Capítulo 5. El descenso del mago #4
La boca del túnel es perfectamente regular, de hecho, es demasiado regular, 2 metros de ancho, 2.
5 de alto, con ángulos de 90° exactos. Las paredes lisas como si hubieran sido pulidas.
No hay marcas de herramientas aquí tampoco, pero por razón opuesta a La Garganta, no porque parezca natural, sino porque parece demasiado artificial.
El interior es completamente horizontal: va recto hacia el este durante al menos 200 metros y el suelo es plano, sin irregularidades.
Caminar en él es inquietantemente fácil.
Las paredes mantienen la misma anchura perfecta durante todo el recorrido.
No hay humedad; las paredes están extrañamente secas para ser una montaña donde todo suda agua.
Pero, a diferencia de la Garganta con su respiración, el Susurro tiene...
susurros. No constantes, pero intermitentes.
Suenan como voces humanas hablando muy bajo, justo en el límite de la audibilidad.
Nunca puedes distinguir palabras, tan solo el tono de conversación.
Algunos juran haber escuchado su propio nombre.
Otros dicen que son los llantos de la Magna, llamando a su hijo muerto…
Pero los ecos no explican por qué, a veces, los susurros responden cuando hablas.
En mi impresión, ese túnel estaba aquí de inicio por algo, que sospecho que Kabil conoce, pero que no quiere desvelar.
Creo que es un túnel de escape del búnker original.
Diseñado para evacuar en caso de ataque nuclear.
Va hacia el este, probablemente 2-3 kilómetros, hasta una salida remota en el otro lado de la montaña.
Las alucinaciones de las que hablan y las enfermedades que se padecen cuando te adentras en él, pueden coincidir con cuadros de intoxicación de gases o por radiación.
Lo que sí me resulta inquietante sobre estos dos túneles es...
si estos túneles estaban aquí cuando encontraron el búnker; si no fueron excavados por el equipo de construcción del refugio; y si las exploraciones sugieren que van más profundo de lo que cualquier operación minera de 30 años podría explicar...
Sea como fuere, lo que sí veo clarísimo hoy en día es el verdadero motivo por el que Kabil me envió a investigar los túneles: sabía que me apasionarían los retos que ambos me podrían reportar y que me mantendrían distraído sobre algo mucho más importante y escabroso que planeaba mi antiguo vecino.
Kabil estaba trabajando en secreto durante años con una doctora de confianza con la que gestionaban el cuestionado programa de las reproductoras.
Dios sabe que nunca aprobé aquello, que solo lo hice por controlar la natalidad en la montaña, que es cierto que podría ser un riesgo para las mujeres y para los niños nacidos.
Pero nunca supe lo que escondía este programa al detalle.
Kabil y la doctora Serval, planeaban la selección genética, la eliminación de individuos débiles, la extirpación de todos los genes que consideraban negativos para la evolución. Planeaban la selección natural de la nueva especie, como llamaban.
Estaban obsesionados con el número de hijos de la montaña, con la cantidad de unidades que habían nacido aquí dentro, y no como un éxito de supervivencia: no; era como un éxito frente a los habitantes que morían y que habían nacido en el exterior.
No buscaban proteger a las mujeres y niñas ni a los nuevos hijos.
Estaban creando un experimento de vida programado, para ser vigilado como si fueran ratas de laboratorio.
Seleccionaban a las niñas, las alimentaban, las inducían en una extraña doctrina mediante la cual las obligaban a mantener relaciones sexuales con las élites de la montaña; solo gente del Nivel I, claro. Las usaban como arma de poder y como justificación de supervivencia.
Cuando las mujeres ya no eran útiles, directamente eran relegadas de sus funciones y toda su atención se centraba en un nuevo envase para la gestación de sus nuevas criaturas, a las que controlan para que no generen ningún tipo de emoción, de sentimiento, de motivación.
No es un sistema de protección de seres humanos, es una cadena de montaje.
Por este motivo, me negué a seguir colaborando con Kabil; por este motivo, me llamó traidor. Aún recuerdo ese momento, en el que todo se detonó.
Recuerdo que volvía tras meses en los túneles, estaba agotado, la vida en esta parte de la montaña es distinta, puedes percibir que el sistema se desmorona como una galleta en un café caliente, piensas que es fuerte, pero se ablanda y se deshace.
El aire es denso, se podría cortar con un cuchillo, nuestro cuerpo se acostumbra a vivir en los agujeros y la mente se concentraba en centrar la mirada en pequeños puntos.
Nuestras raciones de comida son mejores que las del resto de extractores y eso nos daba algo de energía y de lucidez en este lugar, pero cada día que pasaba sientes que puede ser que se cansen de seguirte y te dejen solo en aquel túnel que susurra a tu locura.
Al salir de los túneles, los extractores se veían aliviados, solo esperaban no tener un final similar a las anteriores expediciones, les premiábamos con doble ración ese día e íbamos todos al Gran Comedor.
Mientras me limpiaba las gafas y lavaba mis manos, mi cabeza empezó a revisar aquel lugar, hacía tiempo que no me paraba a mirar este sitio, ni este ni ninguno.
Había diseñado junto a Kabil todo este mundo, sus sistemas sus mecanismos, su orden, pero nunca lo había visto en práctica en primera persona.
Sentí un acto de soberbia brutal, no sé si por tiempo, por desidia o por necesidad, pero habíamos dado por bueno todo nuestro sistema, todo lo que habíamos implantado, siempre entendimos que funcionaba y que eso era suficiente.
Y olvidamos que, al fin y al cabo, esto era nuestra primera versión y la primera versión nunca funcionaba a la perfección.
Habíamos sido demasiado vanidosos, allí no había magia, aquello no era un lugar al que los habitantes del Nivel III, extractores que están muertos de cansancio, puedan ir a descansar y a relajar su cuerpo.
No, aquello parecía más el comedero de un nido de ratas, todos pasaban en fila, recogían su ración, que era miserable.
¿Por qué comían solo eso? Era un bol con una especie de sopa de tubérculo y otro con una pasta repugnante hecha a base de insectos machacados y hongos.
Lo comían sin más, sin hablar, sin pensar; no se miraban: comían y se marchaban a su asentamiento a dormir.
Un lugar formado por rocas y chapas, estrecho y laberíntico, donde las personas se van acumulando para darse calor y duermen apiladas como perros.
La idea sobre este asentamiento fue crear algo duradero y con mayor amplitud, pero la despensa de Fodos y el Gran Comedor se yerguen inmensos, ocupando la mitad del espacio reservado al asentamiento del Nivel III.
Recuerdo los planos: yo los diseñé, y no se parecía nada a esto.
Los muros eran de piedra, recuerdo que para que fuese más consistente, pensé en una sola hilera de piedras de dos metros de altura, que como aquel juego de la culebra que teníamos en los viejos móviles, recorriese este espacio en un único elemento, dando forma a habitáculos de 2x2 metros, dejando espacio para calles centrales que llegaban hasta un punto neurálgico central, la Placita, donde pudiesen sentarse a charlar.
Esto no es nada de eso, el muro de piedra medirá un metro, y en línea recta se trazan cuatro muros que forman los habitáculos de las personas que viven aquí, se meten dentro de esta especie de nichos siniestros, donde se amontonan a dormir.
No hay salubridad, ni intimidad, ni mucho menos un lugar donde descansar tu espíritu.
Más bien parecen, chiqueros donde descansan los cerdos a los que van a sacrificar al día siguiente.
Esa gente llevaba doce horas picando piedra en condiciones infrahumanas y cuando terminaban, solo comían una ración de proteínas detestables y se iban a dormir.
No había nada de qué hablar, no había nada más que hacer, no tenían amigos, ni familia, no existía motivación alguna en ese lugar que les hiciese pensar en sentarse a charlar junto al fuego unas horas.
Por otro lado, la Guardia Gris vigilaba todo el proceso, como si tuviesen prisa para largarse de allí, no dejaba que hubiese ninguna tentativa a rezagarse.
¿Aquí no había seres humanos? ¿qué habíamos creado?
Pero el día siguiente no fue mejor, con la esperanza de abandonar el Nivel III, salimos por fin de aquella factoría de autómatas biológicos y llegamos al Nivel II.
Recuerdo el empeño que puse en hacer operativa esta zona, en crear los invernaderos y los huertos junto a las grietas, en conseguir criar insectos comestibles que siempre sería más sencillo que criar ratas para consumo y menos peligroso.
Este lugar me recordaba a Malik… y me entristecía, noté que había abandonado este sitio igual que la descuidé a ella.
No había grandes mejoras y en sus modelos, más que nada había parches y ese lugar necesitaba más atención, no era necesario que todos los recolectores anduviesen tan encorvados para trabajar, y seguro que esos cultivos de hongos podrían ser más eficaces.
Habíamos puesto esto a funcionar sin implantar objetivos de producción óptima, nadie había mejorado nada.
Por no hablar de donde habitaba esta gente, donde descansaban, esta zona tenía muchas cuevas naturales en las paredes de roca, y lo primero que pensé fue reformarlas para convertirlas en cuevas habitables, similares a las que hay en Sacromonte, en Granada.
Las pintamos con cal blanca, y usamos madera para sus puertas, cada cueva tenía sus nichos para dormir y sus mesas para comer.
Mi intención siempre fue que las personas que viviesen aquí pudiesen tener un ambiente cálido y familiar, todo muy alejado de lo que se llevó a cabo. Para estas gentes, es mejor estar trabajando que irse a sus cuevas a descansar y estar con su familia. Pero claro, ¿qué familia?