La Revolución Amarilla Capítulo 1. El Orden perfecto
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Capítulo 1. El Orden perfecto

El Orden perfecto

La pesadilla le soltó antes del amanecer, como siempre.

No con suavidad. La pesadilla nunca suelta con suavidad. Suelta de golpe, como se suelta un animal atrapado cuando el cazador abre la trampa de improviso.

De repente estás dentro del sueño, en la puerta del búnker, escuchando los puños contra el metal desde el otro lado, niños gritando, mujeres llorando, suplicando…

y al momento siguiente estás sentado en tu cama, con el corazón latiendo en la garganta y las manos aferradas a las sábanas, y el silencio de la montaña cerrándose a tu alrededor, arropándote fríamente.

Permaneció sentado en la oscuridad exactamente el tiempo necesario para que el corazón volviera a su ritmo de mando. Ni un segundo más. Los segundos de más eran debilidad, y la debilidad era un lujo que se había negado a sí mismo hace tanto tiempo, que ya ni recordaba haberla tenido.

Se levantó, respiró hasta ocho veces para calmar su espíritu, fue hacia su baño privado —uno de los pocos que existen en su mundo— y se dio una ducha, incluso con agua tibia; sin duda, un lujo.

Era un hombre alto y corpulento para su edad, seguía manteniéndose activo y listo para cualquier contratiempo, nunca perdía la confianza en su mirada ni la determinación en sus pasos.

Con rasgos marcados, casi rectilíneos y pelo dibujado con escuadra y cartabón, se podía decir que era un hombre apuesto.

Se recortó la barba meticulosamente, gris por los lados de la cara, mantenía todavía tonos oscuros en la perilla que subían levemente sin llegar al labio superior.

Estaba perfectamente recortada, cada línea donde había estado la noche anterior, porque Vorak la recortaba él mismo cada dos días con una cuchilla que afilaba con la misma atención que los guardias afilaban sus cuchillos.

No era coquetería. Era una señal: un hombre que controla los bordes de su propia cara controla todo lo demás.

Un hombre con barba descuidada es un hombre que ha comenzado a ceder terreno, aunque sea un milímetro de terreno, aunque sea solo en su propio rostro.

El aseo era primordial, un ritual, y un símbolo de su poder absoluto.

Se vistió con la solemnidad de quien sabe que cada prenda que se abrocha es pilar invisible del sistema.

Antes de subir, el espejo.

Era el mejor de la montaña y uno de los pocos que quedaban sin grietas, rescatado del búnker original en el Año 1, con el mismo cuidado con que se rescatan las cosas que uno sabe que no podrá reemplazar.

Ochenta centímetros de ancho, ciento veinte de alto, enmarcado en metal cepillado que el tiempo había oscurecido hasta volverse casi negro.

Colgaba en la pared de su aposento en el único punto donde la luz artificial lo alcanzaba de frente, sin sombras que falsificaran lo que mostraba.

Vorak no se miraba en él por vanidad, se miraba en él por necesidad.

Porque el espejo era la primera prueba del día, la prueba de si lo que el mundo debía ver era lo que el espejo devolvía. Y cada mañana, sin excepción en treinta años, el espejo devolvía exactamente lo que debía devolver.

Un hombre de sesenta y tres años que no parecía tener miedo.

El uniforme de color negro azabache estaba lavado, planchado, sin una sola arruga. Siempre estaba lavado, planchado, sin una sola arruga.

En la montaña donde dos mil quinientas personas vestían harapos grises que se lavaban cuando había agua suficiente y se secaban cuando el calor lo permitía, el uniforme de Vorak era una declaración de principios hecha tela.

No tenía adornos innecesarios, sin medallas, sin galones excesivos, sin los ornamentos militares que en el Viejo Mundo distinguían rangos y batallas.

Solo el uniforme. Solo la tela oscura y precisa sobre el cuerpo que lo portaba.

La ausencia de decoración era su propia forma de ostentación, más poderosa que cualquier condecoración, porque él era el símbolo.

No podía ocultar las cicatrices y no lo intentaba.

La que cruzaba la ceja izquierda era del Año 3, cuando el primer motín entre los Recolectores fue sofocado a mano y a metal, y a algo más que no tenía nombre oficial, pero que en los informes Kabil registró como: intervención de contención de primera línea .

El Capitán Nelson Vorak había estado en primera línea porque en el Año 3 aún no tenía suficientes guardias en quienes delegar y porque, si era honesto consigo mismo, había querido estar en primera línea.

Había necesitado el golpe que recibió tanto, como al hombre que se lo dio, porque el dolor físico tenía la virtud de silenciar temporalmente otro dolor que no tenía localización anatómica precisa.

Las otras cicatrices eran más antiguas, del Ejército, de antes de la erupción, de una vida que ahora le parecía tan remota que podría pertenecer a otra persona. A veces pensaba que pertenecía a otra persona.

Una vez vestido, como cada día, disfrutaba de su paseo diario.

Sus aposentos se encontraban en la parte superior del búnker: en el Nivel 0, donde todo comenzó, donde se ubicaba el portón sellado que daba lugar al vacío del mundo exterior.

En un principio, estas instalaciones eran meramente de uso militar. Durante los primeros años, los primeros habitantes se fueron repartiendo entre esta zona y el Nivel I, diez metros por debajo, donde estaban las instalaciones científicas y los almacenes.

Pero, según se fue avanzando en la habilitación del Nivel I y en la excavación de los niveles II y III, Vorak fue adecuando esta zona para su uso particular.

Él nunca quiso mezclarse con nadie más: necesitaba aislamiento, más si cabe.

Nunca volvió a ser el mismo cuando cerró el portón de acceso al búnker.

Un personaje calculador y pragmático en exceso se adueñó de los mandos del capitán, que fue tornándose en un ser esquivo y traumado, con un propósito único: la supervivencia de la especie.

Decidió habilitar el Nivel 0 como su propia área de recreo personal, en la que todo el peso de la montaña caía y era sostenido por el escudo del capitán.

Con este pretexto, se asignó los mejores módulos del búnker, los seleccionados para los oficiales de alto rango. No esas casetas de habitabilidad que se llevaron al Nivel I; no: eran estancias diseñadas para tomar decisiones importantes.

Con altas medidas de seguridad y anti-radiación, con su propio generador eléctrico, con su agua potable, con su cámara frigorífica y por supuesto, con sus propias reservas de alimentos y medicinas.

Todo lo necesario para que el salvador de la humanidad se sintiese cómodo a la hora de elegir el mejor destino para los supervivientes.

Vorak disfrutaba paseando por su parcela, por los módulos que formaban sus estancias y que le definían como un ser superior en la colonia. Le gustaba caminar por el Nivel 0 alejándose de sus módulos para luego girarse y acercarse lentamente, simulando la entrada de un gran emperador victorioso.

Así se acercó a un pequeño hall de piedra pulida en el suelo, que simulaba baldosas de mármol, aunque las paredes fuesen de metal. Le acompañaba un camino iluminado con hileras de luces en el suelo que daban más calidez a su paseo.

Luego accedió al módulo principal, un amplio espacio gobernado por una mesa central en la que Vorak presidía las reuniones.

Delante de la mesa solo había dos sillas, ya que Vorak no aceptaba reuniones de más individuos.

Siempre se paraba unos segundos a observar un enorme mapa de Europa, donde parecía mostrar el número de instalaciones de la OTAN, pero su mirada solía terminar perdiéndose en el amplio ventanal, que desde allí se abría a la brecha.

Le gustaba percibir que podía lanzar a cualquiera al fondo del Pozo Oscuro directamente desde su despacho, si no le gustaban las noticias que le reportaban.

El módulo contiguo era el de sus aposentos personales, en los que llamaba poderosamente la atención la existencia de un aseo privado alicatado con azulejos blancos, con lavabo y ducha y, por consiguiente, agua tibia para lavarse.

En la otra parte de la habitación, una mesita redonda para cuatro comensales tenía siempre sobre ella dos platos, con sus correspondientes cubiertos, junto a una jarra de agua cristalina y dos vasos. Como si Vorak esperase todos los días a alguien a cenar con él.

Pero sin duda, la parte que más disfrutaba Vorak era la plataforma superior, la azotea de su mundo.

Era una estructura de acero soldado que emergía de la pared norte del búnker original, extendiéndose cinco metros hacia el vacío de la caverna.

Tres metros de ancho. Con una barandilla de tubos de acero a ambos lados que llegaban hasta la cintura; debajo se abría el abismo organizado de su montaña.

Vorak subía a ella todos los días a la misma hora, 06:00, y toda la montaña arrancaba, y él lo divisaba desde la cumbre de su titánico proyecto.

La caverna, parte natural, parte excavada durante treinta años, descendía en niveles descendentes, que iban incrementando su tamaño a medida que se ganaba profundidad.

Sesenta metros de profundidad total desde donde estaba hasta el fondo del Pozo, jerarquía vertical, gravedad convertida en filosofía...

Era como mirar el interior de un reloj suizo, con su mecánica y sus engranajes perfectamente sincronizados. No era hermoso, pero había orden. Y el orden, para Vorak, era lo más parecido a la belleza que le quedaba.

Quién le iba a decir a él, un capitán del Ejército de Tierra, que acabaría siendo el soberano de la última civilización de la Tierra.

Así se sentía Vorak: a sus 63 años, era el protector, el arquitecto de la salvación y, bajo sus pies, respiraban almas que debían su mera existencia a que él los lideraba.

Dos mil quinientas almas. No, no almas; unidades, respiraban, trabajaban, obedecían dentro de su montaña. Su fortaleza gris. Su obra maestra.