Capítulo 21. Lo Que No Se Suelta
CAPÍTULO
Lo Que No Se Suelta
Un hombre de Misha los encontró en la calle. No los tocó. Solo se puso al lado.
—El señor Misha los espera —dijo—. Abajo. Dijo que cuando volvieran, los llevara.
Pier no se movió.
—¿Que nos lleve a dónde?
—Con él. Y con el otro. Están abajo.
Pier miró a Dalene. Ella asintió apenas. Estoy bien.
Siguieron al guardia. No porque confiaran. Porque Michael estaba abajo.
* * *
La escalera bajaba a un lugar que no pertenecía a Ninua.
Luz blanca. Mesas de metal. Pantallas. Equipos caros, de los que solo tienen los que tienen todo.
Michael estaba ahí. De pie junto a una mesa iluminada. Entero. A salvo.
Y sobre la mesa, un paquete.
Pier bajó los últimos escalones despacio, leyendo el cuarto. Las salidas. Los hombres. La radio seguía en su cinturón, muda desde la gasolinera.
—¿Qué es esto? —dijo.
—Amigos. —Misha abrió las manos. Un anfitrión—. Bajen. Está bien. Michael ya lo sabe.
—¿Qué sabe?
—Por qué están aquí. —Misha puso una mano sobre el paquete—. Esto llegó a mi puerta hace ocho días. Intenté abrirlo de todas las formas que se me ocurrieron. Ninguna sirvió.
Pier no dijo nada. Miraba a Michael.
—Y ahora ustedes llegaron a mí. —Misha los miró, uno por uno—. Tengo la certeza de que ustedes son la llave.
—Es verdad —dijo Michael—. Encaja con todo. La caja, el camino. Es la siguiente pieza.
Pier miró a Michael, después a Misha, después el paquete.
Todo cuadraba. Eso era lo que no le gustaba.
—¿Y tú qué ganas? —le dijo a Misha.
Misha sonrió. Como si la pregunta le gustara.
—Nada —dijo—. La tranquilidad de sacar esto de mi casa y devolvérselo a quien pertenece. Llevo ocho días durmiendo con una bomba que no sé desactivar. Ábranla, tomen lo suyo, y sigan su camino. Eso gano.
Pier lo miró un rato largo. No le encontró la costura.
Eso tampoco le gustó.
* * *
Dalene no se acercó a la mesa.
Se quedó contra la pared del fondo, en una silla, las manos entre las rodillas. Miraba un punto del piso.
—¿Qué le pasa? —dijo Michael, bajo—. Parece que hubiera visto un fantasma.
Pier la miró. Miró la caja.
—Muchos —dijo—. Muchos fantasmas.
Y siguieron.
* * *
La caja no tenía cerradura. Una cara lisa, grabada. Hileras de signos que no eran de ninguna parte.
Michael pasó los dedos por encima.
—Hay un orden aquí. No es adorno. —Se inclinó sobre una figura, la siguió con el dedo, le buscó el sonido—. Como una jota al revés, con un gancho. Suena… «sh». Creo que «sh».
Desde el fondo, sin levantarse:
—Shin.
Michael se giró.
—Esa letra se llama shin —dijo Dalene—. La de al lado, lamed. Estás leyendo hebreo. Hebreo antiguo.
Silencio en el sótano.
—¿Y tú cómo sabes hebreo antiguo?
Dalene tardó en contestar. Seguía mirando el piso.
—Mi padre me lo enseñó desde pequeña. Letra por letra. Lo odiaba. —Una pausa—. Nunca se lo dije a nadie. Siempre odié esa parte de mí. La de él.
Levantó la vista.
—Pero…
Se puso de pie, despacio.
—Ahora tiene sentido —dijo—. Lo que dijo el de la radio. Al principio, cuando empezó todo. Que cada uno tenía una llave.
Se acercó a la mesa.
* * *
Fue lento.
Dalene reconocía cada letra y le daba su valor. En hebreo cada letra es también un número; su padre se lo había hecho repetir hasta el asco. Los decía en voz alta. Michael los tomaba y los ordenaba.
—No son cantidades —dijo—. Son fechas. Un calendario. Escrito para que solo lo lea quien sepa las dos cosas. El idioma y el conteo.
Trabajaron así, la letra de ella, el número de él, hasta que del borde empezaron a salir letras que no eran número. Una palabra.
—Á… le… —Dalene se detuvo—. Alejandrina.
Se miraron.
—¿Alejandrina? —dijo Michael.
Y al decirlo en voz alta, la caja se movió. Un chasquido adentro. La cara grabada se hundió un poco y se corrió a un lado.
El nombre era la llave.
* * *
Adentro no había oro.
Había un rollo. Papel más viejo que el papel. Michael lo abrió sobre la mesa con las dos manos.
Estaba roto. Un fragmento, los bordes comidos. Y la letra no era la de la caja. Otra. Redonda.
—Esto no es hebreo —dijo Dalene, inclinándose—. Es griego. —Frunció el ceño—. Lo leo a medias. No es lo mío.
—¿Qué alcanzas a leer?
Dalene pasó el dedo por las líneas rotas, juntando lo que podía.
—Un barco —dijo—. Zarpa cuando le dijeron que no zarpara. Viene una tormenta… días, no para. —Saltó un pedazo perdido—. El barco se pierde. Se rompe contra la costa.
Levantó la vista.
—Pero aquí dice que no muere nadie. —Volvió al fragmento—. Todos llegan a tierra. Ni uno se pierde.
Nadie habló.
Y entonces, en el cinturón de Pier, la radio despertó.
No una voz. Una estática breve que subió y se aquietó. La primera vez que sonaba desde la gasolinera.
Pier le puso la mano encima. Volvió a quedar muda.
—Un nombre y una historia —dijo Michael—. Pero no dice dónde. —Buscó un margen, una marca—. No dice a qué puerto.
—Hay uno al sur —dijo Misha.
Todos se giraron.
Estaba contra la pared, las manos en los bolsillos. No se había acercado a la mesa.
—Un puerto, al sur, pegado a la costa. Por ahí sale mi mercancía. —Se encogió de hombros—. Si hay un barco esperando a alguien, está ahí. No hay otro lugar.
No preguntó cuál barco. No preguntó el nombre.
Sonrió.
—Ya está —dijo, casi para sí—. Lo abrieron.
* * *
Y entonces Misha, contra la pared, dejó de ser el que había sido toda la tarde.
Dio unas palmadas. Secas.
Arriba se abrió una puerta. Bajaron hombres, los de la calle, los que los habían atado la primera noche. Y detrás, absurdo, un mayordomo con una bandeja de copas.
Los hombres se abrieron por el sótano, cerrando las salidas.
Michael se enderezó.
—¿Qué es esto?
—Esto es hasta aquí. —Misha tomó una copa de la bandeja—.
¿Sabes qué? Cuando llegaron, iba a entregarlos y ya.
Tres cabezas, un precio, listo. —Bebió—.
Pero después me enteré de que ustedes podían ser la llave de esta caja.
Y todo cambió. —Señaló el papiro con la copa—.
Abrieron lo que nadie pudo abrir. ¿Sabes cuánto más voy a sacar ahora? Mucho. Muchísimo.
—Él te llamó —dijo Michael. La voz rasgada—. A ti también. Lo sé.
Misha se detuvo con la copa a medio camino. Un segundo.
—Me llamó —dijo—. Y no contesté. Mira a tu alrededor, Michael. ¿Dejarías todo esto por una voz? —Volvió a beber—. Yo tampoco. Somos iguales, tú y yo. —Se encogió de hombros—. No es personal. Solo son números. Tú lo entiendes mejor que nadie.
Michael no dijo nada.
Misha hizo un gesto a sus hombres.
—Amárrenlos.
* * *
Los hombres avanzaron.
Pier se movió antes del segundo paso. No hacia ellos: hacia la bandeja. Tomó una copa, la reventó contra el borde de la mesa y, antes de que nadie entendiera, ya tenía a Misha agarrado por detrás. El vidrio roto contra el cuello. El cuerpo de Misha entre él y todas las armas.
Los hombres se frenaron.
—Que bajen las armas —dijo Pier—. Diles.
Misha tragó. El vidrio le mordió la piel.
—Bájenlas —jadeó—. ¡Bájenlas!
Los cañones bajaron.
—Sácanos de aquí —dijo Pier.
Y Misha, con el vidrio en el cuello, se rio.
—Eso no es posible. —La risa le salía apretada—. Ustedes valen mucho. Mucho dinero.
Entonces, arriba, se oyeron pasos. Muchos. Bajando por la casa como agua.
Misha se rio más fuerte.
—¿Oyes eso? Ya llegaron. —Le brillaban los ojos—. No hay nada que puedan hacer. Nada.
Y el mundo, arriba, se rompió.
Una explosión. Otra. Y después el ruido seco, repetido, que Pier conocía mejor que su nombre.
Disparos.
Por la escalera empezaron a caer los hombres de Misha. Y detrás bajaban otros. De negro. Callados. Disparando a todo lo que se movía. A los hombres de Misha. Al mayordomo. A cualquiera.
La risa de Misha se apagó de golpe.
—¿Qué…? —Se retorció contra el vidrio—. ¿Qué hacen? ¡Son ellos! ¡Alto! ¡Teníamos un trato! ¡TENÍAMOS UN TRATO…!
—No negocian —le dijo Pier al oído—. Esos nunca negocian.
Una bala reventó un monitor. Misha se quedó blanco, la boca abierta.
—La salida —dijo Pier—. Ahora. O te dejo aquí con ellos.
Misha no discutió.
—Atrás —jadeó—. Al fondo. Una puerta.
Pier gritó a los otros sin girarse:
—¡Conmigo! ¡Pegados al piso!
En el caos, los cuatro fueron hacia el fondo, pegados al suelo, Pier sin soltar a Misha. Una ráfaga barrió la mesa al lado. Se tiraron.
Misha, con las manos temblando, corrió un estante falso. Detrás, una puerta de metal. Un pasadizo negro. Aire frío.
—Entren —dijo Pier.
Entraron Dalene y Michael. Pier empujó a Misha adentro, porque Misha sabía el camino, y entró último. Cerró la puerta sobre el ruido.
* * *
El túnel salía a un descampado a las afueras. El cerro de un lado, el camino viejo del otro. Y ahí, donde Misha había dicho, un auto.
Corrieron hacia él en lo oscuro.
Pero los de negro no eran lentos. Dos salieron del túnel detrás de ellos. Otros aparecieron bordeando la casa. El descampado se llenó de fogonazos.
Pier empujó a Dalene abajo, abrió la puerta, metió a Michael. Las balas picaban la tierra, el metal, el muro.
Misha se dobló.
No de un tropiezo. De un impacto. Se llevó las manos al costado. Cuando las miró, estaban negras en la oscuridad.
—Me dieron —dijo, extrañado—. Los míos. Me dieron.
No eran los suyos. Nunca lo habían sido.
Pier lo agarró de la ropa y lo tiró adentro del auto con los otros. Todavía sabía el camino.
Cruzó cables. El motor prendió. Salieron.
* * *
El auto voló por el camino viejo en lo oscuro, sin luces, las balas quedándose atrás.
Michael tenía a Misha medio encima. La bala había entrado por el costado. Cada vez que respiraba, el aire silbaba y burbujeaba. De la boca le salía un hilo que no era saliva.
—El camino… —logró decir—. Sigan al sur. El puerto está al sur, pegado a la costa. No tomen la principal… los van a estar esperando. La vieja. La de la costa.
Se ahogó. Tosió, y lo que tosió salpicó el asiento.
—No hables —dijo Michael.
Pero Misha se agarró de él. La mano roja resbalando en la chaqueta. Los ojos muy abiertos, buscándole la cara.
—Debí… —El aire le silbaba—. Debí contestar la llamada.
Tosió. Lo intentó otra vez.
—Debí…
No vino nada más.
Se quedó mirándolo. Los ojos clavados en Michael, como si mirar bastara para decir lo que la boca ya no podía.
El silbido se hizo lento.
Y paró.
La mano siguió agarrada de la chaqueta un momento. Después resbaló.
* * *
El camino viejo bordeó el cerro y empezó a bajar hacia la costa. Atrás, Ninua y sus luces y sus autos negros se perdieron en la noche.
Michael seguía con la mano sobre el costado de Misha. Ya no hacía falta. La sacó, roja hasta la muñeca.
Miró al muerto. Un hombre que no pudo soltar nada.
Nadie habló.
Iban hacia un puerto. Hacia un barco. Y nadie quería decir en voz alta lo que el papiro contaba de ese barco.
Afuera empezaba a olerse el mar.