Capítulo 3. La Convocatoria
CAPÍTULO
La Convocatoria
La casa estaba en silencio. El silencio de todo lo que no se había dicho.
Michael entró pasada la medianoche. Anna estaba junto a la ventana con una carpeta en la mano. La conversación ya había empezado sin él.
Se quitó la corbata y la dobló en cuatro, exacta, sobre el respaldo de una silla. Solo entonces levantó la vista.
En la mesa había dos copas servidas. Ninguna tocada.
—Supuse que me lo dirías si era urgente.
Anna se rio por lo bajo. Un sonido hueco.
—Olvidaste que hoy era la cita.
No era una pregunta.
—Tuve un día complicado.
Anna soltó la carpeta sobre la mesa. Salieron dos folletos y una hoja con gráficos. Michael fue a recogerlos. Ella lo detuvo con la mano.
—No los toques. Ya los leí.
—¿Y?
Anna se giró. Los ojos brillantes, pero secos.
—Tercer ciclo. Respuesta nula. No recomiendan un cuarto. ¿Te traduzco o te alcanza con las palabras?
Michael respiró hondo.
—Eso ya lo sabíamos desde hace meses.
Anna dobló los folletos hasta hacerlos un cuadrado y lo aplastó contra la mesa con el puño.
—No. Lo sospechábamos. Ahora lo sabemos. Y tú ni siquiera estuviste ahí para escuchar cómo lo dicen en voz alta.
* * *
Michael se acercó a ella.
—¿Qué querías? ¿Que llorara en la sala de espera? Siempre hay opciones. Segundas opiniones. Terapias…
—No va a haber próxima. —Anna alzó el papel arrugado—. Eso dicen aquí. Se acabó.
Michael bajó la mirada.
—Es cuestión de negociar con…
—Eso es lo que te gusta —dijo Anna—. Negociar con la realidad hasta que se doble.
—¿Y tú prefieres rendirte?
—No prefiero nada. Estoy cansada.
Se dejó caer en la butaca, la frente en la mano.
Michael empezó a ordenar los papeles sueltos. Alineaba bordes. Aplanaba esquinas. Anna se los arrancó de la mano. Uno se rompió. Michael se quedó con medio gráfico entre los dedos.
—¿Por qué haces esto? —dijo Anna—. ¿Por qué insistes en limpiar lo que está roto?
Michael abrió la boca. No le salió nada.
—¿Por qué lo preguntas ahora? ¿Por qué no cuando teníamos alguna posibilidad?
Anna ladeó la cabeza.
—Porque antes creía que lo hacías por nosotros. Ahora veo que solo lo haces por ti.
—¿Y tú? ¿Por quién haces todo este teatro?
—¿Teatro? —Anna se levantó—. Soy la que va a perderlo todo, Michael. No tú. Tú siempre sigues.
—¿Perder qué?
Michael golpeó la mesa con la mano abierta. Las dos copas cayeron y se rompieron contra el piso.
—¡Dilo de una vez!
* * *
—No tener hijos no es lo que más duele. —Anna bajó la voz—. Lo que más duele es verte en lo que te has convertido.
Michael la miró un segundo largo.
—No sabes de lo que hablas.
—Sé exactamente de lo que hablo. Jether te llama y corres. Yo te llamo y apagas el teléfono. Hace ocho años me prometiste algo. ¿Recuerdas qué fue?
Michael no respondió.
—Yo sí lo recuerdo. —Anna se acercó un paso—. Y él te tiene a ti recordándolo cada vez que firmas algo sucio. Cada vez que escribes división no esencial y cierras la carpeta. Te tiene donde quiere. Y tú lo sabes. Y aun así vas.
Dio un paso hacia ella.
Anna no retrocedió.
* * *
Sonó el teléfono fijo. Un aparato viejo que nadie usaba. Michael, todavía frente a Anna, no pudo moverse durante dos timbrazos. Anna se llevó una mano a la garganta.
El teléfono seguía sonando. Sin apuro.
Michael fue hasta la mesilla y levantó el auricular. Negro, pesado.
—¿Hola?
Una pausa.
—¿Quién es?
Otra pausa.
—¿Cómo consiguió este número?
Le cambió la cara.
—¿Qué…?
Apretó la mandíbula. Dio un paso atrás.
—No entiendo… ¿quién…?
Y se quedó completamente quieto.
Clic.
Michael colgó despacio, con cuidado, como si algo se le pudiera escapar.
Anna lo miraba desde el pasillo.
—¿Quién era?
Michael no respondió.
Caminó hasta la ventana y apoyó la frente contra el vidrio.
Los pedazos de las copas seguían en el piso. No los recogió.
Anna recogió su bolso en silencio.
—Me voy esta noche —dijo—. No sé a dónde. Pero esta noche no me quedo aquí.
Michael no se giró.
Escuchó la puerta abrirse. Escuchó la puerta cerrarse.
Y se quedó solo, la frente contra el vidrio frío, mirando una ciudad que seguía moviéndose como si nada.