La Revolución Amarilla Capítulo 4. Nivel II La Meseta #2
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Capítulo 4. Nivel II La Meseta #2

Amara trató de abstraerse y de vuelta al Internado fue paseando, hacía tiempo que no salía, pero todo estaba igual, solo que ahora le parecía más pequeño.

A pesar de que el Nivel II es una zona plana y relativamente amplia, para lo que es la montaña, se le puede llamar meseta si la comparas con los otros niveles, solo superada en tamaño por el Nivel III, aunque allí paz y tranquilidad nunca tendrás.

Debido a la constitución de la montaña y las instalaciones del búnker que se encontraron al llegar, la distribución del refugio siempre tendió a ir hacia abajo y expandiendo zonas.

La primera sensación al entrar a la Meseta no es visual. Es olfativa.

Después de días, semanas, años respirando el aire metálico y cargado de los túneles, el olor de tierra mojada golpea con la fuerza de un recuerdo.

No es el olor limpio y fresco de tierra al aire libre, ese que nadie en la montaña recuerda ya con precisión.

Es algo más humilde, más trabajado: tierra fermentada, abono reciclado, agua que ha circulado por demasiados filtros, hongos creciendo en la oscuridad húmeda.

Pero es tierra. Y en la montaña, ese olor vale más que cualquier perfume.

Ella amaba ese olor a tierra mohosa, le recordaba a su infancia, y se detuvo a pasear cerca de los invernaderos principales, que estaban pegados a la pared de roca como tumores benignos que la montaña tolera porque los necesita.

El plástico está tan viejo que ha perdido la transparencia: ahora es traslúcido, con manchas de cal y moho que dibujan mapas de países inexistentes. La luz que filtra es escasa, cansada, del color del caldo aguado.

Dentro, en hileras que siguen la lógica irregular de la roca, crecen los hongos.

Crecen en estanterías de madera podrida que crujen bajo su peso.

Crecen en bandejas de metal abollado llenas de sustrato oscuro.

Crecen en las grietas de la propia pared, colonizando cada fisura con una terquedad silenciosa que los Recolectores envidian y admiran a partes iguales.

Son grises, casi siempre. Grises pálidos, grises oscuros, alguno blanquecino que podría ser señal de enfermedad o simplemente de variedad.

Amara recordaba ver como trabajaba su madre, aquí de rodillas, la mayor parte del tiempo, sobre el suelo húmedo, con las manos metidas en sustrato que huele a descomposición orgánica y a algo más dulzón que nunca termina de identificarse, cosechando con cuidado los ejemplares maduros, descartando los podridos, reponiendo el abono.

Sus espaldas acumulan años en este gesto: la columna doblada hacia adelante, la cabeza baja, los brazos extendidos hacia la tierra como en una reverencia interminable hacia algo que no merece reverencia pero que, sin embargo, los mantiene vivos.

Le llamó poderosamente la atención que todavía existía, en el extremo norte de los invernaderos, donde la pared de roca forma un recodo natural que atrapa algo de calor de los conductos que suben del Nivel Inferior, hay un sistema de riego artesanal que Jassim diseñó en el Año 4 y que nadie ha logrado mejorar desde entonces.

Tubos de cobre conectados con juntas de goma desgastada, válvulas que gotean, aunque estén cerradas, un depósito elevado de metal que se llena dos veces al día con agua traída en cubos desde el Nivel Inferior.

El sistema gotea, siempre gotea, y el suelo alrededor está perpetuamente encharcado, cubierto de una capa de limo verde-grisáceo que se pega a las botas y que los trabajadores llevan rastros de él hasta sus literas por la noche.

El sonido de los invernaderos es este goteo constante, convertido en sinfonía involuntaria: ploc-ploc-ploc desde veinte puntos distintos, combinado con el roce de manos contra plástico viejo y el crujido ocasional de una estantería que protesta pero que aguanta, siempre aguanta, como todo en la montaña.

Amara pasó junto a una Recolectora anciana, de unos setenta años encorvada, cansada y con las manos deformadas por artritis, pero todavía trabajando.

Recolectora Anciana: [sin levantar vista] ¿Los Guardias te molestaron?

Amara: [cálidamente] Sí. ¿A ti también?

Anciana: [risa amarga] Tres veces hoy. Preguntan sobre túneles. Sobre rumores. [pausa] Como si supiera algo.

Un guardia pasó cerca y ambas volvieron a trabajo, se miraron y decidieron guardar silencio.

De camino al Internado, Amara pasó por sistema de fuentes, eran siete fuentes principales. Cada una de dos metros diámetro y un metro de profundidad. Las bombas eléctricas alimentadas por los generadores del Nivel III, hacían circular el agua que se filtraba por la montaña.

En fuente 4:

Una anciana ciega de un ojo estaba arrodillada, duplicando turno y llenando jarras de agua, mientras algunos guardias se burlaban de ella.

Amara no la conocía bien, pero sabía que la llamaban Oñara, y aquella anciana era alguien más peligrosa de lo que los guardias pensaban. Nunca hablaba mucho y fingía ceguera total, aunque veía con ojo derecho.

Y… si había alguien en todo el Nivel II que supiese de rumores… era ella.

Oñara fingía ceguera total. Pero Amara había visto, una vez, ese ojo derecho moviéndose, rastreando movimientos de un guardia, de la gente, de su entorno, ... como si estuviera recolectando información. No solo agua.

Amara pasó rápido.

Sin hacer contacto visual, pero no pudo evitarlo, y al girar ligeramente la cabeza hacia la fuente, la vio.

Con una capucha negra, ligeramente tapándole la cara, y mirando entre sombras.

Oñara: [susurrando] Corre, muchacha, corre. Los rumores, los susurros, corren como tú: suben y bajan, rebotan y chocan hasta que todos acaban en el agua.

Amara aceleró el paso. Esa anciana la aterraba: siempre parecía que sabía algo más que nadie, como si pudiese adivinar el futuro. Pero fue en la mitad este de la Meseta, donde duermen los que trabajan aquí, donde Amara se rompió del todo.

Pudo ver la vivienda donde creció, las viviendas de la Meseta no son habitaciones.

Son celdas irregulares excavadas directamente en la roca, separadas por tabiques de madera reciclada tan delgados que se escucha respirar al vecino.

Algunas tienen puerta, una cortina de tela raída que cuelga con más voluntad que resistencia.

La mayoría solo tienen el hueco abierto, porque construir puertas requiere materiales y los materiales tienen otros usos más urgentes.

El suelo es roca irregular recubierta con una capa de arcilla compactada que, en invierno, cuando las filtraciones aumentan, se convierte en barro.

Los habitantes lo cubren con trapos viejos, con piezas de madera plana, con lo que encuentran.

El resultado es un mosaico involuntario de texturas y materiales que cuenta, para quien sepa leerlo, la historia de treinta años de escasez creativa.

Dejando las viviendas en colmena a su izquierda se apresuró, se le estaba haciendo tarde y por primera vez en su vida, la situación con los guardias era tan tensa que prefería llegar al Internado cuanto antes.

No convenía quedarse en la penumbra de la Meseta cuando las luces descienden. La Meseta tiene ocho lámparas de aceite. Ocho, para un espacio que aloja a más de trescientas personas.

Se encienden al despertar oficial 04:30 y se apagan a las 21:00, cuando el toque de queda convierte la montaña en oscuridad total.

Las ocho lámparas producen una luz amarillenta y temblorosa que no alcanza los rincones, que proyecta sombras enormes en la roca irregular del techo, que hace que los rostros de las personas parezcan tallados en madera oscura, llenos de cavidades y relieves que la luz plana del día habría suavizado.

No hay luz de día. Nunca la hubo aquí.

Los habitantes de la Meseta nunca experimentan el amanecer, ese cambio gradual de tonalidades que empieza en azul oscuro y termina en dorado. Para ellos, la transición entre noche y día es una lámpara que alguien enciende en el pasillo central a las 04:30. Brusca. Definitiva. Sin ceremonias.

La Meseta no es el infierno del Pozo ni el palacio frío de los Custodios. Es el lugar del medio. El lugar donde las cosas crecen a pesar de todo. Donde la gente duerme apretada y recuerda en voz baja y guarda colores debajo de piedras.

Finalmente, Amara llega a su destino: el Internado.

Hay una puerta en la Meseta que no parece puerta.

Es una plancha de acero gris empotrada en la roca, sin manija visible, con dos cerraduras de llave que conecta un módulo del antiguo búnker con una construcción en roca utilizando una vieja cueva.

El acceso libre solo lo poseen las Matronas y, por supuesto, Kabil.

No tiene señalización oficial. El sistema de castas no necesita carteles para sus fronteras, porque sus fronteras las aprenden los habitantes desde que tienen edad de aprender cualquier cosa.

Los niños de la Meseta crecen sabiendo que esa puerta existe y que no deben acercarse a ella.

Los hombres adultos saben que, si se acercan sin autorización, habrá consecuencias que el eufemismo oficial llama corrección disciplinaria.

Solo las matronas entran y salen con naturalidad. Solo ellas y, ocasionalmente, las asignaciones registradas y autorizadas para ejecutarse en el área de reproductoras.

Al otro lado de esa puerta sin manija comienza lo que los documentos oficiales llaman Sector de Continuidad Genética, Subleve 2-Sur, y que sus habitantes, en los susurros del cuarto apagado a las 21:00, llaman simplemente el Internado.

Amara aceleraba el paso siempre que se adentraba en ese pasillo. No era oscuro ni sucio, pero era pulcramente implacable. Sus paredes estaban recubiertas con una capa de cal blanca que, en los primeros años, debió parecer limpia y que ahora muestra décadas de humedad.

Higiene, en el Consejo. Condiciones óptimas para la salud reproductiva.