Capítulo 23. La Alejandrina
CAPÍTULO
La Alejandrina
El puerto apareció al caer la tarde, el sol hundiéndose en el mar. Cuando Pier metió el auto en un callejón entre bodegas, las luces del muelle empezaban a encenderse.
Ninguno se movió para bajar.
Habían manejado todo el día sin hablar.
—Lo que dije anoche —empezó Dalene.
—No tienes que…
—No voy a pedir perdón por lo que dije. Todo era cierto. —Miró por el parabrisas, hacia el agua—. Pero no eras solo tú. Te eché encima una cosa más grande que tú, porque necesitaba echársela a alguien.
Michael asintió.
—Tenías razón en todo —dijo—. Esa es la parte que no me deja.
Miró el mar un momento.
—La voz dijo que nos iba a ayudar. No sé de qué forma lo hará. —Hablaba despacio—. Yo nunca confié en nadie. En nadie, toda mi vida. Y este camino me abrió los ojos. —Negó con la cabeza—. Lo que sea que esté haciendo el de la radio, está funcionando en mí. Y yo no quería que funcionara.
Nadie habló.
—A mí me prometieron a Hira —dijo Dalene.
Esta vez no se le quebró la voz. El dolor seguía ahí, pero se había endurecido.
—Conmigo no pasó así. A mí no me devolvieron nada. Y no tengo ganas de hablar con ninguna voz. No ahora.
Volvió la cabeza hacia Michael. Sin rabia.
—Pero déjame decirte una cosa. Si salimos de esto, y vuelves a trabajar para los que mataron a Hira, para los que matan a miles como ella. —Lo miró fijo—. Te mato yo misma. Con estas manos. ¿Me entiendes?
Michael no apartó la mirada. Asintió una vez.
—Tengo un enemigo nuevo —dijo Dalene. Como quien hace un juramento—. Y no voy a descansar hasta verlos destruidos. A todos. Hasta el último.
Pier había escuchado sin decir nada. Las manos en el volante.
—Me vas a necesitar, entonces —dijo.
Dalene lo miró. Era lo más parecido a una alianza que iban a firmar.
Pier abrió la puerta. El aire del mar entró, salado y frío.
—Vamos.
* * *
Caminaron pegados a las bodegas, entre contenedores oxidados y charcos de aceite. Hombres de overol cargaban, gritaban, movían grúas. Nadie los miró dos veces.
—¿Y ahora qué? —dijo Michael—. ¿Buscamos a alguien que se llame Alejandrina? ¿Preguntamos puerta por puerta?
—No podemos preguntar nada —dijo Pier—. El que pregunta, se nota. El que se nota, muere.
—Entonces cómo encontramos a una persona en…
Michael se detuvo. Miraba algo.
Al final del muelle había un carguero. Enorme, viejo, el casco manchado de óxido y sal. Contenedores apilados hasta dar vértigo.
Y en el costado, en letras grandes, descoloridas:
LA ALEJANDRINA.
—No es una persona —dijo Michael. Muy bajo—. Nunca fue una persona.
—Es el barco —dijo Dalene.
Se miraron. El papiro. El nombre que abrió la caja. Y el barco, esperándolos sobre el agua.
* * *
Se acercaron escondidos detrás de una pila de contenedores, y desde ahí vieron el resto.
El barco no se cargaba como un barco normal. En la pasarela había hombres quietos, las manos cruzadas, el bulto de un arma bajo la chaqueta. Abajo, una camioneta con las puertas abiertas. Cajas envueltas en plástico negro pasando de mano en mano.
—Eso no es carga legal —dijo Pier—. Eso es mercancía. De la de Misha.
—¿Y si subimos como sube la carga? —dijo Michael, mirando la fila de contenedores que esperaban su turno bajo la grúa.
A Pier le cruzó la cara algo parecido a la aprobación.
—Al ejecutivo se le ocurrió algo útil.
Encontraron uno al final de la fila, medio lleno, lejos de los hombres armados. Entraron uno por uno, hasta el fondo, detrás de los sacos. Pier tiró de la puerta hasta dejarla casi cerrada.
—Esto es una locura —susurró Michael—. Nos metemos, por voluntad propia, en un barco de narcos, dentro de una caja, para que una grúa nos tire a una bodega.
—Sí —dijo Pier.
—Solo quería que alguien lo dijera en voz alta.
Dalene estaba callada. Algo le daba vueltas. Algo que había leído la noche anterior, en otro sótano.
—Pier. El papiro. El barco de la historia. —Tragó—. Naufragaba. Se hacía pedazos contra la costa.
Silencio en el contenedor.
Afuera, la grúa enganchó algo con un estruendo de metal.
* * *
La grúa los levantó. Un movimiento largo, mareante. Después un golpe. Los apilaron en la bodega entre otros cien iguales, y el mundo quedó quieto y negro.
Abajo arrancaron los motores. Un temblor subió por el hierro. Zarparon.
Afuera cayó la noche. Esperaron. Una hora. Dos. A oscuras, el tiempo no se mide.
El barco se movía distinto ahora. Más fuerte. Un saco se soltó y rodó.
—Está picado el mar —dijo Pier—. Se viene algo.
—Tengo que salir —dijo Michael.
—No.
—Pier. No aguanto más. No voy a hacerlo aquí, encima de ustedes.
Pier escuchó la oscuridad.
—Rápido. La puerta de al lado, no más lejos. Si oyes algo, te quedas quieto. No corras.
Michael se arrastró hasta la rendija y salió.
* * *
La bodega era una catedral de hierro. Contenedores hasta un techo que no se veía. Una luz de emergencia, cada tanto, pintándolo todo de rojo. El barco se mecía y el metal gemía.
Michael encontró un rincón entre dos contenedores. Terminó rápido.
Y cuando se giró, sintió el frío del cañón en la nuca.
No lo había oído llegar.
—No te des vuelta —dijo una voz. Joven, dura—. Las manos donde las vea. Camina. Esa puerta, el contenedor abierto. Métete.
Michael caminó, el cañón en la nuca. Lo empujaron adentro. Detrás, agachándose, entró el otro.
El hombre encendió una linterna. El haz encontró a Dalene, a Michael de rodillas, a Pier contra la pared.
—Las manos. Los tres. Polizones en mi barco. ¿Saben lo que les hacemos a los polizones?
Pier levantó las manos despacio. Midiendo.
—Tranquilo. No buscamos problemas. Nos bajamos en el próximo puerto y no nos vuelves a ver.
—Ustedes no se bajan en ningún…
—No fue idea nuestra —soltó Michael, de rodillas—. Fue de él. Pier, tú nos metiste en esto, tú dijiste…
El contenedor se quedó en silencio. El hombre se puso rígido.
—¿Cómo dijiste? Ese nombre. ¿Cómo lo llamaste?
—Pier —dijo Michael, sin entender—. Se llama Pier.
El haz de la linterna se corrió. Dejó a Michael, dejó a Dalene, y fue subiendo despacio hasta clavarse en la cara de Pier.
El hombre lo miró largo. La luz le temblaba en la mano.
—Pier… —dijo—. ¿Pier Santos?
Nadie en ese mundo sabía ese nombre. En el cartel había sido Siem. Después, mil nombres falsos. Pier Santos había muerto hacía más de veinte años, en un pueblo llamado Beteli.
Nadie, salvo una persona.
Pier bajó las manos. No por el arma. Por el nombre. Dio un paso y entró en la luz, y vio la cara del que la sostenía. Más viejo. Marcado. Los ojos hundidos, amarillos en los bordes, la piel pegada al hueso.
Pero debajo de todo eso estaba la cara de un niño flaco que respiraba con silbido y al que una vez le había arreglado la manta.
—Andrew —dijo Pier.
No fue una pregunta.
El arma le tembló en la mano a Andrew. Dio un paso atrás, negando con la cabeza.
—No. No puede ser. —Se le rompía la voz—. Pier está muerto. Pier murió hace años.
—Andrew.
—¡No! Me lo dijeron. Me lo repitieron cada vez que lloraba por ti. «Tu hermano murió, Andrew. Nadie va a venir por ti. Nadie viene nunca.» —El arma volvió a subir, temblando—. Así que tú no eres él. No puedes ser él. Porque si eres él, significa que estuviste vivo todo este tiempo.
Se detuvo. La voz le salió en un hilo.
—Y nunca viniste.