La Reunión Epílogo. Lo Que Falta
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Epílogo. Lo Que Falta

EPÍLOGO

Lo Que Falta

La sala estaba bajo tierra.

Había que bajar tres pisos para llegar. Después, una puerta redonda, de bóveda de banco. Después, otra.

Adentro hacía más frío que en el resto de la central. Un frío seco, de máquinas. Las paredes eran de concreto y estaban cubiertas de gabinetes negros con lucecitas verdes que parpadeaban sin orden. Se oía un zumbido parejo, como de algo muy grande respirando.

En el centro, bajo una campana de vidrio, había una prenda de lino.

Vieja. Más vieja que todo lo que había en ese cuarto. Hilos de oro, de azul, de púrpura y de carmesí, tan finos que de lejos parecían polvo. Dos hombreras. Un cinto.

Y sobre el pecho, sujeto a la tela con cadenillas de oro, un cuadrado de oro.

Doce piedras. Cuatro filas de tres. Cada una de un color. Cada una con un nombre grabado en letras que nadie en esa sala sabía leer en voz alta.

De los bordes del cuadrado salían cables. Delgados como pelo. Bajaban por el lino, se metían en la base de la campana y de ahí iban a los gabinetes.

En el doblez del pectoral, abajo, había un hueco.

Vacío.

* * *

El hombre del traje gris entró con la caja de vidrio en las manos.

Seis personas de bata blanca se enderezaron al mismo tiempo.

Arriba, en la pared del fondo, había un vidrio oscuro. Detrás no se veía nada. Pero nadie en la sala le daba la espalda.

El hombre dejó la caja sobre una mesa de acero. El más joven de los de bata se acercó con unas pinzas largas.

—Con cuidado —dijo el hombre del traje gris.

No hizo falta decirlo. Al muchacho le temblaban las manos.

Levantaron la campana.

Las pinzas tomaron la piedra clara. Después la oscura. Las metieron en el doblez del pectoral, una al lado de la otra, en el hueco que llevaba vacío desde Babilonia.

Bajaron la campana.

Las dos piedras siguieron con su luz baja.

Las doce de arriba eran solo piedras.

* * *

En las pantallas de la pared empezaron a correr números.

Columnas. Líneas que subían y bajaban. En la pantalla grande, un círculo que giraba, y debajo una palabra: SINCRONIZANDO.

El zumbido de los gabinetes subió.

Subió más.

Las lucecitas verdes se volvieron amarillas. Después rojas. En algún lado un ventilador empezó a chillar.

Las luces del techo parpadearon.

Una pantalla se puso negra. Después otra.

En la grande, el círculo dejó de girar.

El zumbido se cortó de golpe, y el cuarto se quedó en un silencio que dolía en los oídos.

En el centro de la pantalla, en letras rojas:

ERROR — ADN

Bajo la campana, las dos piedras seguían igual. Con su luz baja. No habían cambiado en nada.

* * *

El de bata más vieja se acercó al hombre del traje gris.

Le temblaban las manos. Se las metió en los bolsillos de la bata.

—Hay un problema, señor.

El hombre del traje gris no apartó los ojos de la pantalla.

—Las piedras no están funcionando.

El hombre se giró.

Lo agarró del cuello con una sola mano. Lo empujó contra un gabinete y apretó, y el viejo se fue quedando en puntas de pie.

—¿Cómo? —dijo.

No levantó la voz.

—ADN —dijo el viejo, sin aire—. Necesitamos… un ADN.

—¿De qué hablas?

El viejo tragó contra la mano que lo apretaba.

—Sangre. —Apenas le salía—. La del último descendiente de los sacerdotes. —Cerró los ojos—. Creemos que esa es la razón.

El hombre del traje gris lo miró un rato largo.

Después lo soltó.

El viejo resbaló por el gabinete hasta el piso, tosiendo.

* * *

Nadie en la sala se movía.

El hombre del traje gris levantó la vista al vidrio oscuro de arriba.

Del otro lado no se movió nada.

Se acomodó el puño de la camisa.

—Sáquenlos.

Los de bata blanca tardaron en entender que hablaba de ellos.

Al rato, del otro lado de la puerta redonda, unos golpes secos.

Seis.

En la sala vacía, bajo la campana, las dos piedras seguían con su luz baja.

Sin contestarle a nadie.

* * *

El hombre del traje gris salió al pasillo.

Caios estaba apoyado en la pared, con la cadena enrollada en la mano.

—Esos cuatro —dijo el hombre.

Caios esperó.

—Han estado en contacto con los que los cubren. Y con ese viejo miserable.

Se le endureció la cara.

Por primera vez, levantó la voz.

—¡Quiero saberlo todo!

El grito rebotó en el concreto y se fue.

Caios sonrió.

Cuando el hombre volvió a hablar, ya no levantaba el tono.

—Y a los de esa sangre. A todos. Donde estén.

Se quedó un momento así.

—Búsquenlos.

* * *

Caios se separó de la pared. La cadena se desenrolló y tocó el piso.

Fue por el pasillo hasta el galpón. El metal raspando el piso. Lento. Sin apuro.

En el medio, bajo la única luz, la jaula.

Adentro, los cuatro. Encadenados a los barrotes.

Caios se detuvo al borde de la luz.

En las gafas de espejo, la jaula entera. Chiquita. Los cuatro.

—Ahora sí —dijo Caios.

La voz tranquila. Casi amable.

—Uno por uno.

Fin del Tomo I