Capítulo 3. El Balcón La Guardia Gris #3
Tomó el uniforme nuevo, la camisa primero.
El gris plateado se deslizó sobre sus hombros como si hubiera sido hecha para él.
Y probablemente lo había sido, Vorak no dejaba nada al azar.
Los pantalones eran un ajuste perfecto en cintura y largo, y en el fondo de la caja, envueltas en papel separado, había botas.
Nuevas de cuero genuino color negro profundo.
Sin un rasguño, sin una grieta, con cordones que no estaban gastados en los extremos.
Kael se las puso. Se las ató con nudos militares que había practicado mil veces. Se incorporó.
Y se miró y el reflejo que le devolvió el espejo era... Vorak.
Se veía como el hombre que Vorak había pasado veinte años construyendo, perfecto, disciplinado y sin grietas. Y Kael sintió algo extraño en el pecho, no era orgullo exactamente, ni miedo. Algo entre ambos, como estar de pie en el borde de algo enorme sin saber si lo que venía era caída o vuelo.
Vorak: ¿Qué ves?
La pregunta penetró a través de la puerta cerrada como si Vorak pudiera ver a través de ella.
Kael abrió la boca. La cerró. ¿Qué veía? veía al soldado perfecto, veía al hijo que Vorak había querido crear, veía al instrumento de orden en forma humana.
Veía...
Kael: Veo al Jefe de la Guardia Gris.
Vorak: ¿Y qué siente el Jefe de la Guardia Gris?
Pregunta trampa. Vorak no preguntaba sobre sentimientos. Los sentimientos eran irrelevantes. Eran debilidad.
Pero estaba preguntando ahora.
Kael: [ajustándose la camisa gris plata] Siente... responsabilidad.
Vorak: [observándolo con orgullo] ¿Nada más?
Kael miró su reflejo durante cinco segundos más.
Kael: [dejando caer sus brazos] Siente que está listo. Y que nunca estará listo. Ambas cosas a la vez.
Silencio del otro lado y luego, algo que Kael nunca había escuchado en la voz de Vorak.
Aprobación.
Vorak: [asintiendo] Bien. Esa es la respuesta correcta. El día que sientas que estás completamente listo es el día que te has vuelto peligroso. La duda te mantiene afilado. Pero no dejes que la duda te paralice.
Kael: [cuadrándose] Sí, señor.
Vorak acompañaba con sus gestos a Kael hacia la puerta, dando por terminada la sesión, quizás estaba empezando a sentir algo de emoción y empatía y eso le incomodaba.
Vorak: [sonrisa leve] Déjame verte.
Kael abrió la puerta, caminó de regreso al espacio principal con pasos que resonaban diferente con las botas nuevas. Más firmes, más definitivos. Se detuvo a un metro de Vorak con la posición de firmes. Automática.
Vorak lo evaluó durante diez segundos completos. Los ojos intensos recorriendo cada detalle del uniforme, la postura, la presencia.
Finalmente asintió.
Vorak: [satisfecho] Perfecto.
Una sola palabra, pero viniendo de Vorak, era un ensayo completo de alabanza.
Vorak: [volviendo al tono oficial] A las 14:00, en el centro del foro, te presentaré ante toda la montaña como Jefe de la Guardia. Dirás las palabras del juramento. Recibirás el bastón de mando. Y desde ese momento, serás responsable del orden.
Kael: [confirmando] Entiendo, señor.
Vorak: [mirándolo fijamente] ¿Lo entiendes? ¿Realmente? Porque una vez que aceptes este cargo, no hay vuelta atrás. No hay renuncia. No hay días libres. Eres el orden encarnado hasta el día en que mueras.
Kael sostuvo la mirada. Realmente no sabía más que hacer, se sentía realmente abrumado por esa pizca de generosidad de su padre.
Kael: [endureció la mirada] Lo entiendo.
Vorak: [sonrisa mínima] Creo que sí.
Vorak se dio media vuelta, caminó hacia su escritorio y abrió un cajón. Sacó algo, era una medalla. No exactamente una medalla, era similar a una insignia de metal pulido con el símbolo de la Guardia Gris, una línea negra sobre fondo gris.
Vorak: [recordando] Esto era mío. De cuando era capitán. [pausa] Antes de que todo esto comenzara.
Lo dijo con un destello de algo en los ojos. ¿Arrepentimiento? No. Vorak no se arrepentía. ¿Nostalgia? Quizás.
Vorak: [continuando] Quiero que la tengas tú. Para recordarte que una vez fuimos otra cosa. Y que la vanidad de los hombres y el libertinaje destruyeron todo lo que éramos.
Kael tomó la insignia, pesaba más de lo que esperaba.
Kael: Gracias... padre.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla, Padre.
Nunca la había usado antes. Siempre "señor". Siempre "comandante". Pero ahora, aquí, en este momento... Vorak no reaccionó visiblemente, pero algo cambió en su postura. Algo se suavizó, microscópicamente.
En el presente…
Kael: [a su reflejo] Soy el orden. Soy la línea. Soy lo que sostiene este lugar.
De repente, la sirena del Barracón molesta las ensoñaciones de Kael, que vuelve en sí con el bocinazo. Destruyendo el mensaje de Vorak, se apresura a dirigirse hacia el Barracón, donde 200 guardias estaban terminando su ración diaria de rata asada con pasta de insectos y tubérculos.
Por fin, su padre le ha pedido ayuda. Nota que necesita que él asuma los galones del rango que le impuso y va a corresponderle como sea. Si alguien está conspirando o inventando rumores susceptibles de afectar al Orden… será castigado.
Kael: [altivo y elevando el tono] ¡Guardias grises!
Todos se levantan a la vez y al unísono.
Guardias: ¡SÍ SEÑOR!
Kael: ¡el Orden está en peligro! [pausa] Quien dude del Dogma de Acero atenta contra la colonia. Cualquier gesto de rebelión o insurrección hacia el Dogma debe ser castigado.
Guardias: [al unísono] ¡SÍ SEÑOR!
Kael: [con determinación] ¡Desde hoy se activa protocolo de contención Nivel II!
Los siguientes cinco meses, la opresión, más si cabe, se adueñó de cada rincón de la colonia, nada ni nadie estaba a salvo de los ojos del halcón.
Cada día eran reportados entre diez y veinte casos de insumisión hacia el Orden, algunas veces fundados, otras veces, simplemente gente cansada que se quejaba por el agua o por la cantidad que se le exigía de cuota.
Y lo que pretendía ser un control sobre la desconfianza al Orden del Dogma del Acero, se empezó a convertir en algo más peligroso que la mera insurrección.