Capítulo 2. Nivel I Sector de los Custodios #2
Vorak entendió que no podría mantener una comunidad a largo plazo sin un propósito, sin una meta y un objetivo común. Y aunque detestaba la idea de mantener los viejos vicios del mundo anterior, sabía que con estas gentes no podría hacer borrón y cuenta nueva.
En los primeros años, los motines se acumulaban por doquier, por la comida, por el sueño, por la pena, o simplemente por rabia.
Aquellos primeros habitantes pedían a voces algo que la mente humana necesita en los peores momentos de desesperación, y que ha mantenido vivo al ser humano durante los confines del tiempo.
Necesitaban tener FE.
Porque cada civilización que ha persistido a las mayores atrocidades y catástrofes ha necesitado un hilo conductor entre la esperanza y el trabajo, y eso es algo que solo podría conseguirse a través de la fe.
La fe en algo mejor, en un mundo nuevo, en una colonia por construir para sus hijos, en el futuro.
Y nadie encarnaba mejor que él, todo lo que Vorak necesitaba…
Magnus Torwald era un político exitoso que había llegado a ser alcalde de Malmö a sus cuarenta y cinco años; un hombre carismático y eficaz.
Pasaba sus vacaciones cerca de la ciudad próxima a las instalaciones del búnker, junto con su familia: Alice Torwald, una profesora de literatura especialmente hermosa, a la que todo el mundo amaba por su gentileza, y su hijo Henrik, un muchacho de siete años que idolatraba a su padre.
La familia disfrutaba de su merecido descanso, cuando el volcán erupcionó, cuando el cielo se oscureció y comenzó el colapso.
Magnus había usado conexiones, contactos políticos y favores acumulados durante veinte años de carrera para obtener información sobre el convoy que Vorak estaba orquestando y había pagado, no con dinero (el dinero ya no importaba), pero sí con información, con promesas, y con tres camiones de suministros médicos, tres billetes al búnker, para Magnus, Alice y Henrik.
Los primeros dos años fueron difíciles, pero manejables. Magnus organizaba el Nivel I mientras Alice enseñaba a los niños: había veinte menores de diez años en el búnker original. Henrik jugaba, aprendía y crecía con el resto de los niños.
Eran una familia normal, teniendo en cuenta el escenario, hasta que, repentinamente, Henrik enfermó: una fiebre alta, dolor abdominal… Los doctores lo examinaron. Se trataba de algo simple: era una apendicitis; necesitaba cirugía.
Pero el búnker tenía un quirófano limitado con instrumentos sencillos y sin suficientes antibióticos.
Los médicos que había lo intentaron, pero lamentablemente la infección se había extendido demasiado, evolucionando a una peritonitis. Henrik murió en la mesa a sus nueve años.
Alice jamás se recuperó de aquello, dejó de dar clases y pasaba los días paseando de un extremo a otro de la excavación, mirando hacia lo más profundo de la montaña.
Magnus estaba roto, pero demasiado ocupado, casi sin dormir, con la ejecución del Nivel I. Estaba diseñando algo más que un asentamiento, estaba creando una casta superior.
El Nivel III estaba siendo excavado. Cuarenta metros bajo el Nivel I, había un enorme vacío entre ellos, un abismo vertical con solo plataformas temporales y andamios conectando los niveles durante la construcción.
Una noche, Alice se levantó en la oscuridad, algunos dicen que sonámbula, otros dicen que seguía una voz, como un susurro tenue, que la llamaba. Siguió caminando como hacía cada día, pero esta vez, no se detuvo al final de la excavación, y se precipitó al fondo del abismo.
Cuarenta metros, cuatro segundos de caída y el impacto había sido… definitivo.
Aún en la montaña, en los niveles II y III, donde los murmullos y susurros cobraban más peso que realidad, se comenta que en el túnel 12, el maldito, el de los susurros…
todavía llama la Magna (como llamaban a Alice) a su hijo cada noche, llorando por no poder salvarlo y que, si te adentras, te toma para alimentar su alma vacía...
Después de todo esto, Magnus cambió radicalmente, solo se centró en la fe, en la única opción que tenía para sobrevivir, en crear el Nivel I y el dogma, las normas que mantuviesen a todos cuerdos y a salvo del caos, el Dogma del Acero.
Todo gran camino hacia la fe necesita símbolos, algo que admirar, superior al resto, alguien a quien seguir, y eso sería Magnus.
Con su demagogia y forma de transformar sus ideas en necesidades para el pueblo y, sobre todo, con el apoyo de Vorak y de las élites de la Montaña, se esmeró en construir el Consejo de los Custodios, el símbolo del poder de la fe en la montaña, el transistor del Dogma del Acero.
Pero después de 29 años en la montaña...
Magnus se había convertido en una sombra de aquel hombre brillante que llegó al búnker.
Ahora era un ser oscuro, que hablaba lo justo.
Ocultaba su rostro, su mirada, su cuerpo; sentía vergüenza de sí mismo y culpabilidad a la par que rabia acumulada.
En realidad, era rencor: rencor hacia todo aquel que aún estaba allí, sin entender por qué, tras tanto esfuerzo y dedicación, la montaña le había robado lo que más amaba.
Tras su oscura túnica, se escondía un hombre abatido, lleno de odio, sin pelo, con la barba larga, aunque ligeramente recortada cada semana, en un último intento de parecer civilizado.
Sus venas se marcaban en las manos, cuello y cabeza.
Su tono era pálido, mortecino y tras la oscuridad de su capucha sus ojos brillan como los de un gato agazapado en la oscuridad...
Acechando, observando, evaluando.
Nivel I — Gran Salón de Custodios —
El Gran Salón era circular; una mesa larga de roble, acompañada de cuarenta y dos sillas para cada Custodio, presidía la estancia.
Magnus se levantó golpeando la mesa con su bastón ceremonial.
TOC. TOC. TOC.
Silencio inmediato.
Magnus: [asintiendo] Que el Acero nos mantenga. [pausa] Sentaos.
Los cuerpos viejos y lentos arrastraban las sillas mientras trataban de acomodarse.
Vorak observaba desde la cabecera opuesta, con impaciencia, no participaba en recitación, pero observaba quién recitaba con convicción y quién solo movía labios.
Treinta años de observación lo hacían experto en detectar desgaste de fe.
Tras recitar el Dogma del Acero por quinta vez aquella mañana, se dispusieron al almuerzo. A diferencia de otros niveles de la montaña, el Nivel I tenía dos periodos de comidas al día: uno por la mañana, sobre las 08:30, y otro por la tarde, sobre las 19:00.
Las recolectoras del Nivel II entraron con bandejas.
Pan de hongos (tres rebanadas), que acompañaba un estofado de carne de rata de cría con tubérculos de invernadero. También se acompañaba de unas tortas de insectos compactados que aportaban una cantidad importante de proteínas.
La comitiva se disponía a comenzar con su desayuno cuando la puerta del salón se abrió.
Kabil entró.
Alto y delgado con una postura casi geométrica. Sus gafas redondas de metal pulido brillaban bajo lámparas de aceite. Llegaba tarde, algo sorprendente en él, que siempre era meticulosamente puntual, quizás el lugar le incomodaba.
Aquella presencia nunca terminaba de agradar al primer custodio, que pensó en tener un almuerzo con Vorak, casi en exclusividad.
Magnus: [con cinismo] Doctor Kabil. Qué amable de su parte unirse a nosotros.
Kabil detectaba el sarcasmo como si él mismo lo hubiese patentado.
Kabil: [con más cinismo] Custodio Magnus, Comandante Vorak. [sentándose en silla vacía junto a Vorak] Disculpen el retraso, pero el análisis de muestras de agua del Nivel II requirió mi atención.
Todos desviaron su atención hacia el científico, pero eso no evitó que Vorak siguiese bebiendo con paciencia su café.
Vorak: [curioso] ¿Problemas?
Kabil se servía su propio plato con precisión mecánica.
Kabil: Contaminación bacteriana menor, 3,2 % sobre parámetro aceptable. [pausa] Ajusté filtros y quedó resuelto.
Magnus: [simulando atención] ¿Algo que deba preocuparnos?
Kabil: No. Realmente. A menos que consideren preocupante que el sistema de filtración tenga treinta años y opere al 76 % de eficiencia original. [pausa] Entonces sí, deberían estar aterrados.
Silencio incómodo en la mesa, de ese que se genera cuando escuchas algo urgente pero que no te resulta importante.
Kabil comía, imperturbable, le encantaba llegar y destrozar el ceremonioso espectáculo de Magnus consiguiendo toda la atención para él. Era un doctor brillante e ingeniero en biotecnología, asignado al proyecto del búnker inicial, era muy perspicaz y no dejaba ningún detalle suelto.
Después de tres minutos de silencio, sin levantar la vista.
Kabil: Comandante. [pausa] ¿Durmió bien?
Vorak: [mirándolo] ¿Perdón?
Kabil: [analizando a Vorak] Ojeras 23 % más pronunciadas que hace una semana. Micro temblor en mano izquierda al sostener taza. Consumo de café aumentado. Indicadores de privación de sueño crónica. ¿Las pesadillas persisten?
Vorak se ruborizó, no porque hubiese comentado que él consumía café, mercancía escasa o extinta según el sistema, sino porque Kabil sugería cansancio en él, y él era el poder, no podía tener flaqueza.
Vorak: [endureciéndose] Eso no es asunto tuyo, Doctor.
El doctor se mantuvo imperturbable.
Kabil: La salud del Comandante es asunto de todos. [pausa] Un liderazgo comprometido por fatiga es una variable de riesgo.
La situación empezaba a enrarecer a Vorak y a truncar el almuerzo orquestado por Magnus, por lo que este se vio obligado a intervenir.
Magnus: Kabil. [pausa] Por favor, dejemos degustar al Comandante un plácido almuerzo. Al fin y al cabo, el peso de la montaña es una pesada carga, ¿no crees?
Kabil: [asintiendo] Como desee. [pausa, volviendo a plato] Pero registraré la observación en archivo médico.
Vorak: [apretando mandíbula] Duermo lo suficiente, Kabil, preocúpate de tus ratas.
Vorak bebió su café demasiado rápido, quemándose la lengua, pero no mostró dolor.
Vorak: Ya que preguntas sobre mi sueño... tuve un sueño extraño, anoche.
Kabil: [interesado] ¿Extraño cómo?