La Revolución Amarilla Capítulo 8. Nivel III La Sabana #2
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Capítulo 8. Nivel III La Sabana #2

El guardia señaló a Torbe y otros dos muchachos más, sin quererlo, Torbe se había colado en una cadena de transporte de sacos de comida, igual tenía suerte y comía algo después de todo.

Y allí estaba, en mitad de la meseta del Nivel III, aunque aquello parecía más una sabana africana, repleta de depredadores y de presas. Solo que tú no elegías qué querías ser.

Pegada al Gran Almacén por un pasillo de tres metros que huele a rancio y a algo dulzón que nunca termina de identificarse con precisión, está la Despensa.

Si el Gran Almacén es el corazón del Nivel III, la Despensa es su ganglio, más pequeña, más oscura, más cargada de significado de lo que su tamaño físico justificaría.

Es una sala cuadrada de seis metros de lado con techo bajo y una sola lámpara de aceite que Fodos mantiene siempre encendida, a cualquier hora, porque Fodos no apaga su lámpara nunca y los que conocen bien el Nivel III saben que eso significa que Fodos nunca duerme del todo, que hay siempre una parte de él en estado de alerta, contando, verificando, calculando.

Las paredes de la Despensa tienen estanterías también, pero estas están cerradas con candado.

Cada estante, cada cajón, cada recipiente tiene su candado correspondiente, y los candados son todos distintos, de distintos tamaños y distintas llaves, porque Fodos los fue añadiendo a lo largo de los años cada vez que algo desapareció o intentó desaparecer, y el resultado es una colección de cierres metálicos que cuentan la historia de treinta años de desconfianza acumulada.

El escritorio de Fodos está en el centro de la sala.

No es un escritorio grande. Es una mesa de madera oscurecida con una superficie que el tiempo y el uso han vuelto pegajosa en algunos puntos y lisa como piedra pulida en otros, con cajones que se abren con dificultad y que contienen la contabilidad completa de treinta años de raciones.

Cada ración entregada. Cada ración retenida.

Cada ajuste, cada penalización, cada favor cobrado en especie.

Fodos lleva esta contabilidad en su cabeza además de en el papel.

Es su única habilidad verdadera y la ejerce con una precisión que, en otro mundo, en otro sistema, podría haber resultado en otra cosa.

Podría haber resultado en un contable, en un economista, en alguien que gestiona recursos con rigor y con justicia.

En este mundo resultó en Fodos, un hombre que sabe en todo momento cuánto tiene y exactamente cuánto puede retener sin que los números oficiales lo delaten.

Ha construido sobre esa diferencia entre lo que hay y lo que declara que hay, un pequeño reino de poder personal que el sistema oficial ni aprueba ni desaprueba porque el sistema oficial no mira con demasiado detalle lo que prefiere no ver.

La silla detrás del escritorio está acolchada, es la única silla acolchada del Nivel III, en los comedores, en las celdas, en los pasillos, todo es metal o roca.

La silla de Fodos tiene un cojín de tela relleno de algo que en su origen fue espuma y que ahora es una masa compactada pero que aún, comparado con cualquier otra superficie para sentarse en el Nivel III, resulta extraordinariamente cómoda.

Fodos se sienta en ella ocho horas al día.

El resto del tiempo camina por el Gran Almacén con ese paso específico suyo, pesado y sin apresuramiento, de quien sabe que lo que vigila no va a ninguna parte porque las paredes son de roca y los candados son suyos y la única salida está custodiada.

Fodos tenía treinta y cinco años y pesaba noventa y cinco kilos en un lugar donde la gente moría con cuarenta kilos sobre huesos que ya no podían sostenerlos.

Pero lo que realmente importaba no era su peso, era que parecía tener cincuenta años de lo deteriorado que estaba.

Fodos no era monstruosamente obeso como habría sido en el Viejo Mundo.

No necesitaba dos sillas. Podía caminar sin jadear cada tres pasos.

Podía atarse los zapatos si quisiera, no quería, pero podía.

Pero era gordo. Inequívocamente gordo.

La barriga sobresalía sobre el cinturón en una curva pronunciada que tensaba la túnica marrón. No colgaba todavía, aún era joven, la piel conservaba algo de elasticidad, pero prometía colgar pronto. Cuando se sentaba, formaba un rollo que descansaba sobre sus muslos.

En su piel había ese tono enfermizo de quien come cantidad sin calidad.

Pálida hasta ser casi grisácea. Sin el bronceado que nunca podría tener por falta de sol, pero también sin el color saludable que viene de nutrición apropiada.

Había acné en la espalda y en el cuello, pequeños granos infectados de una dieta alta en grasa de mala calidad.

Sus pequeños ojos marrones oscuros, tenían unas pestañas sorprendentemente largas.

Pero la longitud de las pestañas solo hacía que sus ojos parecieran más crueles por contraste.

Ojos que evaluaban. Constantemente. Cada persona que entraba a la despensa era escaneada en dos segundos: ¿Qué tan desesperado?

¿Qué podría ofrecer? ¿Cuánto puedo negar antes de que se quiebre?

Pero sin duda su peor rasgo era la boca. Labios finos, siempre ligeramente húmedos porque se los lamía constantemente. Agrietados en las comisuras donde pequeñas llagas se formaban, sanaban, volvían a formarse en ciclo perpetuo.

Cuando sonreía, mostraba dientes que ya empezaban a amarillear. Uno de los molares superiores tenía una caries visible, que le causaba dolor ocasional y un aliento fétido, pero que ignoraba porque no había dentistas en la montaña.

El cabello era castaño oscuro, grasiento porque se lavaba una vez por semana (cuando se lavaba).

Lo llevaba peinado hacia atrás con las manos, dejando marcas de dedos en el brillo oleoso.

Ya empezaba a ralear en las sienes, aunque solo tuviera treinta y cinco.

Genética paterna. Para los cuarenta estaría medio calvo.

La barba crecía irregular. No se afeitaba diariamente, cada tres o cuatro días pasaba una cuchilla sin agua ni jabón, dejando la piel irritada y cortaduras pequeñas que sangraban.

El resultado era un rastrojo desigual, más denso bajo la mandíbula, más ralo en las mejillas.

Fodos vestía una túnica marrón, formada por dos túnicas estándar cosidas juntas por una de las Recolectoras a quien Fodos "persuadió" con promesas de raciones extra.

Era una vestimenta que reflejaba directamente el interior del individuo, estaba salpicada de manchas de grasa, con sudor acumulado en las axilas que le otorgaban un color amarillento permanente, desgastada por los codos de tanto apoyarse en su escritorio, donde pasaba la mayor parte del día.

Pero lo que más caracterizaba a Fodos, el modo en que sabías que él había estado allí, era su olor penetrante a sudor rancio, a carnicería sucia y a grasa que ningún lavado eliminaba.

Lo único que salvaba medianamente su aspecto visual, eran unos zapatos de cuero, que había heredado de su padre, el cual siempre decía que:

“ Para ser un jefe tienes que ir en zapatos hijo ”,

de algún modo él entendió que era un gesto de superioridad en la sabana donde reinaba, y al caminar se esforzaba en que estos zapatos sonaran para que todo el mundo supiera que el rey de la sabana estaba llegando.

Fodos, no nació en la montaña, vino con su padre, un encargado de supermercado que, a sus cuarenta años, encontró en el fin del mundo el negocio soñado.

Cuando la ciudad se sumió en el caos más absoluto, se encargó de bloquear todos los accesos del pequeño supermercado de barrio, dejando a todo el mundo que se acercaba a pedirle ayuda, sin abastecimiento.

Supo detectar la necesidad primordial y acumuló todos esos bienes para poder usarlos en el momento preciso. Y ese momento llegó cuando vio el convoy de Vorak y los militares haciendo de su capa un sayo y acaparando todo tipo de víveres para escapar al búnker.

Fue entonces cuando Josef Doskovic, 40 años en el Año 0, gerente de un supermercado mayorista en las afueras de la ciudad, se convirtió en el amo del calabozo.

Cargó tres camiones del supermercado con, todo el alimento no perecedero (latas, conservas, granos secos), agua embotellada (cientos de litros), medicinas de la pequeña farmacia del súper, mantas, linternas, baterías, y hasta un equipo de cocina industrial.

Condujo directamente al búnker, siguiendo el convoy de los militares y casi atropellando a las personas que seguían esa migración por la salvación.

Josef Encontró a Vorak cerrando la compuerta y negoció:

"Tres camiones de suministros. Todo tuyo. A cambio, mi esposa, mi hijo de cinco años y yo dentro. Y cuando necesites alguien que gestione la distribución de comida, soy tu hombre. Treinta años de experiencia en logística alimentaria."

Vorak no tuvo más remedio que aceptar a Josef y a su familia, respetando el acuerdo que le propuso hasta el día de hoy.

Esta anécdota, la contaba noche tras noche Josef a su hijo Filip, (Fodos), alardeando de cómo el todopoderoso Vorak, se plegó ante él y de cómo consiguió convertirse en el virrey de la montaña.

Josef falleció a los setenta y cinco años, un infarto fatídico, algo extraño dentro de la montaña, que solo ocurría a los extractores más mayores debido al colapso por esfuerzo.

No fue el caso de Josef Doskovic, que estaba sobrealimentado a base de carne de rata y escarabajos asados con tubérculos, solo comía eso, día tras día.

Hasta ese día, el virrey, como se autoproclamó, dictaba el control y las leyes en el Nivel III, que, si bien ahora es un caos de extractores moribundos y niños hambrientos, hace veinte años la situación era hasta peor.

¿Pero cómo la familia Doskovic, amasó tanto poder dentro de la montaña? ¿Cómo Kabil les dejó tanta libertad de poder y de decisión?