Capítulo 3. El Balcón La Guardia Gris #2
Detrás del escritorio, clavado en la pared de hormigón con pernos de acero, había un mapa. No un mapa del mundo de antes, era un mapa de la montaña que mostraba los tres niveles descendentes con cada túnel, cada habitación, cada conducto de ventilación marcado con precisión milimétrica.
La zona de descanso estaba contra la pared oeste, una cama que estaba hecha con precisión militar sin ninguna arruga visible. Como si nadie hubiera dormido en ella, aunque Kael sabía que Vorak dormía, o intentaba dormir, cada noche.
Junto a la cama, una mesita con tres objetos, una lámpara LED pequeña, un vaso de agua que siempre estaba lleno y cubierto con un paño y un libro. Kael sabía que solo lo que había en esa mesita era más valioso que el resto de la montaña.
Pero lo que más captó la atención de Kael fue aquello otro, visible a través de una puerta entreabierta en la esquina del baño, junto al lavabo, colgando de un gancho en la pared... un espejo.
No era cualquier espejo, era sin duda el mejor espejo de la montaña. El único completo de la montaña.
Todos los demás eran fragmentos, pedazos de diez centímetros rescatados de coches abandonados, trozos agrietados que distorsionaban el reflejo, superficies de metal pulido que daban una imagen borrosa de quien miraba.
Pero este... este te mostraba exactamente quién eras, sin mentiras, sin distorsión. Con una claridad brutal que hacía que mirarse fuera tanto un privilegio como un castigo.
En el centro de la habitación, una mesa redonda de madera, roble, quizás, rescatado de algún comedor del búnker original, con capacidad para cuatro personas. Aunque Kael sospechaba que nunca había habido cuatro personas sentadas ahí simultáneamente.
Vorak comía solo, siempre. Pero hoy había dos platos dispuestos.
Cerámica blanca, también del búnker. Con el emblema militar medio borrado por tres décadas de uso, pero aún visible si sabías dónde mirar. Cubiertos de metal a ambos lados, tenedor, cuchillo, cuchara. No como en el resto de la montaña donde solo tenías cuchara y te considerabas afortunado.
Entre los dos platos, una jarra de agua de vidrio transparente, vidrio real, no plástico, y dos vasos. Y en el centro exacto de la mesa, como pieza central, había una caja.
El aire olía distinto… olía a limpio, a jabón militar, cuero, papel, metal pulido. Los olores del orden.
No olía a sudor, a carbón, a humanidad concentrada como olía el resto de la montaña. Vorak había creado un espacio que existía fuera del sistema que gobernaba. Una burbuja de civilización en medio de la supervivencia, o quizás una celda dorada, era difícil saber la diferencia.
Cuando Kael llegó, Vorak estaba de pie junto a la ventana, una ventana real con cristal genuino que daba a la caverna interior, ofreciendo la vista que Kael conocía de la Plataforma Superior.
Vestía su uniforme completo a pesar de ser las siete de la mañana. Negro impecable, con las botas lustradas y cada botón abrochado. La barba gris recién recortada con la precisión de quien usa la cuchilla como instrumento de meditación.
Siempre erguido e impasible, mostrando una capacidad de control abusiva.
Se volteó cuando Kael entró.
Vorak: Puntual. Como siempre.
Kael: [posición de firmes automática] Señor. Buenos días.
Vorak: [gesto hacia la mesa] Siéntate. Esto no es una reunión formal.
Pero la manera en que lo dijo, sin inflexión, sin calidez, hacía que sonara exactamente como una reunión formal disfrazada de otra cosa.
Kael se sentó, Vorak permaneció de pie treinta segundos más, terminando de observar lo que sea que estuviera observando en los niveles inferiores, luego se unió a él en la mesa.
Se sentaron en silencio mientras Vorak servía agua en ambos vasos con precisión medida. Luego destapó los platos.
El desayuno estaba servido. No era la sopa gris del resto de la montaña.
Había pan, hecho con "harina" de tubérculo procesado y deshidratado, mezclado con hongos molidos hasta volverse polvo.
Rata asada, y no esa bazofia andante que te atacaba en los túneles, no, era grande y suculenta, se criaban a escondidas en las despensas de Fodos.
Unas papas al horno, una especie de tubérculos pálidos horneados enteros, y tenían huevos.
De algún modo, Kabil había conseguido mantener activa una pequeña muestra de gallinas ponedoras que no debían de producir más de cuatro o cinco huevos a la semana, pero que hacían de los desayunos de Vorak una experiencia de otro mundo.
Pero lo más sorprendente era aquel caldo negro, con aroma intenso que se te metía hasta la tráquea y que te hacía levitar, era café. Cuántos hombres habrían perdido la vida en expediciones suicidas solo para poder traer paquetes de café molido hasta aquí...
El aroma solo ya era un lujo obsceno.
Vorak: [mojando su pan en huevos con movimientos precisos] Come. Necesitarás energía para el día que tienes por delante.
Kael comió. El pan era... había olvidado que el pan podía saber así. No las tortas de hongos densas y sin sabor que distribuían en las raciones. Esto tenía textura, sabor, vida.
Sentía esto como una traición, como si cada bocado fuera un insulto a los 2.500 que comían sopa gris, pero comió de todas formas. Porque rechazar la comida de Vorak sería rechazar algo más profundo.
Comieron en silencio durante cinco minutos. Vorak masticaba con la misma precisión mecánica con que hacía todo, treinta veces cada bocado, exactamente, antes de tragar. Kael lo había cronometrado una vez, de niño. Siempre treinta.
Finalmente, Vorak dejó su tenedor con un clic suave contra la cerámica.
Vorak: [tono firme] Tienes veinte años hoy.
No era pregunta.
Kael: [con inmediatez] Sí, señor.
Vorak: [recostándose en la silla] El mismo año de la Erupción, naciste mientras el mundo moría.
El muchacho no pudo evitar apretar todos sus músculos y tensarse en segundos. El entrenamiento de tantos años no le había preparado para este tipo de curvas emocionales.
Kael: Eso me han dicho.
Vorak: Tu madre murió dándote vida. [pausa larga] ¿Lo sabías?
Kael sintió algo apretarse en su pecho. Nunca hablaban de esto. En veinte años, Vorak había mencionado a Illana exactamente tres veces. Esta era la cuarta.
Kael: [ligeramente emocionado] Lo sabía.
Vorak era el mejor manejando este tipo de situaciones, haciendo que hasta el soldado más perfecto se sintiese vulnerable en segundos.
Vorak: [tono mecánico] Complicaciones del parto, hemorragia. En el mundo de antes, habría sobrevivido, era cirugía rutinaria, solo diez minutos en un quirófano. Pero no teníamos quirófano, solo teníamos caos y ceniza y la puerta sellada.
Bebió un sorbo de agua. Dejó el vaso exactamente donde había estado.
Vorak: [continuando] Así que ella murió. Y tú viviste. Y en ese momento entendí algo fundamental sobre este nuevo mundo.
Kael: [tratando imaginar] ¿Qué, señor?
Vorak: [fríamente casi sin expresión] Que la vida siempre tiene coste.
Que nada es gratuito. Que cada ganancia requiere pérdida equivalente.
[pausa] Tu madre murió para que tú nacieras.
Dos mil quinientos viven porque miles murieron afuera.
El orden existe porque eliminamos el caos. Siempre. Siempre hay coste.
Silencio.
Vorak: [cambiando de tema abruptamente] ¿Sabes por qué te pedí venir?
En ese momento Kael se sintió atacado, era consciente de la estrategia de su padre y aunque sabía que era una más de sus pruebas, no pudo evitar que le afectase. Era una jugada sucia.
Kael: [endureció el tono] Supuse que me lo dirías.
Vorak sonrió mínimamente, notando la incomodidad de Kael, y trató de rebajar el tono.
Vorak: [levantándose rápidamente] Inteligente. No asumes. Esperas información. Bien.
Se levantó, caminó hacia la caja en el centro de la mesa. La tomó. La colocó frente a Kael.
Vorak: [ofreciendo la caja] Ábrela.
Kael deshizo el cordel con dedos que descubrió estaban temblando ligeramente.
¿Por qué temblaban? No lo sabía. Abrió la caja, dentro, doblado con precisión geométrica, había un uniforme, de color gris.
Pero no el gris estándar de la Guardia, este era más claro, era un gris plateado.
La tela era de mejor calidad, Kael podía verlo solo con tocarlo, resistente, pero con un peso que sugería durabilidad superior.
Y en el hombro izquierdo, bordadas en hilo negro, había tres líneas diagonales.
Los galones de Jefe de Guardia.
Vorak: [cruzando los brazos] Hoy, a las 14:00 horas, serás nombrado Jefe de la Guardia Gris. El más joven en la historia de la montaña.
Kael miraba el uniforme sin poder hablar.
Vorak: [tono adoctrinador] No es un regalo. Es una responsabilidad. Lideras ahora a trescientos cincuenta guardias bajo tu mando. [pausa] La seguridad de dos mil quinientos depende de tus decisiones. ¿Entiendes lo que eso significa?
Kael: [asimilando] Sí, señor.
Vorak: [endureciendo el tono] No. No lo entiendes. Todavía no. Pero lo entenderás. Con el tiempo. Cuando tengas que tomar la primera decisión que mate a alguien. Cuando tengas que elegir entre compasión y orden. Cuando tengas que ser el instrumento de la justicia que duele.
Vorak: [más suave] Póntelo.
Kael: [levantándose] ¿Ahora?
Vorak: [señalando al espejo] Ahí. Frente al espejo. Quiero que te veas. Quiero que entiendas quién eres ahora.
Kael se levantó con las piernas que parecían no recordar cómo caminar. Tomó la caja y caminó hacia el baño. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave. Kael se vio en el espejo de Vorak, completo por primera vez en... ¿años?
Se quitó el uniforme viejo con movimientos lentos. Lo dobló, por costumbre, y lo dejó sobre el borde del lavabo.