Capítulo 24. Euroclidón
CAPÍTULO
Euroclidón
—Fui —dijo Pier.
—Mentira.
—Me mandaron solo a un trabajo. Me dijeron que si lo hacía, nos soltaban a los dos. Les creí. Fui porque les creí. —Pier no subía la voz—. Me agarró la policía. Me encerraron años. Y cuando salí, fui a buscarte. El campamento ya no estaba. Te busqué, Andrew. Años.
—¡CÁLLATE! —El grito reventó en el hierro—.
¿Sabes lo que me pasó mientras tú me buscabas?
Se quedaron sin su mejor arma, pero les quedaba yo.
El inútil. —Se rio—. Me dieron otro trabajo.
Cargar. Llevar la mercancía adentro del cuerpo.
Una mula. —Se subió la manga. En la luz, el brazo lleno de marcas viejas, hundidas—.
¿Y sabes lo que le dan a una mula para que aguante?
Me engancharon ellos. A propósito. Un drogadicto no escapa.
Vuelve solo, arrastrándose, a pedir lo que lo mata.
Bajó la manga.
—Eso hicieron conmigo mientras tú me buscabas. —Se le rompió la voz—. Me dejaste, Pier. Y me convirtieron en esto.
Pier miró a su hermano. Y no se defendió.
—Tienes razón —dijo—. Te dejé solo. Te prometí que no, y te dejé solo. —Dio el último paso, hasta que el cañón le tocó el pecho, sobre el corazón—. Y no hay nada que yo pueda decir que arregle eso. Así que si vas a disparar, dispara. Es lo único que te debo que sí te puedo pagar.
Andrew no disparó.
La mano le temblaba. El dedo en el gatillo. Veinte años empujando. Y del otro lado, la cara de su hermano. Quieta. Sin miedo. La única cara que de niño había significado que no estaba solo.
El arma bajó. Andrew se dobló, y Pier lo agarró antes de que cayera. Y el hombre roto que había sido su hermanito lloró ahí, en la oscuridad, contra el único que nunca debió haberlo dejado.
* * *
Se separó. Se pasó el brazo por la cara. Cuando habló, la voz seguía rota, pero había algo firme debajo.
—Si se quedan en este barco, se mueren. Esta gente no deja polizones vivos. —Miró a Pier—. No sé qué camino creías que terminaba acá, pero este barco va a un lugar malo. —Bajó la voz—. Hay un bote salvavidas, a popa. Yo los llevo hasta ese bote, y se van. Es la única forma de que salgan vivos.
Una voz, afuera. Cercana.
—¡Santos! ¡Andrew! ¿Dónde estás? ¡Llevas media hora sin contestar la radio!
Andrew se quedó helado. La radio en su cinturón, apagada en algún momento del reencuentro.
La linterna del hombre apareció en la rendija. El haz entró, encontró a los cuatro.
—Hijo de…
No terminó. Andrew se giró y disparó. Una vez. El estruendo fue enorme en el hierro. El hombre cayó hacia atrás. La linterna rodó por el piso.
Y después, por todo el barco, voces. Gritos. Una alarma.
—Ya no hay vuelta atrás para ninguno —dijo Andrew. Se asomó. Las linternas se multiplicaban—. Los botes están a popa. Pegados a mí. Si disparo, al piso. —Le lanzó una pistola a Pier. Y por un segundo, en medio de todo, casi sonrió—. ¿Todavía eres bueno con eso?
Pier la agarró en el aire sin mirarla.
—Tú dime en un rato.
* * *
En el puente, tres cubiertas más arriba, el capitán tenía su propio problema.
Los equipos se habían ido muriendo uno por uno. La radio primero: solo ruido. Después el radar. Después las luces del tablero, apagándose como velas que alguien soplaba al pasar.
Golpeó la consola muerta. No volvió.
Y entonces el zumbido. De todos lados y de ninguno. Grave. Metido en los dientes.
El capitán miró por el ventanal. Adelante, donde el parte daba cielo limpio, había una pared negra. Del mar al cielo. Ningún instrumento la había visto. Todos estaban muertos.
—¿De dónde salió eso? —dijo. Nadie contestó.
Abajo, disparos. Una alarma. Un marinero entró gritando algo de intrusos en las bodegas.
El capitán no lo oyó. Iban ciegos. De noche. Y la tormenta ya estaba encima.
El primer golpe de mar levantó la proa y la dejó caer con un estruendo que sacudió el barco entero.
* * *
Abajo, el infierno.
El barco se sacudía como algo vivo. Los contenedores crujían en sus amarres. El piso se inclinaba a un lado y al otro. Por los pasillos corrían hombres con linternas y armas.
Andrew iba adelante; conocía el barco como su propia desgracia. Pier cubría. En medio, Dalene y Michael, cayéndose con cada bandazo.
—¡Ahí! —Una linterna los encontró. Dispararon. Las balas reventaron el hierro al lado de la cara de Michael.
Pier se giró. En la oscuridad que saltaba con los relámpagos, hizo lo que mejor sabía hacer.
Dos tiros. Dos hombres cayeron.
No lo pensó. La mano hacía sola lo que había hecho mil veces. La parte de él que más odiaba. La que esta noche los mantenía vivos.
—¡Arriba! —Andrew tiró de Michael del piso.
Subieron una escalera entre bandazos. El agua ya entraba por algún lado, fría. Otro hombre en el rellano. Andrew disparó primero.
Llegaron a una puerta. Andrew la pateó.
Y entró la tormenta entera.
* * *
Afuera no había barco. Había agua y cielo peleando.
La cubierta se inclinaba bajo olas negras que pasaban por encima de la borda. Montañas de agua levantaban el carguero entero y lo dejaban caer. El viento arrancaba las palabras de la boca. La lluvia iba de lado.
—¡El bote! —gritó Andrew, señalando a popa—. ¡Hay que llegar al…!
Se detuvo.
El bote estaba ahí, naranja, bajo la grúa. Pero las balas del tiroteo le habían reventado el casco de un lado a otro. Colgaba de sus amarres, llenándose de lluvia.
—No —dijo Andrew—. No, no, no…
No había a dónde ir. El barco se movía mal, pesado, ladeado. Sin nadie que lo gobernara, giraba con las olas hacia donde el mar quisiera llevarlo.
Y el mar lo llevaba a un solo lado.
Entre relámpago y relámpago, Pier lo vio. Adelante, cada vez más cerca, una línea blanca donde el agua reventaba contra algo que no se movía. Roca negra asomando entre las olas.
Un arrecife.
Y el barco, ciego, iba derecho a él.
—¡Agárrense de algo! —gritó Pier.
No hubo tiempo de más.
La Alejandrina chocó.
El sonido no fue de barco. Fue de mundo rompiéndose. El casco abriéndose contra la roca con un rugido de metal rasgado. La cubierta saltó bajo sus pies. Hombres, cajas, contenedores salieron volando hacia adelante. El barco se clavó en el arrecife y empezó, ahí mismo, a partirse en dos.
—¡Al agua! —gritó Pier—. ¡Todos! ¡Salten antes de que nos arrastre al fondo! ¡SALTEN!
Michael miró el mar negro, abajo, hirviendo.
—¡No sé nadar bien, yo no…!
—¡Es eso o morir aquí! ¡Salta!
Saltaron.
Primero Dalene. Después Michael, empujado por Pier. Después Andrew. Después Pier. Cuatro cuerpos cayendo en lo negro. Atrás, sobre el arrecife, La Alejandrina se deshacía. Las luces muriendo. Los que no saltaron gritando cosas que la tormenta se tragó.
El barco se rompió, y con él se fueron casi todos los que iban a bordo.
Pier tocó el agua, y el mar negro se cerró sobre su cabeza, y se lo tragó entero.