Capítulo 8. La Voz Revelada
CAPÍTULO
La Voz Revelada
El silencio duró lo que Dalene tardó en decidir que ya había tenido suficiente.
Llevaba horas aguantando. El número desconocido. La dirección. La puerta que no abría. La radio. Y ahora este hombre con una pistola, que no pensaba explicar nada.
Pensó en Hira.
Se agachó despacio, sin quitarle los ojos de encima. Los dedos encontraron el tubo en el suelo. Frío. Más corto de lo que hubiera querido.
Se levantó con él en la mano.
—¿Quién te crees que eres? —El tubo apretado contra el costado—. Parado ahí con esa pistola, sin decir una palabra. ¿Y qué? ¿Nos quedamos aquí mientras tú decides lo que nos pasa? —Un paso hacia él—. Yo tengo a alguien que me necesita. Así que o hablas ahora mismo…
El hombre la miró.
Al tubo. Luego a ella.
No dijo nada. Como si el tubo no existiera.
El arma subió.
Rápido. El clic del martillo fue el único sonido en la bodega.
El hombre apuntaba a Dalene.
Sin expresión. Sin temblor. Como quien ya lo ha hecho antes.
Michael no respiró.
Dalene tampoco. El tubo en la mano, de pronto inútil. Los ojos en el cañón.
La radio se encendió.
—Pier.
Solo su nombre.
El hombre no se movió de inmediato.
Un segundo. Dos.
—Siéntense.
Nadie se movió.
La radio se apagó.
Pier bajó el arma despacio. Miró a Dalene. Luego a Michael. Luego a las sillas.
—Siéntense.
No lo dijo enojado. No amenazó. No lo iba a repetir una tercera vez.
Dalene soltó el tubo.
Cayó al cemento con un sonido seco.
Se sentaron.
* * *
Nadie habló.
Michael miraba la mesa. Dalene miraba a Pier. Pier miraba un punto en el cemento.
La pistola seguía en su mano. Cerca. No apuntando.
Dalene tenía el pulso acelerado. No lo iba a mostrar.
El tiempo pasó.
No mucho. Pero suficiente.
Entonces la radio se encendió.
—Los traje aquí porque ninguno llegó solo. Vinieron porque algo no funcionaba. Porque hay una grieta en la vida que construyeron.
Michael apretó la mandíbula. Dalene no dijo nada.
—Sin embargo. No los traje para explicarles eso. Ustedes ya lo saben.
—Hay algo que debe encontrarse. Una misión. Y ustedes son los únicos que pueden ir por ello.
—¿Por qué nosotros? —dijo Dalene. No era una pregunta. Era una exigencia.
—Cada uno tiene una llave que abrirá una sola puerta.
—¿Qué llave? —dijo Michael.
—Eso también lo descubrirán solos.
Dalene miró a Pier. Miró el arma. Le empezaron a temblar las piernas.
—No. —Primero bajo. Después más firme—. No.
Michael la miró.
—Tranquila.
—¿Tranquila? ¿Me estás pidiendo que me tranquilice? ¿Aquí? ¿Ahora?
—Dalene…
—Estoy en una bodega. —La voz se le quebraba—. Llevo horas aquí sin saber qué hora es, sin señal, sin que nadie sepa dónde estoy. Un hombre me apuntó a la cara hace dos minutos. Esto es un secuestro, Michael. Nos está secuestrando una radio.
Michael abrió la boca.
No encontró nada que decir que no fuera verdad.
La radio se encendió.
Dalene se inclinó hacia el aparato. No gritó. Fue peor.
—No puedo pensar. ¿Entiendes eso? No puedo procesar nada de lo que dices, porque llevo no sé cuánto tiempo con un sicópata apuntándome a la cara en una bodega que huele a humedad.
La voz tardó un momento.
—Lo sé.
Dalene abrió la boca. La cerró. Miró la mesa.
—Pier también fue llamado. Como ustedes dos. —Una pausa—. El arma no era parte del trato.
Pier los miró. A Dalene. A Michael. De arriba abajo.
Tomó el arma.
La guardó.
—Gracias, Pier.
* * *
Pier los miró. Primero a Dalene. Luego a Michael.
Miró la radio.
—Aún no entiendo por qué con ellos.
El silencio que siguió sonó exactamente como ya lo entenderás.
Dalene miró la radio. Luego miró a Pier.
Y se rio.
No era alivio. Era lo único que le quedaba.
—Increíble. Vine aquí porque una voz me prometió algo. Me encierran en una bodega. Un asesino me apunta con un arma. Y ahora la misma radio le pide que la guarde y que me vaya a una misión con él y con un oficinista, sin ofender. —Se levantó—. Yo no debería estar aquí. Ninguno de los dos.
Se quedó de pie un momento, como esperando que alguien le diera la razón.
Nadie lo hizo.
Michael se puso de pie de golpe. La silla raspó el cemento.
Se abotonó el saco. Despacio.
—Ya estuvo. Interesante experiencia. La radio, el propósito misterioso.
—Miró a Dalene. Luego a Pier—. Me encerraron con una activista que no para de hablar y con un hombre con una cara que asustaría a un cartel.
Con todo respeto. —Recogió el teléfono—.
Tengo una empresa. Tengo contratos. Tengo gente que me espera. Así que mándenme la factura.
* * *
La radio se encendió.
—Ustedes están aquí porque necesitan algo. —Una pausa—. Hoy pueden conseguirlo. Una misión. Al terminarla, cada uno recibirá lo que vino a buscar. —Una pausa más larga—. Mañana, su mundo ya no va a ser el mismo.
Las puertas se abrieron.
Las dos. Al mismo tiempo. Sin que nadie las tocara.
La luz de la tarde entró de golpe.
—Hoy pueden decidir. Si se quedan, hay un sobre debajo de la mesa.
La radio se apagó.
Dalene miró debajo de la mesa. El sobre estaba ahí.
No pensó en la misión. Pensó en Hira. En los días que le quedaban.
—Yo no trabajo con nadie. —No los miró—. Nunca lo he hecho. Lo que necesito lo consigo sola.
Salió.
Michael la vio irse.
Miró el sobre.
Pensó en Anna. En todo lo que nunca habían podido tener.
Se abotonó el último botón del saco.
—Yo no tengo tiempo para esto.
Caminó hasta la puerta. Se detuvo en el umbral, la mano en el marco.
Detrás quedaban la radio. La mesa. El sobre debajo.
Soltó el marco.
Y salió.
* * *
Al llegar a la calle Michael se detuvo.
Su auto estaba ahí, enganchado a una grúa. El operario esperaba adentro.
Michael miró la grúa. Miró su auto. Miró al operario.
—¿Quién la mandó?
El operario se encogió de hombros.
—Solo sé la dirección, señor.
Michael miró el callejón. Después la grúa.
Subió.
No porque quisiera. Porque sabía que eso tampoco era una coincidencia.
* * *
En la bodega, la radio soltó estática un momento.
Luego nada.
Pier se levantó.
Salió por la puerta lateral.
Desde ahí los vio a los dos.
Michael subía a la grúa, tieso. Dalene caminaba hacia su auto con el maletín apretado bajo el brazo.
Los observó un momento.
Luego se puso el casco, arrancó la moto y salió a la calle.
Pasó frente a Dalene sin detenerse.
Ella lo vio. Él lo sabía.
No giró la cabeza. Solo bajó la velocidad un instante.
Luego aceleró.
Y desapareció en la primera esquina.