La Revolución Amarilla Capítulo 4. Nivel II La Meseta #6
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Capítulo 4. Nivel II La Meseta #6

Tarareaba mientras trabajaba, la misma melodía que a Amara le tarareaba su madre.

“soldadito fuerte y valiente, yo seré, yo seré por siempre”

Allí estaba Torbe, diez años en un cuerpo pequeño y fibroso, con manos y pies desproporcionadamente grandes que prometen un crecimiento que quizás llegue.

El cabello castaño le cae constantemente sobre los ojos marrones enormes, demasiado grandes para su cara, que miran el mundo con una curiosidad sin límites.

Le falta un incisivo superior, perdido en una caída cerca de la fuente, lo que le da una sonrisa ligeramente chueca que aparece con frecuencia sorprendente para un niño que vive en la montaña de Vorak.

Lleva una túnica gris tres tallas más grandes, remangada en puños y tobillos, manchada de tierra con la que siempre está jugando a hacer túneles.

Los dedos permanentemente sucios, las rodillas permanentemente raspadas.

Se mueve con la confianza inconsciente de quien no entiende completamente el peligro.

Era tan pequeño todavía, y tan grande al mismo tiempo…

Amara se quedó en la puerta durante treinta segundos, solo mirándolo. Memorizando, este momento, este niño. Esta sensación de que, aunque todo lo demás en la montaña estuviera roto, esto, al menos, había sido bueno.

Finalmente habló.

Amara: [llamándole desde la puerta] Torbe.

Él levantó la vista inmediatamente, con una sonrisa automática que iluminaba toda su cara.

Torbe: [dejando los bloques] ¡Amara! Mira, estoy construyendo el Gran Comedor, pero en pequeño. ¿Ves? Estas son las mesas y estos son...

Amara: [interrumpiendo gentilmente] Torbe, necesito hablar contigo.

Algo en su tono hizo que la sonrisa de Torbe vacilara. Los niños sabían, siempre sabían cuando las conversaciones iban a doler. Se levantó despacio, limpiándose las manos en los pantalones.

Torbe: [cauteloso] ¿Hice algo malo?

Ella negó rápidamente, arrodillándose para estar a su altura.

Amara: [con dulzura] No. No, corazón. No hiciste nada malo. Todo lo contrario.

Torbe: [no convencido] Entonces ¿por qué tienes esa voz?

Amara: [pequeña sonrisa triste] ¿Qué voz?

Torbe: [resignado] La voz de cuando las cosas van a cambiar.

Amara sintió como si algo le apretase en su garganta y es que, con diez años, ya había aprendido a reconocer la pérdida antes de que llegara.

Esa situación él ya la había vivido antes, cuando la misma Amara le comunicó la muerte de Nira, su madre.

Se sentó completamente en el suelo, piernas cruzadas, haciendo espacio para él.

Torbe se sentó frente a ella, automáticamente imitando su postura. Silencio por cinco segundos mientras Amara buscaba las palabras que nunca encontraría.

Amara: [finalmente] ¿Recuerdas cuando hablamos sobre funciones? ¿Sobre cómo cada persona en la montaña tiene trabajo que hacer?

Torbe: [asintiendo] Como tú cuidas a los bebés y yo... bueno, todavía no tengo función oficial.

Amara: [respirando hondo] Mi función va a cambiar pronto. Ya no voy a poder trabajar aquí cuidando a los niños.

Vio el momento exacto en que Torbe procesó lo que eso significaba. Sus ojos, esos ojos marrones enormes que veían demasiado, se ensancharon ligeramente.

Torbe: [bajando el tono] ¿Te vas?

Amara: No me voy lejos. Sigo en el Internado. Solo... voy a tener responsabilidades diferentes.

Torbe: [procesando] ¿Las responsabilidades para las que te seleccionaron?

Era pregunta, pero también afirmación, porque Torbe sabía. Todos los niños sabían vagamente lo que significaba ser Reproductora, aunque nadie se los explicara directamente.

Sabían que las mujeres del Internado hacían algo que los adultos no hablaban con claridad. Sabían que tenía que ver con bebés. Y sabían que una vez que empezabas esas "responsabilidades" ya no podías hacer otras cosas.

Amara: [asintiendo] Sí.

El niño apretaba la arena cerrando sus puños mientras escuchaba a Amara.

Torbe: [enfadado] ¿Cuándo?

Amara: A partir de mañana entraré en el programa de asignaciones.

Silencio más largo, Torbe jugueteaba con el borde de su túnica. Amara esperó.

Sabía que él estaba procesando y organizando pensamientos. Decidiendo qué decir primero de las cincuenta cosas que probablemente quería decir.

Finalmente levantó la vista.

Torbe: ¿Vas a estar bien?

Y eso, esa pregunta, esa preocupación por ella cuando él era el que estaba perdiendo protección, rompió algo en Amara. Tuvo que parpadear rápido para evitar que las lágrimas cayeran.

Amara: Sí. Voy a estar bien.

Torbe: [mirándola fijamente] Estás asustada.

No era pregunta, era observación.

Amara: [después de pausa larga] Sí. Estoy asustada.

Torbe: [inclinando cabeza] ¿De qué?

Amara: [honestidad] De no ser suficiente. De fallar. De... de no poder cuidarte más.

Torbe se quedó quieto por tres segundos, luego se deslizó hacia adelante y la abrazó, con esa confianza absoluta de niño que todavía cree que los abrazos arreglan cosas.

Amara lo sostuvo cerrando los ojos. Dejó que las lágrimas cayeran en el cabello rebelde de Torbe donde nadie las vería. Permanecieron así durante un minuto completo. Luego Torbe se separó ligeramente, lo suficiente para mirarla a la cara.

Torbe: [serio] Tú me enseñaste algo.

Amara: [limpiándose los ojos rápidamente] ¿Qué te enseñé?

Torbe: [con firmeza] Que cuando tienes miedo de algo, tienes que nombrarlo. Darle voz. Porque las cosas con nombre son menos aterradoras que las cosas que solo viven en tu cabeza.

Amara parpadeó. ¿Había dicho eso? Meses atrás, cuando Torbe había tenido pesadilla sobre túneles colapsando y había despertado gritando, ella le había dicho que nombrara el miedo y él lo había hecho, y había funcionado. Y ahora él le devolvía sus propias palabras.

Amara: [sonrisa temblorosa] Tienes razón.

Torbe: [asintiendo] Entonces nómbralo. ¿De qué tienes miedo exactamente?

Amara respiró hondo.

Amara: [lentamente] Tengo miedo de que cuando empiece mi función, algo salga mal. Que no pueda tener hijos. Que me envíen al Nivel III como... le pasó a tu madre.

Torbe: [sin vacilar] Tú no eres como mi madre.

Amara: [mirándolo] ¿Qué quieres decir?

Torbe: [con valentía] Tú me tienes a mí. Yo cuidaré de ti cuando salgas de aquí.

Amara lo miró sin poder hablar. Diez años y ya entendía más la responsabilidad de este mundo que la mayoría de los adultos.

Amara: [finalmente, voz quebrada] ¿Cómo eres tan sabio?

Torbe: [abrazando a Amara] Pase lo que pase, siempre volveremos a estar juntos.

Ese abrazo se alargó unos tres minutos. Amara besó a Torbe y ambos siguieron su camino, asumiendo su destino y con la promesa férrea de que mantenerse con vida les haría finalmente encontrarse de nuevo.

Amara siguió viendo a Torbe a través de los cristales, tratando de sostener esa imagen en su retina para siempre, mientras el niño, asumiendo su nuevo rol, se disponía a recoger sus cosas en una pequeña bolsa de tela y se marchaba sin mirar atrás. La joven ya tenía otro reto en su mente.

Tratando de formatear por completo su mente, y almacenando en lo más profundo de su corazón sus sentimientos hacia el pequeño, Amara hizo de tripas corazón.