La Reunión Capítulo 13. Hermanos de Sangre
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Capítulo 13. Hermanos de Sangre

CAPÍTULO

Hermanos de Sangre

La lancha pesaba más de lo que debería.

Pier la agarró por la proa y jaló. Andrew empujó por la popa, los pies hundiéndose en el barro. Nueve años tenía su hermano. Pier, doce.

La lancha no se movió.

—Empuja —dijo Pier.

—Estoy empujando.

—Con las piernas.

Andrew bajó el cuerpo y empujó con todo. La lancha cedió con un sonido sordo y entró al agua.

Pier se subió de un salto. Seco. Andrew lo intentó igual y se mojó hasta la rodilla. Miró el zapato. Miró a Pier. Pier ya estaba acomodando las cañas.

Remaron en silencio hacia el centro.

El lago quieto. El cielo todavía con luz.

Pier dejó los remos. Le pasó una caña a Andrew sin mirarlo. Andrew la recibió. La acomodó. La volvió a acomodar.

—No la muevas —dijo Pier.

—La estoy acomodando.

—Ya.

Silencio.

Las líneas quietas sobre el agua.

Andrew aguantó lo que pudo.

—¿Es verdad que le pegaste al Marcos?

Pier no respondió de inmediato.

—¿Quién te dijo eso?

—Nadie. Lo escuché.

—¿Dónde?

—Aquí y allá.

Pier miró el agua.

—Se lo merecía.

—Papá se enteró.

—Ya sé.

—Estaba bravo.

—Ya sé.

—Muy bravo.

—Andrew.

—Ya.

El agua sin moverse. Las cañas quietas.

Andrew esperó un momento prudente.

—¿Por qué le pegaste?

—Porque me buscó.

—¿Qué te hizo?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

Pier lo miró. Una sola vez. Fin del tema.

Andrew entendió.

Miró el agua. El fondo oscuro debajo de la lancha.

—Oye —dijo después de un rato.

—Ya.

—¿Es verdad lo de las deudas de papá?

Pier tardó más esta vez en responder.

—¿Dónde escuchaste eso?

—En la casa. Hablaban anoche.

—¿Quiénes?

—Papá y mamá.

Pier miró el lago. Algo le pasó por la cara, rápido, y se fue.

—No es nada —dijo.

—Sonaba a algo.

—Los grandes siempre suenan a algo. No es nada.

Andrew asintió. No le creyó. Lo guardó para después.

Una garza pasó sobre el lago. Baja. Sin apuro. Andrew la siguió con los ojos hasta que desapareció.

—Oye —dijo.

—¿Qué?

—¿Es verdad lo que dicen en el pueblo?

Pier no levantó los ojos del agua.

—¿Qué cosa dicen en el pueblo?

—Una leyenda.

—¿Qué leyenda?

Andrew dudó. Miró la orilla. Estaba más lejos de lo que había calculado. Miró el agua oscura debajo de la lancha.

—La del fantasma en la radio.

Pier no respondió de inmediato.

Miró el agua. Luego a Andrew. Luego el agua otra vez.

Y algo le cambió en la cara. Tan leve que solo Andrew lo vio.

—Ah —dijo Pier.

Solo eso.

Y Andrew supo que no debió preguntar.

* * *

Pier dejó la caña sobre las rodillas.

Eso solo lo hacía cuando iba a decir algo importante. Andrew lo sabía. Se le movió algo en el estómago.

El lago, completamente quieto. El cielo ya casi sin luz.

Pier miró el agua un momento, como si buscara las palabras en el fondo.

—Dicen —dijo al fin, sin levantar la voz— que hay algo que camina de noche por los pueblos.

Andrew esperó.

—No tiene cuerpo. No tiene sombra. No hace ruido cuando camina. Los perros no lo sienten. Las velas no parpadean cuando pasa. —Una pausa—. Solo está. Y va de casa en casa. De pueblo en pueblo. Buscando.

—¿Buscando qué? —dijo Andrew.

—A alguien. —Pier miró el agua—. Siempre hay alguien a quien busca. Lleva siglos haciéndolo. Y no descansa hasta encontrarlo.

Andrew miró hacia la orilla. Hacia los árboles oscuros. Luego a su hermano.

Pier tardó.

—Dicen que cuando encuentra la casa de quien busca, se mete adentro. Por las grietas de la madera. Por el espacio que deja una ventana mal cerrada. Por los huecos que deja el tiempo en las paredes viejas. Y busca la radio.

—¿Y qué pasa con la radio?

—Enciende sola.

Silencio.

—En la oscuridad —continuó Pier—. Sin que nadie la toque. Sin que nadie esté cerca. Y lo primero que sale es estática. Solo estática. Bajita al principio. Como ruido de fondo. Como si nada.

Andrew tenía los ojos fijos en su hermano. La caña completamente olvidada.

—Pero si te quedas —dijo Pier— la estática cambia. Se hace más profunda. Más adentro. Y ahí, en lo más oscuro del ruido, muy en el fondo, empieza a escucharse algo. Algo que no es la estática.

Andrew tragó saliva.

—¿Qué cosa?

—Una voz. —Pier dejó que el silencio trabajara—. Pero no la escuchas bien. Está en lo profundo, entre el ruido. Tienes que acercarte. Tienes que poner el oído casi contra la radio para entender lo que dice.

Andrew no dijo nada.

—¿Y qué dice? —susurró al fin.

Pier lo miró directo.

—Tu nombre.

Andrew no se movió.

—Dice tu nombre —repitió Pier, más bajo todavía—. Y dicen que esa voz lo sabe todo de ti. Que te ha estado buscando toda la vida sin que tú lo supieras. Que caminó por todos los pueblos, por todos los caminos, por todas las casas. Solo para encontrarte a ti.

—¿Y por qué me busca? —dijo Andrew. Casi sin voz—. ¿Qué me quiere hacer?

Pier tardó.

Lo miró.

—Eso —dijo— nadie que lo haya vivido ha podido contarlo.

El silencio que siguió era otro. Más pesado.

Andrew miró el agua oscura debajo de la lancha.

—Te lo inventaste.

—Yo no me invento nada.

—Lo exageraste.

—Te conté lo que dice la leyenda.

—¿Tú lo crees? —dijo Andrew. Casi sin voz.

Pier no respondió.

Miró el lago.

Miró a Andrew.

Abrió la boca.

Un disparo.

Lejano. Seco. Sin eco.

Los dos se quedaron quietos.

Andrew miró a Pier. Esperaba que su hermano le dijera que no era lo que parecía.

—Pier. ¿Eso fue…?

—Rema.

—¿Hacia dónde…?

—A la orilla. Rema.

Andrew agarró el remo. Le temblaban las manos. Pier ya remaba. Fuerte. Derecho.

—¿Es de la casa? —dijo Andrew.

Pier no respondió.

* * *

La lancha golpeó la orilla.

Pier saltó antes de que la lancha terminara de frenar. Los pies en el barro.

—Quédate aquí —le dijo a Andrew.

—No me voy a quedar solo…

—Andrew.

—No.

Pier lo miró un segundo. Solo uno.

—Detrás de mí —dijo—. Todo el tiempo detrás de mí.

Subieron por la orilla. El camino de tierra, oscuro entre los árboles. Andrew iba detrás, pisando donde pisaba su hermano.

No hablaron.

Andrew oía su propia respiración. Demasiado rápida. Demasiado ruidosa.

Pier no hacía ningún ruido.

Doblaron la curva del camino.

Y la casa apareció.

Pier se detuvo.

Andrew chocó contra su espalda y se quedó ahí, mirando por encima del hombro de su hermano.

Dos camionetas. Luces encendidas. Hombres afuera. Varios. No eran del pueblo.

La puerta de la casa abierta.

Los padres afuera. Su madre de pie. Su padre de rodillas en el suelo.

Pier empujó a Andrew hacia los árboles.

—¿Qué está pasando? —susurró Andrew.

—Cállate.

—Pier…

—Cállate.

Se callaron los dos.

Andrew, detrás de Pier, tenía los dedos clavados en la corteza de un árbol. No se movía. Casi no respiraba.

* * *

La voz del hombre llegaba clara hasta los árboles.

Grave. Sin apuro. No necesitaba levantar el tono.

—La última vez —decía—. ¿Dónde está el límite norte?

Pier lo vio bien cuando salió a la luz de las camionetas. Cuarenta y tantos años. Sombrero de ala corta. Una cadena de oro gruesa sobre la camisa abierta. Las manos limpias. Demasiado limpias.

Su padre estaba de rodillas. La madre a su lado. De pie. La mano en el hombro de su esposo.

—Esa tierra no está en venta —dijo su padre.

—No te estoy comprando —dijo el hombre—. Te estoy preguntando dónde está el límite.

—Ya les pagué lo que les debía.

—Eso fue antes. Ahora es diferente.

—No es diferente. Un trato es un trato.

El hombre lo miró un momento.

—La parcela del norte. La que llega hasta el lago. —Una pausa—. Esa tierra vale más de lo que tú vas a valer nunca.

El padre no respondió.

Uno se metió a la casa. Salió con unos papeles. Se los dio al del sombrero. El del sombrero los miró. Luego miró al padre.

—Firma.

—No.

—Firma y esto termina aquí.

El padre levantó la cabeza. Lo miró de frente.

—No.

El del sombrero dobló los papeles despacio. Se los guardó. Miró al padre un momento más.

Luego le hizo una seña a uno de los suyos.

El hombre se acercó a la madre.

La agarró por el cabello desde atrás.

Pier salió de los árboles.

No lo pensó. Los pies se movieron solos. Cruzó el patio gritando.

—¡Déjenla! ¡No la toquen!

Fue directo contra ese hombre. Lo golpeó por el costado con todo lo que tenía. Con doce años.

El hombre soltó a la madre.

Se giró hacia Pier.

Dos brazos lo agarraron por detrás. Lo levantaron del suelo. Pier pateó. Giró. No sirvió de nada.

El cañón de una pistola se apoyó contra su sien.

Frío. Quieto. Sin apuro.

Entre los árboles, Andrew miraba, paralizado. Nueve años.

Pier siguió pateando.

Siguió forcejeando. Con los codos. Con los talones. El cañón apretado contra la cabeza.

El hombre volvió hacia la madre. La agarró del cabello otra vez.

—¡Déjenla! —gritó Pier—. ¡No la toques, infeliz!

El hombre le jaló la cabeza hacia atrás hasta dejarle el cuello expuesto. Con la mano libre sacó el cuchillo. Grande. El filo captó la poca luz que quedaba.

Lo apoyó despacio contra el cuello de la madre.

Su madre lo miró.

Todavía con el cuchillo en el cuello. Todavía agarrada del pelo. Lo miró a él. Solo a él. Con una calma que no era falta de miedo.

—Pier.

Solo eso.

Solo su nombre.

Pier dejó de moverse.

La madre no miró al hombre que la sostenía. No miró el cuchillo. Miró a su esposo.

El padre miraba a Pier. La pistola contra la sien de su hijo. El filo contra el cuello de su esposa. Buscaba una salida.

No había salida.

El que mandaba se acercó al padre. Le puso los papeles delante.

—Firma.

El padre no miró los papeles.

Seguía mirando a Pier.

Pier negó con la cabeza. Despacio.

El que mandaba presionó el cañón más fuerte contra la sien de Pier.

La madre cerró los ojos.

Solo un segundo.

—Firma —repitió el hombre.

El padre tomó el papel.

La mano le temblaba.

Firmó.

El que mandaba revisó la firma despacio. Asintió.

Dobló los papeles. Se los guardó.

Miró al hombre del cuchillo.

—Mátala.

El padre gritó.

—¡Firmé! ¡Firmé todo! ¡Les di todo lo que…!

El cuchillo se movió.

Andrew gritó desde los árboles.

—¡Mamááááá!

Y salió corriendo.

Pier lo vio, inmovilizado, la pistola todavía cerca. No pudo hacer nada.

Un sicario lo interceptó antes de que llegara. Lo levantó del suelo. Andrew pateaba, mordía, gritaba. El hombre lo metió a la casa de un empujón.

El padre forcejeó con una fuerza que ya no le correspondía. El sicario que lo sujetaba lo agarró del pelo.

Le disparó.

Después, un silencio distinto a todos los que Pier había conocido.

La pistola se apartó de su sien.

Los brazos lo soltaron.

Pier cayó al suelo.

No lo sintió. Las rodillas en la tierra. Los brazos sin fuerza.

Se arrastró hacia ellos.

Llegó a su madre primero. Le tocó la cara. Todavía tibia. Todavía ella. Y ya no.

Luego su padre.

Se quedó así. Arrodillado entre los dos. La tierra fría debajo. La noche encima.

Detrás oía a Andrew. Los gritos alejándose. La voz de su hermano quebrándose mientras lo arrastraban.

No podía ir por él.

No podía hacer nada.

Se quedó donde estaba.

Cuando levantó la vista, tenía las manos ensangrentadas.

Las miró.

El hombre del sombrero se acercó.

Lo miró de arriba abajo. Sin prisa. Como quien evalúa una herramienta.

—Tráemelos a los dos.

Una pausa.

—Me van a servir.

* * *

Las manos de Pier estaban ensangrentadas.

La herida en el hombro izquierdo de Dalene no paraba.

Pier tenía dos dedos dentro, buscando la bala. Sin anestesia. Casi sin luz. Dalene apretó los dientes y gritó.

—¡Pier!

Pier no respondió. Siguió buscando.

Detrás de él, Michael caminaba en círculos.

Las manos en la cabeza. Hablando en voz alta. Demasiado alta.

—Esto no está pasando. Esto no me está pasando a mí. —Una vuelta más—. Yo tenía una junta el jueves. Tenía un reporte. Tenía…

—Michael —dijo Dalene entre dientes.

—Tengo que entregar algo mañana. ¿Entienden eso? Mañana. La gente me espera. Van a notar que no estoy.

—Michael. Cállate. Por favor.

—No me voy a callar. —Se detuvo—. ¿Saben qué? No. Yo me voy. Salgo, camino hasta una carretera, llamo a la policía y explico que ustedes dos me…

Se giró hacia la puerta.

Pier dejó a Dalene.

Cruzó la distancia en tres pasos. Le tomó la muñeca, se la torció hacia atrás y el resto del cuerpo de Michael fue detrás. Lo estrelló contra el cemento. La cara de Michael rebotó contra el piso.

Pier le clavó la rodilla en la espalda. Le juntó las muñecas. Buscó un cable viejo en el rincón y se las ató. Sin rabia. Sin cuidado.

Michael forcejeó. No sirvió de nada.

—Esto es secuestro —dijo, la mejilla contra el suelo—. Esto es ilegal. Esto es…

Pier le sacó la media del pie y se la metió en la boca.

El silencio fue inmediato.

—Esto es para que no te maten —dijo Pier.

Lo dijo sin levantar la voz.

Lo dejó contra la pared. Sentado, las manos atrás, la media en la boca. Los ojos furiosos.

Volvió donde Dalene.

Se miró las manos un segundo antes de seguir.

Las mismas manos.

Luego volvió a la herida.

* * *

La bala cayó al cemento con un sonido pequeño.

Pier no la miró.

Tenía los ojos en el hombro de Dalene. Limpió la herida con lo que tenía. Un trapo medio limpio. Agua de una botella. Sus manos.

Dalene tenía la mandíbula apretada. Los ojos cerrados. Había decidido no gritar más.

—Ya está —dijo Pier.

Dalene no respondió de inmediato.

—Gracias —dijo al fin. Bajo. Como quien no está acostumbrada a decirlo.

Pier no respondió.

Desde el rincón, Michael protestó contra la media.

Nadie le hizo caso.

* * *

Dalene se quedó dormida sin decidirlo.

Primero la respiración se hizo lenta. Luego los hombros cedieron. Luego todo lo demás.

Pier la acomodó. Sin ruido.

Michael aguantó más. Sentado contra la pared, las manos atadas, la media en la boca. Despierto a pura rabia. Pero el cuerpo no negocia con la rabia para siempre.

La cabeza se le fue cayendo de a poco.

Hasta que cayó del todo.

Dormido. Atado. Agotado.

Pier se acercó. Le sacó la media de la boca. Revisó el nudo de las muñecas. Ni muy apretado ni muy suelto.

Luego se sentó contra la pared opuesta.

Y no durmió.

Se quedó quieto en la oscuridad. Los ojos abiertos. Las sirenas, lejos. La respiración de Dalene. La de Michael.

Pensó en Andrew.

En su grito esa noche. En los nueve años que tenía. En cómo lo arrastraban mientras él no podía hacer nada.

Y en lo que le dijo después, cuando ya estaban los dos solos.

Nunca te voy a dejar solo.