La Reunión Capítulo 20. Lo Que Se Siembra
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Capítulo 20. Lo Que Se Siembra

CAPÍTULO

Lo Que Se Siembra

Misha les mostró los cuartos él mismo.

—Para ti —le dijo a Dalene, abriendo una puerta al fondo del pasillo. Cama ancha, ventana al patio, cerradura por dentro—. Aquí nadie te molesta.

Dalene entró. Miró la cama, la ventana, la cerradura. Asintió sin decir nada.

Misha señaló la puerta de al lado.

—Ustedes dos ahí. Hay una sola cama, pero puedo…

—Dos camas —dijo Pier—. En el mismo cuarto.

Misha lo miró un momento. Entendió.

—Como quieras.

Michael abrió la boca para protestar y la volvió a cerrar. Miró la puerta de Dalene, ya cerrada. Y la suya, que iba a compartir con el hombre que no lo perdía de vista.

No dijo nada.

* * *

La casa era grande y estaba en silencio.

Comieron en una mesa larga. La gente de Misha entraba y salía sin hablarles. Comida de verdad, caliente. Michael comió como si no recordara la última vez. Dalene apenas tocó la suya.

—Tienes que comer —dijo Pier.

—No tengo hambre.

—No importa. Come.

Dalene lo miró. Comió dos bocados.

Pier comió poco y rápido. Miraba la puerta cada vez que se abría.

* * *

Más tarde, Dalene lo encontró de pie en el pasillo, la espalda contra la pared, entre el cuarto de ellos y la escalera.

—¿No vas a dormir?

—Después.

—Llevas despierto lo mismo que nosotros.

—Estoy bien.

Ella se apoyó en la pared, a su lado. Miraron los dos el pasillo vacío.

—No confías en él —dijo Dalene.

—No confío en nadie que te reciba con la mesa puesta y no te pida nada. —Pier no la miró—. Todo cuesta. Siempre. Cuando no ves el precio es porque todavía no te lo cobraron.

Dalene no respondió a eso.

* * *

Michael estaba en la sala grande cuando Dalene bajó. No había subido a dormir. Un vaso de agua delante, sin tocar.

Ella tampoco podía dormir. Se sirvió agua.

—¿Tú les crees? —dijo Michael.

—¿A qué?

—A todo esto. La voz. Que hay algo al final que vale lo que estamos pagando. —La miró—. ¿De verdad?

—Sí.

—Debe ser cómodo. —Bebió por fin—. Yo nunca pude creer en nada que no pudiera contar.

Dalene no dijo nada. Se apoyó en el marco de la puerta.

—Necesito un teléfono —dijo Michael—. Uno solo. Una llamada.

—Ya sabes cómo salió la última.

—No me importa cómo salió. —Dejó el vaso en la mesa. Fuerte—. No sé si está viva. ¿Entiendes eso? Me sacaron de mi casa y no sé si mi esposa está…

Se detuvo.

Dalene no dijo nada. Esperó.

—Da igual —dijo Michael. Más bajo—. Ustedes no dejaron a nadie atrás.

—Todos dejamos a alguien atrás.

Él la miró. Casi preguntó a quién. No lo hizo. Volvió al vaso vacío.

—Quiero irme —dijo—. Apenas se pueda. Esto no es mío. Nunca fue mío.

—La puerta está ahí. Nadie te tiene.

Michael no se movió. Los dos sabían por qué.

Dalene dejó el vaso. Lo miró un momento. Sin dureza.

—Buenas noches, Michael.

Subió.

* * *

Michael se quedó abajo, solo, un rato más.

Subió.

* * *

Michael no durmió.

Pier estaba en la otra cama, boca arriba, los ojos abiertos. Vigilaba. Michael lo sabía. Ya no le importaba.

En la mesa junto a la ventana había una botella, puesta ahí para el huésped. Dos vasos al lado. Michael reconoció la etiqueta en la penumbra. Sabía lo que costaba. Más de lo que su padre decía ganar en un año.

La miró un largo rato.

Y volvió atrás.

* * *

Cuando su padre murió, no dejó un tesoro. Dejó una cuenta.

El dinero que el viejo había contado toda su vida nunca había salido de un trabajo limpio. Michael lo entendió el día que vinieron los primeros hombres. Después los segundos. No traían pésame. Traían cifras.

El granero quedó vacío en una semana. La casa, en un mes. Y lo que no alcanzó a cubrirse quedó como deuda —la deuda de un muerto, heredada por los vivos—.

Michael tenía dieciséis años cuando empezó a pagarla.

Dejó la escuela. Tomó lo único que sabía hacer, contar lo de otros, y trabajó. De día y de noche. Cada centavo iba a un hueco que su padre había cavado y que no tenía fondo.

Su madre aguantó lo que pudo.

No mucho.

La presión primero le quitó el sueño. Después el apetito. Después las ganas. Se fue apagando en una silla junto a la ventana, mirando la calle por donde ya no venía nadie. Un día no se levantó.

Michael pagó también ese entierro. Con lo que estaba juntando para después.

Cuando terminó de pagar la deuda de su padre, hasta el último centavo del hombre que lo había llamado su vergüenza, no le quedó nada. Ni casa, ni familia, ni escuela. Solo lo que su padre le había enseñado sin querer: contar.

Consiguió trabajo de lo más bajo en una empresa que movía dinero. Cifras que no eran suyas. Un chico flaco, callado, que hacía las cuentas más rápido que nadie y sin un error.

Un día pasó un hombre entre los escritorios.

Joven todavía. Traje caro. Se detuvo detrás de Michael, miró la columna de números que crecía bajo su mano y se quedó ahí un momento más de lo habitual.

—Chico —dijo—. Qué bien mueves esos números.

Michael levantó la vista.

El hombre lo miraba como se mira algo que uno acaba de encontrar y que va a servir. Con cálculo.

—¿Cómo te llamas?

Se lo dijo.

—Jether —dijo el hombre. Le puso una mano en el hombro. Pesada—. Vamos a hablar tú y yo.

No supo que acababa de cambiar de dueño.

* * *

Michael apartó los ojos de la botella.

No la tocó. Nunca tomaba lo que no había pagado.

Pero no dejó de mirarla en la oscuridad.

* * *

Michael salió al frente de la casa entrada la mañana. Había dormido poco.

Misha ya estaba afuera, mirando el pueblo despertar.

—Dormiste algo —dijo.

—Poco.

—Es un pueblo tranquilo. Engaña. —Le alcanzó una taza—. Toma. Es bueno.

Michael la tomó. Bebieron un rato sin hablar.

—Ven —dijo Misha—. Camina conmigo. Te muestro esto.

* * *

Subieron por un sendero detrás de la casa, entre olivos viejos.

—Todo esto es mío —dijo Misha—. Hasta el cerro. Y del otro lado. —Sin orgullo. Un dato—. De mi padre, y del padre de mi padre.

Michael miró. Tierra buena hasta donde alcanzaba la vista.

—Se siente distinto cuando es tuyo —dijo Misha—. La gente cree que es el dinero. No es el dinero. Es lo que cuesta cuidarlo. No perderlo. —Lo miró—. Eso no lo entiende el que nunca tuvo.

—Lo entiendo —dijo Michael.

—Ya sé. Se te nota. —Misha caminó un trecho—. ¿Qué haces tú? Antes de esto.

—Finanzas. —Michael torció la boca—. Movía dinero de gente que ya tiene demasiado.

—Y eras bueno.

—Era el mejor.

Misha sonrió. Siguieron subiendo.

—¿Y cómo termina el mejor tirado en mi pueblo? —dijo.

Michael tardó en contestar.

—No lo pedí —dijo—. Nada de esto. Hace dos días tenía una vida. Y me sacaron de ella.

—¿Quién?

—Ellos. El del otro lado de la radio. Quien sea que sea.

—Ah. Él.

Michael lo miró.

—¿Lo conoces?

Misha no contestó enseguida. Caminó un trecho.

—Digamos que sé de quién hablas —dijo al fin—. Que no eres el único al que le llega una voz por donde no debería.

—¿A ti también?

—A mucha gente. Más de la que crees. —No dio un paso más en esa dirección—. Lo que hagas con eso ya es asunto tuyo.

Siguieron subiendo. Michael esperaba que dijera más. No dijo más. Y esa reserva lo aflojó. La bronca que traía se le salió por la grieta.

—Pues a mí me metió en algo que no controlo —dijo. Subía la voz—. No sé nada de mi esposa. Mi vida cuelga de una misión suicida y de un paquete que no significa nada para mí, y aquí estoy, tirado en un pueblo perdido, sin instrucciones, sin…

Se detuvo. Respiró.

—Nada.

Misha se había quedado atrás.

—Espera —dijo—. ¿Un paquete?

Michael se giró.

—¿Qué?

—Dijiste un paquete. —Misha lo miraba distinto. Algo se le había encendido detrás de los ojos. Lo tapó rápido—. Ven. Hay algo que quiero mostrarte.

* * *

Dalene salió de su cuarto tarde. Tampoco había dormido mucho.

Encontró a Pier en el pasillo, donde había pasado casi toda la noche. La espalda contra la pared. Los ojos en la escalera.

—¿Dormiste algo? —dijo ella.

—Algo.

Mentía. Los dos lo sabían.

Desde la ventana del pasillo se veía el sendero detrás de la casa. Dos figuras subiendo entre los olivos. Michael y Misha.

Pier los miraba.

—No me gusta —dijo—. Que se lo lleve solo.

—Míralos. —Dalene se paró a su lado—. Están hablando. Nada más. —Observó un momento—. Ese muchacho no se ve mal tipo, Pier. Nos recibió, nos dio de comer, nos dejó dormir. Creo que quiere ayudar.

Pier no dijo nada. Siguió mirando el sendero.

—No puedes cuidarnos todo el tiempo —dijo ella. Más suave—. En algún momento hay que confiar en alguien.

—En algún momento —dijo Pier—. No en cualquiera.

Dalene se quedó callada un momento.

—Necesito caminar —dijo—. Salir un rato. Me estoy ahogando aquí.

Pier la miró. Después miró el sendero. No podía estar en dos lugares.

—No vayas lejos.

—Solo el pueblo.

—Dalene. —La detuvo con la voz—. Si algo se siente mal, te devuelves. No preguntes, no ayudes a nadie, no te quedes a ver. Te devuelves.

—Lo sé.

—No lo sabes. Por eso lo digo.

Dalene casi sonrió. Bajó las escaleras.

* * *

El pueblo de día era otra cosa que el pueblo de noche.

Ninua se movía. Gente en las calles de tierra. Puestos. El humo de algo cocinándose. La miraban al pasar, forastera, pero sin la amenaza de la noche. Solo curiosidad.

Dalene caminó sin rumbo. El aire le hizo bien. Por un rato no pensó en la habitación 306. Ni en Hira.

Por un rato.

Después dobló una esquina y se detuvo.

Había una fila. Mujeres, muchas, esperando a lo largo de un muro hasta la puerta de un edificio bajo. Unas con el vientre crecido. Otras no. Ninguna con un niño en brazos.

Hablaban entre ellas, bajo. Dalene pasó cerca y las oyó.

—…él se fue apenas le dije. Así que no, yo no pienso tenerlo sola.

—Yo me maté dos años en el gimnasio para tener este cuerpo. No ahora. No estoy lista.

—Es rápido, dicen. Entras y sales el mismo día.

Lo decían como quien habla de un trámite.

Y sobre la puerta, pintado, un símbolo que Dalene conocía.

Lo conocía porque era suyo. El de su movimiento. El que había levantado con su propia voz en escenarios, en cámaras, en marchas. Su causa. Su vida entera.

Estaba ahí. En un pueblo perdido. Pintado sobre una puerta, con una fila de mujeres esperando debajo.

Una mujer salió de la fila. Se detuvo. La miró como quien no cree lo que ve.

—Eres tú —dijo—. No puede ser. Eres tú.

Antes de que Dalene respondiera, la mujer ya llamaba a las otras.

* * *

La hicieron pasar como a alguien que habían esperado toda la vida.

Adentro era limpio, blanco, moderno. Equipos que no pertenecían a ese pueblo. Mujeres de bata la rodearon, le tomaron las manos. Algunas lloraban.

—Es ella. La de los videos. La que empezó todo.

—Dos veces vine. Sin usted no habría sabido que tenía derecho.

—Es un honor tenerla aquí.

Dalene sonreía y asentía. No encontraba su voz. La llevaban de sala en sala, orgullosas. Las máquinas. Los quirófanos. Lo que ella había hecho posible.

Lo último en todo. Equipos que solo había visto en las clínicas caras de las grandes capitales. Ahí. Funcionando.

—¿Quién paga todo esto? —No le salió como pregunta de cortesía—. Toda esta tecnología. ¿De dónde sale?

—De muchos que creen en la causa. —La mujer lo dijo con orgullo—. Pero hay uno que nos sostiene de verdad. El que puso lo mejor de todo. —Señaló hacia la entrada, donde un logo discreto presidía el vestíbulo—. Estamos tan agradecidas con ellos. Sin ellos, nada de esto existiría.

Dalene miró el logo.

Mammon Group.

Algo le pasó por dentro, frío. Todavía no tenía nombre.

—Justo hay una intervención ahora —dijo otra, radiante—. Con las alumnas. Venga. Les va a encantar que esté.

* * *

La sala daba a un quirófano por un vidrio ancho.

Del otro lado, una mujer en la camilla, dormida, las piernas en alto. Un médico y dos asistentes trabajando. Sillas de este lado, estudiantes con cuadernos. Un monitor grande en la pared repetía lo que la sonda veía adentro.

—Semana trece —dijo el médico. La voz entraba por un altavoz, tranquila, didáctica—. Un poco más avanzado de lo ideal, pero sirve para que vean.

En el monitor, la forma. Gris, granulada. Se movía.

—Cráneo, columna, las cuatro extremidades. —Nombraba cada cosa sin énfasis—. Hay latido y movimiento propio, como ven.

Una mano, en la pantalla, se abría y se cerraba.

Las estudiantes anotaban.

—A esta edad ya no sale completo, así que se hace por partes —siguió el médico. Lo había dicho mil veces—. Se toma con la pinza, se desarticula y se extrae segmento por segmento. Lo van a ver en el monitor.

El instrumento entró en el campo.

En la pantalla, la forma empezó a moverse. Distinto. Rápido. Las extremidades abriéndose y cerrándose, el cuerpo entero retorciéndose, buscando dónde no había dónde.

Y después, de un momento a otro, dejó de moverse.

No se calmó. Dejó de moverse.

El médico siguió hablando por el altavoz, la misma voz, explicando cada paso. Las alumnas anotaban. Al lado de Dalene, una mujer le apretaba el brazo, los ojos mojados.

—Todo esto es gracias a usted —le susurró—. Nada de esto existiría sin usted.

Dalene no apartó los ojos. No podía.

Había dicho esa palabra mil veces. En escenarios. En cámaras. Con el puño en alto. Derecho. Decisión. Cuerpo. Palabras limpias, de un solo lado.

Nunca había estado del otro lado de la palabra.

Nunca había visto lo que había del otro lado.

Algo le subió del estómago. Frío. Rápido.

—¿Se siente bien? —dijo la mujer.

—El baño —dijo Dalene—. ¿Dónde está el baño?

* * *

No llegó al baño.

La sala giró. Salió al pasillo buscando aire y se equivocó de puerta.

Una sala fría, de luz blanca. Dos hombres de bata trabajaban en una mesa larga. Frascos. Maletines con compartimientos, de los que se usan para transportar algo delicado. Los iban llenando, cerrando, etiquetando. Uno por uno.

Dalene miró antes de entender, y entendió antes de poder dejar de mirar.

Uno de los hombres levantó la vista.

—Señora, usted no puede entrar aquí.

—¿Qué…? —Dalene no se movió—. Espera. ¿Qué es esto? ¿Qué están haciendo?

El grito le salió antes de decidirlo.

—¡Sáquenme de aquí! —Retrocedió, chocó con la pared—. Me siento mal. Quiero salir. Quiero salir…

Vinieron manos a calmarla. Y en el pasillo, alguien la vio de frente y, en vez de miedo, puso asombro.

—¡Es ella! —La voz subió, se contagió—. ¡Es Dalene! ¡Dalene! ¡Es ella!

El nombre corrió por el lugar como fuego. Cabezas girando. Gente saliendo a mirar. Dalene no oyó nada. Buscó la luz de la puerta y corrió.

* * *

Salió a la calle. El sol la golpeó. Se dobló ahí mismo, en la tierra, delante de todos, y vomitó.

De rodillas. Las manos en el suelo.

Todo. Lo poco que había comido. Y algo más viejo que la comida.

Unas botas se detuvieron a su lado. Una mano la tomó del brazo bueno y la levantó.

Pier.

—Te tengo —dijo—. Ya. Te tengo.

La sostuvo de pie. Dalene temblaba. La boca amarga. Los ojos sin enfocar.

—Algo no anda bien en este lugar —dijo Pier, bajo. Los ojos en las calles, los techos, la gente que se juntaba—. Lo sentí desde que llegamos. Nos tenemos que ir.

Alrededor se había juntado gente. En la puerta. En las esquinas. La miraban. Algunos todavía con el nombre en la boca, Dalene, Dalene, pero ya no como antes. Como se mira algo que no cuadra.

—Vámonos —dijo ella. Apenas.

Pier ya la llevaba. Un brazo alrededor, apartando a la gente con el cuerpo.

—¿Y Michael? —dijo Dalene.

—Con el muchacho. En la casa. —Pier apuró el paso—. Vamos por él. Nos vamos hoy.