Capítulo 4. Nivel II La Meseta
Nivel II: La Meseta
Es una zona cómoda de la montaña; no es tan lujosa como el Nivel I, pero es más tranquila que el Balcón de la Guardia Gris. Aquí se encuentra la gente más pacífica y tranquila de la montaña: se tiene buen trabajo y seguridad, a la par de una ración de buen nivel.
Los habitantes de esta zona se dividen entre recolectores (tanto de invernadero como de agua) y el Internado, junto con sus comedores, letrinas y estancias.
Es, sin duda, una zona muy protegida por la Guardia Gris; ya no por estar justo debajo del Balcón, sino porque gran parte de los descendientes de los Custodios viven aquí, sobre todo las mujeres, y porque guarda los tesoros más preciados de la montaña para Vorak y Kabil: la comida y las mujeres.
Pero desde que el Jefe de la Guardia Gris activó el " protocolo de contención ", todo estaba cambiando. No físicamente. Los invernaderos seguían siendo los mismos. Las fuentes todavía goteaban agua reciclada. El Internado permanecía en su rincón noreste, silencioso como tumba blanca.
Pero el aire era diferente, más denso; pareciera que la presión atmosférica hubiera aumentado, y los Guardias Grises estaban por todas partes.
Antes patrullaban en parejas, en turnos de seis horas, con una presencia discreta, casi agradecida.
Ahora, los grupos eran de cinco, en turnos constantes de doce horas, lo que hacía que se volviesen más agresivos a medida que el tiempo avanzaba.
Los bastones ya no descansaban en sus cinturones. Los sostenían. Listos.
Hoy, Amara ha salido del Internado porque aún está haciendo trabajos de cuidado de niños; aún no ha sido asignada y ocupa su tiempo operativo haciendo labores de recolección.
A sus veinticinco años aparenta treinta, pero con una dignidad en la postura que el Internado no pudo robar.
Delgada sin ser frágil, con el cabello negro trenzado hasta la cintura.
Sus ojos marrones oscuros miran con una claridad que desarma, como si vieran directamente a través de las mentiras hasta llegar a la verdad oculta debajo de las palabras.
Tiene un lunar pequeño bajo el ojo derecho que la hace reconocible incluso en la oscuridad.
Las manos callosas de años en la lavandería, con una cicatriz de quemadura en la palma izquierda que nunca menciona.
Viste la túnica marrón del Internado con la cinta negra en el brazo, la marca que odia, pero la lleva con la espalda tan recta que parece casi regia.
Se mueve con una suavidad que es tanto gracia como cautela, como alguien que ha aprendido a ocupar el mínimo espacio posible.
Cuando sonríe, lo hace solo con la mitad de la boca, como si la otra mitad estuviera guardando un secreto.
Tararea cuando trabaja, melodías sin palabras que su madre le enseñó.
Huele levemente a jabón áspero y a las flores de hongo bioluminiscente que visita a escondidas. Es el tipo de mujer que debería estar rota por diez años de sistema brutal, pero que de alguna manera conserva la capacidad de amar ferozmente, de proteger sin condiciones.
Amara arrastra la valentía de una niña que ha tenido que luchar desde su más tierna infancia. Aquí, todos los niños de la montaña son supervivientes natos, pero hay algo que diferencia a unos de otros: lo llaman la Marca.
La Marca es todo aquello que tienen todavía algunos habitantes de la montaña: algo que trajeron del mundo antiguo, un recuerdo volátil que les hace tener un brillo distinto en la mirada, un destello desafiante que muestra la naturaleza humana.
Esa marca es algo que los Custodios y Kabil persiguen por toda la montaña porque, aunque es cierto que han conseguido que los hijos de la montaña sean ya más numerosos que los primeros habitantes, siguen quedando esas brasas aún candentes de la esencia humana que se transmiten de padres a hijos.
Es aquí donde reside la diferencia que hace que Amara tenga la Marca. Ella, aunque nacida en la montaña, no es una hija de esta: sus padres eran primeros habitantes. Vinieron al comienzo de todo. Ellos se plegaron ante Vorak, por miedo, quizás; por agradecimiento; o puede que por cansancio.
Ellos trabajaron siendo los primeros recolectores, pusieron las bases de los invernaderos y aprendieron a vivir de la captura de insectos y de ratas que eran tan salvajes como leopardos.
Se encuentra ya en el invernadero y mientras camina entre hileras de hongos cultivados con su canasta de mimbre en el brazo, un cuchillo pequeño en mano con el que cortar tallos de hongos.
Guardia: ¡Tú! ¿Cuántos llevas?
Amara se giró y pudo ver a tres guardias, de unos veintipocos años, con sus uniformes grises impecables y sus amenazantes bastones en la mano derecha.
Amara: [mostrando canasta] Dieciocho. La cuota es treinta, todavía tengo dos horas.
Guardia Líder: [acercándose] Dos horas es mucho tiempo. [pausa] Tiempo suficiente para... conversar. ¿Conversas mucho?
La joven no terminaba de entender el motivo por el cual tres guardias de patrulla se interesaban en saber qué opinaba una joven del Nivel II que recogía hongos.
Amara: [confundida] ¿Perdón?
Guardia 2: [interviniendo] ¿Has escuchado rumores? ¿Gente que hable de más sobre el Dogma?
Amara: [negando] No. Solo trabajo.
Guardia Líder: [más cerca, invadiendo espacio] ¿Segura? [pausa] Porque el Comandante Vorak ha ordenado vigilancia especial. Cualquiera que esparza dudas sobre el orden... [pausa, golpeando bastón contra palma] será corregido.
Amara sostuvo mirada, sin responder, porque responder era peligroso y decir demasiado también.
Después de intimidar a la muchacha los tres guardias se alejaron riendo entre ellos y regodeándose de su poder y del miedo que generaban.
Amara esperó hasta que estuvieran fuera de vista y luego exhaló. Se quedó temblando ligeramente, solo tres días habían pasado desde que Kael activó "protocolo de contención" y ya los guardias actuaban como si el Nivel II fuera un campo de prisioneros de guerra.
Algo había cambiado y, Amara, que había vivido veinticinco años bajo este sistema, lo sabía. Cuando el sistema aprieta más... es porque tiene miedo de algo. Volvió al trabajo tras el incidente, pero su mente divagaba hacia otros tiempos, cuando el Nivel II era algo parecido a un hogar.
Y recordó…
Año 12, de la Montaña
Amara nació en el año 6, justo cuando Kabil implementó su mayor obra maestra de ingeniería biológica, el programa de control de natalidad y fundó oficialmente el Sector de las Reproductoras como "Módulo de Evaluación Sanitaria y Continuidad Genética".
Por suerte, Amara permaneció al margen de este programa y pudo crecer con sus padres, el resto de las niñas que nacieron desde el año 7 no pueden contar lo mismo.
Durante sus primeros años esa niña mantuvo una vida feliz.
Amara guardaría siempre en sus recuerdos cuando tenía siete años y trabajaba junto a su madre en los invernaderos del Nivel II, en la sección Este, donde la humedad era más alta y los hongos crecían mejor.
No era trabajo duro todavía. A los siete años te dejaban hacer las cosas fáciles: recoger los hongos maduros con cuidado para no dañar el micelio, llenar las cestas pequeñas, regar las bandejas con el agua que goteaba de los tubos de cobre que Jassim había instalado años atrás.
Su madre se llamaba Lena, tarareaba canciones bajitas que nadie más escuchaba, melodías sin palabras, que Amara no sabía qué significaban, solo que cuando su madre cantaba el invernadero parecía menos gris.
Despertaban cuando las lámparas se encendían.
Desayunaban juntos, madre, padre, hija, en una mesa del Comedor del Nivel II.
El padre de Amara, Marcos, un Recolector silencioso con manos grandes y voz suave, siempre le guardaba un pedazo extra de pan cuando había, escondiéndolo bajo su cuenco con un guiño conspirador.
Amara amaba el invernadero de una manera que no podía explicar con palabras de siete años.
Amaba cómo el aire era diferente allí, más húmedo, más vivo, con el olor a tierra mojada que era el olor más cercano a la naturaleza que la montaña permitía.
Amaba las plantas, no muchas, solo algunos tubérculos pálidos y los hongos interminables, porque crecían, porque cambiaban, porque un día eran semillas y días después eran algo que comías.
Amaba especialmente las flores bioluminiscentes.
Una colonia de hongos pequeños que brillaban en la oscuridad. Azul-verde, tenue, como estrellas diminutas creciendo en la pared. Su padre la había llevado allí una noche, después del apagón de las 21:00, con una excusa inventada sobre verificar una filtración.
Se sentaron juntos en la oscuridad y las flores brillaron.
"Son como magia," había susurrado Amara.
"No," había respondido su padre. "Son mejor que magia. Son reales."
Antes de dormir, su padre le contaba historias del mundo de antes.
Su madre recordaba lluvia, cómo sonaba contra el techo de metal, cómo olía el aire después de una tormenta.
Su padre recordaba árboles, enormes, con hojas que cambiaban de color y que en otoño caían cubriendo el suelo de rojo y amarillo.
Amara escuchaba con los ojos enormes, intentando imaginar agua cayendo del cielo, intentando imaginar árboles más altos que una persona, intentando imaginar colores que nunca había visto excepto en las descripciones de sus padres.
"¿Algún día volveremos afuera?" preguntaba.
Y su madre, que era honesta incluso cuando la honestidad dolía, respondía:
"No lo sé, corazón. Pero mientras recordemos cómo era, no lo hemos perdido del todo."
Muchas noches la pequeña se quedaba dormida viendo cómo sus padres se abrazaban y bailaban lentamente mientras tatareaban alguna antigua canción del viejo mundo.
Era su momento mágico, aquello que nadie les podía arrebatar.
Amara se entregaba al sueño observándolos y una sonrisa en su rostro se fijaba durante toda la noche.
Una voz trajo de vuelta a Amara de sus recuerdos. Una anciana discutía con los guardias por la cantidad de agua que había recolectado.