La Reunión Capítulo 14. La Segunda Oportunidad
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Capítulo 14. La Segunda Oportunidad

CAPÍTULO

La Segunda Oportunidad

El golpe en la puerta llegó a las siete de la mañana.

Tres golpes. Secos. Espaciados.

Pier abrió los ojos. No había dormido.

Michael sí, atado contra la pared, la cabeza caída sobre el pecho. Los golpes lo despertaron. Tardó un segundo en recordar dónde estaba. Por qué tenía las manos atrás.

Luego lo recordó.

Y abrió la boca para gritar.

Pier ya estaba ahí. La mano sobre la boca de Michael antes de que saliera el primer sonido.

—Shh.

Michael forcejeó. Pier le metió la media en la boca otra vez. Lo levantó y lo llevó detrás de unas cajas apiladas en el rincón, fuera de la vista de la puerta.

—Quieto —dijo Pier. Bajo.

Michael se quedó quieto.

Dalene se había incorporado, la espalda contra la pared, la mano en el hombro vendado. Miró a Pier. Pier le hizo un gesto: yo me encargo.

Fue hacia la puerta. La espalda contra la pared. La mano en el arma.

—¿Quién es? —dijo. Bajo.

Silencio del otro lado. Un segundo. Dos.

Luego un carraspeo. Y una voz vieja, sin ningún interés:

—FedEx.

Nadie se movió.

—Bueno. No exactamente FedEx —dijo la voz—. Pero si abren la puerta podemos discutir los detalles. Tengo la rodilla mala y llevo diez minutos parado en el frío.

Pier se asomó por la rendija lateral de la ventana sellada.

Un viejo. Solo. Gafas gruesas. Uniforme azul con un nombre bordado, ED, tan gastado que apenas se leía. Una caja bajo el brazo. Ningún vehículo. Nadie más.

Pier estudió el perímetro. Nada. Bajó el arma. Abrió la puerta.

El viejo lo miró de arriba abajo. Ya pocas cosas le parecían interesantes.

—Pier —dijo. No era una pregunta.

Pier no respondió.

—Pensé que era nombre de mujer —dijo el viejo.

Pier lo miró.

El viejo le sostuvo la mirada sin pestañear.

—Bueno. Ya veo que no.

Entró sin que nadie lo invitara. Cojeaba de la rodilla izquierda.

Miró la bodega de un vistazo. Las paredes. El cemento. Dalene con el hombro vendado. No comentó nada de lo que vio.

Fue hasta la mesa. Dejó la caja encima. Sacó del bolsillo un aparato de firma, viejo, la pantalla rayada, y se lo extendió a Pier.

—Firma aquí.

Pier no lo tomó.

—¿Quién lo mandó?

El viejo lo miró como si la pregunta fuera irrelevante.

—Yo solo reparto. —Se encogió de hombros—. El sistema dice que hay un encargo, yo lo entrego. Lo demás no es mi departamento.

—¿Y el destinatario?

—No está registrado. —Lo dijo sin énfasis—. Primera vez en cuarenta años que me pasa eso.

Pier miró el dispositivo. No lo tomó.

El viejo esperó. Luego miró a Dalene.

Dalene cruzó la habitación. Tomó el dispositivo. Firmó.

El viejo lo recuperó. Lo miró. Asintió.

Luego miró a Dalene, como si Pier no existiera.

—Si la tienen retenida contra su voluntad, parpadee dos veces.

Pier estaba a metro y medio.

Dalene lo miró.

—Estoy bien. —Una pausa—. Y lamento que le asuste la cara. Pero no tiene otra.

El viejo miró a Pier.

Pier no dijo nada.

—Como usted diga. —Se encogió de hombros—. Yo solo pregunto por protocolo.

Se acomodó la gorra. Abrió la puerta.

Y mientras salía, sin girarse, a nadie en particular:

—Me voy a quejar con FedEx. En serio. Me mandan a lugares extraños… —Los pasos alejándose, lentos, torcidos—. …con personas raras…

La voz se fue alejando. Luego nada.

* * *

Los tres se quedaron mirando la caja sobre la mesa.

Pier se acercó primero. La levantó. La giró. Buscó una ranura, un borde. Nada.

Dalene lo intentó con la mano buena. Las junturas. La tapa. Las esquinas.

Nada cedía.

—Está sellada —dijo.

—Ya veo —dijo Pier.

—No, escucha. Sellada de verdad. No tiene por dónde. —Retrocedió un paso—. Esto no se abre a la fuerza. Esto se abre de otra manera.

Pier no dijo nada. La fuerza era lo suyo. Aquí no servía.

Dalene se quedó mirando la caja un momento más.

Luego giró la cabeza hacia el rincón. Hacia Michael, todavía detrás de las cajas, las manos atadas, la media en la boca.

El hombre de los números. El que encontraba lo que otros no veían.

Dalene lo miró un segundo largo.

Luego fue hacia él.

Le sacó la media.

Michael tomó aire para hablar.

—Antes de que digas nada —dijo Dalene—. Escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez.

Michael cerró la boca.

—Yo tampoco tengo por qué estar aquí. —Bajo. Firme—. Tengo a alguien esperándome. Alguien que me importa más que toda esta locura junta. Y no voy a dejar que nadie se interponga entre esa persona y yo. Ni tú, ni él, ni quien sea que nos esté buscando.

Michael la miraba.

—Tú estás en esto desde el momento en que pisaste esa bodega. No sé qué quieren. No sé por qué nos buscan. Solo sé una cosa: tenemos que terminar lo que sea que es esto. Juntos. No hay otra forma.

Una pausa.

—Así que tienes dos opciones. Te compones. —Inclinó la cabeza hacia Pier—. O le digo al caracortada que se encargue de ti. Y créeme que lo va a hacer sin que se le mueva un músculo.

Michael miró a Pier.

Pier no dijo nada. Pero se acercó. Sacó una navaja. Y cortó el cable de las muñecas de Michael con un solo movimiento.

Michael se frotó las muñecas. La marca roja del cable.

Dalene se detuvo junto a la caja. Apoyó la mano al lado de ella.

—Ahora ven. Ya que eres tan listo. Dinos qué es esto.

Michael se quedó sentado un segundo más. Por orgullo.

Luego se levantó.

Y fue hacia la caja.

* * *

La rodeó una vez. La tocó. Pasó los dedos por donde Dalene ya los había pasado, pero distinto. No buscaba una abertura. Buscaba cómo estaba hecha.

La levantó. La giró. La miró por los lados. Por arriba. Luego la giró hacia abajo. Se quedó quieto.

—Hay algo aquí.

La puso sobre la mesa con el fondo hacia arriba. Tres círculos pequeños, casi invisibles, en triángulo. Lectores de huella.

—¿Por qué tres? —dijo Dalene.

Nadie respondió. Pier miró a Dalene. Dalene lo miró a él. Los dos sabían la respuesta. Ninguno la dijo.

Michael no los miraba. Acercó el pulgar. Lo apoyó en el primero.

Un clic. Seco. Como algo que llevaba tiempo cerrado y acababa de decidir que ya no.

Michael levantó la vista. Miró a Dalene. Miró a Pier.

Dalene se acercó al segundo círculo. Apoyó el dedo. Otro clic.

Dalene y Michael miraron a Pier.

Pier miró los dos círculos activados. Luego el tercero.

—Al parecer no hay vuelta atrás —dijo.

Apoyó el dedo en el tercero.

Y la caja empezó a sonar por dentro. Engranajes que despertaban. Cerraduras abriéndose una tras otra. Una. Pausa. Otra. Pausa. Otra.

Hasta que el sonido se detuvo.

La caja quedó quieta sobre la mesa. Esperando.

* * *

Pier extendió la mano. Levantó la tapa.

Adentro, cada cosa tenía su lugar.

Una radio. Negra, compacta, con una correa de cuero gastado para la cintura. De las que usa quien no puede llevar teléfono.

Pier la sacó. La sopesó. Buscó el botón de encendido.

Estática. Solo estática.

La dejó sobre la mesa sin apagarla.

Michael sacó lo siguiente. Un fajo de billetes usados. Sin precinto. Sin rastro.

—Efectivo —dijo—. Nada que se rastree.

Dalene sacó un papel doblado. Lo abrió con la mano buena. Un mapa. Una ruta marcada a mano y, al final, un círculo pequeño hecho con bolígrafo en mitad de la nada. Sin nombre.

—¿Dónde es esto?

Nadie respondió. Ninguno lo sabía.

Debajo del mapa había una hoja más pequeña. Tres líneas a mano. Letra firme.

No usen teléfonos.

No usen tarjetas.

No miren atrás.

Dalene la leyó dos veces. La dejó sobre la mesa, junto a la radio, que seguía soltando estática bajita, como una respiración.

Quedaba una cosa en la caja.

Pier metió la mano. Sacó un llavero. Una sola llave, vieja, de metal pesado, la empuñadura cuarteada.

—Es la llave de un auto —dijo Michael.

—Sí.

—¿De qué auto? El nuestro no arranca. Y aunque arrancara…

—No es el nuestro.

Pier ya se había girado. Caminó hasta el fondo de la bodega.

En el rincón había un bulto cubierto con una lona gris.

Nadie lo había mirado en toda la noche.

Jaló la lona. El polvo subió en el aire quieto.

Debajo había un auto. Viejo. Metal pesado, líneas anchas. De otra época.

Michael se acercó. Lo miró de arriba abajo.

—¿Es una broma?

Pier probó la llave en la puerta. Giró. Se sentó al volante. El motor tosió una vez, dos, y arrancó. Grave. Terco.

Michael lo miró. Después miró el auto. Después otra vez a Pier.

—¿En serio? —dijo—. Sin GPS, sin radio, sin internet…

Pier miró al frente.

—Exacto —dijo—. Irrastreable.

* * *

Cargaron rápido.

Metieron lo de la caja en el asiento trasero. El dinero. El mapa. Pier colgó la radio del respaldo, al alcance, encendida.

Dalene subió adelante. El hombro le pesaba. No se quejó. Subió sola.

Michael fue el último. Se quedó un segundo en la puerta, mirando el descampado. Hacia donde estaría la carretera.

—Sube —dijo Pier.

Michael subió atrás.

El auto viejo salió a la luz plana de la mañana. Pier condujo despacio por el camino de tierra hasta el asfalto. Ahí el motor cambió de tono. Más bajo. Más seguro.

Atrás quedó la bodega.

Nadie miró por el retrovisor.