Capítulo 11. Rastros
CAPÍTULO
Rastros
El estudio de Michael tenía tres pantallas.
Las tres encendidas. Las tres con números que llevaban dos horas sin cuadrar.
No era el reporte. El reporte era lo de siempre: mover cifras de una columna a otra para que un auditor tardara tres días en encontrar lo que él escondía en tres horas.
Pero esta noche los números no se quedaban quietos.
Se levantó. Fue a la ventana. Las luces de la ciudad. La casa, grande y en silencio. Una sola persona adentro.
Miró el teléfono.
Anna. Cuatro llamadas sin respuesta. La última, hacía cuarenta minutos.
La pantalla en negro.
Volvió al escritorio. Intentó los números de nuevo.
No pudo.
La bodega seguía ahí. La radio. La voz. El sobre debajo de la mesa, que no tomó. Y Anna, que no contestaba y que no sabía que él había pasado el día encerrado con un hombre armado y una activista que no paraba de hablar.
Cerró las tres pantallas.
Se levantó y bajó al garaje.
* * *
Tenía cuatro autos.
El Mercedes negro para las reuniones. El Range Rover para los fines de semana que ya no existían. Un Porsche que había comprado en un momento que entonces llamó impulso.
Y el último.
Un Suburban negro al fondo del garaje, apartado de los otros tres. Sin brillo. Las ventanas un poco más gruesas de lo normal.
Blindado. Se lo había conseguido un intermediario de Mammon que no hacía preguntas.
Lo había necesitado una vez.
Esperaba no volver a necesitarlo.
Puso la mano en el capó. El metal frío bajo la palma.
El teléfono vibró.
Lo miró.
Giezi.
Lo dejó vibrar tres veces más antes de contestar.
—¿Ya llegaste? —dijo Giezi. Ese tono de preocupación calibrada. Michael lo conocía. Lo había usado él mismo.
—Sí.
—Llevaba un rato llamándote. Jether preguntó por el reporte.
—Mañana lo tiene.
Una pausa breve.
—¿Todo bien, Michael?
Michael miró el Suburban. Las ventanas oscuras. El capó frío.
—Sí —dijo—. Todo bien.
Colgó.
Se quedó en el garaje un momento más. El teléfono en la mano. El silencio de la casa encima.
Luego subió.
Y volvió a los números.
* * *
La carretera a esa hora era casi suya.
Dalene conducía con las dos manos en el volante y la radio apagada. Ya había decidido. Todavía no lo admitía.
El embargo. Las cuentas. El medicamento de Hira.
Un semáforo en rojo. Se detuvo.
En la esquina había un hombre. Abrigo viejo, barba larga, un cartón levantado hacia los autos.
El cartón decía: EL TIEMPO SE ACABA.
Dalene lo miró un segundo más de lo necesario.
El hombre la miró de vuelta. Sin pedir nada. Sin moverse.
El semáforo cambió.
Dalene no se movió de inmediato.
Un segundo. Dos.
Luego aceleró.
Había hecho el camino una sola vez. Lo recordaba entero. La calle industrial. El depósito de contenedores. El callejón de tierra. Ya casi llegaba cuando lo oyó.
Sirenas.
Levantó el pie del acelerador.
Y entonces los vio.
Más adelante, entre los árboles, destellos azules y rojos sobre los charcos.
Apagó los faros. Giró hacia el borde de la carretera y metió el auto entre la maleza sin apagar el motor.
La bodega estaba rodeada.
Vehículos oscuros, sin insignias. Hombres de traje con linternas. Cinta amarilla en la entrada. Y arriba, un zumbido: dos drones sobrevolando el perímetro.
Dalene apagó el motor.
La bodega de esa mañana. La mesa. Las sillas. La radio. Sus huellas en el cemento. En el tubo.
Puso la mano en la manija de la puerta.
Una mano firme se posó en su hombro desde atrás.
Otra le cubrió la boca.
Dalene se tensó entera.
—No hagas ruido.
Baja. Cerca. Sin amenaza. Sin espacio para discutir.
Pier.
Dalene aflojó despacio. La mano se apartó de su boca.
Se giró.
Él estaba en el asiento trasero, los ojos fijos en la bodega a través del parabrisas.
—¿Cómo entraste a mi auto?
Pier no respondió.
Dalene miró hacia la bodega. Un agente salía con una bolsa transparente. Otro hablaba por radio. Las cintas amarillas moviéndose con el viento.
—Nos están buscando —dijo Pier—. A los tres.
Uno de los drones giró despacio sobre el callejón, la cámara barriendo el área sin dejar puntos ciegos.
—Tenemos que irnos —dijo Pier.
—El sobre…
—Ya no está ahí.
Dalene lo miró.
—¿Cómo sabes?
Pier la miró.
—Porque ya no estaba cuando llegué.
* * *
Dalene arrancó sin esperar más.
El auto salió de entre la maleza con las luces apagadas. Las ramas le rasparon el capó. Tomó el camino de tierra en sentido contrario. Cuando los destellos desaparecieron del retrovisor, encendió los faros.
—¿Quiénes son? —dijo—. ¿Qué quieren?
Pier miró por la ventana trasera.
No respondió de inmediato.
—He trabajado en ese mundo toda mi vida. —Una pausa—. Nunca vi algo así.
—Esa gente. Ese equipo. Drones. —Negó con la cabeza—. Eso viene de muy arriba.
Los faros cortaban la oscuridad.
—¿Qué tan arriba?
Pier la miró por el retrovisor.
No contestó.
—Toma la siguiente derecha.
Dalene frenó.
—¿A dónde vamos?
—A ver a Michael.
—¿Por qué?
—Porque van por él. Y tenemos que llegar antes.
Dalene tomó la derecha. La calle más estrecha. Árboles a ambos lados cerrando el espacio.
—¿Cómo sabes dónde vive? —dijo—. ¿Cómo sabes de mí? De él. De todo esto.
—Para eso me entrenaron. Saber dónde vive la gente. Quiénes son. Qué los mueve.
Dalene lo miró por el retrovisor. Un segundo largo.
—Trabajas para gente mala.
—Trabajaba.
—¿Qué diferencia hay?
—Hoy debía ser un hombre muerto. El líder del cartel me envió a matar esta mañana. —Una pausa—. Él me avisó a tiempo. Logré salir.
El auto pasó bajo una farola. Por un segundo, la luz le dio a Pier en la cara. Quieta.
Volvió la oscuridad.
—Entonces eres igual de peligroso que ellos.
—Sí.
—¿Y se supone que confíe en ti?
—No —dijo Pier—. Se supone que conduzcas.
Dalene miró la carretera.
—Yo no tengo nada que ver con Michael. Ni contigo. Lo que necesito lo resuelvo sola. Siempre lo he hecho.
—Para desgracia de los dos —dijo Pier—, esta misión no se puede hacer por separado.
Silencio.
La carretera. El motor. Las ramas golpeando los costados del auto.
Y siguió conduciendo.
* * *
La casa de Michael era exactamente lo que Dalene esperaba de un hombre como él.
Grande. Silenciosa. Un muro de piedra alrededor. Luces de seguridad en las esquinas. Una verja de hierro al frente.
Dalene aparcó a una cuadra.
—Espera aquí —dijo Pier.
Y desapareció en la oscuridad.
Dalene miró el asiento trasero vacío. Luego miró el jardín lateral de la casa. Nada. Ningún movimiento. Ningún sonido.
Como si nunca hubiera estado ahí.
* * *
Michael estaba frente a las tres pantallas cuando escuchó el ruido.
Pequeño. Casi nada.
Pero Michael conocía esa casa de noche. Cada ruido.
Se levantó despacio. Abrió el cajón del escritorio. La pistola estaba donde siempre.
La tomó.
—Lo apuntas y lo único que vas a conseguir es hacerme perder el tiempo.
La voz venía de la esquina de la habitación.
Michael giró.
Pier estaba de pie junto a la ventana. Los brazos cruzados.
—¿Cómo entraste?
—Eso no importa ahora.
—Importa bastante.
—Hay gente que viene por ti —dijo Pier—. Tenemos que movernos.
Michael miró la ventana. La oscuridad afuera.
—¿Quiénes? —Se giró hacia Pier—. ¿Por mí? ¿O por ustedes? Porque hasta esta mañana nadie tocaba mi puerta. Hasta que me senté en esa bodega con ustedes dos.
Pier no respondió.
En ese momento entró Dalene por la puerta de la oficina.
Michael la miró.
—No. —Lo dijo antes de que ella abriera la boca—. Ya tuve suficiente de esto hoy. Los dos fuera de mi casa ahora mismo.
—Escucha…
—He dicho que fuera. ¿Qué quieren de mí? —Los miró a los dos—. Hay dinero en la caja fuerte. Saquen lo que necesiten y váyanse.
—Esto ya no se trata de dinero —dijo Pier.
—Entonces no tengo nada que darles. —Michael se cruzó de brazos—. Tengo trabajo acumulado. Tengo una vida que ustedes dos me complicaron hoy. Así que váyanse. Y no vuelvan.
Dalene levantó una mano.
—Ojalá me tragara la tierra. —Miró al techo—. No me interesa lo que pienses de mí. —Miró a Pier—. Ni lo que pienses tú. Me vuelvo a mi apartamento. Esto lo resuelvo sola.
Pier los miró a los dos.
No dijo nada.
Entonces saltó la alarma.
Un sonido agudo, sostenido, que llenó la casa entera. Las luces de seguridad se encendieron una tras otra.
Michael corrió a la consola de seguridad.
Las cámaras mostraban figuras moviéndose por el jardín. Equipo táctico. Armas largas. La verja de hierro, abierta.
Michael se quedó paralizado frente a la pantalla.
—El garaje —dijo Pier—. Ahora.