La Reunión Capítulo 25. La Isla
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Capítulo 25. La Isla

CAPÍTULO

La Isla

Tenía nueve años y el lago se lo estaba tragando.

El agua de Beteli era negra abajo, donde ya no hacía pie. Lo había agarrado sin rabia. Pateó. El sol era una moneda de luz temblando allá arriba, cada vez más chica. Abrió la boca y entró agua. Nadie en la orilla lo oía. Los que se ahogan no gritan.

Entonces una mano le tomó la muñeca.

No lo jaló con prisa. Lo sostuvo, firme, como quien sostiene algo que sabe suyo, y lo subió despacio hacia la moneda de luz. Pier rompió el agua. Tosió el lago entero. Buscó la cara del que lo tenía.

El sol estaba detrás de esa cara. No la vio. Solo una sombra, el calor de una mano que no lo soltaba, y una voz muy cerca que dijo una palabra. No «ya estás». No «tranquilo».

Su nombre. El verdadero.

Pier abrió los ojos.

El cielo era blanco. El suelo, piedra. El ruido no era de lago sino de mar. Tenía la mejilla contra la arena mojada y el cuerpo entero le dolía.

Estaba vivo. No supo si agradecerlo.

Se sentó. El mundo giró y se acomodó. Una playa de piedra oscura. Un cielo sin color. Y a lo lejos, flotando, tablas, metal retorcido, lona. Lo que unas horas antes había sido un barco.

Dalene estaba a unos metros, de rodillas, tosiendo agua. Más allá, Michael, boca arriba, los brazos abiertos, respirando como si cada bocanada le costara dinero. Y al borde del agua, bocabajo, una cuarta figura que no se movía.

Pier se levantó y fue hacia ella antes de pensarlo.

Andrew.

Le dio vuelta. Gris, frío, los labios morados. Pier le apretó el pecho con las dos manos, una vez, dos, y en la tercera Andrew se arqueó y vomitó el mar sobre las piedras, y tosió, y respiró.

—Ya —dijo Pier—. Ya. Te tengo.

Andrew escupió agua, abrió los ojos y, antes de recuperar el aire, habló.

—¿Sabes qué… —tosió— qué es lo peor de esto?

—No hables. Respira.

—Lo peor —siguió, porque Andrew no sabía no hablar— es que tanto barco, y nunca aprendí a nadar. —Tosió otra vez—. Y mírame. El único que no sabía. Acá. Respirando. Y el resto del barco en el fondo.

Pier lo sentó contra una roca. No dijo nada.

—¿No te parece gracioso? —insistió Andrew.

—No.

—A mí tampoco. —Cerró los ojos—. Pero me río igual. Es lo único gratis que me queda.

Dalene llegó arrastrando los pies, empapada, mirando el mar hecho pedazos.

—¿Y los demás? —dijo—. La tripulación. Los que saltaron.

Nadie contestó. El mar seguía trayendo cosas a la orilla. Ninguna era una persona.

Michael se había sentado. Miraba los restos del barco como quien hace una cuenta y no le gusta el resultado.

—Toda esa gente —dijo, bajo—. Y nosotros cuatro.

—Nosotros cuatro —repitió Dalene.

Michael se miró la muñeca.

El reloj, muerto. El cristal estrellado y, debajo, atrapada, una gota de mar que corría de un lado a otro de la esfera cada vez que movía el brazo. Las agujas paradas en una hora que ya no era ninguna hora.

Le dio dos golpecitos con el dedo. El gesto de siempre.

Nada. La gotita de mar, nada más, yendo y viniendo.

—Okey —dijo. Despacio—. Lo único que todavía podía medir… se acaba de ir.

Se lo quitó. Pesaba menos de lo que esperaba.

Lo sostuvo un segundo en la palma abierta. Después cerró la mano y lo tiró a las piedras, lejos, donde el mar devolvía los restos del barco.

No miró dónde cayó.

Andrew lo observaba desde su roca.

—¿Y a este qué le pasa? —dijo—. Náufrago, sin agua, sin saber dónde estamos… y el tipo tira lo único de valor que le queda. —Soltó una risa rasposa—. Un reloj roto, pero de los caros. Yo ese lo vendía.

—No era por el reloj —dijo Dalene.

Lo había estado mirando. A Michael, no al reloj.

Michael no explicó nada. Se quedó mirando el mar, las manos vacías sobre las rodillas.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo. Era la primera vez que preguntaba sin tener la respuesta.

Pier se miró la muñeca derecha sin darse cuenta. La sensación seguía ahí. Tibia. Una mano que lo había subido cuando ya no quedaba aire.

No había nadie. Nunca había nadie, cuando se daba vuelta a mirar.

Pero la mano seguía tibia.

Levantó la vista. Miró el agua. Después la línea de monte que subía detrás de ellos.

—Buscamos gente —dijo.

—¿Y si no hay gente? —dijo Michael.

—Entonces buscamos de dónde salir.

Andrew estaba de pie más allá, mirando el mar. Se dio la vuelta.

—Agua primero —dijo—. Donde haya agua hay gente. Y si hay gente, hay humo. Y el humo se ve de arriba.

—¿Arriba? —dijo Michael.

Andrew señaló el monte con la barbilla.

Michael miró el monte.

—Ah.

* * *

Pier se quedó mirando a Dalene.

—El fragmento. ¿Decía algo más?

—No.

—¿Solo eso? ¿Nada más?

—Solo eso. —Dalene movió la arena con la mano—. Habla de un naufragio. Nada que nos sirva.

—¿De este barco?

—De uno que se llamaba igual que este.

Levantó la vista.

—El apóstol Pablo se subió a una embarcación llamada Alejandrina. Iba en ese barco cuando pasó.

Michael dejó de sacudirse el pantalón.

—Ah. —Se quedó pensando—. Ya. O sea que el nombre no era del barco. El nombre venía de ahí.

—Venía de ahí.

—Y nosotros nos subimos igual.

—Nos subimos igual.

Michael miró el mar un momento.

—¿Y qué dice el relato que pasó con el barco?

—Naufragó. Se partió en la noche contra un bajo.

—Perfecto. —Michael se rio sin ganas—. Perfecto. ¿Y con él qué pasó? Con Pablo.

—Sobrevivió. Nadaron hasta una isla.

Michael levantó las dos manos.

—Bueno. Por fin. Esas son buenas noticias.

—Michael.

—No, en serio. Es la primera cosa en todo este viaje que termina bien. —Se sentó otra vez en la arena—. ¿Y después qué pasó con él?

Dalene tardó.

—No me acuerdo bien. —Se sacudió la mano—. Creo que lo picó una serpiente.

Michael dejó de moverse.

—Creo que lo picó una serpiente —repitió.

—Y después lo encarcelaron.

Nadie habló.

Andrew estaba de pie más allá, con el agua hasta los tobillos, mirando el horizonte. No se dio la vuelta.

Michael asintió despacio.

—Bueno. La esperanza salió del chat.

—Tenemos que avanzar —dijo Pier.

Se puso de pie y se sacudió la arena de las manos.

—No —dijo Michael.

Pier ya iba caminando.

—No, óiganme. —Michael se levantó—. Acabamos de escuchar la historia. Barco llamado Alejandrina, naufragio, isla, serpiente. —Contó con los dedos—. Nosotros ya tenemos tres de cuatro.

—Michael.

—Yo no pienso meterme a una selva a que me pique una serpiente.

—Es un relato de hace siglos —dijo Dalene.

—Exacto. Y mírate dónde estás parada.

Dalene pasó a su lado sin contestarle.

Andrew salió del agua, se sacudió los pies y entró al monte detrás de ella. No lo miró.

Michael se quedó solo en la arena.

El mar atrás. El monte adelante. Los tres metiéndose en la sombra sin voltear.

—Okey.

Se limpió las manos en el pantalón.

—Okey. No me dejen solo.

Y fue detrás de ellos.

* * *

La selva empezaba donde terminaba la arena. Sin aviso.

El suelo era blando y no sonaba. Arriba el verde se cerró y la luz bajó de golpe.

Caminaron un rato largo.

Pier y Andrew iban adelante, cerca.

—¿Dónde estuviste? —dijo Andrew.

—Preso.

Andrew apartó una rama y la sostuvo hasta que pasó su hermano.

—¿Cuánto?

—Mucho.

Subieron.

—¿Y tú? —dijo Pier.

—¿Yo qué?

—¿Quién te crio?

Andrew tardó.

—Nadie.

Pier siguió subiendo.

—¿Comías?

—A veces.

—¿Te pegaron?

—Al principio.

Pier no dijo nada por un rato.

—Cuando salí te busqué —dijo.

—No me encontraste.

—No.

* * *

—Me dijeron que estabas muerto.

Pier no respondió.

—¿No vas a preguntar quién?

—Sé quién.

Caminaron.

—¿Lo has visto? —dijo Andrew.

—No.

—Yo tampoco. —Pasó por encima de una raíz—. Pero está.

—Está.

Subieron un trecho sin hablar.

—¿Lo estás buscando? —dijo Andrew.

Pier no respondió.

Andrew asintió.

—Yo también.

* * *

Más arriba el monte se cerró y hubo que subir usando las manos.

—¿Y después? —dijo Pier.

—¿Después de qué?

—De lo que me contaste en el barco.

Andrew se agarró de un tronco y subió.

—Seguí cargando. —Se detuvo arriba. Esperó a su hermano—. Ya no en el cuerpo. Cargas grandes. De un lado a otro.

Pier llegó a su lado.

—Mmm.

—¿Mmm qué?

—No quiero saber qué cargabas.

Andrew se rio. Corto.

—No. No quieres.

Se limpió las manos en el pantalón.

—Pero era bueno —dijo—. Si había que mover algo sin que nadie lo viera, me lo daban a mí. De noche, sin luces, con lluvia. Y llegaba. Siempre llegaba.

—¿Quién te enseñó?

—Nadie. Mirando.

Pier lo miró.

—De chico no podías ni meter la lancha al agua.

Andrew se rio.

—La metí.

—Te mojaste.

—Igual la metí.

Pier soltó el aire por la nariz. Casi nada. Pero algo.

Andrew lo vio.

—Ese día…

No terminó.

Pier tampoco.

Subieron un trecho sin hablar.

—Me hice fuerte, hermano —dijo Andrew.

—Ya veo.

—No, en serio. —Se puso a la par de él—. Mírame. Mírame bien. Ya no soy el que se quedaba atrás. —Abrió las manos—. Creo que haríamos un gran equipo. Tú y yo.

—No.

—¿No? —Andrew se giró hacia él—. ¿No qué?

—No te distraigas.

Andrew pisó mal.

La raíz se le fue debajo del pie y se cayó de lado contra el barro, con todo el cuerpo.

Se quedó ahí un segundo.

Después se rio. Fuerte. Tirado en el suelo, con la cara sucia, riéndose solo.

—Okey —dijo—. Okey.

Pier le estiró la mano.

Andrew la agarró.

* * *

Andrew se sacudió el barro del brazo y miró hacia abajo.

Dalene subía detrás. Michael venía último, agarrándose de lo que encontraba.

—¿Y se puede saber cómo llegaste acá, hermanito?

Movió la cabeza hacia ellos dos. Sin señalar.

—Larga historia —dijo Pier.

—¡HEY!

Michael se había parado abajo, con una mano en un tronco y la otra en la cintura.

—¡Estoy cansado! ¿Podríamos parar? ¡Un momento! ¡Uno!

Andrew lo miró un rato.

Después miró a Dalene.

Después volvió a su hermano.

—En serio. Dime cómo llegaste a encontrarme.

—¡Por la voz! —gritó Michael desde abajo.

Andrew se quedó quieto.

—¿Qué?

—¡El hombre! O la voz. El de la radio, no sé qué es. —Michael subió dos pasos, resoplando—. Eso nos trajo hasta ti.

Andrew bajó la mirada hacia su hermano.

—¿Radio? ¿Voz?

Pier no dijo nada.

—Pier. —Andrew bajó un paso—. ¿Es el cuento de terror que me contabas y me daba pesadillas?

Pier no respondió.

Andrew se rio.

—¿Y ustedes le creyeron? —Miró a Michael. Miró a Dalene.

Nadie contestó.

—Es un cuento —dijo—. Un tonto cuento de pueblo. Lo cuenta cualquier abuela de cualquier…

—Funcionó, ¿no? —dijo Dalene.

Andrew la miró.

—El hombre de la radio le cumplió a Pier —dijo ella—. Ha de ser de sus favoritos.

Pier la miró.

—No saben lo que dicen.

Andrew subió el paso que había bajado. Se paró frente a su hermano.

—¿Y qué te pidió de vuelta? —Ladeó la cabeza—. ¿Ah?

—Una misión suicida —dijo Michael.

—No. —Andrew negó con la cabeza—. No me lo creo.

Caminó.

—¿Y a quién hay que matar?

Los tres lo miraron.

Andrew abrió las manos.

—¿Pregunté algo?

—A ti —dijo Dalene—. Si no te callas.

—Caminen —dijo Pier.

* * *

Caminaron toda la mañana.

No encontraron camino. No encontraron huella. No encontraron humo.

Después escucharon el agua.

* * *

El río era angosto y corría entre piedras negras.

Pier se agachó, metió la mano, la olió y bebió. Dalene se arrodilló al lado y bebió. Andrew se metió hasta las rodillas y bebió con la cara dentro de la corriente.

Michael se quedó de pie en la orilla.

—¿Esta agua se puede tomar?

—Ya la estamos tomando —dijo Dalene.

Michael se arrodilló. Bebió mucho rato. Cuando se enderezó se sentó de golpe en la piedra y se quedó ahí respirando.

* * *

Andrew salió del agua y se sentó frente a ellos dos.

—Y tú —dijo—. ¿Cómo es que te llamas?

—Michael.

—Michael. —Movió la cabeza hacia Dalene—. Tú y tu novia. ¿Qué los trajo acá?

—Ya quisieras —dijo Dalene.

—No es de tu incumbencia —agregó—. Podrás ser el hermano de Pier. Pero yo a ti no tengo nada que decirte.

Andrew levantó las manos.

—Tranquila. —Se recostó en la piedra—. Uff. Qué mujer tan enojona.

—Dímelo a mí —dijo Michael.

—Y tú mejor no hables —dijo Dalene.

Michael cerró la boca.

Andrew se rio.

Dalene se quedó mirándolo mientras se reía.

—Hueles a algo —dijo.

—A barco.

—No huele así un barco.

—Entonces a mí.

Se secó las manos en el pantalón. Y se las secó otra vez.

* * *

—Silencio —dijo Pier.

Todos se quedaron quietos.

El río. Las piedras. El monte arriba.

Y debajo de todo eso, lejos, del otro lado del agua, algo.

Michael se levantó.

—¿Escuchan?

Nadie respondió.

—Eso es… —Dio dos pasos hacia el río—. ¿Eso es música?

Era música.

Venía rota, entrando y saliendo entre los árboles. Pero era música.

—¡Hay gente! —Michael ya estaba cruzando el agua—. ¡Vamos a ver!

—Michael —dijo Pier.

Michael no se detuvo.

Pier fue detrás de él.

* * *

Lo encontraron en un claro, amarrado a un tronco a la altura del pecho.

Una caja negra, pequeña, con una placa de vidrio sucio encima, inclinada hacia el sol.

Un parlante.

Y la música saliendo de ahí, para nadie.

Michael se detuvo frente a él.

—¿Y esto qué es?

Pier miró el parlante.

Miró la placa de vidrio.

Miró el suelo.

—No pises…

El suelo se fue.

La red subió con todo lo que había encima: hojas, tierra, los dos. Michael gritó. Quedaron colgando sobre el claro, enredados uno contra el otro, girando despacio.

La música seguía sonando.

Y desde el monte vino lo otro.

Dalene se giró.

Dos perros. Bajando la pendiente sin ladrar hasta el último momento.

Después sí. Fuerte.

Uno se le plantó a Dalene a tres pasos, ladrando. No avanzó más.

El otro no ladró a Dalene.

Pasó de largo.

Andrew retrocedió hasta el agua y el perro se metió al río detrás de él, el hocico pegado al pantalón, a los bolsillos. Ladraba distinto. Más agudo. Sin parar.

—¡Quítamelo! —gritó Andrew—. ¡Quítenme esto de encima!

Arriba, colgado de la red, Pier dejó de forcejear.

Y se quedó mirando a su hermano.

* * *

—¡Miel!

La voz vino de arriba.

—¡Langosta!

Los dos perros se detuvieron en el mismo instante. La que estaba frente a Dalene se sentó. El otro salió del agua, se sacudió y se quedó mirando a Andrew, temblando de ganas.

El hombre bajó la pendiente sin apurarse.

Viejo. La piel arruinada por el sol. El pelo gris, largo, amarrado arriba de cualquier manera.

La barba hasta el pecho. Una chaqueta militar desteñida, llena de bolsillos, y sobre los hombros una piel de animal, áspera, sin curtir.

Una soga por cinturón. Botas gastadas. En una mano, un palo de caminar.

En la otra, un machete corto, abajo, sin levantarlo.

Se paró en el claro y miró la red.

—Qué cosecha —dijo.