Capítulo 18. Lo Que Sirve
CAPÍTULO
Lo Que Sirve
Los subieron a la parte de atrás de una camioneta esa misma noche.
A los dos. Pier primero. Andrew después, a empujones, todavía llamando a su madre con una voz que ya no le salía entera.
La lona se cerró. La camioneta arrancó.
Adentro olía a gasolina y a otros cuerpos. Había más niños. Pier no los contó. Se quedó quieto, con Andrew pegado al costado, y le pasó un brazo por encima. No se lo quitó en toda la noche.
Nadie habló.
Los otros niños ya sabían que no se hablaba.
* * *
Manejaron mucho. Un día. Puede que dos. Pararon una vez para bajarlos a orinar en un descampado, con hombres armados alrededor. Después el sol, la oscuridad, el sol.
Cuando la lona se abrió por fin, la luz les dolió.
Un patio de tierra. Un muro alto. Al fondo, galpones de lámina. Detrás, montañas secas sin un árbol.
Los bajaron en fila.
Y ahí estaba él.
El del sombrero.
De pie a la sombra, mirándolos bajar uno por uno. La misma calma de la noche en que dejaron de tener padres. La cadena de oro. Las manos limpias.
Los recorrió con los ojos. A cada uno. Como quien cuenta ganado.
Se detuvo en Pier.
Lo miró un momento más largo que a los otros. Se acordaba.
* * *
Esa noche los metieron en un galpón con colchones en el suelo. Veinte niños. Treinta.
Andrew no le soltó el brazo.
Se acostaron los dos en un colchón. Andrew con la cara contra el pecho de su hermano, ya sin llorar, respirando corto y rápido en la oscuridad.
—Pier.
—Duerme.
—¿Vamos a volver a la casa?
Pier miró el techo de lámina. Un foco lejano se colaba por una rendija.
—Duerme —dijo.
Andrew se quedó callado un rato.
—No me dejes solo —dijo después. Muy bajo—. Aquí no.
Pier lo apretó más fuerte.
—Nunca —dijo—. Nunca te voy a dejar solo.
Andrew se durmió primero.
Pier no.
Se quedó despierto en la oscuridad, oyendo la respiración de su hermano y la de treinta niños que no eran su hermano.
* * *
Los primeros días Andrew no paró de llorar.
Bajo. Sin fondo. Dormido y despierto, pegado a Pier, agarrado de su ropa, de su brazo, de lo que alcanzara.
—¿Dónde está mamá?
Pier no contestaba.
—¿Cuándo vienen por nosotros?
Pier no contestaba.
* * *
Pier no lloró. Ni una vez.
Al tercer día vio de lejos al del sombrero cruzar el patio. Los pies se movieron solos.
No llegó ni cerca. Un hombre lo interceptó a media carrera y le dio con el dorso de la mano, y cuando Pier quiso levantarse le cayó una bota, y otra. Sin rabia. Con el aburrimiento de quien apaga algo que hace ruido.
Andrew se echó encima de él, llorando. Pier se quedó ahí, en el polvo, la boca partida y los ojos secos.
Se guardó la rabia.
* * *
Fue otro niño el que le enseñó cómo era.
Uno que llevaba tiempo. Se le notaba en la calma. Se sentó al lado de Pier en el suelo del galpón, mirando al frente.
—No corras hacia ellos —dijo—. Nunca sirve.
Pier no respondió.
—Come lo que te den. Aunque no tengas hambre. Hay días que no hay.
Pier lo miró de reojo. El niño no lo miraba. Recitaba algo que alguien le había enseñado una vez.
—No preguntes por tu casa. No preguntes por nadie. Al que pregunta lo miran mal. —Una pausa—. Y no llores donde te vean. A los que lloran se los llevan a otro lado.
—¿A dónde? —dijo Pier.
El niño no contestó. Se paró y se fue.
* * *
Pier aprendió rápido.
Qué se hacía y qué no. Cuándo mirar al suelo. Cómo comer aunque el estómago se cerrara. Cómo hacerse pequeño.
Se lo enseñó a Andrew de noche, en voz baja, como se lo habían enseñado a él.
—No llores donde te vean.
—No puedo.
—Tienes que. Aquí no. Guárdatelo para cuando estemos solos.
Andrew asentía. Y de día lo intentaba. Y no siempre podía.
* * *
El trabajo llegó despacio. Como todo ahí.
Primero fueron encargos chicos. Llevar un paquete de un galpón a otro. Pararse en una esquina del camino y avisar si venía un auto. Nada que un niño no pudiera hacer.
Cada encargo cumplido tenía premio. Una porción más grande. Un peldaño.
Pier subió rápido. Hacía lo que le decían, lo hacía bien y no preguntaba. A los pocos meses lo mandaban solo.
Pier aprendió que ahí sobrevivía el que servía.
Y decidió servir. Por los dos.
* * *
Andrew no subió.
Andrew se quedaba en los encargos chicos y los hacía mal. Se le caían las cosas. Se quedaba mirando el muro como si del otro lado hubiera algo. Los mayores empezaron a perder la paciencia. Y ahí perder la paciencia no era subir la voz.
Pier lo cubría.
Hacía el encargo de Andrew y el suyo.
—No me quiero quedar aquí —decía Andrew.
—Ya sé.
—Quiero irme.
—Ya sé. Cállate. Haz lo que te digo.
Andrew hacía lo que le decía. Un tiempo.
Pero algo de Andrew se había quedado en el patio de la casa, esa noche. No había subido a la camioneta.
* * *
Fue uno de los mayores. Quince años, la mirada muerta.
Encontró a Andrew una noche contra el muro, temblando, sin poder dormir. Se sentó a su lado y le habló bajo, como un hermano mayor. El suyo estaba en otro galpón, cumpliendo un encargo.
—Toma —le dijo—. Para que no pienses.
Andrew lo tomó.
La primera vez durmió. De verdad. Sin sueños.
Ahí nada era gratis. Eso sí. Al principio.
* * *
Pier se dio cuenta tarde.
Lo vio en los ojos de Andrew una mañana. Esa distancia. Esa calma falsa. Lo supo antes de saber cómo se llamaba.
Lo agarró del brazo y se lo llevó detrás del galpón.
—¿Qué te dieron?
—Nada.
—Andrew. ¿Qué te dieron?
—Nada. Me dejaron dormir. Por fin. —Lo miró—. Estoy bien. Por primera vez estoy bien. No me lo quites.
Pier lo agarró de la cara con las dos manos. Lo obligó a mirarlo.
—Eso no te deja dormir —dijo—. Eso te agarra.
—Tú no estás —dijo Andrew.
Y eso calló a Pier.
—Tú siempre estás en otro lado —dijo Andrew—. Haciendo tus cosas. Subiendo. —No lo dijo con rabia. Lo dijo con costumbre—. Ellos sí están.
Pier no tenía respuesta para eso.
* * *
Lo intentó igual.
Botó lo que le encontró. Le habló de noche, todas las noches. Le recordó el lago, la casa, la lancha, a la madre.
A veces funcionaba unos días.
Después no.
Pier tenía doce años, después trece. Y un hermano que cada mes lo miraba desde un poco más lejos.
No podía sacarlo de adentro.
Porque él también estaba adentro. Y subiendo.
* * *
Fue una noche como las otras.
Pier volvía del galpón de los fierros. Tarde. Cruzando el patio a oscuras.
Los vio contra el muro. El mayor de la mirada muerta, en cuclillas. Andrew con la mano abierta.
Algo se le encendió adentro.
Lo mismo de la noche de la casa. Los pies se movieron solos.
El primer golpe tiró al mayor contra el muro. El segundo lo bajó al suelo. Después Pier se le fue encima y dejó de contar.
Con los puños. Con los codos. Con lo que tenía.
El otro era más grande. No importó. Pier no peleaba para ganar. Peleaba para terminar algo.
El mayor dejó de defenderse.
Pier no paró.
Le tenía la cabeza contra la tierra y seguía.
Detrás, Andrew se había tirado al suelo. No hacia Pier. No hacia el otro.
Buscaba en la tierra, con las dos manos, lo que se le había caído del puño.
* * *
Llegaron dos encargados corriendo. Lo agarraron a Pier por atrás y lo levantaron del suelo. Pier pateó el aire. Hicieron falta los dos para sostenerlo.
El mayor quedó en la tierra. No se movía. Respiraba —despacio, feo— pero respiraba.
Pier seguía forcejeando. Los ojos en el que sangraba.
No lo castigaron.
Uno de los encargados lo miró un rato largo. Como quien evalúa una herramienta. La misma mirada del sombrero, la primera noche.
—Este —dijo.
Y no dijo más.
Contra el muro, Andrew había encontrado lo que buscaba. Se quedó quieto, con eso apretado en la mano.
No miró a su hermano.
* * *
La primera vez fue unas semanas después.
Lo llevaron al galpón del fondo de noche. El del sombrero estaba ahí. Y en el piso, de rodillas, un hombre con las manos atadas atrás.
A Pier le pusieron un arma en la mano.
Pesaba. La había limpiado cien veces, armado y desarmado con los ojos cerrados. Pero apuntando a algo que respiraba, pesaba distinto.
El hombre levantó la cabeza.
—No —dijo—. No, por favor. Tengo hijos.
Pier no se movió.
—Eres un niño —dijo el hombre. La voz rota—. Tú no eres esto. Por favor. Tú no eres esto.
Algo en Pier dijo que no. No con la boca. La mano no subía.
El del sombrero lo vio titubear.
No dijo nada. Le hizo una seña a alguien en la oscuridad.
Trajeron a Andrew.
Dos hombres lo traían casi cargado, los pies apenas tocando el suelo, la cabeza colgando. No levantó la vista. Lo pusieron de rodillas junto al hombre atado.
Uno le apoyó una pistola en la nuca.
El del sombrero no explicó nada. Miró a Pier. Después a Andrew. Después a Pier otra vez.
Eso fue todo.
Pier miró a su hermano. Los diez años. La cara hundida. Andrew ni siquiera sabía dónde estaba.
El arma de Pier empezó a subir.
Le temblaba.
El hombre atado empezó a rezar. Bajo. Rápido. Palabras que Pier medio conocía de otra vida.
Pier no lo miró a él.
Miró a Andrew.
Cerró los ojos.
Apretó.
El sonido llenó el galpón y se perdió afuera.
Cuando abrió los ojos no miró al piso.
Miró a Andrew, que seguía de rodillas, mirando la nada. La pistola se apartó de su nuca.
El del sombrero se acercó. Le sacó el arma de la mano con cuidado.
—Bien —dijo.
* * *
Después de esa hubo otras.
La segunda pesó menos que la primera. La tercera menos que la segunda. Y llegó un punto en que dejaron de pesar.
Lo empezaron a sacar del campamento. Cada vez más lejos, a cosas más grandes. Volvía sin hablar, comía, dormía, esperaba la siguiente.
* * *
Le empezaron a pagar.
Los otros gastaban. Pier no.
—Aquí nadie es esclavo —le había dicho el del sombrero una vez—. El que quiere irse, se va. Solo tiene que pagar lo que costó traerlo. Lo que costó darle de comer, enseñarle, hacerlo hombre. —Se encogió de hombros—. Se junta. Se paga. Y la puerta se abre. Para ti y para quien tú quieras sacar.
Pier guardaba.
Cada billete contra el muro, envuelto en un trapo. De noche los contaba. Lo suyo y lo de Andrew.
No sabía cuánto faltaba. Solo que había un número, y del otro lado del número, la puerta.
* * *
Andrew no servía para los fierros. Servía para llevar. Para cruzar donde un adulto no cruzaba, con la carga pegada al cuerpo. Un niño flaco y enfermo que nadie miraba dos veces.
Pier volvía de un trabajo y Andrew estaba de viaje en otro.
Los dos servían.
Para cosas distintas.
* * *
Volvió de un encargo una madrugada. Sin una palabra.
El del sombrero lo estaba esperando.
—¿Hecho?
—Hecho.
—¿Preguntas?
Pier no tenía preguntas.
Negó con la cabeza.
El del sombrero lo miró un rato largo. Como quien prueba una herramienta y funciona.
—Nunca preguntas —dijo—. Te digo y haces. Escuchas y obedeces. —Asintió despacio, para sí mismo—. Eso vale más que la puntería.
Se acercó. Le puso una mano en el hombro. Pesada.
—Siem —dijo.
Pier no conocía la palabra. No era de ningún idioma que él supiera.
—¿Qué significa? —dijo.
Fue lo único que preguntó.
El del sombrero casi sonrió.
—Ahí está —dijo—. Esa es la última que te dejo hacer.
No se lo explicó.
Le dio dos palmadas en el hombro. Como se palmea algo que uno acaba de comprar.
—Sigue así —dijo—. Y en poco tiempo vas a poder salir. Tú y tu hermanito. Te lo prometo.
Le apretó el hombro una vez más antes de soltarlo. Fuerte.
Después se fue. Y desde esa madrugada, adentro, nadie volvió a llamarlo por el nombre que le habían puesto sus padres.
* * *
El camino había sido largo.
Empezaba a oscurecer. La carretera seguía recta, comiéndose la última luz.
Dalene dormía contra la ventana. Michael atrás, la cabeza caída, por fin en silencio.
Pier manejaba.
Siem.
Hacía años que nadie lo decía. Y hoy, en la gasolinera, esa boca lo había dicho como quien reconoce a un perro viejo.
Adelante, a lo lejos, algo salió de la penumbra.
Luces. Muros. Una forma bajo el cielo que se apagaba.
La habían encontrado.
Ninua.