Capítulo 4. Nivel II La Meseta #5
Nira: [continuando] Custodio Rahman. Tenía cincuenta y ocho años.
Yo catorce. [pausa] Y me dijeron que era honor.
Que estaba sirviendo al programa genético.
Que estaba ayudando a preservar humanidad.
[pausa, voz quebrándose] Pero cuando cerró la puerta de esa habitación...
no me sentí honrada. Me sentí... usada. Como un objeto.
Amara: [lágrimas en ojos] Nira...
Nira: [continuando, necesitando decirlo] Y después fueron otros.
Custodio Josef. Custodio Marcus. Guardia de alto rango que no recuerdo el nombre.
Cinco "asignaciones" en dos años. [pausa].
Y Kabil... [con rabia] Kabil anotó todo en su maldito cuaderno.
Como si fuera experimento. Como si yo fuera rata de laboratorio.
Amara: [sosteniendo mano de Nira de nuevo] No sabía que...
Nira: [mirándola] ¿Que me habían violado repetidamente con bendición del sistema? Nadie lo dice así. Usan palabras como "asignación" y "programa genético" y "servicio a comunidad." Pero quítale palabras bonitas y ¿qué es? [pausa] Es hombre viejo usando cuerpo de niña.
Amara: [susurro] Pero... pero Vorak dice que es necesario. Que, sin programa genético, población colapsaría. Que...
Nira: [más calmada pero más dura] ¿Razón? La razón es control, Amara. Pura y simple. [pausa] Afuera había desigualdad porque gente con poder tomaba recursos y dejaba a otros morir. Aquí adentro es igual. Solo más... refinado.
Nira: [continuando] Los Custodios comen 2 o 3 veces lo que comemos nosotras.
Viven en módulos privados mientras nosotras compartimos celdas.
Tienen baños con agua caliente mientras nosotras nos lavamos con trapos fríos.
[pausa] ¿Por qué? ¿Porque trabajan más duro?
[risa amarga] Custodio Amir pasa días enteros sentado recitando Dogma... ¿Quién trabaja más duro?
Amara: [procesando] Entonces... ¿somos misma prisión con diferente nombre? ¿Misma desigualdad, pero... organizada?
Nira: [continuando] Y los Extractores. Dios, los pobres Extractores.
Cavan doce horas diarias. Respiran polvo de carbón.
Se rompen las espaldas. Pierden dedos en accidentes.
Mueren a los cuarenta años con los pulmones destruidos.
Y comen menos que nosotras. [pausa] ¿Dónde está el orden justo en eso?
Nira pausó su tono al ver a Amara apagarse en sus contestaciones y recuerdos.
Agarró a la muchacha por sus manos, la sentó en la cama de al lado y trató de atar con mil cadenas todas sus emociones para poder empezar a deslizar palabras.
Nira: Ahora ven aquí, y presta atención, tengo que decirte algo…
Amara, debes saber que me han reasignado, el sistema ya no me considera apta para la reproducción.
Se hizo un silencio, Amara no entendía bien el término, en realidad, ¿eso era bueno?
Amara: ¡Pero eso es genial! ¡Ya no tendrás que estar aquí!, podrás salir y no tendrás que aguantar más citas ni a las matronas ni…
Nira: Amara, soy una reproductora, mi cuerpo no me pertenece, es del sistema y ya no funciona para él. No soy útil, y aquí en la montaña nada se repara, soy una grieta del sistema.
Me reubicarán al Nivel III, hoy tengo mi última cita.
Amara quedó pálida, no terminaba de comprender la trascendencia de lo ocurrido, tampoco conocía cómo era el Nivel III, ella se había criado en el Nivel II y no cabía en ella peor lugar que el Internado.
Nira: No entiendes nada, ¿verdad? En el Nivel III, solo hay extractores y condenados, allí la comida es un lujo que negociar con el rey de la sabana, con Fodos, el ser más despreciable que existe, y créeme, he conocido mucho despreciable.
Además, fuera del Internado, no seré respetada, las mujeres en el Nivel III, solo son carne que abastece la locura de los olvidados, en mi situación, será cuestión de días que …
Nira se quebró por fin... se había visto yacer tipos fríos como el hielo, había sufrido mil violaciones a su intimidad y a su decoro, había sido degradada al nivel de probeta humana, pero después de todo, aquel sitio donde estaba prisionera, resultó ser lo único que la protegía del horror y del caos del Nivel III.
Nira no se movió durante treinta segundos. Se quedó en la litera, mirando al techo, respirando con ese control medido que era lo único que le quedaba.
Luego habló, con voz muy baja:
Nira: [angustiada] ¡Amara!, van a reasignarme pronto, probablemente en semanas. Y cuando lo hagan, probablemente muera.
Torbe. Mi hijo... es todo lo que hice que valió la pena. Todo lo demás... [gesticuló vagamente hacia la litera] fue sobrevivir. Pero Torbe es vivir. Y cuando yo me vaya, él va a estar solo."
Nira tomó las manos de Amara entre las suyas.
Nira: Cuídalo. Enséñale que el mundo puede ser más que esto.
Amara sintió como las lágrimas se amontonaban en sus ojos mientras Nira se acurrucaba en su hombro.
Nira: Di las palabras. Necesito escucharte decirlas.
Amara apretó las manos de Nira y la miró con una determinación y confianza desmedidas.
Amara: [con firmeza] Lo prometo. Cuidaré de Torbe. Le enseñaré que merece soñar y recordar a su madre. Le mostraré que el mundo puede ser más que esto. Te lo prometo.
Nira asintió. Soltó las manos de Amara, se secó los ojos con el dorso de la mano y sonrió. Una sonrisa pequeña, rota, pero real.
Nira: Gracias. Ahora puedo irme sabiendo que algo de mí seguirá. No mi cuerpo, ni mi función. Sino mi amor a través de ti, A través de él.
Desde ese día, Amara no apartó su mirada de Torbe, era solo un bebé, pero era fácil de reconocer por un extraño lunar azul que tenía en la espalda, como una marca, él también tenía la Marca.
Amara volvió en sí, dejando sus recuerdos atrás, al ver que las lámparas se desvanecían. Cuando por fin las lámparas se apagan a las 21:00, el Internado no guarda silencio de inmediato.
Hay un período de transición, de unos veinte minutos, en que la oscuridad hace posible lo que la luz prohíbe: el movimiento furtivo de una mano que busca otra mano en la litera de al lado, el susurro que lleva información o consuelo o simplemente el sonido de una voz que no quiere estar sola, el llanto contenido que algunas dejan salir ahora porque es el único momento del día en que nadie puede verlo y anotarlo.
Amara suele permanecer despierta más tiempo que las demás. No por insomnio. O no solo por eso.
Sino porque le gusta escuchar cómo se apaga el Internado.
Cómo las respiraciones van cambiando de ritmo, de la tensión superficial del estado de alerta a la lentitud más profunda del sueño.
Cómo el espacio, que durante el día es de las matronas y del sistema y de los protocolos, va siendo reclamado poco a poco por los cuerpos que duermen sin supervisión posible.
Piensa que hay cosas que solo se aprenden aquí, en este espacio cerrado y blanqueado y sin puertas en los sitios donde debería haber puertas.
Se aprende a ocupar el mínimo espacio posible.
A caminar pegada a la pared, a comer sobre el plato sin dejar que los codos se abran, a dormir en posición fetal en literas que apenas tienen el ancho de los hombros.
El cuerpo aprende que su espacio en el mundo es exactamente el que le asignan, ni un centímetro más.
Se aprende a borrar la cara. No literalmente.
Sino a construir una expresión neutra que no comunique nada procesable, que no ofrezca información sobre el estado interior, que sea tan lisa y gris como las paredes.
Las más hábiles pueden mantener esa expresión durante horas, durante días enteros, y solo cuando están seguras de que nadie las observa permiten que algo real ascienda a la superficie.
Se aprende a querer en silencio, que es quizás la cosa más difícil que el Internado enseña y la más necesaria para sobrevivir en él.
Las amistades aquí son profundas de una manera que nada en los niveles superiores puede comprender, porque están construidas sobre la economía radical de lo que se comparte cuando no se puede compartir nada: media ración en un día malo, una mano en la oscuridad, la manta extra al pie de la litera.
Cuando lo único que puedes dar son estas cosas pequeñas, darlas se convierte en un acto de una enormidad desproporcionada.
Y se aprende, finalmente, a esperar. No la espera pasiva del que se ha rendido, sino la espera activa del que sabe que las cosas no son permanentes, aunque lo parezcan, que el sistema más hermético tiene grietas si sabes dónde mirar, que incluso en el lugar más controlado del mundo hay un momento al día en que el agua corre por el desagüe y el micrófono no alcanza y dos mujeres pueden susurrarse verdades en el único espacio que el sistema olvidó clausurar.
* * *
Pasaron pronto 6 meses...
El tiempo de Amara como cuidadora llegaba a su fin, Torbe ya había cumplido diez años y era momento de abandonar el Internado.
Esta situación entristecía profundamente a Amara, que veía en el muchacho un salvavidas para alargar sus funciones de reproductora y también a la única familia que tenía en este mundo.
Desde enero Torbe tenía que abandonar el Internado, ya era mayor, tenía que volar. Amara sabe que ya no podrá protegerlo; sabe los peligros que acechan en todas partes de la montaña, pero también confía en la inteligencia de Torbe, él saldrá adelante.
Amara había esperado hasta el último momento para decírselo. No por cobardía. Sino porque las palabras correctas nunca llegaron, y cuanto más esperaba, menos correctas parecían todas las opciones.
¿Cómo le dices a un niño de diez años que ya no podrás protegerlo?
¿Cómo le explicas que el mundo que ha conocido, el pequeño espacio seguro que creaste alrededor de él, se está terminando?
¿Cómo dices adiós cuando el adiós se siente como traición?
Torbe estaba sentado en el suelo de la habitación pequeña donde Amara había estado trabajando como matrona temporal los últimos meses. Rodeado de bloques de madera, construyendo algo que en su cabeza tenía sentido perfecto pero que para cualquiera más parecía caos organizado.