Capítulo 27. Lo Que No Se Pregunta
CAPÍTULO
Lo Que No Se Pregunta
Nadie dijo nada por un rato.
Las dos piedras seguían ahí, en su fondo de tela oscura, con esa luz baja que no le pedía nada a nadie.
—¿Y para qué la quieren ellos? —dijo Pier.
—Poder.
—¿Poder para qué?
—Poder. —Yahu abrió una mano sobre la tabla—. El Círculo Dorado no se mueve por plata. Plata ya tienen, y la que les falta la hacen el lunes. Lo que tienen son planes. Y esos planes no están a la vista de nadie.
—¿Qué planes?
El viejo se quedó callado.
—No sé.
—¿No sabes?
—No sé. —Levantó la cara—. Y eso es lo único de todo esto que no me deja dormir.
Andrew se había recostado en la silla. Tenía los ojos en la caja desde que Yahu levantó la tapa.
—¿Y cuánto vale? —dijo.
Michael se giró hacia él.
—No, en serio. —Andrew movió la cabeza hacia la mesa—. Si esa gente tiene toda la plata del mundo y quiere esto. ¿Cuánto vale?
—Andrew —dijo Pier.
—Estoy preguntando, Pier.
—No preguntes eso.
Andrew levantó las manos y sonrió.
—Okey.
Yahu no le quitó los ojos de encima.
Debajo de la mesa, Langosta volvió a acercar el hocico al bolsillo de Andrew.
Pier no se había movido del marco de la puerta.
—¿Y si la consiguen?
Yahu miró las dos piedras un momento largo.
—No sé qué pasa si esto cae en esas manos.
Bajó la tapa despacio, hasta que la piedra tocó la piedra.
Las letras siguieron encendidas sobre la mesa.
—Y no quiero averiguarlo.
* * *
—¿Y nosotros qué tenemos que ver con esto? —dijo Dalene—. ¿Por qué nosotros?
Yahu se tomó su tiempo.
—No sé por qué los eligió a ustedes.
Apoyó las dos manos sobre la tapa cerrada.
—Hay respuestas que a mí no me las dieron. Pero esto no fue al azar. Eso sí lo sé.
—¿Cómo sabes?
—Porque con Él nunca es al azar. Tiene un plan que no cabe en las ideas de uno. —Levantó la cara—. A su tiempo, cada uno de ustedes lo va a ver. Y cuando lo vean, no van a volver a ser los mismos.
Dalene se quedó callada.
—¿Entonces su plan era que Hira se muriera?
Yahu no contestó.
Se quedó mirándola un momento.
—Lo olvidaba —dijo.
Se levantó, fue hasta el rincón del catre y se arrodilló. Se oyó una tabla. Después otra.
Volvió con algo chico en la mano: una bolsita de tela, vieja, amarrada con un cordel.
—Esto me llegó cuando me mandó por la caja. Me dijo que se lo diera a la mujer. —Se la estiró—. Creo que es para ti.
Dalene no la tomó.
—Me dijo que lo ibas a entender.
Dalene la tomó.
Deshizo el nudo con los dedos. Volcó la bolsita sobre la palma.
Cayó una cadena delgada de oro.
Y colgando de la cadena, un corazón pequeño. Gastado. Liso en los bordes, como se gastan las cosas que alguien tuvo mucho tiempo en la mano.
Dalene se quedó mirándolo.
Se llevó la otra mano a la boca.
Después cerró el puño sobre la cadena y se levantó.
—Tengo que salir un momento.
—Dalene —dijo Pier.
—Quiero estar a solas.
Salió.
Pier dio un paso para seguirla.
—Déjala —dijo Michael.
Pier se quedó donde estaba.
* * *
Nadie habló por un rato.
Michael miró la caja cerrada sobre la mesa.
—¿Y qué hacemos con estas rocas?
—Llevarlas —dijo Yahu.
—¿A dónde?
Yahu sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro y lo dejó sobre la mesa.
Michael lo desdobló. Dos líneas de números. Escritas a mano. Letra firme, sin adornos.
Se quedó mirando la letra.
Volvió a doblar el papel despacio, por los mismos dobleces.
—¿Y eso queda dentro de la isla? —dijo.
—No.
—Entonces no sé cómo —dijo Andrew—. De aquí no hay forma de salir. No hay bote. Ni por agua ni por tierra.
—No —dijo Yahu—. Por aire.
* * *
Afuera la luz se estaba poniendo amarilla.
Yahu caminó hasta el bulto bajo la lona verde y empezó a desatar las sogas. Una por una.
Jaló la lona.
Debajo había una avioneta. Vieja. Un solo motor, ala alta, la pintura blanca vuelta color hueso por el sol. Cuatro asientos. Las ruedas hundidas un poco en la tierra.
Andrew se quedó quieto.
Después caminó alrededor, despacio, pasándole la mano por el borde del ala como a un caballo.
Se detuvo en la puerta del piloto.
Había tres agujeros en la chapa, en fila, del tamaño de un dedo.
Andrew metió un dedo en uno.
No dijo nada.
—¿Así que tú no naufragaste como nosotros? —dijo Michael.
—No.
—¿Y cómo llegaste?
—Me mandaron a buscar la caja. —Yahu dobló la lona—. Y a traerla hasta acá.
Andrew sacó el dedo del agujero.
—¿Y esto?
—Me estaban esperando cuando salí con ella. —Yahu se encogió de hombros—. No me tocaron por un palmo.
—¿Viniste solo?
—Con ellos.
Movió la cabeza hacia los perros, que estaban echados a la sombra del ala.
—Miel se vino todo el viaje con la cabeza en mis rodillas. Langosta vomitó dos veces.
Michael soltó el aire por la nariz. Casi una risa.
—Y me quedé esperando lo que seguía —dijo Yahu—. No me llegó una sola orden más.
Pier miró la avioneta. Después al viejo.
—Entonces tú nos vas a llevar a la ubicación.
Yahu se agachó a amarrar la lona doblada. No lo miró.
—Mi viaje llegó hasta aquí —dijo—. Esto tienen que hacerlo ustedes.
Nadie dijo nada.
Michael miró la avioneta. Miró el monte alrededor. Miró el pedazo de tierra pelada, largo y derecho.
—¿Y quién piensa pilotear esto? —dijo—. Porque yo no tengo idea de cómo se pilotea un avión.
—Mmm —dijo Pier—. Yo tampoco.
Andrew estaba agachado mirando una rueda.
—Eee… —Se enderezó—. Yo puedo.
Todos lo miraron.
—¿Tú? —dijo Pier.
—Sí, hermano. —Andrew se limpió las manos en el pantalón—. ¿Cómo crees que llevaba las cargas?
Se quedó mirándolos a los tres.
Sonrió.
—Qué coincidencia, ¿no les parece?
—No.
Lo dijo Dalene.
Venía cruzando el patio, despacio. Los ojos rojos. La mano cerrada dentro del bolsillo.
—No suena a coincidencia —dijo—. Suena a un plan.
Se paró al lado de la avioneta.
—Vamos. A terminar lo que empezamos.
* * *
Michael soltó el aire.
—Por fin. —Se pasó las manos por la cara—. Esto pronto se acaba. Y voy a poder volver.
Yahu, que estaba amarrando la lona doblada, levantó la vista.
—Después de esto —dijo—. ¿En serio quieres volver?
Michael abrió la boca.
No contestó.
* * *
Pier se acercó a su hermano.
Andrew estaba revisando un alerón con dos dedos.
—Me alegra saber que mi hermano vuela —dijo Pier.
Andrew se giró.
—Y que es todo un piloto.
Andrew no supo qué hacer con eso. Se rio corto y miró el ala.
—Después de esto, hermano —dijo Pier—. Vamos a recorrer el mundo. A recuperar lo perdido.
Andrew lo miró.
—Así es —dijo—. A recuperar lo perdido.
* * *
La luz se iba rápido.
—Hay que salir ya —dijo Andrew—. De esta pista, de noche, no despego ni yo.
Yahu entró a la casa y volvió con la caja envuelta en la manta gris. Se la dio a Pier. Pier la recibió con las dos manos y la apretó contra el pecho.
Después Yahu sacó una llave del bolsillo, con un pedazo de cuero amarrado, y se la estiró a Andrew.
Andrew la agarró.
Yahu no la soltó.
—Descuida, viejo —dijo Andrew—. He piloteado toda mi vida.
Yahu lo miró a los ojos.
Andrew tenía la frente mojada aunque ya no hacía calor. La mano con la que sostenía la llave no estaba del todo quieta.
—He notado algo en tu semblante —dijo Yahu.
Andrew sonrió.
—¿Mi semblante?
Yahu no soltó la llave.
—Hay algo esperándote a la puerta —dijo—. Y te quiere para él.
Se quedó así un segundo más.
—Tú tienes que poder más que eso.
Soltó la llave.
Andrew se rio. Corto. Se dio la vuelta y se metió la mano libre en el bolsillo.
* * *
Michael subió atrás. Dalene, a su lado, sin decir nada. Andrew se metió a la cabina y empezó a mover cosas en el tablero como si lo hubiera hecho toda la vida.
Se giró en el asiento y estiró la mano hacia atrás.
—El papel.
Michael se lo pasó. Andrew lo desdobló contra el tablero y lo leyó una vez, moviendo los labios. Otra vez. Lo dobló y lo sacó por la ventanilla.
Yahu lo agarró. Sacó una caja de fósforos, prendió uno y le acercó la llama a una esquina. Lo sostuvo hasta que el fuego le llegó a los dedos.
Pisó la ceniza.
Pier se quedó un momento abajo, con la caja contra el pecho. Después puso un pie en el estribo.
Yahu se le acercó. Le puso una mano en el brazo y le habló bajo, para que adentro no se oyera.
—Cuida tu corazón, Pier.
Pier lo miró.
—No dejes que tus emociones nublen tus decisiones.
Pier se quedó un momento así.
No dijo nada.
Subió.
El motor tosió una vez. Dos. Agarró.
Yahu se echó para atrás hasta el borde del claro, Miel a un lado y Langosta al otro. La avioneta empezó a moverse por la tierra pelada, en la última luz.