La Revolución Amarilla Capítulo 3. El Balcón La Guardia Gris
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Capítulo 3. El Balcón La Guardia Gris

El Balcón: La Guardia Gris

El Pabellón de Acero — Entre el Nivel I y el Nivel II

Hacía largo rato que Kael había descendido los últimos peldaños de la escalera que abandonaban el Nivel I.

Dejó atrás el Salón de los Custodios con el paso mecánico de quien ha recorrido ese tramo tantas veces que los pies lo hacen solos, sin consultar al cerebro.

Su escolta, dos guardias jóvenes que aprendían todavía el arte de caminar detrás del Jefe sin rozarle los talones, ni quedarse demasiado atrás, lo seguían con la misma precisión tensa de quien sabe que cada gesto es observado y evaluado, aunque nadie lo diga.

La escalera de caracol tallada en roca que comunicaba el Nivel I con el Balcón de la Guardia terminaba de golpe.

No había un último escalón que anuncie la llegada.

Había una plataforma de metal soldado que suena distinto bajo las botas, un sonido más hueco, más provisional, como si la propia estructura supiera que existe entre dos lugares y no termina de pertenecer a ninguno.

Y luego, sin transición, el espacio se abre.

El Balcón.

Kael no tenía aún treinta años y ya era un ejemplo de disciplina militar tallada en músculo y determinación. Alto, más que Vorak, algo que ambos notan sin mencionarlo, con hombros anchos de soldado y una postura que nunca se relaja completamente.

El cabello negro cortado con precisión militar, la mandíbula siempre apretada, masticando decisiones imposibles. Sus ojos grises eran poco comunes en color y diferentes a todo lo demás que puedas ver en la montaña; sostenían ambición, retos y había calidez en ellos, aunque lucha por esconderla.

No tenía barba, se afeitaba cada mañana con la misma disciplina que respira.

El uniforme gris plateado nunca tenía una arruga, las botas nunca una mancha. Se movía con la eficiencia de una máquina bien calibrada, sin gestos desperdiciados, sin pasos innecesarios.

Tenía cicatrices en las manos de años de entrenamiento, nudillos marcados por golpes dados y recibidos.

Huele a jabón militar y a metal pulido. Experto en combate cuerpo a cuerpo, llevaba cada movimiento de lucha grabado en su memoria, los había practicado cientos de veces, desde que ingresó a los ocho años en el Pabellón de Acero.

Es casi imposible encontrar un ser con más confianza en sí mismo y en su capacidad en toda la montaña, tiene una hoja de ruta marcada en su código genético, un destino y un fin ligado a las enseñanzas de su padre y al código del Orden, el cual recita cada mañana, desde que lo hiciese por primera vez a los cinco años, delante del consejo de los Custodios.

Y, además de ser el jefe de la Guardia Gris, era el hijo del capitán Vorak.

Kael disfrutaba paseando por el borde del Balcón; se sentía como un halcón divisando su presa. Desde este punto no había escondite que se ocultase.

Lo primero que se entiende del Balcón no es su interior sino su posición. Cualquier ingeniero militar, de los que existían antes de la Erupción y de los que el búnker original producía por necesidad, habría aprobado el emplazamiento con una sola mirada.

El saliente donde se asienta el Pabellón de Acero emerge de la pared de la montaña como la mandíbula inferior de algo antiguo y pétreo, proyectándose hacia el vacío interior de la caverna en un ángulo que ofrece una visión directa y sin obstáculos sobre todo lo que está debajo.

Desde aquí se ve todo y desde abajo no se ve nada.

Kael se acerca al borde. Le gustaba la similitud que le recordaba a su padre sobre la barandilla superior del Nivel 0.

Solo que, en el Balcón, no hay barandilla.

Nunca la hubo y él nunca la ha pedido, porque la barandilla habría sido admitir que el borde da miedo, y el borde no da miedo, o no debe darlo.

A sus pies, la montaña se abre hacia abajo como la página de un libro que alguien ha partido por el lomo.

Los niveles inferiores se despliegan uno debajo del otro con la claridad de un mapa de lo que el sistema ha construido y de lo que el sistema ha enterrado.

Puede ver, si presta atención, el movimiento de figuras pequeñas que van y vienen por los pasillos de los niveles inferiores con el paso corto y cauteloso de quien sabe que está siendo observado.

Aquel día, Kael estaba dubitativo, algo habitual cuando veía a su padre. Empezó el día ilusionado, casi nervioso, con la idea de que lo vería en el Consejo, aunque él simplemente hacía guardia fuera. Pero Vorak no solía pararse con nadie, y mucho menos con Kael: eso sería una muestra de debilidad.

Junto con su escolta fue al Pabellón de Acero. Un lugar que fue construido con piezas y retales de acero del búnker original con el fin de emular a un Ludus romano a modo de anfiteatro, donde los guardias practicaban lucha, entrenaban a diario y se examinaban para formar parte del cuerpo.

Para Kael, era inevitable notar este lugar como parte de su vida. Se había criado en este Pabellón. Ahora él era el encargado de custodiar el Orden en la montaña, y gestionar al cuerpo más preparado de la colonia.

Los guardias grises son la élite de la Montaña; son el martillo de acero que usan Vorak y los Custodios para mantener el orden.

Son chicos nacidos en la Montaña, seres a los que sería difícil definir como humanos, ya que no han conocido ningún rasgo exterior: no conocen la luz del sol ni tienen referencias sobre la vida antes de la montaña.

Son los soldados perfectos de Vorak, liderados por su hijo; una máquina precisa que solo ejecuta y escucha las órdenes de su padre, a quien idolatra como el salvador de la humanidad.

Esta guardia no cuestiona órdenes, ni tiene pensamiento crítico, solo actúa como el gatillo de una pistola, dispara y no pregunta.

Uniformados con trajes militares de color gris, botas negras y armados con barras de metal, son muy convincentes y contundentes en sus acciones.

Vorak decidió crear la Guardia Gris tras la primera revolución, la llamada revolución de los censos, en la que un grupo de unos 30 hombres y mujeres se alzó contra Vorak al considerar que las votaciones que le dieron el poder estaban amañadas.

Finalmente, la revolución se aplacó gracias al apoyo de los ahora Custodios y de sus hijos, a quienes nombraron miembros de la Guardia Gris.

* * *

Balcón de la Guardia Gris — 09:45

Kael pasa revista a los guardias y manda recitar el lema del cuerpo:

Guardia Gris — Línea Negra

"Soy la Línea Negra que divide el orden del caos. No pienso. Obedezco. No siento. Ejecuto. No dudo. Protejo. Mi vida no me pertenece. Pertenece al Refugio."

Tras este momento, un escolta de Vorak llega con un mensaje para Kael.

Escolta: [cuadrándose] Mi señor, traigo un mensaje del Comandante.

Por un momento los ojos de Kael reflejan de nuevo la ilusión de las primeras horas del día.

Kael: [ligeramente nervioso] Gracias, puedes marcharte.

Kael desdobla el mensaje, lleva el símbolo de su padre, un sello sin firma. Para Vorak su firma era él mismo.

Vorak: “ Entre Guardias - Entre Recolectores - Entre Extractores. Identifica rumores de desconfianza en el sistema. Reporta diariamente .”

El mensaje era escueto y directo, lo normal en Vorak, pero Kael notó cierto síntoma de nerviosismo en su padre.

Notó soledad, y recordó cuándo fue la última vez que notó esa misma sensación en su padre...

Vorak y Kael — Aposentos privados, Nivel 0, Año 20

La invitación había llegado la noche anterior, escrita a mano en el papel de calidad que solo Vorak tenía acceso a usar. Tinta negra con letra angular, precisa, sin florituras.

Kael—

Desayuno. 07:00. Mis aposentos.

Asunto de importancia.

—V.

Nada más.

* * *

Pero Kael había leído entre las líneas escasas lo que cualquiera que conociera a Vorak habría leído. Esto no era una solicitud, era un honor disfrazado de orden. Y cuando Vorak te otorgaba un honor, rechazarlo era rechazar algo más que una comida. Era rechazar tu lugar en el orden de las cosas.

Así que a las 06:58, Kael subió los doce peldaños que separaban el Nivel I del Nivel 0 con el uniforme gris de siempre, impecable, pero estándar, y las botas lustradas hasta que podías ver tu reflejo en ellas, pero con el cuero agrietado en los bordes después de cuatro años de uso.

A las 07:00 exactas, tocó la puerta.

En los aposentos de Vorak, la puerta se abrió sin que nadie la tocara.

El interior era... inesperado.

Kael había imaginado los aposentos del comandante como una versión ampliada del Pabellón de Acero, funcional, militar, sin ornamento. Literas de metal, algún escritorio de campaña y quizás un mapa en la pared.

Lo que encontró era otra cosa.

Un vestíbulo de unos tres metros de entrada antes de que el espacio se abriera con el suelo de piedra pulida, no la roca irregular del resto de la montaña, que reflejaba la luz de dos lámparas LED montadas en la pared.

Las paredes estaban desnudas excepto por una cosa, un marco de metal que contenía algo que Kael tardó tres segundos en identificar.

Una fotografía.

Pre-Erupción, con el color desvaído pero reconocible. Mostraba un grupo de soldados en formación, uniforme militar del Viejo Mundo, todos jóvenes y serios ante la cámara. En el centro de la segunda fila, Kael reconoció los ojos ambiciosos que lo miraban cada mañana desde su propio reflejo.

Era un Vorak, de treinta años más joven, sargento entonces, no capitán y mucho menos comandante. Con el mundo entero por delante sin saber que ese mundo terminaría más pronto que tarde.

Más allá del vestíbulo, la habitación se abría en un rectángulo amplio, no era enorme, pero comparado con los cuatro metros cuadrados que ocupaba un guardia en el Barracón, era un palacio.

La zona de trabajo ocupaba la pared este completa.

Un escritorio de madera maciza, rescatado del búnker original, caoba genuina que había sobrevivido treinta años sin una grieta.

Con pilas de papeles que tenían una piedra encima como pisapapeles, no piedras decorativas, sino fragmentos de la montaña misma, lisos por el uso de tres décadas de sostener documentos en su lugar.