La Revolución Amarilla Capítulo 4. Nivel II La Meseta #3
16%

Capítulo 4. Nivel II La Meseta #3

Lo que Kabil no dijo, pero que las matronas entendieron perfectamente es que las paredes blancas son más fáciles de inspeccionar.

Que una mancha nueva se ve de inmediato.

Que una marca, un símbolo, cualquier signo trazado en blanco por manos que necesitan dejar huella, resulta visible desde el otro extremo del pasillo.

Por eso, durante veinticuatro años, las paredes del Internado permanecieron inmaculadas.

Al llegar al dormitorio central, suspiraba con alivio, como si alguien le persiguiera por aquel pasillo blanco.

El dormitorio común era una sala rectangular de veintidós metros de largo por nueve de ancho, excavada en la roca con más prisa que precisión.

El techo no era uniforme: tenía una protuberancia en el centro, una viga de roca natural que los constructores del Año 5 no quisieron o no pudieron eliminar, y que ahora divide visualmente el espacio en dos mitades que sus habitantes llaman, sin necesidad de acordarlo, el lado de las jóvenes y el lado de las mayores.

Amara sentía cierta calidez al llegar por fin a su litera, y no debido precisamente a la intimidad del dormitorio, ya que las literas son veinticinco.

Dobles, todas ellas, lo que significa que el dormitorio alberga hasta cincuenta cuerpos en sus peores momentos de ocupación, aunque la media ronda las treinta.

Amara nota calidez por la complicidad de todas aquellas que están allí, como ella, compartiendo su vida y sus miedos.

Eso terriblemente la hace sentir como en familia.

Se metía bajo su sábana y hacía como que nada de afuera existiera, con la cabeza pegada a la madera de las literas, que está tan oscurecida por el uso y la humedad que parece haber existido siempre.

Se hacía tarde, por lo que todas sus compañeras se disponían a descansar, salvo aquellas que tuviesen asignación esa noche.

Las demás harían lo posible por descansar, aunque hacerlo en esos colchones a veces era una utopía.

Los colchones son idénticos a los del resto de la Meseta: sacos de fibra compactada que con los años se han moldeado a los cuerpos específicos que los usan, de modo que, si alguien duerme en la litera equivocada, los bultos y los huecos están en los lugares incorrectos, y el cuerpo no descansa bien.

Esto tiene una consecuencia práctica: nadie duerme en la litera de otra.

Hay una ética del cuerpo en el Internado que el resto de la montaña no comprende porque el resto de la montaña nunca tuvo que construirla.

Las luces del pasillo se encienden y apagan tres veces, es el aviso de las matronas para que se vayan acostando.

Las matronas son las encargadas de mantener el control en el Internado, ayudan a conciliar las labores y las enseñanzas entre las reproductoras y las aprendices.

Duermen en una celda separada al fondo del dormitorio, detrás de una puerta real con cerrojo, la única puerta real del Internado.

Son tres en rotación, aunque la Matrona Iris es la que todos sienten siempre presentes, incluso cuando no está, porque su ausencia física nunca elimina la sensación de que podría estar observando.

Iris, la matrona jefa, es una mujer de 35 años que sobrevivió a tres embarazos. Kabil decidió mantenerla en el programa como matrona, en parte por sus servicios prestados.

Una mujer de complexión esbelta y tono serio, con el pelo corto rubio casi rapado y los ojos azules. Hace unos años fue hermosa y jovial.

Llegó a la montaña a los cinco años y sufrió terriblemente el confinamiento y la muerte de sus padres.

Solo hubo una persona que estuvo siempre con ella, otra chica, Rose, que con la misma vida que había tenido Iris, se hizo muy amiga de ella, al punto que ambas se enamoraron.

La situación se complicó cuando ambas fueron seleccionadas para el programa de optimización genética de Kabil. Se veían a oscuras, en el Internado, hasta que la doctora Serval las pilló juntas en la misma cama.

Kabil las interrogó por separado y le hizo la misma pregunta a cada una:

“¿Quieres quedarte aquí dentro y servir al sistema o salir y enfrentarte a la montaña?”

Lamentablemente, Rose quiso salir e Iris que quiso quedarse.

Obviamente, ninguna de las dos sabía lo que contestaría la otra y contestaron lo que pensaron que dirían por separado.

Rose desapareció del Internado; seguramente fue enviada al Nivel III, e Iris se quedó como matrona.

Desde ese día, dejó de creer en el amor y el azar, y se volcó en el Dogma de Acero: el Orden sobre el Caos.

No se puede decir que es monstruosa. Eso sería más sencillo.

Es simplemente alguien que hace lo que el sistema requiere, exactamente y sin ornamento, y que ha encontrado en esa exactitud algo parecido a la paz. Si hay algo detrás de esa paz, una culpa sepultada bajo capas de rutina y protocolo, no hay forma de saberlo. Iris no ofrece grietas.

Las otras dos matronas son más jóvenes y asustadas y más cruelmente amables, que es el tipo de crueldad más difícil de soportar: la que viene con voz suave y ojos de lástima y hace exactamente lo mismo que la crueldad directa, pero te deja sintiéndote agradecida por un momento antes de que entiendas qué acaba de pasar.

A Amara le horrorizaba particularmente la parte del aseo personal. Al lado de su litera se encontraba Sara, una niña de diecinueve años recién cumplidos que acababa de entrar al Internado.

Iris le había encargado a Amara que le enseñara las instalaciones, pero para Amara era muy complicado hacer de cicerona a las chicas más jóvenes, porque ella misma aún se sentía como tal.

Sara: Amara gracias por ayudarme estos días, me va a costar pensar que tengo que estar aquí metida tanto tiempo.

Amara: En realidad, los días se van pasando más rápido de lo que piensas, Sara; ya verás. Mira. [señalando a una sala]

La sala de aseo está al norte del dormitorio, conectada por un pasillo de seis metros.

Es el lugar donde la indignidad es más cotidiana y por tanto más invisible, incorporada ya al tejido de lo normal de una manera que solo se percibe desde fuera. Son diez duchas y ocho letrinas que no tienen puertas, ni cortinas, sin separaciones de ningún tipo. Sin privacidad.

Porque para Kabil, la privacidad es un privilegio que el sistema no puede permitirse conceder, porque la privacidad genera interiores, y los interiores generan pensamiento, y el pensamiento no supervisado es el principio de todo lo que el Dogma teme.

Amara: —El agua de las duchas es fría entre octubre y marzo, y apenas tibia el resto del año. Sale por cabezales de metal, que están algo oxidados, en chorros intermitentes: tres minutos por persona, cronometrados por la matrona. Así que no te tardes demasiado.

Sara: — [ruborizada] pero resulta incómodo tener que asearme así, Amara, todo el mundo puede verme.

Amara: —No te preocupes: aquí todas están más pendientes de su propio día que de mirar a nadie. Además, una vez de compartir letrina, ya lo demás… da igual, Sara.

Amara mostró las letrinas a Sara, eran agujeros en el suelo de piedra con asientos de madera oscurecida, dispuestos en fila con la misma ausencia de separación que las duchas.

Hay un cubo de agua salobre junto a cada una y trapos de tela que las Reproductoras lavan ellas mismas cada mañana.

Las letrinas se usan con la vista fija al frente, con la mandíbula apretada, con el cuerpo haciendo lo que necesita hacer lo más rápido posible.

La dignidad se aprende a ejercer en la mente cuando no se puede ejercer en el cuerpo.

Sara quedó tiesa...

Amara: [susurrando] No todo es tan malo.

Lo que nadie de fuera sabe —lo que no está en ningún informe de Kabil— es que las letrinas son también el único lugar del Internado donde se habla con cierta libertad.

No porque sean privadas, sino porque estás tan cerca que puedes sentir el pensamiento de cada una.

La hora de la comida se distribuye en dieciséis mesas de metal rectangulares, cuatro personas por mesa, dispuestas en cuatro filas que apuntan hacia la pared norte, donde hay una ventanilla de servicio por la que las raciones llegan ya emplatadas desde la cocina adyacente.

Sara: [buscando apoyo] ¿Al menos me prometes que estarás cerca tú de mí?

Amara sonrió.

Por último, se dirigieron hacia el comedor, donde la única norma que predomina sobre el resto es el silencio.

Esta es la norma que Iris hace cumplir con más constancia que cualquier otra, porque es la que considera más importante.

No prohíbe la conversación de manera explícita.

No hace falta. El silencio del comedor se mantiene por imitación: nadie habla porque ninguna recuerda haber visto a nadie hablar, y no hablar es lo que se hace aquí, igual que lo que se hace en las duchas es mirar al frente y en el dormitorio es no mover la litera de la vecina.

Las reglas no escritas son las más sólidas porque no pueden impugnarse.

Amara: [girando hacia la puerta] Sara, este es el comedor.

Aquí ya te comenté que no se puede hablar.

Nos sentaremos juntas, pero en silencio.

Al menos la comida no está tan mal en términos nutritivos: la mejor del Internado.

Raciones de Nivel II con suplementos proteicos cuando hay embarazo confirmado, ajuste calórico según el ciclo menstrual.

Sara: Ahora entiendo por qué no es tan malo el rato de las letrinas… Al menos podemos hablar.

Sara se recostó sobre la pared, al lado de la puerta del comedor, como si todo aquello le estuviese pesando demasiado antes incluso de comenzar.

Amara: [dulcemente] No te preocupes. Aunque todo lo veas terrible ahora, con el tiempo te darás cuenta de que no estás sola.

Todas compartimos esto contigo; aquí todas nos ayudamos.

Es nuestro cometido, nuestro rol, y tenemos que afrontarlo como lo hacen los extractores cada día al meterse en los túneles.

Sara: [asustada] Es que, además, ahora tengo que ir al examen médico. No quiero ir, no quiero volver otra vez; ya me han visto mil veces desde que tengo nueve años…