La Revolución Amarilla Capítulo 8. Nivel III La Sabana
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Capítulo 8. Nivel III La Sabana

Nivel III: La Sabana

La Meseta de los que no cuentan.

Allí estaba Torbe, a sus diez años la vida ya le estaba enseñando más de lo que debería haberle enseñado.

Huérfano a los ocho años, tuvo suerte de ser amadrinado por Amara, quien, aunque estaba recluida en el Internado, pudo cuidar de cerca de él, dándole lo más parecido a una hermana mayor que se podría tener en la montaña.

Era un chico afortunado, la mayoría de los muchachos de la montaña eran huérfanos desde mucho antes que él y vagaban por el Nivel III esperando cómo ganarse la vida.

Torbe estaba bien alimentado, no era un canijo desnutrido, y eso llamaba más todavía la atención.

Debería moverse con cuidado y sigilo para pasar inadvertido en el Nivel III, al menos los primeros meses, hasta encontrar su lugar.

Ahora su tiempo en el Internado terminó, le tocaba valerse por sí mismo y recordar a cada minuto las enseñanzas de Amara y de su madre.

Consiguió una vieja capa marrón, con capucha, ideal para ocultar sus grandes ojos marrones y sobre todo para ayudarle a camuflar su curiosidad.

Torbe no sabía lo que era, ni había visto jamás un gato, pero sin duda era lo más parecido a eso que existía en la montaña.

Se movía como un gato, pensaba como un felino y observaba con la misma paciencia que uno de ellos, era sigiloso, como si tuviese los pies acolchados y era capaz de quitarle la comida a cualquiera de esos extractores semi zombis que deambulaban por el Nivel III.

Lo que Torbe no sabía es que aquel nivel, no era lugar para gatos, más bien para leones o en todo caso, ratones.

Se dispuso a bajar junto a la muchedumbre de recolectores que bajaban a diario por las escaleras que comunicaban los niveles II y III, camuflado como siempre y pegado a la pared para no molestar.

Recordaba lo que le dijo Amara, “siempre oculto, siempre a salvo”.

Mientras se iba acercando al final de la bajada desde el penúltimo escalón ya lo notó.

Hay aproximadamente diez metros entre un nivel y otro, pero el cambio es abismal.

Hay un momento exacto en la bajada desde el Nivel II en que la montaña cambia de opinión sobre sí misma.

Ocurre en el último tramo de la escalera, antes de que los pies toquen el suelo del Nivel III.

Ocurre sin aviso y sin gradación, un paso estás en el mundo de los invernaderos pálidos y las celdas húmedas de los Recolectores, con su olor a tierra trabajada y su luz amarillenta que al menos intenta parecer luz, y al siguiente paso, algo se abre debajo de ti como una boca que lleva mucho tiempo esperando.

El aire cambia primero.

Se vuelve más pesado, más cargado, con ese espesor específico de los lugares donde demasiados cuerpos comparten demasiado poco espacio durante demasiado tiempo.

Huele a carbón, siempre a carbón, ese polvillo negro que los Extractores traen pegado a la piel y a la ropa y que con los años ha impregnado las paredes, el suelo, el techo, el propio aire del nivel, hasta el punto en que ya no se distingue como olor separado sino como parte de la atmósfera general, como la sal distingue el aire del mar para quien lo conoce y es invisible para quien lleva toda la vida respirándolo.

Luego cambia la escala.

El Nivel III es más grande que todo lo que está encima de él.

No en altura, que es la misma roca baja y húmeda de siempre, sino en extensión horizontal.

La montaña aquí cedió más espacio, ya sea por la geología natural de la caverna o por la insistencia de los picos que la excavaron durante los primeros años, y el resultado es una meseta amplia e irregular que se extiende hacia los flancos con esa generosidad descuidada de las cosas que crecieron sin plan previo.

No hay líneas rectas en el Nivel III. No hay la ortogonalidad militar del Nivel I ni la distribución funcional del Nivel II.

Hay espacio que fue tomado por la necesidad y organizado por la urgencia, y que lleva treinta años acumulando sobre sí mismo las capas sucesivas de esa organización improvisada hasta convertirse en algo que ya no es exactamente un lugar sino un estado de las cosas.

Y en ese estado de las cosas vive la mayor parte de la montaña.

Torbe avanza escabulléndose entre la gente, una mezcolanza de oportunistas, extractores, recolectores transportando mercancías, y guardias, muchos más guardias que en el nivel superior.

Y es que, si las cosas se habían puesto serias meses atrás, con el famoso protocolo de contención, aquí ya, llegaban al extremo.

Los guardias no tenían ningún refreno con aquellas gentes que eran los despojos de la montaña, la gente que ya nadie esperaba y que, para el sistema, eran simplemente prescindibles.

La vida en el Nivel III se movía entre los túneles, las doce bocas donde se iba a trabajar y no se sabía si se volvía, el gran almacén donde se guardaba toda la comida de la colonia y la Despensa de Fodos.

Torbe no tardó mucho en presenciar la primera trifulca entre un grupo de extractores, unos siete u ocho y una patrulla de Guardia Gris.

Guardia: Vosotros, ¿qué estáis ocultando?, escondéis algo bajo las camisas. ¡Mostradlo!

Extractor: [cansado] señor llevo doce horas de turno por las horas extras, no llevo nada, solo una torta de hongos.

Guardia: ¿Torta de hongos?, ¡maldita sea, escoria! ¿De dónde la sacaste? Sabes que solo te corresponde una ración de pasta de bicho, esto es tráfico de comida.

Los guardias golpearon a tres de los extractores, el resto huyó como pudo, uno de ellos quedó tumbado.

Torbe quiso ir a levantarlo, pero alguien le tomó del hombro.

Oñara: [susurro] muchacho, los gatos no se muestran, se esconden en la oscuridad.

La vieja ciega del Nivel II que recogía agua, y que le daba tanto miedo. Torbe la miró, abrió sus grandes ojos marrones, y tapándose la cara huyó sin mirar atrás hasta esconderse, en la sombra.

Tardó poco tiempo en darse cuenta de dónde se había escondido... se trataba del Gran Almacén.

Lo primero que se encuentra al llegar al Nivel III, antes del comedor y antes del asentamiento y antes de las bocas negras de los túneles, es el Gran Almacén.

No tiene nombre oficial más específico que ese.

Los documentos de Kabil lo llaman Depósito Central de Recursos Alimentarios y de Subsistencia, con esa tendencia que tiene el sistema para convertir las cosas simples en frases largas que suenen a planificación cuando en realidad son improvisación, que sobrevivió el tiempo suficiente para volverse permanente.

Pero nadie lo llama así. Todo el mundo lo llama el Gran Almacén, con las mayúsculas implícitas de los lugares que importan demasiado para necesitar adornos en el nombre.

Es una caverna dentro de la caverna.

La roca natural formaba aquí una bolsa, una ampliación irregular del espacio que los constructores del Año 1 reconocieron como regalo y aprovecharon sin hacer demasiadas preguntas sobre por qué la montaña ofrecía ese espacio precisamente aquí y no en otro lugar.

Tiene forma de riñón cuando se mira desde arriba, aunque nadie lo mira desde arriba porque el techo es demasiado bajo para esa perspectiva.

Torbe tenía mucha hambre, y allí, olía a comida, ningún gato hubiera dejado escapar esa ocasión de oro. Vio la puerta entreabierta, y de un salto rápido se coló dentro. Sus ojos y su nariz empezaron a captar todo a su alrededor.

Las paredes están cubiertas de estanterías.

No las estanterías ordenadas y uniformes que existían en los almacenes del búnker original, de las que quedan todavía algunos ejemplares en los niveles superiores con su metal pintado de verde oliva desgastado y sus bordes rectos.

Las estanterías del Gran Almacén son criaturas distintas, estructuras de madera y metal ensambladas con lo que había disponible en cada momento de los treinta años, reparadas y reforzadas y ampliadas hasta el punto en que el original ya no es distinguible del añadido y toda la estructura es una sola cosa orgánica que crece hacia arriba y hacia los lados con la misma lógica de supervivencia que los hongos del Nivel II.

Sobre ellas, los recursos de la montaña.

Sacos de fibra vegetal procesada apilados en columnas que rozan el techo en algunos puntos.

Recipientes de metal cerrado con cierre de presión que contienen los concentrados proteicos que los técnicos del Año 8 desarrollaron a partir de los insectos que proliferaban en los niveles inferiores y que los habitantes llaman, con la brutalidad directa, la pasta de bicho.

Bidones de agua de reserva, alineados en el fondo de la caverna con sus tapas numeradas que se ha ido descascarillando hasta hacer los números difícilmente legibles.

Cajones de madera con la cosecha de hongos del Nivel II, llegados esta mañana en el primer transporte del día, todavía húmedos, todavía con ese olor terroso que en el Gran Almacén se mezcla con el resto de los olores hasta perder su especificidad y convertirse en parte del olor general del lugar.

En el centro del almacén, una balanza.

Una sola balanza de metal con platillos de cobre oscurecido, rescatada del búnker original y calibrada una vez, en el Año 2.

La balanza ha pesado, desde entonces, cada ración que ha salido del Gran Almacén.

Ha pesado pan y proteína y agua y pasta de bicho y raíces del Nivel II y hongos y todo lo que la montaña produce y consume para mantener vivos a sus dos mil quinientos habitantes.

Ha pesado también, aunque esto no aparece en ningún registro, decisiones sobre quién come suficiente y quién no. Esa balanza es el instrumento real de poder en el Nivel III, no es la escalera que sube al Nivel II, ni la compuerta que baja al Pozo. Es La balanza. Y la balanza la maneja Fodos.

Apenas salió del Gran Almacén.

Guardia: ¡Eh tú! ¡Rata, ven aquí!

Torbe: ¡Maldición! Ya me pillaron…

Guardia: y tú, y tú también, llevad estos sacos a la despensa. Y sé perfectamente lo que llevan, si falta algo…. me enteraré. ¡Entendido!