La Reunión Capítulo 26. Lo Que Se Entrega
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Capítulo 26. Lo Que Se Entrega

CAPÍTULO

Lo Que Se Entrega

—Bájanos —dijo Michael.

El viejo no le hizo caso.

Caminó hasta Dalene.

—¿Quiénes son?

—Nos hundimos —dijo Dalene—. Anoche. Un barco.

—Eso lo sé. —Señaló el mar con la barbilla sin mirarlo—. Lo vi partirse. ¿Quiénes son?

Dalene no respondió.

—¿Quién los mandó?

Silencio.

—Nadie llega acá por su cuenta —dijo el viejo.

—Una radio —dijo Michael desde arriba.

El viejo se quedó quieto.

—Una radio —repitió Michael—. Hay una voz. Nos dio un nombre, nos subimos a un barco, el barco se partió y aparecimos aquí. Ya te dijimos todo. ¡Déjanos ir!

El viejo levantó la cara hacia la red.

—¿Qué nombre?

—Alejandrina —dijo Dalene.

El viejo bajó la vista.

Se quedó mirando el suelo entre sus botas un buen rato.

Después se pasó la mano por la boca, como quien se guarda algo.

* * *

Levantó el machete y cortó la soga de un golpe.

La red cayó entera. Los dos pegaron contra el suelo y rodaron entre las hojas, Michael debajo.

—¡Ay! —Michael se quedó de espaldas, mirando las ramas—. Avisa. Un hombre avisa.

Pier se zafó de la red y se puso de pie, sucio, con una hoja pegada en el cuello.

El viejo lo miró.

Fue al primero que miró de verdad.

Pier le sostuvo la mirada y no dijo nada.

* * *

El viejo se agachó a recoger la red.

Pier no se movió.

—Tú primero.

El viejo levantó la cara.

—¿Yo primero qué?

—Quién eres.

El viejo siguió doblando la red. Despacio. Como se dobla algo que se va a volver a usar.

—Yahu.

—¿Yahu qué?

—Yahu. —Terminó de doblarla y la dejó sobre una piedra—. Nunca me hizo falta más.

—Eso no es una respuesta.

—No. —Se enderezó—. Pero es cierta.

* * *

—El último hombre que nos recibió bien nos dio de comer y nos dio cuartos —dijo Pier—. Y después llamó a los que nos buscaban.

El viejo lo miró.

—Nos quiso amarrar en su propio sótano —dijo Dalene—. Y después lo mataron a él.

—Mmm. —Yahu asintió despacio—. Entonces hacen bien en no bajar la cabeza.

Se limpió las manos en el pantalón.

—Yo tampoco sé si ustedes son los que dicen que son —dijo—. Puede que me esté equivocando y puede que esta noche me degüellen en mi propia cama.

* * *

Pier dio un paso hacia él.

—¿Quién te habló de nosotros?

—El mismo que les habló a ustedes de este lugar.

—A nosotros nadie nos habló de este lugar.

—Les habló de un barco.

—Sí.

—Y el barco los dejó acá. —Yahu abrió una mano—. Mira cómo funciona.

Pier no se movió.

Yahu lo estudió un momento. Después se sentó en la piedra, al lado de la red doblada, como quien se acomoda para una conversación larga.

—Primero les ofrecieron un sobre —dijo.

Nadie habló.

—Y no lo tomaron.

Ninguno le sostuvo la mirada.

—Después les llegó una caja.

Dalene se había quedado muy quieta.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque lo conozco. —Yahu la miró—. Hace mucho.

* * *

—Y en la caja venía una radio —dijo.

Michael asintió.

—Sí. Una radio.

—Perfecto. —Yahu se apoyó las manos en las rodillas—. ¿Dónde está la radio?

Nadie contestó.

Michael miró el suelo.

Pier no movió un músculo.

Yahu esperó.

—Se rompió —dijo Dalene.

—¿Se rompió?

—Se rompió.

Yahu se enderezó en la piedra.

—Ahh. —Se pasó la mano por la cara—. No puede ser.

Se levantó.

—¡No puede ser! —Dio dos pasos y se volvió—. Se les puede perder el mapa. Se les pueden perder las llaves. Se les puede perder el dinero. —Levantó un dedo—. ¡Pero lo único que no debían perder, lo perdieron!

Nadie dijo nada.

—¡Un año! —Se golpeó el pecho con el dorso de la mano—. ¡Un año esperando una señal en esta isla! —Abrió los brazos—. ¡Y llegan ustedes! ¡Y llegan sin lo más importante!

—Lo que pasó realmente… —dijo Michael.

—No quiero saber.

Michael cerró la boca.

Yahu recogió el machete del suelo, hablando solo.

—Una radio. Una sola radio en el mundo entero.

Se enderezó. Suspiró con todo el cuerpo.

—Ya estoy muy viejo para esto.

Empezó a subir la pendiente.

—¡Síganme los que quieran seguirme!

—¿Y por qué confiaríamos en ti? —dijo Michael.

Yahu no se detuvo.

—¡Hay comida!

Michael se quedó un segundo.

—Ah.

Se puso de pie y fue detrás de él.

—Este. Hubieras empezado por ahí.

* * *

Subieron detrás del viejo por una pendiente que no parecía camino hasta que uno llevaba un rato en ella.

El sol caía recto. No había sombra en ninguna parte y el aire no se movía.

Yahu iba adelante, apartando con el machete. El mismo ritmo todo el tiempo. Como quien sube eso mismo todos los días.

* * *

La casa estaba en un claro alto, de espaldas al monte, mirando al mar.

No era casa de isla. Era una estructura vieja de madera y lata, remendada con tablas de distinto color. Un canalón torcido bajaba a un tanque. Alguien la había construido hace mucho y alguien más la había estado arreglando.

Al costado, bajo una lona verde amarrada a cuatro troncos, había algo grande.

* * *

En el patio había un palo clavado en la tierra, a la altura de la cintura, pelado a cuchillo.

Estaba lleno de marcas. Rayas cortas, en hileras, dando la vuelta al palo.

Michael se paró frente a él.

Estiró la mano y pasó el pulgar por las primeras.

Empezó a contar en voz alta sin darse cuenta.

—Trescientos setenta y siete días —dijo Yahu desde la puerta—. Con catorce horas y tres minutos.

Michael se giró.

—Es lo que llevo esperando.

Michael bajó la mano.

Se quedó un momento más ahí.

Después entró.

* * *

Adentro olía a leña y a comida.

Una mesa larga de tablas. Un fogón de piedra en el rincón con una olla negra encima. Un catre al fondo. Estantes con frascos. Sogas colgadas. Un panel de vidrio sucio en el techo, con un cable bajando por la pared hasta una batería de camión en el suelo, y un bombillo solo.

Yahu sirvió los platos él mismo, uno por uno, y se sirvió al último.

Comieron.

Michael comió con las dos manos y sin hablar. Era la primera vez en todo el viaje.

Dalene comió despacio.

Pier comió de pie, apoyado en el marco de la puerta, mirando el patio.

Andrew comió rápido y después se sirvió otra vez sin preguntar.

Los dos perros se echaron debajo de la mesa.

Miel se acostó a los pies de Yahu.

Langosta no.

Langosta se fue derecho a Andrew. Se le sentó al lado, pegado a la pierna, con el hocico apuntando a su bolsillo. No ladró. No se movió más. Se quedó ahí, respirando.

Andrew siguió comiendo.

—Le gusto —dijo.

Yahu no contestó.

Siguió masticando, con los ojos en el perro.

Y después en Andrew.

Y después otra vez en el plato.

Cuando terminaron, Yahu se sentó a la cabecera de la mesa, se limpió las manos en el pantalón, y se quedó un momento mirándolos a los cuatro.

* * *

—Yo tengo una pregunta —dijo Michael.

—Pregunta.

Michael se tomó un momento.

—¿Tú sabes algo de mi esposa?

Yahu lo miró.

—No sé quién es tu esposa.

—Anna. —Michael se oyó decirlo y siguió de todas formas—. Se llama Anna. Yo pensé que si Él te mandó a ti también, tal vez tú…

—No sé quién es tu esposa, hijo.

Michael asintió.

Bajó la vista al plato vacío.

—Él me dijo que me iba a ayudar.

—¿Y te ha ayudado?

Michael no contestó.

* * *

Pier seguía en la puerta.

—¿Esperamos a alguien más?

Yahu se giró hacia él.

—No lo sé. Dímelo tú.

Se quedó mirándolo.

—¿Están todos?

Pier no contestó.

—¿Cómo confiamos en ti? —dijo.

—Ya comieron de mi olla —dijo Yahu—. Un poco tarde para preguntar.

* * *

Andrew había dejado el plato.

Tenía los dos codos en la mesa. Los había estado mirando a todos mientras hablaban.

—Bueno —dijo—. ¿Alguien me puede explicar de qué están hablando? Porque esto me está poniendo tenso.

Dalene lo miró por primera vez en toda la comida.

—Entonces levántate y vete.

—No dije que me quiera ir. —Andrew se recostó en la silla—. Dije que me expliquen.

Yahu lo miró un rato.

—Mejor te lo muestro.

Se levantó.

* * *

Fue hasta el rincón del fondo, donde estaba el catre, y se arrodilló. Metió los dedos entre dos tablas del piso y levantó una. Después otra.

Sacó algo envuelto en una manta gris.

Lo cargó con las dos manos, como algo que pesa más de lo que parece, y lo puso en el centro de la mesa.

Debajo de la mesa, Miel levantó la cabeza.

Yahu quitó la manta.

Era una caja de piedra. Pequeña, color hueso, con las esquinas gastadas.

Y en la tapa, letras.

Las letras tenían luz.

Una luz baja y tibia. No venía del bombillo ni de la puerta. Venía de los surcos de la piedra, como brasas que no necesitan aire.

Nadie dijo nada.

Michael se inclinó. Andrew se inclinó.

Pier no se acercó.

* * *

Dalene se quedó mirando la tapa.

Movió los labios sin sonido. Una letra. La siguiente. No eran las letras de los libros. Eran las viejas, las que le hacían copiar de niña en un cuaderno, una por una, hasta que le dolía la mano.

—Kódesh… —dijo.

Y se detuvo.

Yahu la estaba mirando.

—¿Qué dice? —dijo Michael.

—Santidad.

—¿Santidad a qué?

Dalene no contestó.

—A quién —dijo Yahu.

Y se quedó mirándola.

* * *

Yahu levantó la tapa.

Adentro, sobre un fondo de tela oscura, había dos piedras.

Pequeñas. Las dos juntas cabían en una mano. Una clara, casi blanca. La otra oscura, del color del vino viejo.

Y las dos tenían luz. La misma de las letras, pero más honda.

Al lado de eso, el bombillo parecía una cosa muerta.

Andrew estiró la mano.

—No —dijo Yahu.

Andrew la retiró. Despacio. Sonriendo.

—¿Es radiactivo? —dijo Michael.

—No.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevo un año durmiendo al lado.

* * *

Yahu dejó la tapa apoyada contra un costado de la caja.

—Urim ve-Tumim —dijo.

Dalene movió los labios con él, sin sonido.

Michael la vio.

—Son dos palabras en hebreo. —Yahu señaló la piedra clara, y después la oscura—. Luces y Perfecciones.

* * *

—Más de mil cuatrocientos años antes de Cristo —dijo—, un pueblo entero que acababa de salir de la esclavitud estaba acampado al pie de un monte, en el desierto. El Sinaí.

Se quedó mirando las piedras.

—Ahí Dios se las dio a su pueblo. Las llevaba Aarón. El primer sumo sacerdote. Kohen Gadol.

Se tocó el pecho.

—Iban en su vestimenta. El efod. Encima del corazón, un pectoral. —Movió dos dedos—. Y adentro, en el doblez, estas dos. Nadie las veía.

—¿Y para qué? —dijo Michael.

—Para la guerra. Cuando tuvieron reyes, el rey no decidía solo si salía a pelear. Iba a buscar al sacerdote, y el sacerdote preguntaba por él.

—¿Y cómo le contestaban?

—Una de las dos se avivaba. —Yahu señaló la piedra clara—. Si era esta, era sí. —Después la oscura—. Si era esta, era no.

—¿O sea algo como un oráculo?

—Mmm.

Yahu se tomó su tiempo.

—Más o menos.

* * *

—Cuando Aarón murió, la vestimenta pasó a su hijo —dijo Yahu—. Y del hijo, al hijo del hijo.

Movió la mano sobre la mesa, despacio.

—Generación tras generación de sacerdotes, más de ochocientos años, cada uno cargando lo mismo sobre el pecho. Salomón levantó el templo, y ahí se guardó. Sin que nadie de afuera la tocara.

Michael miró la caja.

—Ochocientos años —dijo.

—Más.

* * *

—¿Y qué pasó? —dijo Michael.

—Que se olvidaron de Dios.

Yahu lo dijo sin levantar la voz, como quien da un dato médico.

—No fue de un día para otro. Se fueron detrás de otros dioses. Se corrompieron los reyes, se corrompieron los sacerdotes. —Abrió una mano—. Decidieron hacerlo a su manera.

—¿Y nadie les dijo nada?

—Jeremías.

Lo dijo Dalene.

Todos se giraron.

—Un profeta. —No levantó la vista de la mesa—. Les avisó que venía Babilonia. Que les iban a quemar la ciudad y se los iban a llevar. —Se encogió de hombros—. No le hicieron caso.

Nadie habló.

Yahu la estaba mirando.

—Así que tú eres la que sabe.

Dalene no contestó.

—Hay dolor en el saber —dijo Yahu.

Ella levantó la vista.

Lo miró.

No dijo nada.

* * *

—Quinientos ochenta y seis antes de Cristo —dijo Yahu—. Nabucodonosor. Babilonia. Quemaron el templo hasta el piso y se llevaron al pueblo encadenado.

—¿Y esto cómo salió de ahí?

Lo dijo Pier, desde la puerta.

—Eso no está escrito en ninguna parte. —Yahu se quedó mirando la caja—. Se pasó de boca en boca. Masorá, le dicen. Lo que se entrega.

—¿Y qué dice?

—Que uno alcanzó a llegar primero.

Humo.

Humo adentro del templo, bajando del techo, llenando los pasillos de piedra. Afuera se oye el metal y se oye a la gente.

—Todo el mundo corría para afuera.

Un hombre viejo corre por un pasillo con el lino sucio y las sandalias en la mano.

No corre hacia la salida.

—Él corrió para adentro.

Llega. Las manos le tiemblan.

Arranca el doblez del pectoral. El hilo revienta. El oro cae al suelo y suena.

Saca las dos piedras.

Las pone en su caja. La de siempre.

Cierra la tapa.

Las letras se quedan encendidas en el humo.

—El oro lo dejó tirado en el piso.

Voces en la puerta del fondo, en una lengua que no es la suya.

El hombre viejo se mete por un hueco donde no cabe un hombre y cabe él, y sale al barranco con la ciudad quemándose a su espalda.

No mira atrás.

—Dicen que caminó días. Que no comió. Que no la soltó nunca.

Desierto. Un hombre solo, con una caja de piedra apretada contra el pecho.

Una grieta en la roca. Adentro, una cámara pequeña. En el centro, una piedra plana.

Pone la caja encima. Con cuidado.

Sale.

Adentro, en lo oscuro, las letras siguen encendidas.

Yahu puso la mano sobre la tapa abierta.

—Nadie las volvió a encontrar.

Se quedó así un momento.

—Hasta hoy. En la misma caja.