La Revolución Amarilla Capítulo 4. Nivel II La Meseta #4
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Capítulo 4. Nivel II La Meseta #4

Sara tenía su primer examen médico desde que estaba en el Internado, algo que era casi peor que cualquier asignación.

La sala de examen médico se encuentra al fondo del pasillo principal, detrás de una puerta metálica pintada de blanco que se abre desde afuera con llave. Solo tiene acceso la Dra. Serval y, cómo no, Kabil.

La sala tiene tres camillas de metal cubiertas con papel sanitario que se cambia entre visita y visita, una báscula, un tensiómetro de mano, un termómetro clínico que se calibra mensualmente, y una estantería con carpetas individuales, una por cada habitante del Internado, donde se registran peso, temperatura, ciclo, estado general, notas especiales.

Las reproductoras entran, se desnudan según instrucciones y son pesadas, medidas y examinadas por la Dra. Serval. Por una doctora que, en realidad, no es médico: es la mano derecha de Kabil y quien dirige el Internado. Ella dicta las normas que son ejecutadas a rajatabla por las matronas.

Marie Serval era una doctora en biología que ayudaba a Kabil antes del cataclismo; era su becaria. Había entrado a este proyecto tras pasar una exhaustiva selección de Kabil, el cual era ya una eminencia en el sector, y para Serval era un honor trabajar con él.

En el momento de la erupción tenía 28 años, ahora ronda los 57. De origen francés, es estricta, estirada, delgada, con la boca pequeña y los ojos alargados, con mirada fría y calculadora. Siempre lleva su pelo blanco recogido con un moño y sus gafas son rectangulares y pequeñas.

Su tono siempre es conciso y brusco con las reproductoras del Internado, a las que evalúa como si fuesen ganado y con una omisión de emociones abrumadora.

Al fin y al cabo, ella es la directora del programa de optimización genética de Kabil y se debe con su alma a este proyecto, y con algo más al propio Doctor, pero eso es algo que ella nunca podrá mostrar, no aquí, no hay lugar para eso y menos tratándose de él.

De este modo, al igual que el vino se convierte en vinagre, la pasión se convierte en frustración, y esta misma en rabia y desgana.

Poco a poco, la doctora Marie Serval se fue creando un estatus de desconexión emocional que la convirtió en casi un autómata, haciendo que ir a su consulta fuese tan frío como ir a un matadero.

Al mirar a Sara, Amara no puede evitar acordarse de su amiga Nira.

Si cerraba los ojos, se acordaba de ella constantemente: hacía solo un año desde que se fue…

Nira fue la encargada de velar por Amara en sus primeras semanas, Amara tenía 14 años y hasta los 20 no entran a formar parte del programa de reproducción.

Básicamente consistía en visitas concertadas con los mejores portadores genéticos de la Montaña. Obviamente, habitantes del Nivel I y miembros de la Guardia Gris a los que se les premiaba por su labor con estos derechos de pernada.

Evidentemente la disposición de las mujeres dependía en cierto modo de las decisiones de los Custodios y de las necesidades de aplacar ciertos momentos de tensión de la comunidad; esto ponía de los nervios a Kabil que veía que su control y orden a veces dependía de otras cosas fuera del dogma que predicaban los Custodios.

Pero en condiciones normales, había 8 mujeres dispuestas en los turnos establecidos para las citas.

Nira era una de ellas, una mujer hermosa de 26 años, tenía el pelo oscuro y los ojos marrones pero inquietos.

Hace años se cortó el pelo y lo llevaba bastante raso para evitar tardar mucho tiempo en el aseo, había aprendido a no mostrar más su cuerpo tras las secuelas de sus dos partos.

Aun siendo callada y recelosa, era muy cariñosa con Amara, a su manera, sin mucho alardeo, sabía cuidar de ella en los momentos que solo una reproductora con experiencia sabía valorar.

Le daba su intimidad en la letrina, sabía cómo dejar que se aseara sin ser molestada y la mantenía alejada de las miradas de los guardias grises, que, aun teniendo citas concertadas, tenían la libido más larga que su lealtad al sistema.

Nira había tenido dos partos de seis embarazos, siendo el último especialmente traumático, un aborto, hace seis meses con un sangrado importante que estuvo a punto de costarle la vida, ella entendió que iba a morir pronto.

La habían salvado. Técnicamente.

Pero Nira sabía leer entre líneas. Sabía lo que significaba cuando Kabil anotaba "capacidad reproductiva: terminada" en su expediente. Sabía lo que les pasaba a las Reproductoras que ya no podían reproducir.

Reasignación.

Nivel III si tenías suerte.

Y Nira, con un cuerpo que había dado todo lo que tenía y un poco más, sabía que no tendría suerte. Sabía que su rendimiento había terminado, y de lo único que se enorgullecía era de haber dado a luz a un niño sano.

Pero antes de la reasignación venía el proceso.

El proceso tenía un nombre oficial “Evaluación de Continuidad Post-Funcional” que significaba en la práctica: te usaban una última vez antes de descartarte.

La cita estaba programada para las 20:00 horas. Habitación 4 del Internado. Con un Custodio cuyo nombre Nira no conocía y no quería conocer porque conocer nombres hacía las cosas más difíciles.

Iris le había informado esa mañana con la voz monótona de siempre:

"Tienes visita esta noche. Prepárate apropiadamente."

Nira había asentido.

Luego había ido a buscar a Amara,

Nira: [con dulzura] ¿Hola, mi niña, comiste bien hoy? [pausa] No te vi después del comedor, ya sabes que debes tener cuidado, no siempre voy a estar para cubrirte cuando te escabullas tras las duchas.

Ya no eres una niña, eres una mujer, y pronto dejarán de ser tan laxos contigo.

Amara venía con su pelo castaño enredado en una enorme trenza que le había enseñado su madre hacerse emulando los cestos de fibra que se hacen en los invernaderos, sus ojos claros miraban con atención a su mentora.

Amara: [asumiendo el reproche] Lo siento Nira, pero es que es el único momento que puedo verlos… luego dejan de brillar.

Nira: [tono serio] Aquí todo deja de brillar alguna vez y luego ya se apaga, acostúmbrate a eso.

Amara, aprieta los puños y se arma de valor, se le sonrojan las mejillas y frunce el ceño ligeramente.

Amara: [enfado] ¡NO! ¡Ellos no!, están aquí desde antes que nosotros, son los dueños de la montaña, ellos son los espíritus que velan por las almas de los que se van.

No podía evitar recordar a sus padres cada vez que miraba esos hongos bioluminiscentes, que no eran comestibles, pero que crecían sin que nadie los ayudara y parecían brillar con intensidad cada vez que alguien se iba.

Amara: [recordando] Sabes, cuando veo esos hongos, recuerdo lo que me contó mi madre cuando yo era una niña y le preguntaba por cómo era el Viejo Mundo. Hay una frase que no borro de mi cabeza.

Amara: [continuando] Me contó que el día comenzó normal. Sol brillante. Cielo azul. Ella trabajaba en una oficina. Mi padre era maestro. [pausa] Y luego... las sirenas.

Dijeron que el volcán en … en… no recuerdo el nombre, había erupcionado. No el pequeño que había estado activo durante años. Sino el grande. El catastrófico y que era el que los científicos habían temido durante décadas.

Nira: ¿Y entonces?

Amara: Entonces todo fue caos. Mi madre me dijo que vio una nube enorme y negra. Acercándose en el horizonte. Como una manta tapándolo todo. Más grande que nada imaginable. [pausa] Y las autoridades dijeron: "Evacuen. Hacia el norte. Hacia los búnkeres."

Nira: ¿Tu familia tenía acceso?

Amara: [negando] No. Eran gente común. Un maestro de escuela y una oficinista. Pero mi padre... mi padre tenía un amigo. Alguien que era militar. Y ese amigo le debía un favor. [pausa] Así que consiguieron tres espacios.

Nira: [procesando] Tres. De cuántos miles que no pudieron entrar.

Amara: [asintiendo] Mi madre me contó que cuando llegaron al búnker... había multitud. Miles de personas golpeando las puertas. Suplicando. Ofreciendo dinero. Joyas. Cualquier cosa. [pausa] Y los soldados... los soldados los empujaban hacia atrás. Con rifles. Con bastones.

Nira: [susurro] Dios mío...

Amara: [continuando] Mi madre vio a otras madres lanzando niños hacia delante, con la esperanza de que alguien se apiadase de ellos y los tomasen para dentro del búnker. Desesperadas. Pero la puerta se cerró... [no puede continuar]

Nira: [tomando mano de Amara] No tienes que...

Amara: [interrumpiendo] Mi madre me contó todo eso para que entendiera. [pausa] Me dijo: "Amara, sobrevivimos porque tuvimos suerte. No porque fuéramos mejores. No porque lo mereciéramos. Solo... suerte. Y esa suerte vino con deuda que nunca podremos pagar."

Amara: [encogiéndose de hombros] Mi madre decía que afuera era caos. Que la gente moría de hambre. Que se mataban entre sí por comida. Que el mundo se había vuelto un infierno de ceniza y muerte. [pausa] Decía que aquí dentro... al menos sobrevivíamos. Al menos había orden.

Nira: [enfadada] ¿Orden?

Amara: [mirándola] Eso decía ella.

Nira: [soltando mano de Amara, voz subiendo] Tu madre estaba equivocada. [pausa] O mintiendo para consolarte.

Amara: [sorprendida] ¿Qué?

Nira: [sentándose con dificultad] Todo eso... todo ese caos que describes del mundo de afuera... lo dejamos afuera Amara. Pero no desapareció. Solo... se concentró. Aquí dentro.

Amara: [procesando] No entiendo.

Nira: [amargamente] Afuera, tu madre vio desigualdad. Vio gente con acceso al búnker y gente sin acceso. Vio madres lanzando bebés. Vio soldados con rifles contra civiles desesperados. [pausa] ¿Qué crees que tenemos aquí?

Amara: [vacilando] El... el Dogma del Acero. Las castas. Pero eso es para el orden. Para que todos tengan rol. Para que sobrevivamos.

Nira: [risa sin humor] ¿Orden? Amara, mírame. [señalando su cuerpo]. Mi cuerpo está destruido. Tengo veintiséis años y parezco cuarenta. [pausa] ¿Y sabes por qué?

Amara: Porque es tu función...

Nira: [interrumpiendo] ¡Porque los Custodios decidieron que mi función es parir! No me preguntaron. No me dieron elección. [pausa] A los trece me marcaron. A los catorce tuve mi primera "asignación." ¿Sabes quién fue?

Amara: [negando]