La Reunión Capítulo 6. Los Convocados
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Capítulo 6. Los Convocados

CAPÍTULO

Los Convocados

La puerta de atrás se abrió y entró la luz gris de la mañana. Después entró ella.

Dalene cruzó con pasos rápidos, el maletín en la mano. Vio a Michael y se detuvo a tres metros.

Michael levantó una mano. No estaba armado.

—Hola. Se me averió el carro afuera y necesito ayuda. ¿Hay alguien más aquí?

Dalene no respondió. Lo midió. Dio un paso hacia él.

—Eres tú.

—¿Perdón?

—Tú eres el que llamó. —Otro paso—. El que dijo que me ayudaría. El que me pidió que viniera aquí.

Michael parpadeó.

—¿Qué? No. Yo no…

—¿Dónde están las cámaras?

—No hay cámaras. No sé de qué hablas.

—No me hagas perder el tiempo. —La voz del podio—. Me llamaste semanas. Semanas. Y yo, como tonta, contesté. Me dijiste que viniera, que aquí me ibas a ayudar. Así que dime qué es esto.

* * *

La puerta trasera se cerró de golpe.

Sonó como un disparo. Dalene giró. No había nadie. La manija no se movía. Cuando volvió a mirar a Michael, ya no era la mujer del podio.

Retrocedió un paso.

—¿Qué hiciste?

—Nada. —Michael miró la puerta—. La mía también se cerró. Hace diez minutos. Antes de que llegaras.

—No te creo.

—No te estoy pidiendo que me creas. Te estoy diciendo lo que pasó. —Una pausa—. Pruébalo tú misma si quieres.

Dalene no se movió. No le iba a dar la espalda a un desconocido en un lugar cerrado. Los ojos buscaban ventanas, salidas.

—No tengo tiempo para esto —dijo—. Tengo cosas que hacer. Necesito salir.

—Bienvenida al club.

—¿Qué?

—Que yo también necesito salir. —Michael sacó el teléfono. La pantalla era pura estática—. Sin señal. Puertas cerradas. Llevo veinte minutos aquí y no encontré ninguna salida.

* * *

Luego miró su reloj.

Se detuvo.

Las manecillas iban y volvían, como una brújula cerca de un imán.

En veintidós años no había llegado tarde una sola vez. Y ahora no sabía ni qué hora era.

Guardó el teléfono de mal modo.

—Si encuentras una salida —dijo—, avísame.

Dalene sacó el suyo. Sin señal. Lo guardó sin decir nada.

—Michael Lewin —dijo él.

Dalene no le dio el suyo.

—No hace falta —dijo Michael—. Te he visto en las noticias. Dalene Marsh. La del Capitolio.

Ella no lo negó.

* * *

Dalene se quedó de pie, los brazos cruzados, revisando las paredes. Las puertas. El techo.

Pensó en la gente que quería hundirla. Un periodista. Un senador. Dos hombres que la habían seguido hasta el estacionamiento en febrero.

Cualquiera de ellos podría haber montado esto.

Cualquiera de ellos tenía razones.

—Como tonta —dijo, sin mirar a Michael—. Como completa tonta.

Michael no dijo nada.

—Un número desconocido que no debí contestar. —Se rio, sin ganas—. Que no habría contestado nunca. —Se pasó una mano por el pelo—. Pero se escuchaba tan…

Se detuvo.

Michael esperó.

—Real. Se escuchaba real. Como si supiera. Como si de verdad pudiera…

No terminó la frase.

Una lágrima. Solo una. No se la limpió.

* * *

Michael la miraba en silencio.

—Yo recibí las mismas llamadas —dijo.

Dalene levantó la vista.

—¿Qué?

—Semanas. El mismo número. La misma voz. Un hombre. Grave. Como si te conociera antes de que contestaras. No le hice caso. Después me llegó un mensaje con una dirección. Lo borré. —Una pausa—. Y aun así terminé aquí.

Dalene lo miraba sin parpadear.

—¿La misma voz?

—Sin explicación posible. —Michael la miró—. ¿Me equivoco?

No se equivocaba.

Dalene no lo dijo. No hizo falta.

* * *

Entonces la radio empezó a sonar.

Un zumbido de golpe, fuerte, que se metía en el pecho. Michael giró la cabeza hacia el aparato.

—Como en mi sueño —dijo.

—¿Qué sueño? —dijo Dalene.

Michael no respondió. Seguía mirando la radio.

El zumbido creció.

Más fuerte. Vibraban las paredes de metal, las vigas, el cemento bajo los pies. Dalene retrocedió un paso. Michael no se movió.

Y entonces se apagó.

De golpe.

El silencio que quedó pesaba más que el de antes.

Los dos respiraron.

Dalene fue la primera en hablar.

—Tiene que haber una manera de salir de aquí. —Más bajo, pero firme—. No te conozco. No sé quién eres. Y no quiero que te me acerques.

Michael abrió la boca para responder.

No llegó a hacerlo.

* * *

Desde arriba, un sonido metálico. Regular. Deliberado.

Clink. Clink. Clink.

Los dos levantaron la vista. Arriba, entre las vigas, una figura bajaba por una escalera de metal. Despacio. En cada peldaño, el cañón de una pistola golpeaba el barandal.

Clink.

Paso.

Clink.

Paso.

Michael retrocedió. Dalene no. Se quedó donde estaba, los pies plantados, la mandíbula apretada.

Clink.

Paso.

Clink.

La figura llegó al último peldaño y se detuvo.

Alto. Ancho de hombros. La cara todavía en sombra. La pistola en la mano derecha, colgando, como quien lleva unas llaves.

Nadie habló.

El hombre los miró. Primero a Michael. Luego a Dalene. Luego a la mesa con la radio y las tres sillas bajo la lámpara.

Algo le cambió en la cara. Muy poco.

Bajó el último peldaño y pisó el cemento.

Los tres se miraron bajo la lámpara.

La radio zumbaba.