Capítulo 4. La Impotencia
CAPÍTULO
La Impotencia
El hospital olía a cloro.
En urgencias, un muchacho sangraba sobre una camilla. Un viejo vomitaba en una bolsa. Dalene pasó entre los dos sin mirarlos.
Todavía llevaba el blazer del Capitolio, con el pin de la campaña en la solapa. El maletín en una mano. La otra, en el bolsillo, cerrada.
Firmó el libro de visitas y siguió por el pasillo de Oncología. Contó las puertas de memoria. 302. 304. 306.
Frente a la última dejó el maletín en el suelo. Apoyó la palma en el marco. Empujó.
* * *
Paredes blancas. Una lámpara apenas encendida. Hira en la cama, pálida como la sábana, el pelo rizado hacia atrás. El suero entrándole por el brazo.
Dalene no la tocó de inmediato.
Primero revisó el gotero. Leyó el nombre en la etiqueta: amifostina. Quedaba menos de un cuarto de bolsa. Hizo la cuenta de lo que costaba la siguiente.
Solo entonces se sentó en el borde de la cama.
Le acomodó la almohada. Le apartó el pelo de la frente. Le puso bálsamo en los labios resecos, con dos dedos, despacio.
Miró el monitor. Los números estaban más bajos que ayer.
Le tomó la mano y se quedó quieta, escuchando las máquinas.
Hira abrió los ojos apenas.
—Pensé que no vendrías —murmuró.
—No tenía a dónde más ir —dijo Dalene.
Hira intentó sonreír. El gesto quedó a medias.
Dalene no dijo nada más. Se quedó mirándole el perfil.
* * *
La puerta se abrió sin previo aviso.
Entró el médico. Gafas colgando del cuello. No saludó. Miró los monitores y después a Dalene.
—¿Familia?
—Pareja.
—La amifostina alcanza para una semana más. Diez días, quizás. Después hay que empezar otro ciclo.
Dalene ya había hecho la cuenta.
—¿Cuánto?
El médico dijo la cifra.
Dalene no cambió de cara.
—El seguro no lo cubre —dijo ella. No era una pregunta.
—No está en la lista de medicamentos esenciales. Lo siento. Si hay algún familiar que pueda ayudar…
—Ya lo intenté todo —dijo Dalene.
El médico salió.
Quedaron solas.
Hira giró la cabeza hacia ella.
—Te amo —dijo. Casi sin aire.
Dalene quiso contestar. No le salió la voz.
* * *
Se levantó. Sacó del basurero un frasco vacío, con la etiqueta todavía pegada. Lo miró contra la luz.
—Sin subsidio. Sin apelación. Nada.
Abrió el maletín y sacó todo sobre la mesa: facturas, contratos del seguro, tres cartas de rechazo, una transferencia fallida. Los ordenó. Los volvió a ordenar.
Se dejó caer en la silla junto a Hira y apoyó la frente en su mano. Los hombros empezaron a temblar. Sin ruido.
Las máquinas seguían respirando por Hira.
Entonces la mano de Hira se movió.
Apenas. Los dedos encontraron el pelo de Dalene y lo acariciaron, una vez.
Dalene cerró los ojos.
* * *
Salió al pasillo.
La puerta de la 306 se cerró detrás de ella. El pasillo estaba vacío, salvo por una enfermera al fondo.
Dalene dio tres pasos.
Se sentó en el suelo.
Las piernas ya no la sostenían. Se quedó con la espalda contra la pared, las rodillas contra el pecho, el blazer todavía puesto. Y lloró.
Sin la voz del podio. Sin nadie mirando.
Entonces lo escuchó.
Un teléfono. Al fondo del corredor. Sonando una vez.
Dos veces.
Dalene no se movió.
Tres veces. Cuatro.
Más alto.
Más alto.
Más alto.