La Revolución Amarilla Capítulo 5. El descenso del mago #3
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Capítulo 5. El descenso del mago #3

Kabil sale con celeridad de su laboratorio.

Observa el caos, se le eriza la piel, identifica y clasifica a todos los individuos como si tuviese un escáner cerebral.

Sabe quién es la casta dominante, sabe quién puede trabajar y sabe quién es prescindible.

El corazón se le acelera cuando entiende que, por fin, su gran proyecto, su experimento definitivo, se puede hacer realidad.

Tiene todo ante sus ojos: son sus ratas, y se comportarán como eso, en orden, con determinación, sin fisuras y sin grietas.

Su malogrado proyecto Arca, gestándose ante sus ojos.

Pero el universo es caos, y el caos es la máxima expresión de la perfección.

En su escáner visual, lo capta, es una cara familiar, no la olvidaría jamás, es ella, es Malik. Lo sabe, lleva décadas sin verla, pero sabe que es ella.

Inmediatamente y sin quererlo ni controlarlo, lo busca a él, en modo alerta, no importa el fuego o la ceniza o la gente muriendo fuera del búnker, solo se centra en una cosa, y lo encuentra… es Jassim, la única grieta que no pudo tapar.

Kabil sonríe con una mezcla de ironía y hastío. “El caos es perfecto”, piensa.

“Está aquí porque lo necesito”.

* * *

Año 29, diciembre

Jassim.

Sesenta y tres años de ingeniería brillante convertida en trapo humano en cuestión de semanas. Alto, aunque encorvado desde su llegada al Pozo como si el peso de la caída desde Custodio a condenado fuera literal.

El cabello gris peinado todavía con cierto orden, costumbre de décadas que no puede romper, aunque ya empiece a desordenarse. La barba creciendo desigual, algo que le molesta visiblemente.

Usa gafas de metal que de alguna manera logró conservar, aunque una de las patillas está atada con alambre. Las manos, manos de ingeniero que diseñaron sistemas enteros, ahora ampolladas del pico, temblando ligeramente por el cambio brutal de condiciones.

La piel pálida de Custodio empezando a oscurecerse con polvo de carbón, los ojos marrones detrás de los lentes mostrando una mezcla de incomprensión y lenta aceptación.

Se mueve con torpeza en el Pozo, chocando con paredes, tropezando con piedras, porque su cuerpo aún no ha aprendido la geografía del infierno. Viste harapos, pero los mantiene lo más limpios posible, una batalla perdida que insiste en pelear.

Huele a sudor fresco, aún no es el sudor rancio de años, y a jabón que ya no usa.

Es el tipo de hombre que vivió treinta años creyendo que construía la salvación y está descubriendo, día tras día, que construyó una tumba, y que ahora está enterrado en ella junto con los que condenó.

En el Pozo Oscuro

Llevo pocas semanas en el Pozo Oscuro; aun así, me siento arropado por la gente de aquí abajo. He tenido una buena acogida, dentro de lo que cabe y de lo que se puede suponer en un lugar como este.

No hago más que preguntarme en qué momento permití que esto sucediese, cuándo olvidé lo que eran realmente, cómo dejé que estas personas viviesen aquí.

Ahora yo formaba parte de la peor pesadilla que podía crear ese sistema vertical. No me explico aún cómo algo diseñado y pensado para la supervivencia humana puede generar algo tan horrible como el Pozo.

Pero cada noche que escucho a Alan rememorar su vida en el exterior y a Emro tararear canciones entiendo el motivo por el que esto existe.

Como un corazón que esconde en lo más profundo de sus rincones aquellas cosas que te hacen daño en tu infancia, como un baúl que guarda en un lugar oscuro del sótano, las fotos y recuerdos de un viejo amor.

Como un secreto escabroso o una infidelidad o traición secreta, como algo que puede agrietar tu vida, como eso, se guarda a estas personas en este lugar.

Eso es el Pozo Oscuro, el baúl del sótano, donde lo que no quieres que vuelva es escondido y custodiado.

Ahora recuerdo, cuando llegamos, aquel terrorífico caos en el que a mi mujer y a mí nos dieron un palco vip para ese convoy de la salvación.

Había tanto miedo, tanto horror y desesperación había que trabajar rápido.

No tardé en encontrarme con Kabil, al que llevaba décadas sin ver, pero con el que apenas intercambié unas frases.

Ambos sabíamos lo que había que hacer allí, en pocos días, habíamos mapeado la zona, Kabil conocía las instalaciones y yo, tenía mucha experiencia en este tipo de proyectos.

No me resultó difícil planificar las necesidades del búnker, pero faltaba equipamiento adecuado; había que reutilizar mucho material o rehabilitarlo y, sobre todo, faltaba mucho, mucho espacio para ubicar a más de dos mil personas para un encierro prolongado.

Lo que peor llevaba fue mantener la frialdad, entender que mi labor tenía que abstraerse de lo emocional, empatizar demasiado podría hacerme perder la estabilidad mental que necesitaba para concentrarme en mi labor.

Ahora entendía como los cirujanos operaban a vida o muerte y al hablar con las familias se comportaban como auténticos necios a los que parecía no importarles en absoluto el dolor de esas gentes.

Era primordial arrancar el sistema de ventilación y de agua potable con un fin sostenido y de autoabastecimiento. Esto me llevó tanto esfuerzo que necesitaba la abstracción total.

Trabajé durante semanas, día y noche, con Kabil para arrancar este infierno.

La gente moría de asfixia; se racionaba el agua.

Hubo momentos de mucha presión en los que nos jugábamos la existencia del grupo.

Sin embargo, Kabil parecía disfrutar de todo aquello; creo que él solo pensaba en cuando éramos pequeños y construíamos aquel coche de carreras… ¿cómo se llamaba?... el Velociraptor.

Le dimos forma a todo lo que tenía sentido, conseguimos arrancar el sistema de ventilación y el aire fluyó por los conductos del búnker haciendo que la gente se levantase y gritase.

Resolvimos el problema con el abastecimiento de agua contemplando también el futuro avituallamiento con las fuentes de la montaña, incluso conseguí montar unos invernaderos para cultivar una especie de hongo con el que Kabil había estado trabajando años en sus proyectos y que soportaba perfectamente esas condiciones.

Aquí lo creé todo: desde la barandilla de Vorak que usa para visualizar su mundo hasta la balanza de Fodos que sirve para controlar las almas.

Pero creo que me convertí en parte de todo esto sin darme cuenta.

A cada metro que se ganaba a la montaña, queríamos más; y más metros para seguir implementando nuevos proyectos y mejoras.

Todo por conseguir un artefacto perfecto que funcionase sincronizado.

Creo que olvidé lo que hacía funcionar todo: olvidamos a las personas.

Supongo que olvidé a todos. No pude prestar atención a Malik cuando enfermó en el año 5; me enteré demasiado tarde, ni siquiera me pude despedir de la única mujer que me prestó atención.

Estaba tan abstraído por todo esto… Ella murió sola, en los invernaderos que yo mismo construí, haciendo lo que se le pidió que hiciese, pero siendo un número más de este sistema, y yo ni estuve.

A los pocos días, Kabil me mandó a revisar aquellos viejos túneles que había en el nuevo nivel que se estaba expandiendo, el llamado Nivel III.

Era la mayor parte de la Montaña; habíamos conseguido ampliar toda esa zona con un esfuerzo titánico de ingeniería y mano de obra y allí había vetas de carbón.

Era aquello lo que podría conseguir que la montaña fuese sostenible del todo, pero habría que extraerlo, claro, y no sería sencillo.

Se empezaron a excavar diez túneles, pero había dos de ellos que ya existían, y eso era precisamente donde Kabil quería que me concentrase.

Quizás porque él entendió que no podía permitirse que yo me derrumbase por la muerte de Malik y, otra cosa no, pero ese brujo me conocía lo suficiente para saber que los magos necesitamos tener sueños que cumplir para seguir vivos.

El túnel n.º 11, al que llaman la Garganta, está situado en lo que puede ser el extremo oeste de la pared sur: el penúltimo túnel si cuentas de izquierda a derecha.

Está parcialmente oculto detrás de una columna natural de roca que hace que, desde ciertos ángulos del Nivel III, parezca que solo hay once túneles en lugar de doce.

Los bordes de la entrada están cubiertos de un musgo negro verdoso que no crece en ningún otro lugar de la montaña y que huele a humedad antigua y a algo más, algo orgánico-pútrido que hace que la nariz se arrugue.

No hay señales de herramientas ni marcas de picos ni de explosivos.

Es como si este túnel siempre hubiera estado aquí, esperando.

El interior —los primeros 20 metros visibles— desciende inmediatamente.

No horizontal, como los túneles de trabajo, sino en diagonal hacia abajo, en un ángulo de aproximadamente 30°.

El aire es denso, cargado, difícil de respirar, como si el túnel consumiera oxígeno y exhalara otra cosa. Hay un sonido constante que viene desde las profundidades: no es fuerte; es sutil; es... respiración.

Los Extractores que han entrado los primeros metros juran que es solo viento circulando por cavernas profundas, pero el ritmo es demasiado regular para ser viento, demasiado orgánico.

Sinceramente, lo que pienso es que es una fisura geotérmica que baja hasta zonas de actividad volcánica residual.

El calor, los gases, todo es consistente con proximidad a magma.

Pero los extractores quedaron colapsados por las historias del túnel 11 y ya nadie, ni bajo castigo, quiere adentrarse: prefieren bajar aquí, al Pozo, que ir al túnel 11.

Pero el que más me llamó la atención fue el túnel n.º 12, conocido como el Susurro.

Este está más orientado al extremo este de la pared sur: es el último túnel. A diferencia de la Garganta, este está completamente visible y accesible. De hecho, está demasiado accesible. No hay obstáculos, no hay señales de peligro, no hay razón aparente para no usarlo.