Capítulo 12. La Huida
CAPÍTULO
La Huida
La primera explosión sacudió el primer piso.
Michael no alcanzó a entender el sonido antes de que la ventana de la sala estallara hacia adentro. Astillas en el mármol. El cuadro de la chimenea, comprado en Ginebra, cayó al suelo.
Michael se detuvo en el pasillo.
—Ese cuadro…
—Michael. —La voz de Pier, desde adelante—. El garaje.
—Ese cuadro costó…
—Michael.
Dalene lo tomó del brazo y lo jaló. Sin delicadeza.
Bajaron las escaleras.
Otra explosión, más cerca. Las luces del pasillo parpadearon y se apagaron. Dos segundos de oscuridad total. Solo sus pasos.
Las luces rojas de emergencia bañaron el pasillo.
Michael miró hacia atrás.
El humo ya entraba por debajo de la puerta del estudio. Las tres pantallas. El reporte sin terminar. Veintidós años de trabajo.
—Hay información ahí que no puede…
—Ya no importa —dijo Dalene.
—Importa más de lo que…
—Ya. No. Importa.
Lo dijo mirándolo de frente. Michael la miró un segundo. Luego miró el humo bajo la puerta.
Siguió caminando.
* * *
Pier llegó al garaje primero.
Fue directo al Suburban. Lo rodeó. Abrió el compartimento bajo el asiento trasero. Adentro: dos armas, cargadores, una linterna.
Tomó una. Verificó el cargador. Dejó la otra donde estaba.
Michael entró al garaje y vio lo que Pier había sacado.
—¿De dónde…?
—Tuyas —dijo Pier—. Las guardé aquí hace tres horas.
Michael lo miró.
—¿Entraste a mi casa hace tres horas?
—Necesitaba saber con qué contábamos.
—Esto es un allanamiento…
—Esto es un garaje —dijo Pier—. Y hay gente con armamento pesado en tu jardín. —Le lanzó las llaves del Suburban—. Tú manejas.
Michael las atrapó.
Miró las llaves. Miró el Suburban. Miró a Pier.
—¿Por qué yo?
—Porque es tu casa y conoces las salidas. —Una pausa—. Y porque necesito las manos libres.
Michael no se movió.
—No. —Dio un paso atrás—. Escúchame. Yo no tengo por qué estar aquí. Esa gente afuera… los buscan a ustedes. No a mí. Yo estaba en mi estudio. Yo no hice nada.
—Michael…
—Que no. —Negó con la cabeza—. Esto es de ustedes. Yo me quedo. Explico lo que pasó. Tengo abogados. Tengo…
Una ráfaga reventó la ventana lateral del garaje. El vidrio cayó sobre el capó del Porsche. Las balas marcaron una línea en la pared, a la altura del pecho.
Michael se agachó por instinto.
Cuando levantó la vista, Pier tenía el arma apuntándole a la cabeza.
—Maneja —dijo Pier. Sin levantar la voz—. Ahora.
Michael miró la boca del cañón. Los ojos de Pier. Quietos. Ya no estaba pidiendo.
Se subió.
Puso el pulgar en el lector de la columna de dirección. El motor encendió con un sonido bajo. Un motor hecho para otra cosa.
Dalene ya estaba en el asiento del copiloto, el teléfono en la mano, el mapa abierto.
—Hay una salida detrás del jardín. ¿Sirve?
—Sí —dijo Michael—. Pero lleva directo a la avenida principal.
—Mejor que quedarse aquí.
Una tercera explosión. El techo crujió. Algo pesado cayó arriba.
Michael pisó el acelerador.
La puerta automática del garaje subía demasiado lenta. Michael arrancó antes de que terminara de abrirse.
Pasaron raspando.
El jardín de servicio. La tierra. Los aspersores destrozados bajo las ruedas.
—Derecha —dijo Dalene, los ojos en el teléfono.
Michael giró.
Un impacto atrás. Otro. Metal contra acero. No atravesaban.
—Aguanta —dijo Michael. Le hablaba al auto.
La verja del fondo apareció en los faros.
—Reviéntala —dijo Pier.
Michael apretó la mandíbula y aceleró.
La verja cedió. El Suburban salió a la calle lateral arrastrando restos de metal bajo el chasis.
—Izquierda —dijo Dalene.
Michael giró.
* * *
Las motos aparecieron dos cuadras después.
Tres. En formación. Entrenadas.
Pier bajó la ventana trasera. Disparó una vez.
Una moto se cerró hacia el bordillo. Las otras dos siguieron.
Los disparos que respondieron eran distintos. Más pesados. Más espaciados.
El primero impactó en el costado derecho del Suburban.
El segundo atravesó.
Dalene no gritó. Soltó el teléfono y se llevó la mano al hombro izquierdo.
Michael miró de reojo. Siguió manejando.
Pier no preguntó nada. Sacó un pañuelo y se lo dejó en el regazo, sin mirarla.
—Presiona.
Dalene lo tomó. Presionó.
Entonces escucharon el helicóptero.
El sonido llegó desde arriba. Un haz blanco barrió la calle, delante de ellos.
Después, sirenas. Varias. Desde distintas direcciones.
Pier bajó la ventana. Disparó dos veces hacia el SUV que se acercaba por detrás.
Luego disparó una vez hacia el tablero.
El panel inferior reventó. El módulo del GPS quedó colgando de un cable. Pier lo arrancó y lo tiró por la ventana.
—¿Qué haces? —gritó Michael—. ¡Disparaste adentro del auto! —Le temblaban las manos en el volante—. ¡Yo no soy parte de esto! ¡Yo no pedí nada de esto! ¡Tengo una vida! ¡Tengo…!
—Tenías —dijo Dalene, la mano apretada contra el hombro—. Maneja.
Pier no respondió.
Le apuntó a Dalene.
Dalene recogió el teléfono del suelo con la mano buena. Se lo dio sin que él dijera nada.
Le apuntó a Michael.
—Ese teléfono tiene información que no puede…
—Michael.
Michael lo miró. Miró el arma. Apretó la mandíbula.
Se lo dio.
Pier bajó la ventana y los lanzó a los dos.
—Nos estaban rastreando.
Michael miró el tablero.
La aguja del combustible bajaba. Una bala había perforado el tanque.
Las motos. El helicóptero. Las sirenas. El combustible goteando. Y ningún lugar adonde ir.
Dalene soltó un sonido corto. Involuntario.
—Aguanta —dijo Michael. Esta vez no le hablaba al auto.
—Estoy aguantando —dijo Dalene, entre dientes.
Pier disparó una vez más hacia las motos.
Y otra.
Y otra.
Entonces la radio zumbó.
Bajo. Sostenido. No era estática.
Pier se quedó quieto.
Ladeó la cabeza.
—Sube el volumen.
—¿Qué? —dijo Michael.
—El volumen. Súbelo.
Michael lo subió.
Una frecuencia de tráfico nocturno. Un locutor hablando del clima. Un accidente en la autopista norte. Y entre las palabras, en los huecos,
algo más.
—…apaga las luces…
—Apaga las luces —dijo Pier.
—¿A esta velocidad? ¿Sin GPS, en una calle que no…?
—Es Él. Apágalas.
Michael miró el retrovisor. Las motos. El haz del helicóptero. Y la oscuridad que vendría si obedecía.
Un segundo.
Dos.
Apagó las luces.
La oscuridad fue total. La calle desapareció. Los edificios. Quedaron el motor, el asfalto bajo las ruedas y la respiración de los tres.
Las motos seguían disparando.
Los disparos seguían, pero ya no encontraban. El haz del helicóptero barrió la zona. Una vez. Dos. Nada.
Las sirenas no se acercaban más.
—…derecha…
—Derecha —dijo Pier.
—No veo nada…
—Derecha. Ahora.
Michael apretó el volante. Todo en él pedía frenar.
Giró.
Las ruedas encontraron el asfalto. La calle siguió. El Suburban no chocó.
El helicóptero siguió recto sobre la avenida principal.
Las sirenas se alejaron.
—…sigan…
—Sigan —dijo Pier.
Michael siguió. A ciegas.
Dalene no decía nada. La respiración cada vez más corta. La mano apretando el pañuelo.
Las motos se fueron quedando atrás. Tres. Dos. Una. Después, solo el motor.
Las balas habían parado.
El helicóptero también.
—…tomen la salida…
—La próxima salida —dijo Pier.
Michael la tomó.
Una rampa. Una calle sin farolas. Sin tráfico. Silencio completo detrás de ellos.
La aguja de combustible casi en cero.
La radio zumbó una última vez.
—…detente…
—Frena —dijo Pier.
Michael frenó.
El Suburban se detuvo en la oscuridad.
Nadie habló.
—Enciende las luces —dijo Pier.
Michael las encendió.
Los faros iluminaron lo que había adelante.
Una bodega. Las ventanas selladas con madera. El letrero de la entrada caído. Una puerta de metal con la pintura descascarada y una cadena vieja.
Los tres se quedaron mirando desde el auto.
—¿Entramos? —dijo Michael.
Nadie respondió.
Pier abrió la puerta. Se bajó. Rodeó el auto hasta el lado del copiloto. Abrió la puerta de Dalene.
Le ofreció la mano.
Dalene la miró un segundo.
La tomó.
Bajaron juntos sin decir nada.
Michael fue el último. Miró la bodega. El camino por donde habían venido. La bodega otra vez.
Entró.