La Revolución Amarilla Capítulo 8. Nivel III La Sabana #4
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Capítulo 8. Nivel III La Sabana #4

No porque tengan más comida. Tienen menos, porque sus raciones son las de los menos productivos y el sistema de Fodos conoce con exactitud quién produce cuánto y ajusta en consecuencia.

Comen despacio porque han aprendido, con la sabiduría específica de quienes llevan décadas comiendo lo mismo en el mismo lugar, que si mastican suficiente tiempo el sabor de la sopa de proteína gris cambia ligeramente, que si cierran los ojos mientras comen y mastican despacio hay un momento en que la mente, aburrida de la oscuridad del párpado, empieza a producir sus propias imágenes, y a veces esas imágenes son de comidas del Viejo Mundo, de sabores que ya no existen en ninguna parte excepto en la memoria de quienes los tuvieron, y que en esos treinta segundos de masticación lenta y ojos cerrados son tan reales como si estuvieran ocurriendo.

Nadie les ha explicado esto a los jóvenes. Los jóvenes no cierran los ojos. Los jóvenes no tienen imágenes de otro lado. Los jóvenes comen deprisa porque no hay razón para comer despacio.

Esa es quizás la diferencia más profunda entre los que recuerdan y los que no.

Pronto, Torbe entendía que en aquel lugar no se comía, aquel lugar era el cómplice que tenía cada una de las personas que habitaban allí, era como si tuviese alma, como si fuese la meta tras un largo camino.

Solo que aquí, la meta era terminar un día más, y ese lugar, tenía algo que lo hacía acogedor.

Al terminar su ración, las gentes abandonaron el comedor, y como un río de cansancio se fueron encauzando hacia aquello que parecía un asentamiento.

Torbe necesitaba descansar, apenas había probado bocado, le dejó su ración a un anciano que se sentó cerca de él.

Anciano: [titubeando] Muchacho, no eres de por aquí, ¿verdad?

Preguntó el anciano con certeza.

Torbe: [decidido] ¿Por qué dice eso? Claro que sí, no conozco otro lugar.

Torbe olvidó lo que le dijo Amara, “siempre oculto, siempre a salvo”

Anciano: no te asustes, en mis tiempos los niños no temían a los mayores, acompáñame, no debes estar en la sabana en mitad de la noche, hay susurros y sombras con fines inciertos.

Torbe no habló más con aquel misterioso anciano, tampoco tenía mucha más energía para continuar la conversación. Simplemente le siguió, al fin y al cabo, le debía una ración de comida.

Al este del Gran Comedor, donde la meseta del Nivel III se ensancha hacia el flanco derecho de la montaña con esa generosidad irregular de la roca que no sigue planos, está el asentamiento de los Extractores.

No es el Pozo. Eso hay que dejarlo claro desde el principio porque la confusión es frecuente entre los que no lo conocen, y la confusión importa porque la diferencia entre vivir en el asentamiento y vivir en el Pozo es la diferencia entre estar condenado y estar a punto de serlo.

Los Extractores del asentamiento son los que todavía sirven.

Los que tienen edad y fuerza suficientes para bajar a los túneles cada mañana y volver con carbón o con mineral o con lo que ese día toque extraer, y que cuando suban volverán a su celda en el asentamiento en lugar de seguir bajando hasta el nivel donde ya no se vuelve.

Son los que están en el umbral, en ese período de la vida que en la montaña no tiene nombre oficial pero que sus habitantes llaman, con esa economía brutal del lenguaje de los condenados, la espera.

Las celdas del asentamiento son excavaciones directas en la pared de roca, sin revestimiento de ningún tipo, sin cal, sin madera, sin ningún intento de mediar entre el cuerpo que duerme y la piedra que lo rodea.

Son nichos, en realidad. Nichos del tamaño justo para una litera y el espacio necesario para que una persona pueda girarse sin golpearse los codos, que es la definición funcional del espacio mínimo habitable según los parámetros del Año 1 y que treinta años después sigue siendo la misma definición porque los parámetros no se revisan cuando las circunstancias no mejoran.

El suelo de los nichos tiene una capa de polvo de carbón de un centímetro de espesor que ningún esfuerzo de limpieza elimina completamente porque los cuerpos que duermen ahí lo traen pegado desde los túneles y lo depositan cada noche y lo vuelven a llevar cada mañana en un ciclo que ha convertido el carbón en parte del mobiliario tanto como la madera de las literas.

Pero entonces fue cuando Torbe descubrió la magia...

En los pasillos que conectan los nichos, de noche, cuando las lámparas se apagan y la oscuridad del Nivel III se vuelve absoluta salvo por el resplandor rojo que sube desde el Pozo en las noches de mayor actividad, los Extractores se sientan contra la pared y hablan.

No de lo que les pasó, eso ya lo saben todos. Hablan de lo que hubo antes.

De ríos, de lluvia. De campos abiertos bajo un cielo que no era techo.

De comidas que tenían nombres específicos y sabores que no se parecían a ninguna otra cosa.

De personas que amaron y que en la mayoría de los casos murieron o se perdieron en los primeros años de la montaña, cuando el sistema todavía no había terminado de consolidarse y la muerte era más frecuente y visible de lo que es ahora.

Los más jóvenes del asentamiento, los que llegaron aquí con veinte o veinticinco años degradados por algún delito contra el orden, escuchan estas conversaciones con una mezcla de incredulidad y hambre que no saben identificar como lo que es, nostalgia de un mundo que no conocieron, duelo por una herencia que les robaron antes de que pudieran recibirla.

Torbe con la boca abierta y los ojos bloqueados por sus cejas tirando hacia arriba, se queda impasible.

Todo lo que le contó Amara, sobre lo que hablaban sus padres, estaba volviendo a escucharlo allí mismo, en aquel infierno, existía belleza.

Finalmente, consiguió dormirse con ese vago recuerdo que le dejó ese momento que le traía de vuelta a Amara a su cabeza.

A la mañana siguiente, cuando las bocinas de la montaña comenzaron a sonar, y el Dogma de Acero retumbó. Todos los extractores se fueron poniendo en pie, era la hora de recoger su ración y de dirigirse al trabajo.

En una larga cola para la que había que apresurarse si querías llegar a tiempo de conseguir comida, se iban añadiendo cada uno de los extractores que irían a los túneles.

Obviamente, Torbe no era uno de ellos, era muy pequeño, pero tenía hambre, así que trataba de colarse por algún hueco de la cola para conseguir un puesto.

Extractor: [serio] ¿Estás seguro de que quieres esta ración? ¿Sabes cuál es el precio?

Torbe no era capaz de entender que esos extractores realmente pagaban esa ración de comida a base de jugarse la vida en la brecha y en los túneles. Por un momento quedó tieso, y el extractor le apartó hacia fuera de la cola con sutileza.

Y es que las doce bocas, como las llamaban, eran como doce monstruos que se tragaban a la gente.

Se abren en la pared sur del Nivel III como las doce horas de un reloj que alguien hubiera dibujado en la roca con una barra de hierro y sin regla.

No están distribuidas con ningún orden visible, algunas están juntos, casi tocándose, separadas apenas por un tabique de roca de veinte centímetros que vibra cuando ambos túneles están en uso simultáneo.

Otras están separadas por metros de pared sólida, accidentes de la geología que los constructores encontraron y siguieron porque la roca cedía en esa dirección y no en las otras.

Tienen bocas de tamaños distintos.

Las más antiguas, las excavadas en los primeros años cuando los recursos y la energía eran mayores, tienen casi dos metros de alto y metro y medio de ancho, suficiente para que pasen dos personas de frente si ninguna lleva carga.

Las más recientes, las excavadas en los últimos cinco años cuando los Extractores son menos y están más agotados y los picos golpean más despacio, son más bajas y estrechas, como si los túneles nuevos fueran más tímidos que los viejos, menos seguros de su propio derecho a existir.

De las doce bocas que se abren en la pared sur, diez están activas.

Activas significa que cada mañana, cuando el turno de extracción comienza con el sonido de herramientas siendo recogidas del depósito central del asentamiento, filas de Extractores desaparecen por esas bocas como la montaña tragándose sus propios hijos.

Llevan lámparas de aceite atadas a la frente con correajes de cuero que con los años se han moldeado a la forma específica de cada cabeza, de modo que la lámpara de un Extractor no se asienta bien en la cabeza de otro y los Extractores aprenden a reconocer las suyas sin mirar la marca que grabaron en el cuero.

Llevan picos y cestas y fuerza en los brazos que se va gastando a lo largo de la jornada con la regularidad de una batería que se descarga y que se recarga cada noche con un sueño que nunca es suficiente para reponer lo que el día se lleva.

Los diez túneles activos tienen en común el sonido.

Desde el Nivel III, si uno se queda quieto cerca de las bocas, puede escuchar el interior de la montaña trabajando, el golpe rítmico de los picos contra la roca, amortiguado por los metros de piedra, pero perfectamente distinguible, un pulso profundo y constante que recorre las paredes del Nivel III como si la montaña misma tuviera latido.

Los Extractores más antiguos dicen que pueden distinguir por el sonido si el túnel va bien o si va mal, si la roca está cediendo o resistiendo, si hay agua filtrando en algún punto que debería estar seco.

Dicen que después de suficientes años escuchando esos golpes desde dentro y desde fuera, aprendes el lenguaje de la piedra.

Las otras dos bocas están oficialmente clausuradas.