La Reunión Capítulo 22. El Silencio
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Capítulo 22. El Silencio

CAPÍTULO

El Silencio

El auto bajaba hacia la costa en lo oscuro.

Nadie había hablado desde Ninua. A Misha lo habían dejado al pie del cerro, tapado con su chaqueta. Michael iba atrás, mirándose las manos. Dalene manejaba. Pier, de copiloto, miraba el camino y, cada tanto, la miraba a ella.

Lo hizo tres veces antes de decir nada.

—Para el auto —dijo.

—¿Qué?

—Para. Un momento.

Dalene lo miró. Algo en la cara de Pier, que nunca tenía nada en la cara, la hizo bajar la velocidad y orillar el auto. El motor quedó andando. Afuera, campo negro. Insectos.

—¿Qué pasa?

Pier no contestó enseguida.

—En Ninua —dijo—. Antes de todo. Pasé frente a una pantalla. Una noticia.

—Pier.

—Hira murió, Dalene.

El motor seguía andando. Los insectos seguían.

—Hace dos días —dijo Pier—. Salió en la noticia porque era tu pareja. La pareja de la activista. Pusieron tu nombre, tu cara, y después la de ella. Por eso la vi.

Dalene no se movió.

—No te lo dije allá. Nos querían matar. —Una pausa—. No sé si ahora es el momento. Pero no te lo podía seguir callando.

* * *

Dalene apagó el motor.

El silencio cayó entero. Abrió la puerta y salió al camino. No corrió. No gritó. Caminó unos pasos hacia el campo negro y se quedó ahí, de espaldas, los brazos cruzados sobre el pecho.

Pier hizo el gesto de bajar. Michael le puso una mano en el hombro.

—Déjala.

La dejaron.

Dalene miró la oscuridad. En algún lado, lejos, una habitación 306 vacía. Una cama ya tendida. Una mujer que se apagó esperando.

Cuando dice que vuelve, vuelve. Siempre volvió.

No volvió. Esta vez no volvió.

* * *

Dalene volvió al auto. No subió. Tomó la radio del cinturón de Pier.

Pier no la detuvo.

Ella la sostuvo con las dos manos. La miró como se mira a alguien que te prometió algo.

—Me dijiste que la ibas a ayudar. —Se le quebró la voz—. Me dijiste que si venía, si hacía todo esto, ella iba a estar bien. Te creí. Dejé todo. La dejé sola y te creí a ti.

Se quedó esperando.

Nada.

—¡Contéstame! —gritó, de pie en mitad del camino, la radio en alto—. ¡Una vez! ¡Te pedí una cosa! ¡Contéstame una sola vez…!

Su voz se perdió en el campo oscuro y volvió vacía.

Nadie le contestó.

La levantó por encima de la cabeza y la estrelló contra el asfalto. Una vez. Dos. Hasta que saltaron las piezas.

Cayó de rodillas al lado de los pedazos.

—Solo necesitaba más tiempo —dijo, entre el llanto—. Un poco más. El medicamento estaba funcionando, yo lo pagaba, solo necesitaba más. La amifostina. Un poco más y ella…

No terminó. Se dobló sobre sí misma y lloró como no se había permitido llorar nunca.

* * *

Pier no se movió.

Pero algo le pasó por la cara cuando ella dijo el nombre. Bajó la mirada. Se quedó ahí, callado.

Esperó. La dejó llorar hasta que el llanto se hizo lento. Hasta que quedó solo una mujer de rodillas en un camino oscuro.

Entonces habló.

—Amifostina —dijo.

Dalene levantó la cabeza.

—Mammon Group la financiaba —siguió Pier—. Ese medicamento. El caro. El que subía de precio cada mes. —Se detuvo ahí.

—¿Y? —Dalene se puso de pie, despacio. Se acercó a él—. Hay un «y». Lo tienes en la cara. Dime qué vas a decir.

Pier la miró. No quería decirlo. Se le notaba.

—El medicamento no la estaba curando —dijo—. La mantenía enferma. Esa era la idea. Mantener a la paciente viva y enferma el mayor tiempo posible. —Bajó la voz—. Mientras más durara, más se pagaba.

* * *

Dalene no se movió por un momento.

Le entró despacio. Como agua fría.

—La mantenían enferma —repitió—. Para cobrar. Y yo pagaba lo que la estaba matando.

Giró hacia Michael.

—Tú —dijo.

Michael, de pie junto al auto, no se movió.

Dalene cruzó la distancia en dos pasos, lo agarró de la camisa con las dos manos y lo sacudió.

—Tú trabajabas para ellos. Para Mammon. —Lo sacudió otra vez—. ¿Qué hacías, eh? ¿Qué hacías ahí metido tantos años? ¿Les lavabas sus asquerosas cuentas? ¿Les ponías bonitos los números para que nadie viera la sangre debajo?

—Dalene —dijo Pier.

—¡No! —No lo miró—. Que me conteste. —Volvió a Michael, los puños cerrados en la tela—. ¿Cuántas muertes firmaste? ¿Eh? Dime el número, tú que vives de los números. ¿Cuántas? Sin levantar la cabeza del papel, limpio, sin mancharte una uña, mientras del otro lado la gente se moría.

Michael no contestó.

—Tú no amas a nadie —dijo Dalene. Se le iba la voz—. Solo te amas a ti mismo. Por eso puedes hacer lo que haces.

Lo soltó. Lo empujó al soltarlo, como si la tela quemara.

—Ella se murió —dijo, ya sin voz—. Y tú estás aquí.

Michael no dijo una palabra.

Se tragó cada una. No podía jurar que entre todas las cuentas que firmó sin mirar no hubiera estado, alguna vez, la de ese veneno.

No se defendió.

Bajó la cabeza y dejó que le cayeran encima. Una por una. La cuenta de toda una vida.

* * *

—Déjalo.

La voz de Pier. Baja. Los dos se giraron.

Había estado callado todo el tiempo, contra el auto. Dio un paso.

—No fue él solo —dijo—. Nunca es uno solo.

No señaló a nadie. Miró el camino oscuro, hacia atrás.

—Todos hemos sido sus marionetas —dijo—. En algún momento. Cada uno a su manera. Por mucho más tiempo del que creemos.

No dijo más.

El silencio que vino fue más ancho. Los tres de pie en un camino negro, lejos de todo.

Dalene negó con la cabeza.

—Yo no —dijo—. Yo jamás trabajaría para alguien que financia la muerte. Que lucra con el dolor. Yo jamás.

Nadie le respondió.

Lo volvió a decir, más bajo.

—Yo jamás.

Y entonces se quedó callada.

Porque algo empezó a moverse adentro de ella. Una pregunta que no quería hacerse. Un cálculo que no quería terminar.

Miró el campo negro y dejó de ver el campo.

Empezó a pensar.

* * *

Volvieron al auto. Pier al volante. Dalene atrás, callada. Michael adelante, con los pedazos de la radio en el bolsillo. Los había recogido sin que nadie se lo pidiera.

Pier manejaba. Las líneas blancas entrando bajo el auto, una tras otra, sin fin.

Había visto a Dalene perder a la persona que amaba. Había visto en su cara algo que conocía. Algo enterrado hacía mucho.

Esta noche volvió solo.

* * *

El del sombrero lo llamó aparte una mañana. No pasaba seguido. Cuando pasaba, era importante.

—Tengo una última para ti —dijo—. Una grande. La más grande que te he dado.

Pier esperó. Había aprendido a esperar.

—Haces esta, y se acabó. —El del sombrero le puso una mano en el hombro—. Lo hablamos, ¿te acuerdas? El que paga, sale. Pues ya casi pagas. Esta misión cubre el resto. El tuyo. Y el de tu hermano.

Pier levantó la vista.

—¿Los dos?

—Los dos. Tú y el niño. Libres. Lejos de aquí. —Sonrió—. Haz esto bien, y los dejo ir juntos. Tienes mi palabra.

Pier había dejado de creer en muchas cosas. Pero esa la quería creer con todo lo que le quedaba. Y la creyó.

—¿Andrew viene conmigo? —dijo.

La sonrisa del sombrero se enfrió un poco.

—No. —Negó con la cabeza—. Tú eres rápido, muchacho.

El más rápido que he tenido. Tu hermano no.

Tu hermano es lento, se asusta, hace ruido.

Una misión así no aguanta un error. Él te va a estorbar.

Te va a hacer matar. —Le apretó el hombro—.

Vas solo. Por él. Para que él tenga el después que tú le vas a ganar esta noche.

Pier miró hacia el galpón donde dormía Andrew.

—Una noche —dijo el sombrero—. Mañana vuelves, y empieza la vida nueva. Los dos.

* * *

Esa última noche, Pier no durmió.

Se quedó mirando a Andrew dormir. Dieciséis años tenía Pier ya. Andrew, trece. Flaco, enfermo, respirando con un silbido que le había quedado de tanto cargar lo que le hacían cargar.

Pier le arregló la manta. Andrew se movió, abrió los ojos a medias.

—¿A dónde vas? —murmuró.

—A trabajar. Vuelvo mañana.

—Siempre dices eso.

—Esta vez es verdad. —Pier se agachó a su lado—. Escúchame. Cuando vuelva, nos vamos. De verdad. Lejos. Donde nadie nos conozca, donde nadie nos mande. Tú y yo.

Andrew lo miró con esos ojos que todavía le creían.

—¿Lo prometes?

—Nunca te voy a dejar solo —dijo Pier—. ¿Cuándo te he fallado?

Andrew sonrió apenas. Se volvió a dormir.

Pier se quedó un rato más. Después se levantó, en silencio, y se fue.

* * *

No salió como le dijeron.

El blanco era un hombre rico. Un empresario de los grandes, de los que andan siempre con gente armada. A esos no se les llega. Pier había matado antes, pero nunca a uno así.

Por eso lo habían elegido a él. El más rápido.

Y la ocasión era perfecta. El hombre iba a cenar solo esa noche, en una plaza del centro. Sin escolta. Iba a verse con una mujer que no era la suya, y esas cosas se hacen sin testigos.

Pier cruzó la plaza como le habían enseñado. Sin prisa. Sin mirar directo. Una sombra más entre la gente que cenaba.

Metió la mano bajo la chaqueta. Sintió el metal.

—Hijo.

Un viejo. Sentado solo, cerca, flaco, de ropa gastada. Lo miraba.

—Esto que estás a punto de hacer jamás te dará libertad.

Pier lo miró. Un segundo. No más.

No es por mi libertad, pensó. Es por la de mi hermano.

No lo dijo. Apartó los ojos del viejo y los puso en el blanco: el hombre rico, solo, a veinte pasos, la copa en la mano. Sacó el arma.

El dedo en el gatillo.

Y entonces, de algún lado, nunca supo de dónde, una radio.

Fuerte. Una palabra, clara, por encima de todo el ruido de la plaza.

—Pier.

Su nombre.

Su nombre de verdad. El que su madre le había puesto. El que el cartel le había borrado para llamarlo Siem.

Se distrajo. Un instante. El cuerpo se giró hacia la voz sin que él lo decidiera, y el dedo, ya sobre el gatillo, se cerró del todo.

El tiro salió hacia ningún lado. El estruendo rompió la noche.

La gente gritó. Se tiraron al piso, volcaron mesas. El hombre rico se levantó de un salto y desapareció entre el caos. Vivo. Nunca supo lo cerca que había estado.

Pier no volvió a apuntarle. Buscaba la radio. La voz que había dicho su nombre.

Caminó hacia donde creía que venía, entre la gente que huía, sin mirar la calle. Y la calle no perdona a los que no la miran.

El auto le llegó de costado.

No lo oyó. No lo vio. Solo el golpe, un muro moviéndose, y después el suelo, muy lejos, y después nada.

* * *

Despertó atado a una cama que no era suya, en un cuerpo que ya no respondía.

Tenía huesos rotos que no sabía que se podían romper. La cara cosida de un lado, de la sien a la mandíbula. Cuando pudo verse en algo, no se reconoció.

Había policías en la puerta.

El rico había puesto una denuncia. Un hombre había sacado un arma en la plaza y había disparado. Lo tenían: un chico sin papeles, con un arma, acusado de intento de asesinato.

No dijo su nombre. Ninguno de los dos. Ni Pier, ni Siem.

Lo encerraron. Y el cartel no lo reclamó. El cartel no reclama a los que caen; los que caen dejan de existir.

No volvió a ver a su hermano en veinte años.

En las noches pensaba en lo último que le había dicho. En el galpón, con la manta hasta la barbilla, Andrew preguntándole si lo prometía.

Nunca te voy a dejar solo. ¿Cuándo te he fallado?

* * *

Las líneas blancas seguían entrando bajo el auto.

Pier manejaba. La cara quieta. Los ojos en el camino. Nadie le preguntó a dónde se había ido esos minutos.

Iban los tres en silencio. Sin nadie del otro lado de ninguna radio. Hacia un lugar cuyo nombre no conocían, por un camino que un muerto les había señalado.

Adelante, muy lejos, estaba el mar.