Capítulo 1. El Orden perfecto #2
La montaña no fue conquistada desde arriba hacia abajo, sino excavada desde dentro, como si un titán hubiera tallado escalones descendentes en su flanco oriental, creando tres terrazas monumentales que se hundían progresivamente en las entrañas de roca.
Diez metros más abajo, el Nivel I se extendía bajo sus pies, sin duda la zona noble de la montaña, donde los Custodios, la élite, le rendían pleitesía cada mañana.
La Torre del Consejo se alzaba como aguja vertical desafiando la horizontalidad opresiva del lugar, mientras los módulos habitacionales de los Custodios formaban calles ordenadas que terminaban abruptamente en el borde de la terraza, un precipicio de diez metros hasta el siguiente nivel.
Algo más abajo, Vorak divisaba la movilización de su cuerpo de élite, la Guardia Gris. Ubicado en un saliente en forma de bastón en la parte izquierda de la caverna, el Balcón de la Guardia Gris albergaba a sus soldados.
Trescientos cincuenta Guardias dormían, entrenaban y vigilaban desde este voladizo amenazante, con su extremo más estrecho, sin barandilla alguna, un recordatorio constante de la caída que esperaba a quien perdiera el equilibrio o la lealtad.
Enfrente, en el lado opuesto de la caverna, el laboratorio de Kabil emergía como ojo vigilante desde un saliente pequeño en la pared de roca. Desde su ventana, el doctor observaba, monitoreando todo el desarrollo de la mecánica de su proyecto.
Cada nivel descendente se ensanchaba, como si la montaña se abriera gradualmente hacia sus profundidades.
El Nivel II albergaba los invernaderos con sus cúpulas translúcidas brillando con luz cálida, el Internado con su blancura institucional y las cuevas excavadas en la pared trasera donde los Recolectores dormían en nichos como abejas en panal.
Unos diez metros más abajo, la zona más amplia de la colonia: el Nivel III se extendía en una planicie subterránea de mil metros de largo, de una punta a otra, el espacio más vasto de toda la colonia.
Aquí, la densidad humana alcanzaba su máximo.
Cientos de Extractores se movían entre el Gran Comedor, los nichos horizontales donde dormían apilados como mercancía y las doce bocas oscuras de los túneles mineros que perforaban aún más profundo la montaña.
Y finalmente, tras un descenso vertical de veinte metros por el montacargas industrial, el doble de distancia que separaba los otros niveles, se alcanzaba el Pozo Oscuro.
Una celda rectangular de apenas diez metros de ancho y cincuenta de largo, iluminada únicamente por cuatro braseros humeantes que proyectaban sombras danzantes en las paredes.
El fondo del mundo conocido. El lugar donde los desterrados esperaban la muerte o la redención.
Pero lo verdaderamente abrumador no era la profundidad, sino la progresión implacable: cada terraza más ancha significaba más habitantes, más hacinamiento, más desesperación.
La arquitectura misma materializaba la jerarquía del Dogma del Acero: mientras que los pocos de arriba vivían en espacios amplios con vistas al abismo, los muchos de abajo se apilaban en la oscuridad creciente.
Y todos, desde Vorak en su plataforma solitaria hasta los condenados en el Pozo, atrapados entre las paredes de esta prisión que les protege del desastre.
Pero Vorak no lo entendía como un encarcelamiento; para él era más el último refugio que le quedaba a la humanidad y, desde lo más alto de su mundo, contemplaba durante unos minutos su obra.
La Libertad es muerte. El Orden es vida. El Orden nos salva…
Podía leerse desde su ubicación en la puerta del Gran Consejo.
El gran Soberano se estiró sobre la barandilla, dejando que el peso de su cuerpo descansara sobre sus brazos extendidos, en ese gesto que solo se permitía aquí, en privado, donde nadie podía ver que el arquitecto del orden necesitaba, como cualquier cuerpo humano, descansar su peso en algo.
Sesenta y tres años.
Cuando cerró la puerta del búnker tenía treinta y tres.
Era, en sentido estricto, otra vida entera la que había vivido desde entonces dentro de esta montaña.
Más tiempo dentro que fuera. Más memoria de roca que de cielo.
Su cuerpo guardaba treinta años de luz artificial en los ojos, de temperatura constante en la piel, de ese aire reciclado y ligeramente viciado que era el único aire que respiraba y que hacía que el exterior, en los raros momentos en que los sistemas de ventilación fallaban y entraba algo del exterior real, oliera a algo tan ajeno y violento que los pulmones lo rechazaban como amenaza.
Las agujas del reloj marcaron las 06:00.
Y la sinfonía comenzó.
Los altavoces incrustados en cada túnel, cada galería, cada rincón de la montaña crepitaron con estática.
Luego, el Himno del Refugio retumbó como un trueno sagrado:
"El Orden nos salva del caos exterior, La obediencia nos libra del error, Cada casta cumple su deber sin dudar, En la oscuridad aprendimos a brillar."
Vorak lo recitó en voz baja, con los labios apenas moviéndose. Lo había escrito él mismo, hace veintiocho años, después de la primera rebelión. Después de colgar a tres hombres por hablar de "democracia" y "libertad".
Conceptos obsoletos. Conceptos que mataban.
"El sol murió por nuestra vanidad, El fuego castigó nuestra libertad, Pero aquí, en la Montaña con Acero y Dolor, Construimos un mundo superior."