La Revolución Amarilla Capítulo 8. Nivel III La Sabana #6
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Capítulo 8. Nivel III La Sabana #6

Fodos se tensó ligeramente. El Internado era tema delicado. Él sabía, como todos sabían, pero nadie decía, lo que ocurría ahí. Y sabía que su propio... arreglo... con los niños era una versión menor de lo que el sistema hacía en escala mayor con las Reproductoras.

El sistema entero era depredación organizada. Él solo era operador de una rama particular.

Fodos: ¿Habló con alguien?

Oñara: Habló con tu servidora. Brevemente. En las fuentes de agua.

Fodos: [sorprendido] ¿Contigo? ¿Qué?

Oñara: [recreando el momento con voz ligeramente diferente, más suave] "¿Oñara?

¿Eres tú?" Me reconoció después de años.

Le dije que sí, que seguía recolectando agua, que los ciegos siempre encuentran trabajo donde el agua corre.

Él preguntó por el Internado. "¿Qué es ese lugar?

" preguntó, como si no lo supiera. Como si no lo hubiera construido.

Fodos: ¿Y qué respondiste?

Oñara: [sonrisa triste ahora, no burlona] Le dije la verdad. "Es el matadero donde el brujo cultiva sus envases." Él se quedó callado. Luego preguntó si yo sabía qué ocurría adentro. Le dije que los ciegos escuchan gritos tan bien como los que ven. Mejor, quizás.

Fodos: [incómodo con la dirección de la conversación] ¿Y entonces?

Oñara: Entonces me dijo algo extraño: “Construí las jaulas sin ver los pájaros adentro. Ahora veo los pájaros y las jaulas me dan asco”. Y se fue directo al brujo.

Silencio largo.

Fodos: [finalmente] Así que el mago tuvo crisis de conciencia.

Oñara: El mago despertó. Que es peor.

Fodos: ¿Peor para quién?

Ella fijó sus ojos blancos, que de alguna manera parecían ver más que ojos normales en Fodos.

Oñara: [mirándolo] Peor para el sistema, cerdo. Un mago dormido construye lo que le ordenen. Un mago despierto hace preguntas. Y las preguntas agrietan edificios.

Fodos: [procesando] Si Jassim baja al Pozo, Kabil necesitará nuevo ingeniero para mantenimiento.

Oñara: [asintiendo] Y tú querrás saber quién. Porque el nuevo ingeniero tendrá acceso a sistemas. Y los sistemas son poder. Y el poder se puede... ¿cómo lo llamas? ...aprovechar.

Fodos sonrió por primera vez en la conversación. Una sonrisa pequeña, sin humor, solo reconocimiento de oportunidad.

Fodos: Por eso eres insustituible, vieja. Piensas tres pasos adelante.

Oñara: Pienso treinta pasos adelante, cerdo. Tres es para principiantes.

Fodos abrió el cajón medio de su escritorio. Sacó un pedazo de jabón, 2 cm³ de tesoro absoluto, envuelto en papel.

Fodos: [extendiéndolo] Por el agua de esta noche.

Oñara lo tomó sin mirarlo, sin tocarlo siquiera. Sus dedos lo encontraron con precisión de quien no necesita ojos. Lo guardó en algún bolsillo oculto de su túnica raída.

Oñara: Generoso esta noche. Debe ser que no gastaste tu generosidad con los ratoncitos.

Fodos ignoró el comentario.

Fodos: ¿Algo más que deba saber?

Oñara: [levantándose de la silla con esa gracia fluida] Sí. Una cosa más. Pequeña. Quizás sin importancia.

Fodos: [expectante] ¿Qué?

Oñara: [ya caminando hacia la salida, hablando sobre el hombro] La vidente falsa escuchó algo en el Pozo. Voces que suben por los conductos de ventilación. Voces que cantan.

Fodos: [frunciendo el ceño] ¿Cantan? El Pozo no canta.

Oñara: [deteniéndose, volteándose] Exacto. El Pozo no canta. Nunca ha cantado. Pero ahora...ahora hay música. Muy baja. Casi inaudible. Pero está ahí. Y la música, cerdo, es lo más peligroso que puede aparecer en un lugar diseñado para sofocar la humanidad.

Fodos: [inquieto] ¿Qué tipo de música?

Oñara: [encogiéndose de hombros] No sé. La vidente falsa no reconoce las melodías. Son del Viejo Mundo. De antes. Pero el hecho de que existan... eso sí importa.

Fodos: ¿Por qué?

Oñara: [sonrisa final, enigmática] Porque cuando los condenados empiezan a cantar, significa que han dejado de tener miedo. Y cuando dejan de tener miedo, cerdo… los que deberían tener miedo son los que tienen algo que perder.

Caminó hacia la salida. Fodos no se levantó a abrirle. Ella empujó la estantería móvil con conocimiento exacto de dónde empujar.

Oñara: [antes de desaparecer] Ah. Y cerdo.

Fodos: [mirándola] ¿Qué?

Oñara: Deberías parpadear tu lámpara mañana. Los ratoncitos están inquietos cuando pasan demasiadas noches sin visitarte. Empiezan a creer que quizás no los necesitas. Y ratoncitos que no se sienten necesarios... [sonrisa] empiezan a hablar. Y tú no quieres que hablen.

Fodos: [endureciéndose] ¿Es amenaza?

Oñara: [risa suave] No, cerdo. Es consejo. De tu recolectora de agua favorita. Parpadea tu lámpara. Mantén tu control. Porque si el mago cae y la música sube y tus ratoncitos hablan...

Dejó la frase sin terminar porque no necesitaba terminarla.

Oñara: [ya del otro lado de las estanterías] Buenas noches, cerdo. Que duermas con tus ratas, tu jabón y tu conciencia.

Y se fue.

Sus pasos, esos pasos que había descrito como portadores de información, se alejaron por el pasillo de la despensa. Seguros y precisos. Sin vacilar a pesar de la ceguera.

Porque Oñara no era ciega, o lo era, pero veía más que cualquiera.