Capítulo 15. La Carretera
CAPÍTULO
La Carretera
El auto viejo comió kilómetros sin quejarse.
Pier conducía. Dalene adelante, la cabeza contra la ventana. Michael atrás, las muñecas todavía marcadas, lo más lejos posible de los otros dos.
Nadie habló durante la primera hora.
Afuera el paisaje se fue secando. Los árboles dieron paso a matorrales. Los matorrales, a tierra abierta. La carretera, una línea recta.
Michael miraba por la ventana. Los dedos tamborileando sobre la rodilla.
Aguantó lo que pudo.
—Necesito saber una cosa —dijo.
Nadie respondió.
—¿A dónde vamos? Ese papel tiene un punto en mitad de la nada. Sin nombre. Y manejamos hacia él como si supiéramos lo que es.
—No lo sabemos —dijo Dalene. Sin abrir los ojos.
—Ah. Perfecto. —Michael se recostó—. Manejamos a ciegas hacia un punto en un mapa que nos mandó un viejo que se queja de su rodilla. En un auto de museo. Sin teléfono. Después de que me ataron toda la noche.
—Fue él —dijo Dalene.
—Da igual quién fue.
Pier miró el retrovisor. Una vez. No dijo nada.
El silencio volvió. Pero era distinto. Más suelto.
Fue Dalene la que habló después. Más bajo.
—¿Qué tenías que entregar? —dijo.
Michael la miró.
—¿Qué?
—Anoche. No parabas de decirlo. Que tenías que entregar algo mañana. —Abrió los ojos. Miró la carretera—. ¿Qué era?
Michael tardó en responder.
—Un reporte —dijo al fin—. Trimestral. Números. —Una pausa—. Nada que importe ahora, supongo.
—¿Importaba ayer?
—Ayer era todo lo que importaba.
Dalene asintió. No con burla.
—Sé cómo es eso —dijo—. Tener una sola cosa que sostiene todo lo demás. —Miró por la ventana—. Y que de repente te la quiten.
Michael no respondió.
Pero algo en el auto cambió un grado. No se hicieron amigos. Solo, por un kilómetro o dos, dejaron de ser tres extraños.
Luego Michael lo arruinó.
—Sigo pensando que esto es un secuestro.
—Otra vez no —dijo Dalene, y volvió a cerrar los ojos.
Pier condujo. Y por un rato no pasó nada más que la carretera.
* * *
Lo vieron desde lejos.
La carretera dejó de estar vacía. Adelante, en el horizonte, luces. Azules. Rojas. Atravesadas en la vía.
Pier levantó el pie del acelerador. Dejó que el auto perdiera velocidad y lo detuvo en la orilla, todavía lejos.
—Retén —dijo.
Apagó el motor.
—¿Damos la vuelta? —dijo Michael.
—Es la única vía. —Pier miró el espejo, el camino vacío detrás—. No hay otra.
Se quedaron un momento mirando las luces.
—Bajen —dijo Pier—. Hay que ver el auto.
* * *
Se bajaron al borde de la carretera. El aire seco. El sol plano.
Pier abrió el baúl.
Los tres lo miraron. Pequeño. Una rueda de repuesto ocupando la mitad.
—Cabe uno —dijo Pier—. Doblado.
—¿Y por qué tiene que esconderse alguien? —dijo Michael.
—Buscan a tres. Dos hombres y una mujer.
Silencio.
Pier miró a Dalene. No dijo nada.
Dalene bajó la vista. La camisa. El vendaje asomando por el cuello, manchado de rojo seco.
—Una herida de bala —dijo Pier—. En un retén que busca justo eso. —Una pausa—. No pasas.
Dalene miró el hueco oscuro del baúl.
—No.
—Dalene…
—No me voy a meter ahí.
—Mira, estadísticamente —empezó Michael—, si bajamos el perfil de tres a dos…
—Tú no hables, Bill Gates.
Michael cerró la boca.
Dalene se quedó mirando el baúl. Las luces parpadeaban a lo lejos. La fila de autos empezaba a crecer.
Miró su camisa. La sangre seca.
Pensó en Hira.
Y el orgullo, por una vez, no alcanzó.
—Está bien —dijo.
Se acercó al baúl. Lo miró con asco.
—Que conste que lo odio.
Y se metió, doblándose por el lado del hombro bueno.
* * *
Pier cerró el baúl.
—No hagas ruido —dijo hacia la lata.
Desde adentro, ahogada:
—Maneja y ya.
Pier se enderezó. Miró a Michael por encima del techo del auto.
—Una cosa —dijo.
Michael lo miró.
Pier se levantó apenas el borde de la camisa. Lo justo para que se viera la culata del arma en la cintura. Un segundo.
—Si se te ocurre una estupidez allá adelante. Una sola.
Michael tragó.
—No iba a…
—Bien.
Subieron. Pier al volante. Michael atrás. El patrón y el chofer. Así tenía que verse.
El auto volvió a la carretera. Tres autos en la fila. Dos. Uno.
Pier bajó la ventanilla.
El policía se acercó. Joven. Chaleco. Los ojos cansados.
—Buenas. Documentos.
Pier le pasó su licencia sin una palabra. Su foto. Un nombre que no era el suyo.
Desde atrás, Michael se inclinó con una sonrisa demasiado rápida.
—Buenas, oficial. ¿Pasó algo? —Gesto hacia Pier—. Es mi chofer. Lo conseguí barato. Por la cara, supongo. No es que tenga fila de clientes.
El policía no se rio. Miró la licencia. Más de lo normal.
Levantó los ojos. Miró a Pier. La foto. Otra vez a Pier. Miró atrás, a Michael y a su traje arrugado de dos días.
El silencio se estiró.
—Es un viaje de negocios. Bueno, era. Ahora es un viaje a secas. Largo. Usted sabe cómo es…
—¿Y el auto? —dijo el policía, sin levantar la vista de la licencia—. ¿De quién es?
—Mío —dijo Pier.
El policía lo miró. Otro silencio. Más largo.
Luego se enderezó. Con la licencia todavía en la mano, dio un paso hacia la parte de atrás del auto.
—Ábrame el baúl.
Pier no se movió de inmediato.
—¿Pasa algo, oficial? —dijo Michael. La sonrisa le tembló.
—Rutina. Ábralo.
Pier abrió la puerta. Salió. Caminó hacia la parte de atrás sin prisa. La mano derecha bajando hacia la cintura.
Dentro del baúl, una mujer herida aguantando la respiración.
Pier puso una mano en la tapa. La otra en el arma.
Calculó. El policía. La distancia. Los segundos que tardaría.
Empezó a levantar la tapa.
Y entonces las radios de las dos patrullas se encendieron al mismo tiempo.
Estática.
Pier se quedó quieto con la mano en la tapa.
Dentro del ruido, una voz. Entrecortada. Un código. Sospechosos avistados. En otro lado, lejos de ahí.
El policía se detuvo. Levantó una mano: espera. Ya miraba las patrullas.
Pier no miró la radio. Pero se quedó con ese sonido.
La estática.
No dijo nada. Bajó la tapa del baúl. Sin golpe.
—Oficial —dijo—. Mi licencia.
El policía volvió. Le devolvió la licencia sin mirarlo.
—Circulen.
Pier subió al auto. Arrancó. Sin prisa. Detrás, los policías corrían hacia las patrullas.
Nadie habló por un kilómetro.
Luego, desde el baúl, la voz ahogada de Dalene:
—¿Ya?
—Ya —dijo Pier.
El auto siguió. La carretera, recta y vacía, hacia el punto sin nombre del mapa.
Atrás, el retén se hizo pequeño en el espejo. Luego desapareció.