Capítulo 19. Los Que Mueven los Hilos
CAPÍTULO
Los Que Mueven los Hilos
El edificio de Mammon Group subía cuarenta y dos pisos de vidrio y no dejaba ver nada adentro.
Anna cruzó el lobby sin saber a quién buscar. La habían hecho pasar con una llamada. Arriba, en la última planta, la esperaba el dueño.
Jether la recibió de pie.
Mayor. Traje oscuro. Una calma que llenaba la oficina antes que él.
—Anna. —Le tomó las dos manos entre las suyas—. Siéntate, por favor. Lamento que nos conozcamos así.
—No sé por qué estoy aquí.
—Estás aquí porque Michael es de los míos. Y a los míos los cuido.
Anna se sentó al borde de la silla.
—Alguien se lo llevó —dijo—. Nadie me dice nada. La policía da vueltas. Y usted…
—Yo ya me moví. —Jether rodeó el escritorio, sin prisa—. Apenas supe, mandé a Giezi a su casa a ver que todo estuviera bien. A ver si había una pista. Algo. —Una pausa—. Cuando llegó, Michael ya no estaba. Nadie estaba.
—¿Giezi lo vio?
—Giezi llegó tarde. Como todos. —Se sentó frente a ella. La miró con algo que parecía dolor—. No te voy a mentir, Anna. Estoy preocupado. Michael se metió en algo que no entiendo, con gente que no conozco. Pero tengo recursos que la policía no tiene. Y los voy a usar todos.
Algo en el pecho de Anna se aflojó. Por primera vez en dos días, alguien parecía tener el control.
—Gracias —dijo—. No sabe lo que…
—Ve a tu casa. —Suave, como un padre—. Descansa. Deja que yo me encargue. Yo te llamo apenas sepa algo. Lo que sea.
Anna asintió. Se levantó. En la puerta se volvió, con los ojos húmedos.
—Gracias, de verdad.
Jether le sonrió hasta que la puerta se cerró.
Después la sonrisa se apagó. Como se apaga un foco.
En el rincón, callado todo el tiempo, seguía Giezi. Las manos cruzadas. Unas manchas pálidas subiéndole por el cuello.
Jether lo miró.
—¿Por qué sigues aquí?
—Yo pensé que…
El golpe le llegó al estómago antes de que terminara. Giezi se dobló, sin aire.
—Síguela. No la pierdas otra vez.
Giezi salió doblado, sin mirarlo.
Jether se giró hacia el ventanal. La ciudad entera abajo, suya.
El teléfono sonó.
No el de la oficina. El otro. El del cajón. Casi nunca sonaba.
Jether lo miró un momento antes de contestar.
Lo contestó de pie. Derecho.
—Aquí estoy.
Escuchó.
—Entiendo.
Escuchó más. No dijo nada un rato largo.
—Se va a hacer.
Colgó. Se quedó mirando el teléfono en la mano.
Después volvió a mirar la ciudad. Pero ya no como antes.
* * *
Anna manejaba con una mano y con la otra se secaba la cara.
—Mamá, no sé qué hacer —dijo—. Nadie me dice nada. Se lo llevaron y nadie…
—Ven a la casa, mija. Ahora mismo.
—Voy para allá. Voy saliendo. —Un semáforo en rojo. Frenó—. Voy a la casa de ustedes, no quiero estar sola en…
La radio del auto zumbó.
Un chirrido bajo, creciendo, tapando la música. Anna le dio un manotazo al dial. No paró.
Y el teléfono, contra su oreja, empezó a sonar por dentro: otra llamada entrando encima de la de su madre.
—Mamá, espera. Se está cortando. Mamá…
La llamada de su madre se cayó.
La otra entró sola.
—¿Hola? —dijo Anna—. ¿Mamá?
—Anna.
No era su madre.
—Hola, Anna. Soy amigo de tu esposo.
—¿Quién es esto?
—Estás en peligro. Escúchame.
Anna se quedó con el teléfono pegado a la oreja, la radio zumbando, el semáforo en rojo delante.
Y entonces, junto a su ventana, se detuvo un auto negro.
Las puertas se abrieron. Bajaron hombres de negro. Cuatro, cinco. Grandes. Sin prisa.
Se fueron abriendo alrededor del auto de Anna. Cada lado. Cada salida.
Anna los miró. A uno. A otro. A todos.
Se llevó la mano a la boca. Temblando.
Escuchando.
* * *
En la habitación 306, la luz entraba por una cortina que nadie había abierto en días.
Hira estaba en la cama. Más pequeña que la última vez. Primero se le había ido el color. Después el peso. Después las ganas de mirar por la ventana.
La doctora entró. Traía la carpeta y un libro pequeño en la mano.
—¿Cómo amaneciste hoy? —dijo. Le acomodó la almohada. Le apartó el pelo de la frente.
—¿Vino? —dijo Hira.
—Todavía no.
Hira asintió. Ya lo sabía.
—Va a venir —dijo—. Cuando dice que vuelve, vuelve. Siempre volvió.
—Te creo. —La doctora le tomó la mano un momento. Se la apretó—. Descansa esa cabeza. No pienses de más.
Fue a revisar el catéter. Dejó lo que traía en la mesa, junto a la cama, y se inclinó sobre la vía.
Hira giró la cabeza sobre la almohada.
El libro había quedado ahí. Cerca de su mano.
—¿Qué es eso? —dijo.
—Un libro que llevo siempre.
—¿De qué es?
La doctora terminó con el catéter. Se secó las manos. Miró a esa mujer cada vez más chica que esperaba a alguien que no llegaba.
—¿Quieres que te cuente? —dijo.
—Tengo tiempo —dijo Hira.
La doctora acercó la silla. Se sentó cerca.
Tomó el libro. Lo abrió.
* * *
El lugar no tenía ventanas.
Caios cruzó un pasillo largo, en penumbra, hasta una sala donde lo único que brillaba era una mesa. Larga. De oro.
Alrededor, sentados, hombres. No se les veía la cara. La luz caía sobre la mesa y los dejaba a ellos en sombra.
Caios se detuvo al borde de la luz. No se sentó. Ahí no había silla para él.
—¿Y bien? —dijo una voz desde la cabecera. Tranquila.
—Los tenía —dijo Caios—. A los tres. En el desierto.
Silencio.
—Y sin embargo estás aquí. Solo.
—Alguien los cubre. Tiradores. De lejos. No son gente común.
El silencio que siguió fue distinto.
—Sabemos quién los cubre —dijo la voz de la cabecera.
Caios no preguntó.
—No sé a dónde fueron —dijo—. Perdí el rastro después del fuego.
—No importa. —La voz no se alteraba nunca—. Tenemos ojos en todas partes. En cada camino. En cada puerta. En lugares donde ellos ni saben que estamos mirando.
Una pausa.
—Aparecerán. Y alguien los va a estar viendo antes de que ellos vean a nadie.
—Termínalo —dijo la voz—. A ellos y a los que los cubren.
Caios inclinó apenas la cabeza. Se dio la vuelta.
Caminó de regreso hacia la penumbra. Detrás, la mesa de oro siguió brillando sola, con sus hombres sin rostro alrededor.
* * *
El camino terminó al caer la noche.
Pier bajó la velocidad. El auto viejo entró a Ninua por una calle de tierra, entre casas cerradas. No se veía a nadie.
Pero se sentía.
En las ventanas oscuras. En los umbrales. Algo que miraba pasar el auto.
—No hay nadie —dijo Michael.
—Hay todos —dijo Pier.
Dobló una esquina y tuvo que frenar.
La calle estaba cortada. Una camioneta atravesada. Y a los dos lados, saliendo de las sombras, hombres. Rifles viejos, escopetas. Muchos. Todos apuntando.
Rodearon el auto antes de que Pier pudiera dar marcha atrás. Golpearon el vidrio. Abrieron las puertas.
La mano de Pier fue hacia el arma.
Y se detuvo.
Contó. Los cañones. Las posiciones. Dalene a su lado. Michael atrás, ya con las manos arriba, blanco de terror.
No daba.
Soltó el arma. Levantó las manos.
—No peleen —dijo—. Ninguno.
Los sacaron del auto a tirones. Les ataron las manos atrás. Gente que sabía hacerlo. Dalene apretó los dientes cuando le torcieron el brazo malo. No dijo nada.
—¿A dónde nos llevan? —dijo Michael—. ¿Quiénes son ustedes?
Nadie le contestó.
Los llevaron caminando por el pueblo oscuro, a empujones. Ahora sí salía gente a mirar. Rostros en las puertas. En silencio. Como quien ve pasar algo que esperaba.
* * *
Los metieron en una casa grande. La única con luz de verdad.
Adentro, otra cosa. Pisos limpios. Muebles buenos. Nada que ver con el pueblo de afuera.
Los pusieron de rodillas en el centro de una sala.
Pier midió las salidas por costumbre. Dos puertas. Hombres en las dos. Las manos atadas. Michael. Nada que hacer todavía.
Esperaron.
Se abrió una puerta al fondo.
Entró un hombre joven. Más joven de lo que ninguno esperaba. Bien vestido, tranquilo, sin un arma encima. Se movía como quien está en su casa. Lo estaba.
Miró a los tres arrodillados.
—Perdónenlos —dijo—. Les dije que los trajeran. No que los trataran así.
Hizo un gesto. Los hombres empezaron a desatarles las manos.
—¿Quién eres? —dijo Dalene, frotándose la muñeca.
—Misha.
Los miró, uno por uno. Sin reconocer a ninguno.
—Sabía que iban a llegar. No quiénes. Solo que serían tres, esta noche, por esa calle. —Se encogió de hombros, como quien no termina de creerse lo que dice—. Uno aprende a hacer caso.
—¿Caso a qué? —dijo Pier. Era lo primero que decía en esa casa.
Misha lo miró un momento. No contestó.
Se giró hacia una ventana. Del otro lado, sus tierras, a oscuras.
—Están agotados —dijo, de espaldas—. Coman algo. Duerman. Mi gente los atiende. —Volvió a ellos—. En esta casa, esta noche, no los toca nadie.
Nadie se movió al principio.
Fue Pier el que se puso de pie primero. Despacio. Le buscaba la mentira. No la encontró.
—Mañana hablamos —dijo Misha.
Y sonó como si pudiera ser verdad.