Capítulo 30. La Señal
CAPÍTULO
La Señal
No los dejaron solos mucho tiempo.
Volvió el candado. Entraron los de negro, cuatro esta vez, y no dijeron nada. A cada uno le pusieron una capucha de tela en la cabeza y lo levantaron de los brazos.
Después, la oscuridad.
Olía a sudor de otro.
Los hicieron caminar. Tierra. Después un piso de metal que sonaba hueco. Una mano en la nuca los empujó hacia abajo, y los sentaron en algo duro, uno al lado del otro.
El rotor empezó lento.
Después fue todo ruido.
El piso tembló, se ladeó, se fue para arriba. A Michael se le subió el estómago a la garganta.
Al lado, alguien respiraba con un silbido.
Andrew.
Del otro lado, contra su hombro, el hombro de Dalene. No se movía.
Pier no hacía ningún ruido.
Entre los pies, en cada bache del aire, algo pesado golpeaba contra el metal. Algo de piedra.
Nadie dijo nada en todo el viaje.
Cuando el ruido bajó y las ruedas tocaron el suelo, ya no había sol en la tela de las capuchas.
* * *
Les sacaron las capuchas en un cuarto blanco.
Michael cerró los ojos contra la luz. Cuando los abrió, tardó en entender dónde estaba.
Paredes blancas. Piso blanco. Luces largas en el techo que zumbaban bajito. Hacía frío. Un frío de aire acondicionado, limpio, que olía a nada.
En las cuatro esquinas, arriba, una cámara. Una lucecita roja en cada una.
Estaban sentados en sillas de metal, en fila, con las manos atrás. Les habían cambiado los cinchos por esposas.
En el centro del cuarto había una mesa de acero.
Encima, envuelta todavía en la manta gris, la caja.
Dalene miró la puerta. Era de metal, sin manija de este lado.
Andrew miraba el piso. Tenía la cara hinchada, un ojo cerrado, sangre seca en el bigote. Respiraba por la boca.
Pier miraba la caja.
* * *
Lo oyeron antes de verlo.
Un sonido de metal arrastrándose por el piso. Pesado. Lento. Del otro lado de la puerta, acercándose.
Dalene dejó de respirar.
Michael conocía ese sonido. Lo había oído una vez, tirado detrás de la rueda de un auto viejo, en una gasolinera, con las balas pegando en la chapa.
La puerta se abrió.
Caios entró despacio. Calvo. Los tatuajes negros subiéndole por el cráneo y bajándole a la cara. Las gafas de espejo. La cadena colgando de una mano, larga, oxidada, raspando el piso blanco y dejándole una raya.
Se detuvo frente a la fila.
Los miró. Uno por uno. En las gafas se veían ellos cuatro, chiquitos, en sus sillas.
—Cuatro —dijo.
Ladeó la cabeza.
—Eran tres.
Nadie habló.
Caios se paró frente a Pier. Se agachó un poco, hasta tener la cara a la altura de la suya.
—Siem.
La voz era tranquila. Casi amable.
—Cuánto tiempo.
Pier lo miró. En las gafas, su propia cara cosida le devolvió la mirada.
No dijo nada.
Caios sonrió. Se enderezó. La cadena sonó.
* * *
Detrás de él entró otro hombre.
Traje gris. Camisa sin corbata. Delgado, de pelo corto y canoso, con las manos en los bolsillos. Podría haber sido un contador. Podría haber sido cualquiera.
No miró a nadie. Fue directo a la mesa.
Sacó un par de guantes del bolsillo y se los puso, despacio, dedo por dedo.
Desenvolvió la manta.
Las letras de la tapa se encendieron con la luz del cuarto. O a pesar de ella. Más bajas, pero ahí.
El hombre las miró un rato largo.
Después levantó la tapa.
Adentro estaba la tela oscura.
Nada más.
El hombre no se movió.
Caios dio un paso hacia la mesa. Miró adentro. Las gafas reflejaron el fondo vacío.
—No —dijo Andrew.
Lo dijo bajito primero.
—No. No, no. —Se movió en la silla, las esposas sonaron contra el metal—. ¡Estaban ahí! ¡Yo las vi! ¡Yo las vi!
Michael se giró hacia Dalene. Dalene ya lo estaba mirando.
Los dos miraron a Pier.
Pier miraba la caja vacía.
El hombre del traje gris bajó la tapa. Despacio, hasta que la piedra tocó la piedra.
Se quitó los guantes.
* * *
—¿Dónde están?
Hablaba bajo. No levantaba el tono. Nunca lo hacía.
Nadie contestó.
—Ya los registraron dos veces. —Dobló los guantes y los guardó—. No me hagan perder el tiempo con una tercera.
Silencio.
El hombre se apoyó en el borde de la mesa. Los miró por primera vez. A cada uno.
—¿No?
Esperó.
Arriba, en las esquinas, las cuatro lucecitas rojas.
El hombre miró a Caios.
Asintió.
* * *
Caios no fue hacia Pier.
Fue hacia Andrew.
Lo agarró del pelo y lo arrancó de la silla. La silla cayó de lado. Lo arrastró hasta el centro del cuarto, frente a la fila, frente a su hermano, y lo dejó caer de rodillas.
Le pasó la cadena por el cuello. Una vuelta. Dos.
—No —dijo Andrew—. No, no, espera. Yo los traje. ¡Yo los traje! ¡Pregúntale al de la pista!
Caios tiró.
La cadena se cerró. El silbido de Andrew se cortó.
—Uno —dijo Caios.
Andrew abrió la boca. No le salió aire. Levantó los ojos. El bueno. Buscó a Pier.
—Pier… —Apenas. Sin voz—. Pier. Hermano.
Pier lo miraba.
—Dos.
Caios tiró más. A Andrew se le pusieron moradas las orejas. Las piernas le empezaron a patear el piso blanco.
—Pier —dijo Dalene.
Solo eso.
Pier tenía la mandíbula apretada. La vista en su hermano. En la cara de su hermano, que se iba poniendo de otro color.
Caios levantó la cadena un poco más.
—Tr…
—Esperen.
Caios se detuvo.
Aflojó un dedo. Uno solo.
Andrew tomó aire con un ruido que no era de persona.
El hombre del traje gris no se había movido del borde de la mesa.
—¿Sí?
Pier no miró al hombre. Seguía mirando a su hermano.
—En mi chaqueta.
El hombre del traje gris no dijo nada.
—Adentro. En el forro. Del lado izquierdo.
El hombre hizo un gesto con dos dedos. Uno de los de negro se acercó a Pier, le abrió la chaqueta y le pasó la mano por el forro. Encontró el corte en la tela. Metió los dedos.
Sacó un bulto chico, envuelto en un trapo.
Se lo llevó al hombre del traje gris.
El hombre se volvió a poner los guantes, dedo por dedo. Desenvolvió el trapo sobre la mesa de acero, al lado de la caja vacía.
Las dos piedras.
Con su luz.
El cuarto blanco cambió de color.
Michael miró a Dalene. Dalene miraba a Pier.
El hombre del traje gris se quedó mirando las piedras un rato largo.
—Al fin —dijo.
* * *
La casa del viejo, vacía. Todos afuera, mirando la lona.
Pier solo, junto a la mesa.
Levanta la tapa. La luz le sube a la cara.
Envuelve las dos piedras en un trapo. Las mete por un corte en el forro de la chaqueta, del lado izquierdo. A la altura del corazón.
Baja la tapa. Las letras siguen encendidas.
Nadie lo vio.
* * *
Caios le desenrolló la cadena del cuello de un tirón.
Andrew cayó de lado, tosiendo, con la frente contra el piso blanco.
Cuando pudo, levantó la cara. Buscó a su hermano.
Pier no lo miró.
* * *
Los llevaron por un pasillo hasta un galpón enorme, a oscuras.
En el medio, bajo una sola luz que colgaba del techo, había una jaula.
Barrotes de acero, del piso de concreto hasta arriba. Una puerta con cadena y candado. Adentro, nada. Ni un banco.
Los metieron a los cuatro. Les quitaron las esposas y les pusieron cadenas en los tobillos. Una sola cadena larga, que pasaba de uno a otro y terminaba amarrada a los barrotes con otro candado.
La puerta se cerró.
Se sentaron en el piso, contra los barrotes. Pier en una esquina. Andrew en la esquina de enfrente.
Alrededor de la luz, todo lo demás era negro.
Nadie habló por mucho rato.
—¿Cuándo? —dijo Michael.
Pier no contestó.
Michael se quedó mirándolo. Después soltó el aire, y casi fue una risa.
—Claro.
Dalene tenía la mano cerrada sobre el pecho, sobre la ropa, donde estaba la cadena.
Andrew respiraba con su silbido. Tenía las marcas de la cadena en el cuello, rojas, en dos vueltas.
Nadie lo miraba.
Michael movió el pie. La cadena sonó contra el concreto.
—Después de la serpiente venían las cadenas, ¿verdad? —dijo.
Nadie contestó.
—Y nadie lo vio venir. —Soltó el aire—. Creo que debo ser profeta.
—¡Cállate, Michael! —dijo Dalene.
* * *
Al rato, pasos en el concreto.
Pier se levantó y fue hasta los barrotes.
Por el borde de la luz pasaba el hombre del traje gris. Traía en las manos una caja de vidrio, chica.
Adentro, sobre un paño negro, las dos piedras.
El galpón entero se veía distinto con eso encima.
El hombre no miró la jaula.
Pier se quedó agarrado a los barrotes hasta que la luz se perdió por una puerta del fondo.