La Revolución Amarilla Capítulo 9. El Pozo Oscuro
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Capítulo 9. El Pozo Oscuro

El Pozo Oscuro

Aquella misión era algo que detestaba hacer, seguramente fuese el peor de los encargos que le habían mandado.

Desde que falleció su hermana en el Internado, la motivación de este Guardia Gris había descendido drásticamente.

No paraba de pensar en que él no pudo ayudarla en su peor momento, se alistó a la Guardia Gris para mantener el Orden de la montaña, pero ni siquiera había podido proteger a su hermana.

Dante tenía tan solo veintitrés años y como muchos otros chicos jóvenes de la colonia, admiraba al gran Kael, el Jefe de la Guardia Gris.

Era todo lo que añoraban ser en este mundo gris.

Pero últimamente hasta el Halcón parecía estar aturdido.

El mismo, le había ordenado esta misión, y no le quedaba claro si era por castigo a su desgana o por algún tipo de premio o confianza que no llegaba a entender.

Se acercó al abismo, al agujero, el vacío por donde aquel montacargas bajaba al inframundo, a El Pozo Oscuro. Él no era un tipo muy alto, mediría un metro setenta y ocho y tampoco era muy corpulento, pero ese montacargas le hizo sentirse como si fuese su propio ataúd.

Hay un momento en el descenso en que te dejas caer y empiezas a ser tragado.

Ocurre en algún punto de la grieta, entre el metro veinte y el metro veintitrés de los veintiocho totales que separan el Nivel III del Pozo.

No es un cambio que el cuerpo pueda medir con precisión porque el cuerpo está demasiado ocupado aferrándose a la cuerda o temblando dentro del montacargas mientras el metal cruje y las paredes de roca pasan rozando los codos.

Pero hay un momento exacto, y los que han bajado suficientes veces lo conocen, en que la sensación de movimiento hacia abajo se transforma en otra cosa.

La montaña te está comiendo, no metafóricamente.

Literalmente, el aire cambia de presión, el calor sube desde abajo como el aliento de algo vivo y enorme, y la oscuridad que ha ido espesándose con cada metro de descenso se vuelve de pronto activa, deja de ser ausencia de luz y se convierte en presencia de otra cosa, algo que tiene peso y textura y que presiona contra la piel con la insistencia de un organismo que te está incorporando a sí mismo.

Y luego tocas fondo y lo entiendes.

El montacargas aterriza con un golpe de metal contra piedra que resuena en la oscuridad como campana rota.

Las puertas se abren. El calor te golpea primero: 38°C, pero no es el calor seco y limpio del desierto que nadie aquí recuerda.

Es calor húmedo, viscoso, que se pega a la piel como aceite tibio y que entra en los pulmones con cada respiración hasta que respirar se convierte en un acto de voluntad consciente, algo que el cuerpo tiene que recordar hacer porque el instinto rechaza el aire espeso y cargado y preferiría, honestamente, no respirar.

Si bajas por la cuerda, el aterrizaje es peor.

Tus pies tocan suelo y las piernas ceden porque los músculos de los brazos han estado soportando todo el peso durante veinte minutos o más y cuando finalmente los sueltas el cuerpo colapsa como estructura sin soporte.

Te quedas ahí, de rodillas sobre la piedra caliente, con las palmas de las manos sangrando y los brazos temblando y el corazón latiendo en lugares donde no debería latir: en la garganta, en las sienes, en las yemas de los dedos.

Y mientras estás ahí, de rodillas, con la cabeza baja y el cuerpo derrotado antes de empezar, el Pozo te recibe.

No con sonido, no con luz, es por el olor, el olor del inframundo.

El olor del Pozo es lo primero que rompe a la gente.

Antes que el calor, antes que el trabajo, antes que el hambre o la sed o la certeza creciente de que no vas a salir de aquí con vida, el olor te rompe porque el olor es la confirmación olfativa de una verdad que hasta ese momento habías podido negar.

Que hay lugares en el mundo donde los humanos no deberían estar y donde sin embargo están porque alguien decidió que debían estar, y ese alguien vive treinta metros más arriba en una habitación con agua caliente.

Dante se tapaba la nariz con un paño húmedo, ese olor… olía a azufre. Eso es lo primero y lo más obvio.

El azufre sube desde las vetas geológicas de la montaña con la persistencia de un gas que ha estado subiendo desde mucho antes de que existieran humanos y que seguirá subiendo mucho después de que el último humano del Pozo haya muerto y se haya convertido en parte de la roca.

Huele a huevos podridos, dicen los que intentan describirlo, pero eso es quedarse corto porque el azufre del Pozo tiene capas: debajo del azufre está el carbón quemándose en los braseros, y debajo del carbón está el sudor rancio de cuerpos que no se lavan con suficiente frecuencia porque el agua del Pozo es salobre y escasa y nadie quiere usarla para limpiarse cuando apenas alcanza para beber.

Y debajo del sudor está el olor de la enfermedad.

De pulmones que tosen carbón. De heridas que no cierran bien en el calor húmedo.

De infecciones que el cuerpo combate con recursos menguantes.

De hombres que llevan semanas o meses o años en este calor sin vitaminas suficientes y sin luz y sin ninguna de las cosas que un cuerpo humano necesita para mantener sus defensas funcionando, y cuyos cuerpos han empezado esa lenta rendición que todavía no es muerte pero que ya no es exactamente vida.

Y debajo de todo eso, en la capa más profunda del olor, está la Fosa Común.

Una grieta en un extremo del Pozo, aún más profunda que él mismo, donde los muertos van cuando mueren porque subirlos de vuelta al Nivel III para un entierro formal requiere esfuerzo que nadie está dispuesto a invertir en cuerpos que ya no producen nada.

Los meten en la grieta. La grieta los acepta.

Y con el tiempo, con el calor y la humedad y las bacterias que proliferan en esas condiciones, los cuerpos se descomponen con una velocidad y una intensidad que añade al aire del Pozo una nota dulzona, casi nauseabunda, que está siempre presente pero que solo se nota realmente en los primeros días, antes de que la nariz se adapte y deje de registrarla como olor separado.

Dante estaba a punto de vomitar, era terrible, le habían advertido los guardias que hacen el turno allí, le contaron que después de la primera semana en el Pozo, dejas de oler la Fosa.

No porque haya dejado de oler.

Sino porque has cruzado un umbral, ahora tú hueles como la Fosa, y el olfato no registra lo que forma parte de ti. Una vez abajo y tras unos minutos en los que sus ojos se adaptaron a la tenue luz de los braseros, Dante se percató de otra cosa que llamó su atención.

El Pozo es más grande de lo que los mapas de Kabil indican.

Los mapas marcan una caverna de veinte metros de largo por quince de ancho, que es la dimensión del espacio principal donde están las literas y los braseros y donde los Extractores pasan sus horas no laborales cuando no están en los túneles privados del Pozo, que se abren en sus paredes como venas en un cuerpo enfermo.

Pero detrás de ese espacio principal, conectadas por pasajes estrechos que Kabil nunca registró porque Kabil nunca bajó aquí personalmente y los técnicos que hicieron los mapas por él no exploraron más allá de lo estrictamente necesario, hay otras cavidades.

Algunas naturales, algunas excavadas, algunas incluso habitadas.

Dante sonrió por un instante, le resultó muy irónico.

El lugar más controlado de la montaña, el último escalón del sistema de castigo, el sitio donde van los que ya no tienen nada que perder, resulta ser el único lugar donde se puede escapar.

No del Pozo, no físicamente, pero sí de la mirada del Brujo.

Las cámaras de Kabil no llegan aquí. Instaló una vez, en el Año 12, tres cámaras térmicas en las paredes del espacio principal, pensando que el calor del Pozo las haría menos útiles pero que algo registrarían.

Las tres dejaron de funcionar en seis meses.

El calor, la humedad, el azufre: todo conspiraba contra la electrónica.

Las reemplazó una vez. Volvieron a fallar. No las reemplazó de nuevo.

Los micrófonos duraron más tiempo, pero captaban solo ruido: el goteo constante del agua filtrándose por las grietas, el crepitar de los braseros, el sonido de los picos en los túneles cercanos.

Cuando alguien hablaba, el micrófono lo registraba como parte del ruido general, indistinguible del resto.

Desde el Año 20, el Pozo no tiene vigilancia electrónica de ningún tipo.

Solo hay guardias.

Y los guardias bajan solo cuando tienen que bajar, y cuando bajan se quedan el mínimo tiempo posible en el calor que les resulta insoportable después de veinte minutos, y el resto del tiempo el Pozo se gobierna a sí mismo, con las leyes que ha desarrollado en treinta años de existencia al margen del sistema.

Dante estaba alucinando con aquel mundo perdido, era como si hubiese viajado a otro universo, era tenebroso y nauseabundo, pero había algo distinto, algo que no se percibía en ningún otro lugar.

En el Pozo no hay jerarquía oficial. No hay jefes, no hay castas.

Todos son Extractores. Todos están condenados. Todos van a morir aquí de una u otra forma, antes o después, de pulmones colapsados o calor o alguna infección que en el mundo de arriba se curaría con antibióticos que aquí no existen.

La igualdad absoluta de los condenados.

Pero dentro de esa igualdad hay matices que los de afuera no ven y que los de adentro reconocen con la claridad que da la necesidad: están los que llegaron hace poco y todavía tienen fuerza, hay los que llegaron hace años y han aprendido a dosificar la fuerza que les queda, y hay los que están al borde y todos lo saben incluidos ellos mismos, pero se aferran a este mundo con un brillo distinto en sus ojos.

No porque sean especiales, sino porque recuerdan.