Capítulo 29. Lo Que Nubla
CAPÍTULO
Lo Que Nubla
La camioneta saltaba en cada hueco del camino.
Iban atrás, sentados en el piso de lata, con las manos amarradas a la espalda. Dos hombres con fusiles iban con ellos, en el borde, fumando. El sol ya pegaba.
Pier tenía la vista en el piso.
Detrás de la espalda movía las muñecas contra el cincho. Un lado. El otro. El plástico se le metía en la piel.
Siguió.
Michael lo miró. Miró a los hombres. Se acomodó contra la lata.
—Bueno —dijo—. Por lo menos ahora sabemos dónde estamos.
Nadie se rio. Uno de los hombres le echó el humo en la cara.
Michael cerró la boca.
Dalene miraba las manos de Pier. El cincho se había puesto oscuro. Le bajaba un hilo de sangre por la palma.
Pier seguía.
* * *
El camino se metió entre la caña, y la caña se cerró por encima, y después se abrió en un claro con un trapiche viejo.
Paredes de ladrillo sin pintar. Un techo de zinc con huecos. Una chimenea rota. Al costado, la rueda grande del molino, tomada por la hierba.
Los bajaron a empujones.
Antes de meterlos los registraron. Les vaciaron los bolsillos. A Michael le sacaron la billetera, todavía húmeda; la abrieron y la tiraron al barro.
Al llegar a Dalene, el hombre le metió dos dedos por el cuello de la ropa y sacó la cadena.
La miró contra la luz.
Dalene no se movió.
La sopesó en la palma. Una cadena delgada. Un corazón chico, gastado.
—Esto no alcanza ni para un diente —dijo.
La soltó.
A Pier lo registraron dos veces. No le encontraron nada.
Adentro olía a melaza vieja y a orines. El piso era de tierra. Había una sola puerta, de tablas, y un candado.
Los sentaron contra la pared del fondo.
La puerta se cerró.
* * *
La mañana entraba por los huecos del techo. Puntos de luz en el piso de tierra, que se iban corriendo despacio hacia la pared.
Afuera los hombres comían, discutían. Alguien puso música en un radio de pilas. La misma canción, una vez y otra.
A media mañana se abrió la puerta y entró un muchacho.
Flaco. Descalzo. Un fusil colgado que le quedaba grande. Traía una botella de plástico con agua.
Le dio de beber a Michael primero, inclinándole la botella en la boca. Michael tosió. Después a Dalene.
Después se paró frente a Pier.
Pier lo miró.
El muchacho le inclinó la botella. Pier bebió.
El muchacho no le sostuvo la mirada.
Cuando salió, Pier se quedó mirando la puerta.
* * *
Pasado el mediodía se abrió otra vez el candado.
Entró el del diente de oro con una silla de plástico. Dos de los suyos se quedaron en la puerta, con los fusiles colgados. Uno le dijo algo al otro y el otro se rio.
El del diente de oro puso la silla frente a Pier. Se sentó al revés, con los brazos sobre el respaldo.
Se quedó mirándolo.
Después se inclinó, le agarró la barbilla con dos dedos y le giró la cara hacia la luz que entraba por un hueco del techo.
—Allá afuera no te reconocí —dijo—. Con el sol de frente. Pero aquí sí.
Le pasó el pulgar por la cicatriz, de la sien a la mandíbula.
—La cara cosida.
Pier no se movió.
—Siem —dijo. Sonrió, y se le vio el diente de oro—. El famoso Siem.
En la puerta, el que se reía se calló.
—Meticuloso. Atento. Entrabas donde nadie entraba y salías sin que nadie te viera la cara. Cuatrocientas noventa misiones, dicen. Y ninguna fallaste.
Se quedó pensando.
—Menos la última.
Giró la cabeza hacia Michael y Dalene. Los miró un rato.
—A estos dos te mandaron a matar. —Volvió a mirar a Pier—. Y te volteaste.
Michael miró a Pier.
Dalene también.
El del diente de oro se rio por la nariz.
—¿No les contaste?
Pier no le quitó los ojos de encima al del diente de oro.
—¿Y ahora?
Le miró las muñecas. La sangre seca en los cinchos.
—Ahora mírate. Amarrado en mi trapiche, con tus muertos al lado. El mejor que hubo. —Se rio por la nariz—. Y te entregó tu hermano. Por una bolsita.
Se quedó un momento así.
—Al final, eso es lo que valías.
Se levantó. Agarró la silla.
—¿Dónde está el del sombrero? —dijo Pier.
El del diente de oro se quedó quieto.
—¿Y a ti qué te importa, Siem?
Le cruzó la cara de un revés.
Pier volvió a mirarlo.
—El jefe no está —dijo el del diente de oro. Se limpió la mano en el pantalón—. Los de arriba llegan a las tres. Duerme, si puedes.
Salió con la silla. El candado volvió a cerrarse.
—¿Cuatrocientas noventa? —dijo Michael.
Pier no contestó.
* * *
Pasó un rato largo.
Afuera, la radio de pilas seguía con la misma canción. El calor entraba por el zinc. Se oían las chicharras.
—¿Era cierto? —dijo Dalene—. Lo de matarnos.
Pier tardó en contestar.
—Sí.
Michael lo miró. Dalene no apartó los ojos de él.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Él llegó primero.
Nadie dijo nada por un rato.
—Era tu hermano —dijo Dalene.
Pier no contestó.
—Cualquiera le hubiera creído.
—Tú no.
Dalene se quedó callada.
Pier miró la puerta.
—Para mí está muerto.
Nadie le contestó.
* * *
Las rayas de luz ya estaban del otro lado del piso cuando se oyó el helicóptero.
Primero lejos, como un motor que no terminaba de llegar. Después encima. El zinc empezó a temblar y por los huecos cayó polvo, y paja, y una luz que se movía.
Afuera se apagó la radio.
El ruido bajó. Se quedó un rato. Se apagó.
Michael miró el techo.
—Los de arriba —dijo—. Literal.
Al rato sonó el candado.
La puerta se abrió y entró la luz de golpe.
No eran los del trapiche.
Eran dos hombres de negro. Callados.
Traían a alguien entre los dos, de los brazos, arrastrándole los pies.
Lo tiraron adentro.
Cayó de cara en la tierra, a los pies de Pier.
La ropa rota. La cara hinchada. La nariz sangrando. Un ojo cerrado.
Uno de los de negro se quedó mirando a Pier desde la puerta.
—La familia, junta —dijo.
Cerraron.
El candado.
Andrew se quedó en el suelo. Respiraba con ese silbido.
Levantó la cara de la tierra. El ojo bueno buscó a su hermano.
—Pier…
Pier lo miró.
—Trabajas para los mismos que mataron a nuestros padres —dijo.
Andrew no contestó.
—Qué irónico.
Andrew apoyó la frente en la tierra.