La Revolución Amarilla Capítulo 8. Nivel III La Sabana #3
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Capítulo 8. Nivel III La Sabana #3

Al igual que las antiguas colonias imperiales de las Españas, donde la teoría y las leyes dictadas desde Castilla se quedaban en papel lacrado y tardaban meses en llegar a su destino y años en ejecutarse.

El virrey del Nivel III, se sentía como el gobernador del Perú, rodeado de enemigos y sin efectivos para proteger su control y su orden, lo único que tenía para sembrar su respeto y autoridad, era el miedo, el miedo a no comer, el poder ancestral de la comida.

* * *

Los mandamientos que Fodos recibió de su padre eran claros:

" La comida es poder. Quien controla la comida, controla todo."

"La gente te odiará. Déjalos. El odio no te mata. El hambre sí."

"Nunca des todo lo asignado. Siempre guarda un poco. Ese poco es tu seguro."

"Los favores son moneda. Colecciónalos."

"No sientas lástima. La lástima te destruirá."

Y con este código, a la muerte de Josef, su hijo Filip, el llamado Fodos por su cuerpo gordo y su tamaño desproporcionado. Se convirtió en el nuevo virrey a sus treinta años y se autoproclamó el Rey de la Sabana.

Porque para Fodos, la concepción del Nivel III, era distinta a la que tenía su padre, que veía aquel lugar como una colonia que necesitaba el Nivel I para subsistir y abastecer de carbón a la montaña.

Para Fodos, era distinto. Él se había criado allí desde los seis años, él había visto desde niño como se fraguó aquel lugar.

Un sitio amplio, el más ancho y largo de la montaña, donde los hombres se amontonan en nichos que parecen ruinas de una civilización perdida, como si un proyecto hubiese quedado incompleto y cada uno hubiese ido personalizando su horror buscando su descanso.

En este lugar, el hambre, el cansancio y la desesperación, hacen mella en cada rincón.

Hay orden y se sigue a rajatabla el Dogma del Acero de los Custodios, pero por allí no baja nadie del Nivel I.

Kabil ha ido apenas diez veces y las consignas sobre su programa de racionamiento son cumplidas a rajatabla por Fodos.

Que siempre custodia con recelo todos los víveres producidos en la montaña, salvo aquellos que son destinados directamente al Nivel I, el resto pasan por su despensa, y si hay que ajustarse al racionamiento a la baja pues es algo que hay que asumir para que Fodos pueda tener su porcentaje de margen.

Es aquí donde reside su verdadero poder, en un lugar donde la energía vital se desvanece, una ración extra de comida es la diferencia entre la vida o la muerte.

Los guardias grises que están asignados al Nivel III, son siempre los mismos, y no porque sea el mejor de los destinos, de hecho, es el peor, es como si te reclutasen para defender una frontera de conflicto infinito, donde cada día hay un ataque, una pelea, algo por lo que tratar de matarse.

Pero estos guardias, son ahora la guardia asignada al Nivel III, y lo hacen sabiendo que Fodos pagará su esfuerzo con creces. Son su escolta personal, su fuerza desde el sillón, su brazo ejecutor, al que ni siquiera Kael cuestiona sus decisiones, simplemente son, sucesos del Nivel III.

Pero no todo en Fodos es control aplicado por la fuerza, o sumisión gestionada por la ración. La sabana es extensa, y siempre hay enemigos que acechan, hienas en la oscuridad que conspiran con robar su tesoro o con planes más siniestros.

Necesita tener ojos en todas partes, es supervivencia pura para él la información que llegue de cualquier medio que pueda ser relevante a su persona.

Él es poderoso sí, pero nunca sabe los planes de Kabil, ese brujo esquivo, y sus planes van más allá en el tiempo que lo que dure la vida en esta montaña.

Es fundamental que él sepa qué ocurre más arriba.

Por esto tiene un ejército de niños a su servicios, a los que paga a cambio de información sobre lo que ven, escuchan, huelen y sienten en los niveles II y III.

Estos ratoncitos, como Fodos les llama, son su juguete favorito.

Puede predecir multitud de acontecimientos en la rutina diaria de cualquier rincón, aunque no estén en sus dominios, y aparte los utiliza para todo tipo de perversiones a cambio de una ración extra de pasta de bichos o un trozo de torta de hongos.

Es algo oscuro y sombrío que es conocido por todos los habitantes del Nivel III, incluso por la Guardia Gris, es tan escabroso y repugnante que nadie se atreve a comentarlo. Es como si fuese un peaje que el Orden tuviese que pagar a este virrey por mantener el control en esta sabana.

Se dice que hay noches en las que la pequeña luz del despacho de Fodos, parpadea durante dos minutos, es la señal que alguien verá, y tendrá que decidir. Entre hambre de hoy, o alma de mañana.

Sabiendo que esa no es elección real, porque cuando tienes diez años y tu hermana tiene ocho y no han comido en dos días…

Y es que el despacho de Fodos es de todo menos un despacho al uso.

Era el rincón trasero de la despensa, separado del espacio principal de distribución por una pared de estanterías metálicas que llegaban hasta el techo.

Las estanterías estaban llenas de sacos de tubérculos y recipientes de pasta de bicho, creando un muro opaco que bloqueaba la vista desde la entrada pero que dejaba pasar sonidos si alguien escuchaba con atención.

Una sola lámpara de aceite colgaba de un gancho de metal clavado en una grieta del techo.

La lámpara era de vidrio grueso, agrietado en un lado, pero funcional, con mecha de cuerda que Fodos recortaba irregularmente, causando que la llama fuera desigual.

A veces brillaba más, a veces menos y a veces parpadeaba.

El escritorio era el mismo escritorio donde Fodos trabajaba durante el día, pero aquí, en este rincón trasero, adquiría diferente carácter.

Josef lo había posicionado aquí en el Año 5 y nunca se había movido desde entonces.

Las patas habían dejado marcas permanentes en la piedra del suelo, cuatro hendiduras poco profundas donde el peso había presionado durante veinticinco años.

Pasar la mano sobre la superficie dejaba los dedos ligeramente pegajosos. Fodos nunca la limpiaba.

Tenía un grabado: En la esquina inferior derecha, casi invisible a menos que supieras dónde mirar, alguien, probablemente con clavo o cuchillo, había tallado una palabra:

"CERDO"

Tenía tres cajones de madera vieja que se atascaban al abrirse y que no era extraño que algún objeto cayese por detrás del mismo y atascase el cajón de abajo. Para cada cajón, Fodos tenía escrita una lista con los productos que eran seleccionados para formar parte de su exclusiva colección.

El interior del cajón olía a comida guardada, no descompuesta pero tampoco fresca. Ese olor de despensa cerrada donde el aire no circula.

Tenía un arsenal de tesoros que cobraban sentido en el momento de "uso nocturno" del escritorio, cuando la superficie estaba mayormente despejada.

Donde la desesperación se transformaba en transacción, donde el poder más sutil y cruel se ejercía y no con violencia radical, no con gritos o sangre, sino con, un pedazo de torta en un plato de metal.

Una lámpara que parpadeaba dos minutos y una puerta que se cerraba desde dentro.

Sin duda era el mayor depredador de esta sabana, el rey, el rey de la sabana.

Torbe, se quedó mirándolo por más tiempo del necesario, un descuido, un error. Pero era inquietante, era lo más terrorífico que había visto y quería recordarlo para no tener que enfrentarlo nunca.

Muchacho: [susurro] chsss, chsss, eh, chico, no mires al cerdo, toma tu piedra, es tu ración por el trabajo realizado. En el gran comedor podrás canjearla.

El muchacho dio a Torbe una pequeña piedra lisa, casi tallada, aunque en realidad estaba desgastada por el roce manual de cada persona que la tocaba a diario.

Era la moneda del Nivel III, conseguías una al día, no más, por tu trabajo y la canjeabas por tu ración diaria, una, solo una, que consistía en un cuenco de pasta de bicho, una mezcla repugnante de puré de bichos con agua y tubérculos cocidos.

Torbe, entró en aquel enorme lugar, era el edificio más grande que él nunca contempló.

Enfrente del Gran Almacén, al otro lado del espacio central del Nivel III, el Gran Comedor ocupa la sección más amplia de la meseta con la resignación funcional de los lugares que existen porque tienen que existir y no por ninguna razón más noble que esa.

Es una sala, que en el Viejo Mundo podría haber sido un hangar pequeño o un mercado cubierto o cualquier otra cosa que requiriera espacio sin pretensiones.

En la montaña es el lugar donde la mayor parte de sus habitantes comen dos veces al día, de pie o sentados en bancos de madera oscura dispuestos a ambos lados de mesas largas que recorren la sala de extremo a extremo como las costillas de un animal descomunal y muerto.

Las comidas duran exactamente lo que duran.

No hay tiempo oficial asignado. No hay campana de inicio ni campana de fin.

Lo que regula la duración de las comidas en el Gran Comedor es la ración misma, cuando se acaba lo que hay en el cuenco, la comida termina.

Y las raciones son lo que son, que es decir que son suficientes para no morir y no suficientes para saciarse, lo que significa que las comidas en el Gran Comedor son transacciones rápidas entre el cuerpo y la necesidad, sin el intermedio del placer ni el lujo de la conversación.

Hay una excepción.

En el banco más alejado de la entrada, el que queda en el ángulo donde la lámpara está siempre a punto de agotarse y la luz es más escasa que en el resto, hay un grupo de Extractores ancianos que comen despacio.