La Reunión Capítulo 7. La Primera Vez
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Capítulo 7. La Primera Vez

CAPÍTULO

La Primera Vez

La lámpara lo alcanzó de lleno por primera vez.

Piel oscura, tatuajes subiéndole por el cuello. Una cicatriz larga, de la sien a la mandíbula. Vieja. La mirada fija, sin prisa.

No era un hombre que llegaba a preguntar.

La pistola en la mano derecha. No apuntando. Todavía.

Bajó el último peldaño y pisó el cemento.

Nadie habló.

Los miró. Primero a Michael. Luego a Dalene. Luego a la mesa con las tres sillas y la radio en el centro.

No dijo nada.

* * *

Michael no se movió.

Su cabeza hizo lo de siempre: ordenar.

Mammon tenía enemigos. Veintidós años de adquisiciones. Divisiones enteras reducidas a dos palabras al margen de un expediente. Sindicatos. Exempleados que sabían demasiado. Competidores que lo habían perdido todo.

Cualquiera de ellos podría haber mandado a este hombre.

Y luego, sin buscarla, otra imagen.

El hombre del cartel. La ropa gastada. El dedo apuntándole al pecho.

¡Todo se paga en esta vida! ¡Todo!

Lo había ignorado, como ignoraba todo lo que no le servía.

Y ahora estaba aquí.

Con un hombre armado que no hablaba. Una puerta que no abría. El reloj sin funcionar. Y Anna en casa de su madre, con un mensaje que decía no me llames, y él sin llamar, porque como siempre había decidido que ya habría tiempo después.

¿Y si no había después?

Anna. Debió haberla llamado. Debió haber dicho algo esa noche, cualquier cosa, en lugar de quedarse frente al vidrio mientras ella cerraba la puerta. Su nombre, al menos.

El hombre de la pistola seguía mirándolos sin moverse.

* * *

Dalene no miraba al hombre.

Lo miraba de reojo. Los ojos hacían otra cosa: recorrer las paredes. Las puertas cerradas. Las ventanas tapiadas. El suelo.

El teléfono, sin señal. El maletín, inútil.

No sabía si alguien la había seguido. Ni desde cuándo.

Respiró despacio. Sin que se notara.

Pensó en Hira.

No en la enfermedad. En ella. En sus dedos acariciándole el pelo con las últimas fuerzas.

¿Quién la cuidaría?

No había nadie más. Si ella no salía de aquí, Hira se quedaba sola en esa cama, y nadie le iba a apartar el pelo de la frente.

Dalene apretó los dientes.

No podía morir aquí.

No todavía.

* * *

Los segundos pasaban.

La lámpara dejaba su círculo amarillo sobre las tres sillas y la radio oxidada. El hombre, medio en sombra.

La pistola no se movía.

El silencio tampoco.

Michael fue el primero en hablar.

—¿Qué quieres?

El hombre no respondió.

—¿Quién te mandó? —dijo Dalene.

Silencio.

—Si vas a hacer algo —dijo Michael—, hazlo. Y si no, dinos qué quieres.

El hombre los miró. A uno. Al otro.

Y no dijo nada.

Dalene sintió la impotencia subirle a la garganta. No poder leer a ese hombre era casi insoportable.

Casi.

Volvió a recorrer el cuarto con los ojos. Puertas cerradas. Paredes de metal.

Pero en el suelo, cerca de la pared, había algo. Un tubo. Corto, oxidado. A unos cuatro metros. Más cerca de ella que de él.

Calculó el tiempo que le tomaría llegar a ella.

Calculó lo que pasaría después.

No era un buen plan. Pero era el único.

Michael no miraba el tubo. Miraba al hombre como miraba todo: como variables. Distancia: cinco metros. Una pistola. Si levantaba el brazo, no había dirección segura.

Había pasado veintidós años calculando riesgos. Ahora calculaba el suyo.

Probabilidad de salir por la fuerza: casi cero.

Probabilidad de que alguien los encontrara: imposible de calcular.

Probabilidad de que ese hombre los dejara salir vivos: desconocida. Y lo desconocido era, en ese momento, lo único parecido a una esperanza.

Pensó en Anna.

Solo su nombre. Como un número que no cuadra.

Anna.

El hombre seguía entre la escalera y la mesa, la pistola en la mano.

* * *

Entonces la radio se encendió.

No con el zumbido de antes. Algo más limpio. Una frecuencia que se estabilizó, y después el silencio de algo que está por hablar.

Los tres miraron el aparato.

Nadie respiró.

Y llegó la voz. De hombre. Grave. Como si pesara cada palabra antes de decirla.

—Ya están todos. Era hora.

La radio se apagó.

El silencio que quedó fue el más pesado de todos. No era el de algo que termina. Era el de algo que empieza.

Michael miró la radio. Luego al hombre.

Dalene miró al hombre. Luego la radio. Luego al hombre otra vez.

El hombre no miró la radio.

Tenía los ojos fijos en un punto entre los dos, como quien está entendiendo algo que no esperaba entender hoy.

Y la pistola seguía en su mano.