Capítulo 5. La Bodega
CAPÍTULO
La Bodega
El primer signo fue el frío.
No el frío de la mañana. El del cemento bajo los pies descalzos. Michael caminaba sin decidirlo. Llevaba el traje de siempre. La camisa blanca sin una arruga. Ningún zapato.
Todo estaba oscuro, salvo una lámpara colgando en el centro de la nave. Un círculo de luz amarilla sobre el cemento. Fuera del círculo, nada.
Bajo la lámpara, una mesa.
Madera sin barniz. Tres sillas. Y en el centro, una radio vieja, oxidada.
La radio zumbaba. No se oía: se sentía en el pecho.
—Michael —dijo la voz.
No era una voz que conociera. Grave. Sin prisa.
Dio un paso atrás. No había puerta. O sí, pero no donde debía estar.
—¿Me oyes, Michael?
El sudor le corría por el cuello. Aun así, dio un paso hacia la mesa.
—Acércate. Te he estado llamando.
La lámpara se movió. Las tres sillas empezaron a temblar.
La oscuridad se cerró detrás de él. Algo lo agarró por los hombros.
No eran manos. Eran sombras. Frías.
Muy cerca de la oreja, un susurro:
Ya es muy tarde.
No supo si lo había oído o si lo había pensado.
—¡Michael! ¡Despierta!
Las sombras quisieron retenerlo. Michael miró hacia abajo. Bajo sus pies descalzos, el cemento se encendía.
La luz ya lo había alcanzado.
* * *
Despertó con un tirón eléctrico.
La sábana empapada. La boca seca. El reloj marcaba las 5:27. Respiraba como si hubiera corrido.
Anna no estaba. Del lado de ella, la almohada intacta.
En la mesa de noche, el celular. Un mensaje de la 1:43.
Estoy donde mi madre. No me llames.
Nada más.
Lo leyó dos veces. Bloqueó la pantalla. Alineó el teléfono con el borde de la mesa de noche.
* * *
El día empezó como siempre.
Ducha a 42 grados. Camisa blanca. Gemelos. Corbata azul marino, el nudo perfecto.
El café, medido al gramo. Mientras caía, Michael miró el remolino en la taza y por un momento no pensó en nada.
En la televisión, imágenes de la noche anterior: cinta policial, patrullas, una ambulancia.
Otra noche de sangre en el distrito financiero. Autoridades confirman tres nuevos asesinatos selectivos. Sin sospechosos. Sin motivos.
Michael no miró la pantalla.
Bebió el café. Le quemó la lengua.
El celular, boca abajo junto a la taza. No lo miró.
Tomó las llaves y salió.
* * *
La autopista estaba vacía esa mañana. Michael aceleró. El cielo, cerrado, sin amanecer.
Más adelante, barricadas naranjas.
CARRIL CERRADO. DESVÍO.
El GPS lo mandó por una carretera secundaria que nunca había tomado. Angosta. Muros de concreto. Baches.
Entonces llegó el sonido.
No era el motor. Era la radio: un chasquido, otro, en serie. Cambió de emisora. Todas sonaban igual.
El tablero parpadeó.
FALLA DEL SISTEMA.
El GPS se apagó y revivió con una sola línea:
SIN RUTA.
El volante se le resistió. Apenas.
El auto tosió, dio un tirón seco, y se apagó en plena recta.
Pisó el freno, pero el pedal no respondía. El auto se detuvo solo, a un costado. El silencio fue total.
Afuera empezó a llover fuerte. Solo el reloj del tablero seguía funcionando.
Michael apoyó ambas manos en el volante y cerró los ojos.
Sacó el celular. Pantalla negra. Lo guardó.
Al otro lado de la carretera, detrás de la lluvia, había un galpón. Paredes de metal oxidado. Ventanas tapiadas.
Michael enderezó la espalda. Se ajustó el nudo de la corbata. Cruzó la carretera.
La reja estaba abierta. La puerta del galpón también. Una puerta chica, con la pintura descascarada.
Se asomó. Adentro estaba oscuro. Olía a óxido y a madera podrida.
Entró.
Al fondo, algo se movió. Una sombra. Cruzó y desapareció.
Alguien.
—¡Hola! —Avanzó rápido—. ¿Hay alguien aquí? Se me averió el carro. Necesito un teléfono.
Nadie respondió.
—Tengo dinero.
Su voz rebotó en las paredes de metal y volvió sin fuerza.
Siguió avanzando. Cemento. Oscuridad.
Entonces, unos metros más adelante, se encendió una luz.
Una sola lámpara, colgando. Un círculo amarillo sobre el cemento.
Y debajo, una mesa.
Michael se detuvo.
Madera sin barniz. Tres sillas. Y en el centro, la radio vieja, oxidada.
Igual que en el sueño.
Buscó una explicación. No encontró ninguna.
Detrás de él, la puerta se cerró de golpe.
El golpe sonó como un disparo. Michael giró. Probó la manija. No cedía. Empujó con el hombro. Nada.
Se giró de nuevo hacia la mesa.
La radio zumbaba. Apenas.
Michael retrocedió hasta chocar con la pared. El traje planchado. Los zapatos lustrados. Y nada bajo control.
Entonces, al fondo, apareció la luz.
La puerta de atrás se abría. Un rectángulo de luz gris. Y en la luz, una silueta.
Una mujer. Quieta un momento, midiendo lo que tenía enfrente.
Michael no dijo nada.
La silueta tampoco.
La puerta se cerró detrás de ella, y la oscuridad se tragó todo menos la lámpara, la mesa, las tres sillas y la radio, que zumbaba como si llevara años esperando que alguien se sentara.