La Revolución Amarilla Capítulo 5. El descenso del mago
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Capítulo 5. El descenso del mago

El descenso del mago

Jassim, al igual que su gran amigo Kabil, era de origen indio. Cuando eran niños, se trasladaron con sus familias a la misma ciudad europea por el trabajo de sus padres y desde entonces, fueron inseparables. Sus padres eran ingenieros, y ambos niños querían seguir sus pasos.

Ambos se criaron en un barrio residencial, con sus casitas bajas con porche, jardín trasero y hasta garaje donde acumular todo tipo de inventos.

Sus padres rara vez estaban en casa a la luz del día, siempre llegaban cuando los niños estaban dormidos, sus casas estaban contiguas y los pequeños idearon sistemas de todo tipo para comunicarse y saber el uno del otro.

Sus madres trataron desesperadamente de integrar a los pequeños en aquella comunidad de vecinos: con sus amigos del colegio, los apuntaban a todo tipo de actividades extraescolares y a cada evento de cumpleaños o fiesta de origen difuso que se celebraba en el vecindario.

Pero los dos niños, no necesitaban nada de eso, eran pequeños, más de lo normal comparados con el resto de sus compañeros, tenían gafas, de esas que se les rompían o perdían en condiciones normales dos o tres por mes.

No les gustaba el deporte, ni la televisión, ni los cómics… eran bichos raros con mayúsculas.

Kabil. Era un niño de siete años con gafas redondas de montura metálica demasiado grandes para su cara, constantemente resbalándose por su nariz pequeña, hasta que las empuja hacia arriba con el dedo índice en un gesto que repite cada treinta segundos sin darse cuenta.

Flaco como un palo, con brazos delgados que sobresalen de una camiseta oscura tres tallas grandes, que probablemente fue de su hermano mayor.

El cabello negro azabache está peinado con una raya al lado perfectamente recta.

Siempre llevaba una mochila del doble de su tamaño llena de libros de materias no lectivas en su curso.

Los pantalones cortos color caqui le quedan algo altos en los tobillos.

Zapatos escolares negros con cordones atados con tres nudos que arrastra sin preocuparse.

Tiene una sonrisa tímida que muestra un incisivo ligeramente torcido y ojos marrones enormes detrás de las gafas que miran todo con curiosidad analítica, como si estuviera constantemente calculando algo.

Jassim, también tiene siete años, complexión robusta (sus abuelos dicen "saludable", los otros niños dicen "gordito"), con mejillas redondas y piel morena oscura.

El cabello negro corto está despeinado porque se pasa las manos por él cuando está concentrado, que es siempre.

Lleva gafas rectangulares de pasta gruesa color marrón oscuro, con una patilla reparada con cinta adhesiva transparente.

Le encanta su camisa de cuadros azules y blancos que siempre llevaba metida dentro de unos pantalones de tela gris que le quedaban un poco ajustados en la cintura.

Tenía un reloj digital negro demasiado grande en la muñeca, que consultaba frecuentemente.

Siempre portando un pequeño cuaderno que sobresalía del bolsillo de su camisa.

Los zapatos eran como sandalias escolares, marrones con calcetines blancos que no combinaban.

Su caminar se alternaba con pasos cortos y rápidos, siempre un poco apresurado como si llegara tarde a algo importante.

Y con una maniática tendencia a empujar las gafas hacia arriba con el dorso de la mano mientras habla, gesticulando con la otra mano para explicar conceptos complejos que nadie le pidió que explicara.

Ellos eran el refugio del otro y el otro del uno; no necesitaban nada más. Quizá sí: quizá, y solo quizás, a sus padres.

Pero eso era algo que habían asumido hace mucho tiempo y ahora sus inquietudes se centraban en otras cosas.

Se obsesionaron con juntar ambas casas, les separaban 10 metros, y eso no podía ser, pero claro físicamente era imposible, así que pensaban en de qué modo podrían estar conectados sin alterar la física.

Diseñaron, cómo no, un teléfono con vasos de cartón, pero lo descartaron pronto y pasaron a un código gestual que solo ellos conocían y que, desde la ventana de su habitación, fluía entre ellos hasta el punto de estar media hora comunicándose sin palabras.

Crearon infinidad de cacharros. En una ocasión, sorprendieron a sus madres apuntándose a la carrera anual de coches caseros, que no era otra cosa que carretas de cuatro ruedas que se desplazaban cuesta abajo durante dos kilómetros hasta una meta en la puerta del parque.

Sus madres, entusiasmadas por la iniciativa de integración de sus hijos, compraron todo lo que les pidieron, y no fue fácil.

De hecho, los propios niños fueron con ellas a un gran almacén de ferretería de las afueras.

Pero todo fuese por integrar a los nerds .

Y el resultado fue despampanante: el Velociraptor Mars III era el tercero de sus prototipos, claro, porque nunca es fiable si el definitivo es el primero.

A primera vista, parece que dos ingenieros aeroespaciales en miniatura tuvieron acceso a un taller de carpintería y decidieron construir un cohete terrestre.

La base es una tabla contrachapada de 1,20 metros de largo por 60 centímetros de ancho, pintada de azul eléctrico brillante; Jassim insistió en el azul porque reduce la resistencia visual, con números “03” pintados en amarillo fosforescente en ambos lados con plantillas hechas a mano.

La madera tiene múltiples capas de barniz aplicadas obsesivamente para “reducir la fricción del aire contra la superficie”, según las notas escritas en el cuaderno verde de Kabil.

Y la joya de la corona, Cuatro ruedas de diferentes tamaños porque "no conseguimos cuatro iguales" pero que Jassim intentó compensar ajustando las alturas de los ejes con bloques de madera de diferentes grosores:

Sistema de dirección: Cuerda de nylon verde neón atada al eje delantero y que pasa a través de dos anillas metálicas soldadas con alambre de cobre para "reducir la fricción direccional"

Cómo no, tenían que incluirlo: un espectacular alerón trasero.

Una pieza de plástico de 30 centímetros montada horizontalmente en la parte posterior, sostenida por dos reglas de clase de dibujo técnico reforzadas con pegamento caliente.

Tiene pegatinas de llamas dibujadas a mano porque “los alerones de verdad tienen calcomanías de patrocinadores”.

Y, para terminar, algo para salvar sus vidas si la cosa se ponía complicada, un sistema de frenado, porque no querían hacer el ridículo llegando los primeros y estrellándose contra la colchoneta hinchable de la meta, no ellos querían llegar modo épico.

Dos bloques de goma de borrador gigante pegados con silicona industrial a los lados traseros, conectados mediante palancas de madera que el piloto puede presionar contra las ruedas traseras.

El resultado fue bochornosamente espectacular.

Los dos niños se presentaron allí: solo Kabil pilotaba, al ser el más delgado…

peso, aerodinámica… y Jassim era la base de mando.

Pero claro: de los diez coches —mejor dicho, carretillas con ruedas— que se presentaron, apenas tres podrían rodar durante quinientos metros, y era claramente por la ayuda de los padres.

Nada que comparar con el Velociraptor Mars III, que era más similar a un rover de la NASA que a otra cosa.

Evidentemente, todos los vecinos pensaron que se trataba de algo comprado o hecho claramente por adultos.

Kabil llegó a la meta en menos de 5 min; el velocímetro marcaba 24 kilómetros por hora.

Kabil activó los frenos a la llegada a la meta y el Velociraptor derrapó en la entrada sin tocar la colchoneta hinchable.

Fue un éxito brutal: ambos niños se abrazaron y saltaron ante el asombro de toda la comunidad.

Obviamente, nadie aceptó la derrota ni la victoria de los pequeños: los insultaron y no les dieron esa copa para la que ya habían fabricado una vitrina con metacrilato.

Ese día, los niños entendieron que su vida sería así para siempre: nunca nadie les aprobaría; siempre los mirarían con recelo, desconfiando de lo que realizasen, como si ellos tuviesen la necesidad de hacer trampas para conseguir algo.

En realidad, ellos solo necesitaban demostrarse su valía a sí mismos, y la capacidad que tenían para retarse a conseguir sus sueños los hacía crecer cada vez más.

Ya siendo más mayores, cuando empezaron el instituto, y con el afán de tratar de integrarse o resarcirse con el mundo, construyeron una casa árbol en el jardín de Jassim.

Casa árbol por llamarlo de alguna manera que no asustase a sus compañeros de clase y sobre todo a las chicas, a las que trataban de asombrar con sus proezas.

Pero más que una casa árbol era una proeza de ingeniería estructural que casualmente tenía forma de casa y estaba parcialmente apoyada en un árbol.

Jassim se enamoró de una chica del instituto, Malik, también era de origen indio y congenió con Jassim y Kabil desde el primer momento.

De hecho, ambos estaban interesados en ella, no era de extrañar, era la única de su especie que se había dignado a comer con ellos en el comedor sin miedo a ser repudiada.

Si es cierto que entre Jassim y Malik había cierta química, él ya no era aquel niño regordete: era alguien más apuesto que Kabil, que seguía con esa misma pose desde niño, flaco y desgarbado.

No obstante, la confianza y superioridad del genio de Kabil siempre le hizo obviar su aspecto físico, ya que consideraba que él podría conseguir lo que quisiera —o a quien quisiera— con sus condiciones intelectuales y que no tenía que perder tiempo en pavonearse ante nadie.

Jassim, algo más humilde, tras varios años de derrotas continuadas ante el ingenio de su vecino, había aprendido a ser más mundano, a ser más normal por así decirlo, si quería acercarse a los seres humanos medios como ellos mismos los llamaban.

Para Kabil, eso era rebajarse.