La Reunión Capítulo 28. Lo Que Vale
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Capítulo 28. Lo Que Vale

CAPÍTULO

Lo Que Vale

El motor no paraba.

Afuera no había nada. Ni luna, ni luces abajo. Solo el ruido parejo del motor y, adelante, el tablero encendido en verde, alumbrándole a Andrew la mitad de la cara.

Dalene iba atrás, contra la ventanilla.

Tenía la mano cerrada sobre las rodillas. No la había abierto desde la isla.

La abrió.

El corazón estaba ahí, en la palma, con la cadena enredada entre los dedos. Con la luz del tablero apenas se le veía el borde.

El motor seguía.

Una vez había viajado así. A oscuras, sin saber a dónde.

Cerró los ojos.

* * *

El que levantó la lona fue un muchacho.

Era de día. Un pueblo que no conocía, de calles en subida y techos de teja. El muchacho se quedó mirándola con la boca abierta y una caja en los brazos.

Dalene saltó por encima del equipaje y corrió.

Nadie la siguió.

En la terminal había un bus con el nombre de su pueblo en el vidrio de adelante. Dalene contó el dinero. Le alcanzaba para el pasaje.

Lo contó otra vez.

Se compró pan.

Se quedó en la banca, comiendo, hasta que el bus salió.

* * *

El dinero duró poco.

Aprendió a qué hora sacaban el pan viejo detrás de la panadería. Aprendió que si tomaba agua seguido, el estómago se callaba un rato.

Lo que no aprendió fue el frío.

De día el sol picaba. De noche bajaba del cerro un frío que se le metía en la ropa y no se iba. Dormía en el portal del mercado, sobre cartones, con el bolso contra el pecho. Cuando llovía, los cartones se mojaban y la ropa ya no se secaba.

Temblaba hasta que amanecía. Después dormía un rato en una banca de la plaza, al sol, hasta que la despertaban los que abrían los puestos.

* * *

La biblioteca estaba en la plaza, frente a la iglesia.

A la iglesia no entró.

A la biblioteca entró una tarde de lluvia, y se quedó hasta que la echaron a la hora de cerrar.

Al salir dio la vuelta por atrás. La ventana del baño no cerraba bien.

Esa noche volvió.

Adentro no entraba el viento. Entre los estantes del fondo el aire no se movía, y los libros guardaban el calor de la tarde. Dalene se acostó en el piso, entre dos estantes, con el bolso de almohada.

Olía a papel viejo.

Durmió toda la noche. Era la primera vez desde que se fue de su casa.

Volvió la noche siguiente. Y la otra. Salía por la ventana antes de que aclarara.

* * *

Una mañana no se despertó a tiempo.

Abrió los ojos y había luz. Y en el pasillo, entre los dos estantes, una mujer.

Era mayor. Lentes, el pelo blanco recogido con un lápiz, un suéter gris aunque hacía calor. Tenía las llaves en la mano.

Se miraron.

La mujer no dijo nada.

Dio media vuelta, fue hasta su escritorio y empezó a encender las luces.

Dalene agarró el bolso y salió por la puerta de adelante, sin correr, con la cara caliente.

Esa noche hizo más frío que nunca.

Volvió a la ventana. La empujó despacio. Seguía sin cerrar.

* * *

En la mañana la mujer ya estaba ahí cuando Dalene se despertó.

Venía por el pasillo con algo en la mano. Un paquete envuelto en papel.

Lo dejó en el piso, junto a ella.

—Aquí no se come —dijo.

Se dio vuelta.

—Así que cómetelo rápido.

Era pan con queso. Dalene se lo comió sentada en el piso, con la cabeza agachada. Después juntó con el dedo las migas que quedaron en el papel.

Cuando levantó la vista, la mujer la estaba mirando desde el escritorio.

—Atrás hay un sofá —dijo—. No es bueno. Pero no entra el frío.

Sacó una llave del llavero y la dejó sobre el escritorio.

—Y la ventana del baño, déjala tranquila. Entra por la puerta.

* * *

Se llamaba Ligia. En el pueblo le decían Miss Ligia, porque había sido maestra antes de que le dieran la biblioteca.

Nunca le preguntó de dónde venía. Dalene nunca se lo dijo.

Un día le dejó un libro sobre la mesa. Al día siguiente le preguntó qué le había parecido.

Dalene dijo lo que se suponía que había que decir.

—No —dijo Miss Ligia—. Eso dice el libro. ¿Qué piensas tú?

Dalene abrió la boca. La cerró.

Miss Ligia esperó.

Esperó hasta que Dalene habló.

Después de ese libro vino otro. Y otro. Historia, leyes, los griegos, discursos de hombres que habían movido países con la voz. Miss Ligia le marcaba las páginas con tiras de papel y le preguntaba siempre lo mismo. ¿Qué piensas tú?

Le pagaba unas monedas por barrer y por forrar los libros nuevos. Dalene las guardaba en una lata, debajo del sofá.

Le dejaron de quedar los zapatos. Junto al sofá aparecieron otros.

Las mangas se le quedaron cortas.

Un día alcanzó el estante de arriba sin la escalera.

* * *

El sobre llegó un martes.

Tenía su nombre escrito a máquina. Era de una universidad de la capital. Una beca. Todo pagado.

Dalene lo leyó dos veces. Después lo puso sobre el escritorio.

—Yo no mandé nada.

Miss Ligia siguió sellando libros.

—Ya sé.

Dalene se quedó ahí parada.

—No me quiero ir.

—Ya sé. —Miss Ligia no levantó la vista—. Te vas el lunes.

* * *

El sábado abrió la lata.

En el mercado había un puesto con cadenas en una vitrina sucia. Dalene señaló una delgada, con un corazón chiquito. Era la más barata de las que brillaban.

Le alcanzó justo.

El lunes llevaba el mismo bolso pequeño.

En la puerta de la biblioteca sacó el papelito doblado del bolsillo y se lo dio.

Miss Ligia lo abrió. Se quedó mirando la cadena en la palma un rato largo.

—Es para ti —dijo Dalene.

Miss Ligia cerró la mano.

—Gracias —dijo—. Te recordaré por siempre, Dalene.

Dalene se fue.

En la esquina se dio vuelta.

Miss Ligia seguía en la puerta, con la mano cerrada contra el pecho.

* * *

Dalene abrió los ojos.

El motor. El verde del tablero. La nuca de Pier, adelante, quieta.

Miró el corazón en la palma. Le pasó el pulgar por el borde, liso de tanto uso.

Después se puso la cadena. El broche se le escapó dos veces. A la tercera lo cerró.

Se metió el corazón debajo de la ropa.

Michael la estaba mirando.

No dijo nada. Volvió a mirar por la ventanilla.

* * *

—¿Esto no tiene radio? —dijo Michael.

Andrew señaló con la barbilla un hueco en el tablero. Dos cables pelados, amarrados con cinta.

—Tenía.

Michael se quedó mirando el hueco.

—Claro —dijo—. Al viejo no le gustan las radios.

Nadie se rio. Michael cruzó los brazos y se acomodó contra la ventanilla.

* * *

Pier llevaba la caja en las rodillas, envuelta en la manta gris. Las dos manos encima.

Andrew volaba con una mano. La otra la tenía sobre la pierna, y de vez en cuando tocaba algo del tablero sin mirarlo.

—¿Y adónde vamos con eso? —dijo.

—A donde decía el papel.

—¿Y qué hay ahí?

—No sé.

Andrew lo miró.

—Llevas en las rodillas una cosa que esa gente quiere más que la plata. A un lugar que no sabes qué es. Porque te lo dijo un papel.

—Sí.

Andrew se rio por la nariz.

—Tú siempre fuiste así.

* * *

Volaron un rato sin hablar.

—¿Sabes qué es lo único bueno que me dejaron? —dijo Andrew—. Esto.

Movió los dedos sobre el mando.

—Aquí arriba nadie te manda. Nadie te grita. Abajo todo es de alguien.

Se quedó mirando lo negro, adelante.

—Aquí arriba no.

Pier no dijo nada.

—¿Por qué me buscaste, Pier?

Pier lo miró.

—Eres mi hermano.

Andrew no contestó. Siguió mirando adelante.

* * *

Andrew se pasó la manga por la frente.

En la cabina hacía frío. Andrew sudaba.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsita. La abrió con los dientes, sin soltar el mando. Se echó un poco de polvo en el dorso de la mano, se agachó y lo aspiró de un golpe.

Echó la cabeza atrás. Cerró los ojos.

Cuando los abrió, Pier lo estaba mirando.

Pier le agarró la muñeca y le arrancó la bolsita de los dedos. Corrió el vidrio chico de su ventanilla y el viento entró gritando. Sacó la mano. La abrió.

La bolsita se fue en lo negro.

Pier cerró el vidrio.

—¡Tú no necesitas esto!

—¡Ya soy grande para que me estés cuidando!

Se quedaron mirándose. El motor llenaba todo.

Andrew bajó la vista primero.

—Me quedé solo —dijo.

Pier no se movió.

—No sabía a quién acudir. No había nadie. —Se pasó el dorso de la mano por la nariz—. Y terminé en esto.

Le temblaba la boca.

En la luz verde del tablero, a Andrew le corrió una lágrima. Después otra. No se las limpió.

A Pier se le bajaron los hombros.

—Tranquilo, hermano.

Le puso la mano en la nuca.

—Cuando terminemos esto, tú y yo lo vamos a resolver. Vas a salir de eso. —Le apretó la nuca—. Nada nos separará.

Andrew levantó los ojos, mojados.

—¿Me lo prometes, hermano?

Pier se quedó quieto.

—Te lo prometo.

—Gracias, hermano.

Pier le soltó la nuca. Se recostó en el asiento, con las dos manos sobre la caja.

Andrew se limpió la cara con la manga. Una sola pasada.

Ya no le temblaba la boca.

—Hey —dijo Michael desde atrás, con los ojos cerrados—. Ustedes dos. Dejen dormir.

Andrew se rio por la nariz.

—Duerman. Falta mucho.

* * *

Al rato, Andrew miró hacia atrás por encima del hombro.

Michael dormía con la cabeza contra la ventanilla y la boca abierta. Dalene tenía los ojos cerrados y una mano sobre el pecho, encima de la ropa.

Pier tenía los ojos abiertos. Las dos manos sobre la caja.

El motor seguía. Parejo.

Pier parpadeó. Una vez. Otra, más lenta.

Se enderezó en el asiento.

—Duerme, hermano —dijo Andrew—. Yo vuelo.

Pier lo miró.

Andrew tenía la vista adelante, en lo negro. Las dos manos en el mando.

Pier apoyó la cabeza contra el vidrio.

Las manos se le quedaron encima de la caja.

Cerró los ojos.

* * *

Andrew esperó.

Esperó hasta que la respiración de Pier se hizo larga.

Miró atrás otra vez. Michael. Dalene. Después miró a su hermano, dormido, con la cicatriz vuelta hacia él. Después, la caja.

No miró ningún mapa.

Inclinó el mando despacio. La avioneta se ladeó apenas, y las pocas estrellas que se veían por el vidrio se corrieron hacia un lado.

En el tablero, la brújula giró.

Se quedó en otro rumbo.

Andrew se tocó el bolsillo vacío.

Adelante, todo seguía negro.

* * *

Lo despertó la luz.

Le daba en la cara, de lado, por el vidrio. El motor sonaba distinto. Más bajo.

Pier abrió los ojos.

Había amanecido. Abajo, la tierra estaba verde y cerca. Cerros bajos. Cañaverales, uno detrás de otro, hasta donde alcanzaba la vista.

Estaban bajando.

Pier no se movió. Miró por el vidrio.

Un camino de tierra. Un río café, ancho, cortando la caña. Y más allá, una franja pelada y derecha. Demasiado derecha para ser camino.

Al final de la franja, una ceiba.

Enorme. Sola en medio del cañaveral.

Pier conocía esa ceiba.

Había estado debajo de ella una noche, de muchacho, con un arma en la mano y un hombre de rodillas en la tierra. No había sido la primera vez.

Junto al tronco había dos camionetas. No se veía a nadie.

Pier miró a su hermano.

Andrew tenía las dos manos en el mando y la vista en la franja.

—Andrew.

Andrew no contestó.

Abrió su ventanilla. El viento entró de golpe y llenó la cabina de ruido. Sacó el brazo y lo movió en el aire, de un lado a otro, mirando hacia abajo.

Del borde del cañaveral salió un hombre y levantó el brazo.

Pier lo vio.

Bajó la vista a la caja, en sus rodillas.

Se llevó la mano al pecho, sobre la chaqueta.

La dejó ahí.

Andrew metió el brazo y cerró la ventanilla. El ruido se fue. Quedó el motor.

Pier volvió a poner las manos sobre la caja.

—¿Qué pasa? —dijo Michael, atrás—. ¿Dónde estamos?

—Llegamos —dijo Andrew.

Dalene miró por su ventanilla. Vio la ceiba. Vio las camionetas. Vio al hombre parado al borde de la caña, con el brazo arriba.

Después miró la nuca de Andrew.

Se llevó la mano al pecho.

Andrew no apartó los ojos de la franja.

Siguió bajando.

* * *

Las ruedas pegaron contra la tierra. Rebotaron. Volvieron a pegar.

La avioneta corrió por la franja, sacudiéndose, hasta que la ceiba llenó el vidrio.

Andrew cortó el motor.

La hélice dio unas vueltas más y se paró.

Los hombres ya venían, saliendo de la caña. Seis. Armas largas, botas de caucho, las caras sin apuro.

Andrew abrió su puerta y bajó primero.

Fue derecho al que venía adelante. Un hombre flaco, con un diente de oro y una pistola metida en el pantalón. Se dieron la mano. El del diente de oro le dio dos palmadas en la cara, como a un sobrino.

Andrew se dio vuelta y señaló la avioneta con la barbilla.

—Ese. El de la caja.

* * *

Abrieron las puertas de un tirón.

—¡Ey, ey! —Michael levantó las manos—. Tranquilo. Yo camino solo.

Lo sacaron igual.

Dalene bajó sola. No dejó que la tocaran.

A Pier lo esperaron con tres armas.

Bajó con la caja en las manos.

El del diente de oro se la quitó. Pier la soltó.

El hombre la sopesó. Levantó una punta de la manta. Las letras le alumbraron la cara.

Se persignó.

Volvió a tapar la caja.

—¿No la vas a abrir? —dijo Andrew.

—Cerrada —dijo el hombre—. Así la quieren allá arriba.

* * *

Los pusieron de rodillas al pie de la ceiba.

Pier se arrodilló despacio.

Les amarraron las muñecas atrás con cinchos de plástico. Uno por uno.

El del diente de oro sacó algo del bolsillo y se lo tiró a Andrew.

Andrew lo agarró en el aire con una mano.

Una bolsita. Como la otra.

Caminó hasta la ceiba y se agachó frente a su hermano. A la altura de los ojos.

—Me dijeron que estabas muerto —dijo—. Eso es verdad.

Pier lo miraba.

—Lo que no te conté es que después supe que no. Supe que estabas preso. Supe dónde. —Sonrió—. Y no fui.

Michael levantó la cabeza.

—Para mí estabas muerto, hermano. Era más fácil.

Pier no se movió.

—Toda la vida fue igual. Pier el rápido. Pier el grande. El mejor que tuvieron. —Se tocó el pecho con la bolsita—. ¿Y yo? La mula. Lo que quedaba.

Se rio por la nariz.

—Las lágrimas de anoche. ¿Te gustaron? «¿Me lo prometes, hermano?»

Nadie dijo nada.

—«Vuelvo mañana», me dijiste. —La sonrisa se le fue—. Tú me engañaste primero.

Se puso de pie. Se guardó la bolsita en el bolsillo.

—Ahora estamos a mano, hermanito.

Pier lo miró.

No dijo nada.

Andrew aguantó un momento. Después bajó la vista.

Se dio vuelta.

* * *

—Así que esa era la serpiente —dijo Michael.

Dalene miraba la espalda de Andrew.

—Nunca me dio buena espina este tipo.

Michael soltó el aire.

—Barco, naufragio, isla, serpiente. Cuatro de cuatro.

Dalene bajó la vista al suelo.

—Y después lo encarcelaron —dijo.

* * *

Los subieron a la camioneta a empujones. Pier fue el último. Al pasar junto a su hermano se detuvo un segundo.

Un hombre lo empujó.

Las camionetas arrancaron. El polvo se levantó y tapó la avioneta, la franja, la ceiba.

Andrew se quedó solo debajo del árbol.

Sacó la bolsita. La abrió con los dientes.