Capítulo 17. Ninua
CAPÍTULO
Ninua
El auto seguía comiendo carretera, pero algo había cambiado en el sonido del motor. Pier miró la aguja.
—Nos estamos quedando sin gasolina —dijo.
Nadie respondió. Dalene iba adelante otra vez, la frente contra la ventana. Llevaba así desde que salió del baúl.
Michael la miraba de reojo desde atrás.
—¿Qué te pasa? —dijo.
—Nada.
—Entonces te pasa todo. —Se recostó—. Todas dicen «nada» igual.
Dalene no respondió.
—¿Crees que lo logremos? —dijo ella de pronto. Sin girarse. A nadie en particular.
Michael soltó una risa corta.
—Solo ustedes dos tontos pueden pensar en hacerle caso a una voz —dijo—. Una voz. En una radio. Que no se sabe de quién es. —Negó con la cabeza—. Yo no necesito nada de esto.
—¿En serio? —Dalene se giró—. ¿Y entonces por qué estás aquí?
—Porque quiero ir a mi casa. Quiero que todo vuelva a la normalidad. —La miró—. Lo que sea que esa voz me haya prometido no me va a sacar de este lío en el que ustedes dos me metieron.
—¿Tú crees que yo quería esto? —dijo Dalene—. ¿Que yo quería cruzar el país con un ejecutivo ricachón y pedante metido en el asiento de atrás? —Lo miró fijo—. Nadie quería esto. Pero estamos en esto. Los tres. Y no se puede hacer por separado. Ya lo intentamos.
Michael abrió la boca.
—Y si esto —siguió Dalene, cortándolo— es lo único que puede salvar lo que queda de ella, entonces voy a hacer lo que tenga que hacer. Lo que sea. Aunque tenga que pasar por encima de ti. De los dos.
Silencio.
Pier no dijo nada. Conducía. Pero la había estado mirando por el espejo.
Michael se volvió hacia él.
—¿Y tú? —dijo—. Tan callado. ¿A ti qué te dijo esa voz? ¿Qué te prometió para que manejes hasta el fin del mundo sin chistar?
Pier abrió la boca.
El motor tosió. Una vez. Dos. La aguja en el fondo.
Y adelante, saliendo del calor de la carretera como un espejismo, apareció una gasolinera.
* * *
La gasolinera era de las que ya no deberían existir.
Dos surtidores viejos bajo un techo de lata oxidada. Al fondo, un edificio bajo: lo que quedaba de una tienda. El cartel medio borrado por el sol. Alrededor, tierra plana temblando bajo el calor.
Pier metió el auto despacio. Apagó el motor junto al surtidor.
—¿Esto está abierto? —dijo Michael.
—Hay luz adentro —dijo Pier.
A través del vidrio sucio se veía una figura detrás del mostrador. Mirándolos.
Bajaron del auto. El calor cayó sobre ellos como una mano.
—Voy al baño —dijo Michael.
Dalene estiró la espalda. Miró la tienda.
—Y yo a preguntar dónde estamos —dijo.
—Rápido —dijo Pier—. Los dos.
* * *
Adentro olía a polvo y a café viejo. Estantes medio vacíos. Una nevera zumbando en un rincón. Detrás del mostrador, un hombre mayor levantó la vista de un crucigrama y sonrió como si Dalene fuera lo mejor que le había pasado en la semana.
—¡Vaya! Visita. —Dejó el lápiz—. Pensé que el calor ya no dejaba pasar a nadie. ¿De dónde vienen?
—Del norte —dijo Dalene.
—Largo viaje. —La miró con ojos de viejo que notan todo—. ¿Café? Lo acabo de hacer. Bueno, «acabo» es un decir. Pero está caliente.
—Estoy bien. Gracias.
—Como quiera. Está ahí si cambia de opinión.
Dalene puso el mapa sobre el mostrador. El papel con el punto marcado a mano.
—Estamos buscando esto —dijo—. ¿Sabe dónde queda?
El hombre se inclinó. Sacó unas gafas del bolsillo de la camisa. Las puso sobre la nariz y miró.
—Ah —dijo—. Sí. Claro que sé.
Puso el dedo sobre el punto.
—Ninua. —Lo dijo como quien nombra al vecino—. Derecho por esa carretera. No tiene pierde. Es lo único que hay para ese lado.
—Ninua —repitió Dalene.
—El pueblo viejo. —El hombre se quitó las gafas—. Lleva ahí más tiempo que todo lo demás. Antes pasaba gente seguido, cuando la carretera nueva no existía. Ahora… —Se encogió de hombros—. Ahora va menos gente. Y la que va, no siempre la veo volver. Pero será porque toman la otra salida, digo yo.
Lo dijo sin malicia. Como quien habla del clima.
—¿Cómo que no la ve volver?
—Ah, no me haga caso. —Sonrió otra vez, espantando la idea con la mano—.
Cosas de viejo. Ninua es un pueblo como cualquiera.
Gente trabajadora. —Una pausa—. Eso sí, son muy suyos.
Muy cerrados. No les gusta el que llega de afuera haciendo preguntas.
Si va para allá, usted… —La miró—. Tenga cuidado nomás. Con lo que pregunta y a quién.
* * *
Michael no fue al baño.
Rodeó la tienda hacia lo único que necesitaba: un teléfono público. Viejo, de monedas, atornillado a la pared.
Miró hacia atrás. Pier en el surtidor, de espaldas. Dalene entrando a la tienda.
Metió la mano en el bolsillo. Una moneda. La había guardado sin que nadie lo viera.
No usen teléfonos.
La hoja escrita a mano le pasó por la cabeza. La apartó. Una regla de un viejo que se quejaba de su rodilla. ¿Qué sabía esa voz de lo que él necesitaba?
Metió la moneda. Marcó el único número que se sabía de memoria.
Sonó. Una vez. Dos.
—¿Hola?
La voz de Anna. Algo en el pecho de Michael se aflojó y se apretó al mismo tiempo.
—Soy yo —dijo.
Silencio del otro lado. Un silencio que él conocía.
—Michael. —La voz de Anna bajó—. Michael, ¿dónde estás? Han estado llamando. Gente buscándote. Tu jefe no ha parado. Y Giezi… Giezi llamó tres veces. —Una pausa—. ¿En qué te metiste?
—No me metí en nada.
—¿Entonces qué…?
—Me secuestraron, Anna.
—¿Qué? —La voz se le quebró—. ¿Cómo que te…?
—No importa. Estoy bien. —Cerró los ojos—. Solo quería saber si tú estabas bien. Eso es todo.
—Michael, ¿dónde estás? —Le temblaba la voz—. Dime dónde estás y llamo a la…
—No sé exactamente. Por las afueras. Una gasolinera vieja en mitad de la nada, hay un letrero pero está borrado…
La mano de Pier cayó sobre el teléfono.
Cortó la llamada de un golpe, el dedo aplastando la horquilla, y le arrancó el auricular de la mano.
—¿Qué haces? —Michael se giró—. ¡Era mi esposa!
—¿Le dijiste dónde estábamos? —Muy bajo.
Y en el segundo que Michael tardó en responder estuvo toda la respuesta.
—Solo dije que era una gasolinera. No dije cuál. ¿Qué importa…?
—Importa todo.
Pier ya no lo miraba.
Desde el auto, con las puertas abiertas, llegó un sonido. La radio de la caja. Toda la mañana había soltado la misma estática plana. Ahora subía y bajaba, entrecortada. Casi un pulso. Casi una alarma.
Pier caminó rápido hacia el auto. Miró la radio un segundo.
Luego levantó la vista hacia la carretera. Hacia el horizonte temblando de calor.
Tres formas negras. Grandes. En fila por la carretera recta, levantando polvo. Directo hacia la gasolinera.
—Dalene —dijo. No fuerte—. Sal de ahí.
* * *
Los tres autos entraron a la gasolinera y se detuvieron en semicírculo.
De dos de ellos bajaron hombres. Máscaras. Rifles. Se desplegaron sin prisa, sin una palabra.
Del auto del medio no bajó nadie por un momento.
Luego sí.
Primero se oyó. Un sonido metálico, pesado, arrastrándose por el asfalto. Una cadena. Larga, oxidada, colgando de una mano.
Caios.
Calvo. Tatuajes negros subiéndole por el cráneo y bajándole a la cara. Gafas de espejo que devolvían el desierto. Caminaba despacio. Sin apuro.
Se detuvo en el centro de la gasolinera.
—Tres —dijo.
La voz era tranquila. Casi amable.
—Dos hombres. Una mujer. —Ladeó la cabeza—. ¿Dónde?
Nadie respondió.
El encargado había salido de la tienda. El viejo, las manos vacías, de pie en la puerta de su negocio. Entendía lo suficiente.
Caios se giró hacia él. Caminó. La cadena raspando.
—Tú —dijo—. Tú los viste.
—No vi a nadie —dijo el viejo. Le temblaba la voz—. Aquí no para casi nadie. El calor…
—Mmm.
Caios se detuvo frente a él. Lo miró un largo rato a través de las gafas.
Luego se abrió la chaqueta. Despacio.
El torso era un mapa. Cicatrices sobre cicatrices, viejas y nuevas, hasta que la piel ya casi no era piel. Decenas. Más.
—¿Sabes qué es esto? —dijo. Casi con cariño, como quien muestra fotos de familia—. Cada una. Una persona. —Pasó un dedo por una de las marcas—. La gente cree que cuando se va, se va. No. —Negó despacio—. Se quedan. Aquí. Todos. Por eso somos tantos.
El viejo no se movía.
—Tú me vas a decir dónde están —dijo Caios—. Y después te vas a quedar conmigo. Como los demás.
—Por favor —dijo el viejo—. Yo no…
—Shh.
Caios levantó la cadena.
—No te enojes. —Casi dulce—. Es un honor. Vas a estar con mucha gente.
Lo que siguió fue rápido. Y el viejo que ofrecía café a los que paraban, porque casi nadie paraba, dejó de estar.
Caios se enderezó. Se acomodó las gafas con un dedo. Se giró hacia el auto viejo. La gasolinera entera, en silencio.
Sabía que estaban ahí.
—Búsquenlos.
Y el desierto reventó.
* * *
El primer impacto reventó el parabrisas del auto viejo.
Los tres ya estaban en el suelo. Pier había gritado abajo en el segundo exacto. Dalene se movió antes de pensarlo. Michael cayó detrás de la rueda delantera, las manos en la nuca.
Las balas pegaban en la chapa. Una y otra vez. El polvo saltaba alrededor. El faro estalló. El espejo.
Pier tenía el arma en la mano. Contó. Tres autos. Seis, siete hombres. Demasiados.
Pero Pier había hecho esto antes. Del otro lado. En otra vida.
Se asomó por encima del capó. Dos disparos. Secos. El primer hombre cayó antes de saber que lo habían visto. El segundo alcanzó a girarse.
Pier volvió a agacharse justo cuando la ráfaga reventó el lugar donde había estado su cabeza.
—¿Cuántos llevas? —gritó Michael, pegado al suelo.
—No los suficientes.
Por cada hombre que Pier bajaba, los otros apretaban más. Era cuestión de tiempo.
Y entonces uno de los hombres de Caios cayó por algo que no fue Pier.
Un sonido distinto cruzó el aire. Más limpio. Más seco que los rifles. Venía de lejos. El hombre se desplomó junto al surtidor.
Un segundo después, el otro.
Pier conocía ese sonido.
—Francotirador —dijo—. Alguien nos está cubriendo.
Lejos, en lo alto de una loma seca, dos figuras tendidas en la tierra.
—El de la derecha —dijo Noam, ajustando el viento.
—Lo tengo —dijo Amara.
Disparó. Abajo, otro de los hombres de Caios se derrumbó. Los demás, por primera vez, dejaron de avanzar. Buscaban un enemigo que no podían ver.
—Las ruedas —dijo Noam—. No los dejes mover los autos.
Las balas empezaron a reventar los neumáticos de los tres autos negros. Uno tras otro.
En medio del caos, Caios no se había movido. De pie en el centro de la gasolinera, la cadena colgando, miraba la loma a través de las gafas. Sin agacharse. Como si las balas les pasaran a otros.
Sonrió.
Pier no esperó a entender por qué. Vio el reguero.
El surtidor reventado. La gasolina corriendo por el suelo, un río delgado y brillante que ya casi llegaba a los autos negros.
Pier sacó el encendedor del bolsillo. Viejo. De otra vida.
—Suban —dijo a los otros dos—. Ya.
Dalene y Michael corrieron al auto agachados. Pier esperó hasta oír las puertas.
Luego encendió la llama. Y la soltó sobre el reguero.
El fuego corrió. Rápido. Siguió el río de gasolina hacia los surtidores, hacia los autos negros con las ruedas muertas. En un par de segundos cruzó la gasolinera entera.
Pier ya estaba en el auto cuando el mundo se volvió blanco y naranja detrás de ellos.
El auto viejo salió disparado hacia la carretera, tosiendo, el parabrisas reventado, la carrocería agujereada. Detrás, la gasolinera entera se levantó en una bola de fuego.
Dalene se giró en el asiento. Miró por la ventana rota hacia atrás.
El fuego. El humo negro subiendo recto. Y de pie en medio de todo, intacto, rodeado de llamas: Caios.
No intentó perseguirlos.
Levantó una mano. Despacio. Y señaló el auto que se alejaba. No a Dalene. No a Michael. A Pier.
Era imposible oírlo. Pero Dalene habría jurado que dijo algo. Lo vio en la boca. Algo corto.
Cuando se volvió hacia adelante, Pier tenía los ojos fijos en la carretera. La mandíbula apretada. Las dos manos en el volante.
—Te conoce —dijo Dalene. No era una pregunta.
Pier tardó.
—De antes —dijo al fin.
—¿De antes de qué?
Pier no contestó.
No volvió a mirar el retrovisor.