en que lo son en el resto de la montaña. No hay madera. La madera se pudre en el calor húmedo del Pozo en cuestión de meses, se vuelve blanda y quebradiza y finalmente colapsa en una masa de fibra descompuesta que huele peor que la Fosa.
Las literas del Pozo son salientes de roca.
Excavados directamente de la pared en los primeros años, cuando todavía había Extractores con suficiente fuerza para trabajar la piedra por razones que no fueran la producción de carbón.
Son salientes de metro ochenta de largo por cincuenta centímetros de ancho, suficiente para que un cuerpo se acueste de lado o boca arriba, no suficiente para que se extienda con comodidad.
No hay colchones. Hay trapos, cuando hay, acumulados por los habitantes durante meses o años, lavados cuando es posible en el agua salobre de la filtración este, secados al calor de los braseros.
Dormir en una litera de piedra con trapos como único acolchado produce, con el tiempo, un cambio en la estructura del cuerpo: los huesos de la cadera se vuelven más prominentes, las vértebras se marcan en la espalda, los omóplatos sobresalen como alas rotas.
Los hombres del Pozo tienen la forma del Pozo grabada en sus huesos.
Los guardias que hacían el turno le dijeron a Dante que se acercara por la zona de los braseros, que, a esa hora, su objetivo estaría allí.
En las esquinas noroeste y sureste del Pozo hay cuatro braseros que nunca se apagan.
Nunca.
En treinta años, esos fuegos han estado encendidos continuamente, alimentados con los restos de carbón que los Extractores traen de los túneles, con la madera podrida que se recoge de los niveles superiores cuando alguien sube, con cualquier cosa combustible que se encuentre.
El fuego es más importante que la comida en el Pozo.
La comida viene de arriba, en raciones controladas, y la cantidad no cambia hagas lo que hagas.
Pero el fuego es tuyo. El fuego lo produces tú, lo mantienes tú, y el fuego es lo único que mantiene el Pozo habitable en el sentido más básico de la palabra.
Sin los braseros, el Pozo sería oscuridad total.
Las lámparas de aceite que funcionan en el resto de la montaña no funcionan aquí: el calor las hace inestables, el aceite se evapora demasiado rápido, las mechas se consumen.
Los braseros producen luz: no mucha, una luz roja y temblorosa que proyecta sombras enormes en las paredes y que hace que las caras de los hombres parezcan máscaras de algo que ya no es del todo humano. Pero es luz.
Y alrededor de los braseros, por las noches, cuando el trabajo del día ha terminado y las herramientas han sido devueltas al depósito común y los cuerpos han comido sus raciones y bebido su agua y han hecho todo lo que hay que hacer para sobrevivir un día más, los hombres se sientan.
Se sientan en el suelo de piedra caliente, formando círculos irregulares alrededor del fuego, y hablan. Hay una estructura en estas conversaciones que se repite noche tras noche con variaciones mínimas.
Dante se aproximó lentamente, venía a cumplir su misión, pero notó cierta solemnidad en aquel momento, y bien por esto, o por mera curiosidad, no quería interrumpir.
Alguien empieza hablando del trabajo del día: qué túnel, qué veta, cuánto carbón, si la roca estaba dura o blanda, si hubo algún incidente. Esto dura diez minutos, quince como máximo. Es conversación funcional, intercambio de información práctica entre hombres que comparten oficio.
Luego alguien dice algo sobre el pasado. No su pasado personal, necesariamente. El Pasado con mayúscula. El mundo de antes. Y ahí la conversación cambia de tono, se vuelve más lenta, más reflexiva, como si las palabras tuvieran que viajar desde muy lejos para llegar a la boca.
Alguien dice: ¿Te acuerdas de la lluvia?
Y otro dice: Me acuerdo del sonido. Como dedos golpeando metal.
Y otro: Yo me acuerdo del olor. La tierra mojada.
Hay un anciano en particular que es quien tiene las memorias más precisas y completas.
Alan: [nostálgico] La lluvia tenía diferentes intensidades. No era siempre igual. Estaba la llovizna, que era casi niebla. Estaba la lluvia normal, que era como estar bajo una ducha tibia. Y estaba la tormenta, que era violencia pura, agua cayendo con tanta fuerza que dolía en la piel.
Y los demás escuchan con una atención que en el resto de la montaña no existe, porque en el resto de la montaña las palabras son peligrosas y escuchar es arriesgarse a ser cómplice. Pero aquí, en el Pozo, las palabras son lo único que tienen y escuchar es el único lujo disponible.
Otro de ellos, es capaz de añadir canciones. No las canta completas porque la voz no le da, porque los pulmones están dañados por el carbón y cantar requiere aire que no tiene, pero tararea melodías.
Dante encuentra finalmente a su objetivo, a Hamso, su misión le había alcanzado. Le impresionó verlo así, él había admirado a ese hombre, uno de los mejores oficiales sin duda alguna. La locura y la traición a la Guardia Gris, especialmente a su jefe, hizo que lo decepcionase profundamente.
Y allí estaba, completamente integrado, contando historias de su tiempo como Guardia.
No las glorifica. Las cuenta exactamente como fueron, brutales, miserables, llenas de decisiones que quisiera no haber tomado.
Pero las cuenta porque los hombres del Pozo necesitan saber que incluso los que ejecutaban el sistema eran humanos, que tenían dudas, que algunos de ellos se arrepintieron.
Estas conversaciones podrían durar horas. A veces toda la noche. A veces hasta que el cuerpo colapsa de cansancio y el sueño vence a pesar del calor y del suelo de piedra y de todo.
Dante sentía sentimientos encontrados, por un lado, venía a cumplir su misión, ejecutar el castigo al que fue destinado Hamso, tenía que llevarlo hacia la Expedición 47, que tendría lugar en unos días. Pero, por otro lado, se sentía conmovido por la actitud que tenían esas gentes.
En ese círculo de fuego en el fondo de la montaña, ocurría algo que Vorak nunca pudo prever. Los hombres del Pozo dejaban de ser unidades.
Y volvían a ser personas.
* * *
Dulce introducción...
ALAN
Un fantasma hecho de huesos y memoria. Sesenta y tres años convertidos en ochenta, por veintidós años en el infierno del Pozo. Tan delgado que cada costilla se cuenta bajo la piel, encorvado como si la montaña entera descansara sobre sus hombros.
El cabello blanco le cae hasta los hombros, atado con cuerda cuando trabaja, y su barba gris desaliñada enmarca un rostro angular donde los pómulos sobresalen como cuchillas.
Pero son sus ojos, azul grisáceos, extraordinariamente claros, los que rompen la ilusión de fragilidad.
Miran con la precisión de un profesor que sabe exactamente qué está enseñando y por qué importa.
Sus manos están destruidas por el carbón, con callos del grosor del cuero y dedos torcidos que se rompieron y soldaron mal. Camina despacio, midiendo cada paso, apoyándose en paredes cuando puede.
Le faltan cuatro dientes. Su piel está permanentemente manchada de carbón, como si la montaña lo hubiera marcado con tinta invisible. Huele a azufre, sudor y roca.