Capítulo 1. El Corrupto
CAPÍTULO
El Corrupto
El carrito de hot dogs de Armenio estaba en la esquina de la calle cuarenta y tres desde antes de que existiera el edificio de Mammon Group. Era de lo poco en esa cuadra que nadie había comprado todavía.
Michael llegó a las siete y cuarenta y dos, como todos los días.
—Lo de siempre —dijo, sin detenerse del todo, acomodándose el nudo de la corbata—. Mostaza solo en la mitad izquierda. Sin cebolla.
Armenio ya lo estaba preparando. Michael miró el reloj. Se acomodó el puño de la camisa. Esperó.
Fue entonces cuando el hombre se acercó.
Tendría unos cincuenta años. La ropa gastada. La mandíbula apretada. Del cuello le colgaba un cartel hecho a mano: MAMMON ME ROBÓ LA VIDA.
Se plantó frente a Michael y no bajó la voz.
—¡Usted trabaja para ellos! —Su dedo apuntaba directo al pecho de Michael—. ¡Su gente me quitó todo! ¡Mi empresa, mi casa, veinte años de trabajo! ¡Todo!
Algunas cabezas giraron en la acera. Armenio dejó de moverse detrás del carrito.
—¡Conteste! ¡Ustedes nunca tienen nada que decir delante de la gente que destruyeron!
La mandíbula de Michael se tensó. Sus ojos permanecieron fijos en el carrito.
—Hoy no —dijo.
—¿Hoy no? —El hombre dio un paso adelante—. ¡Para mí no hay un mañana! ¡Ustedes se aseguraron de eso!
Michael tomó el hot dog, extendió un billete hacia Armenio sin mirarlo y se giró.
—Quédese con el cambio.
—¡No me dé la espalda! ¡Cobarde! —La voz se le quebró—. ¡Todo se paga en esta vida! ¿Me oye? ¡Todo se paga en esta vida!
Michael caminó hacia el edificio sin volver la vista. Los gritos se fueron quedando atrás, mezclados con el tráfico.
El hombre del cartel no lo siguió. Se quedó ahí, mirándole la espalda.
* * *
El lobby de Mammon Group era de mármol. Los zapatos sonaban en él como en una iglesia.
Michael lo cruzó como todos los días.
Tres hombres de traje se daban la mano junto a la columna central. Uno de ellos le guiñó un ojo.
Michael asintió. Siguió caminando.
Pasó su tarjeta por el lector del elevador privado. Las puertas se cerraron.
El mundo de abajo desapareció.
* * *
El piso treinta y ocho era su ecosistema natural.
Ahí todo estaba en su lugar. Cada persona, cada carpeta, cada número.
Alineó los documentos sobre el escritorio. Puso el bolígrafo paralelo al borde. Abrió el expediente en la página correcta.
Revisó los números. Circuló una sección en la página cuatro.
Escribió al margen: División no esencial.
Dos palabras. Cuatrocientos puestos de trabajo. La misma caligrafía de siempre.
Siguió leyendo.
* * *
A las ocho en punto Giezi entró sin llamar, como siempre.
Traía dos cafés y una sonrisa que gastaba demasiado. Era delgado, de unos treinta y cinco años, con unas manchas pálidas en la piel que en la oficina todos habían aprendido a no mirar.
Dejó el café sobre el escritorio y no se fue.
Se quedó de pie, mirando los papeles del escritorio. Giezi podía leer un balance al revés desde un metro y medio.
—¿Ya cerraste el contrato? —dijo, inclinándose apenas hacia los papeles.
—Esta mañana.
—Claro. Siempre el primero. —Tomó su café—. ¿Sabes lo que dicen en el piso cuarenta y dos?
Michael no respondió. Giezi iba a decirlo igual.
—Que cuando Jether tiene un problema que nadie más puede resolver, escribe un nombre. —Una pausa—. Siempre el mismo nombre.
—Giezi.
—¿Qué?
—Tus ojos están sobre mi carpeta número tres.
Giezi levantó la vista. Sonrió. No se disculpó.
—Costumbre profesional.
—Cierra esa carpeta cuando salgas.
—Claro. —Ya en la puerta, se giró—. Ah. Jether quiere verte.
—¿Cuándo?
Giezi sonrió.
—Creo que el cuándo era ahora.
Y salió. Cerró la puerta sin hacer ruido.
* * *
En la sala de reuniones, detrás del vidrio, cuatro hombres escuchaban una presentación. Dos eran de Mammon. Uno era un regulador del gobierno que no debía estar ahí. El cuarto llevaba traje gris y estaba de espaldas.
El que presentaba lo vio pasar y levantó el mentón.
Michael levantó dos dedos a modo de respuesta y siguió caminando.
No necesitaba saber más. Su trabajo era que los números de después no levantaran preguntas. Nadie en el edificio lo hacía mejor. Por eso seguía ahí. Y por eso no podía irse aunque quisiera.
Aunque quisiera.
Entró al elevador.
* * *
El piso cuarenta y dos era más silencioso que el resto. Más frío. La alfombra más gruesa.
La asistente de Jether lo hizo pasar sin anunciarlo.
Jether estaba junto a la ventana, de espaldas, mirando la ciudad. Unos sesenta años. Grande. Un traje que costaba más que el auto de Michael.
Se giró cuando escuchó la puerta.
—Michael. Siéntate, por favor.
Michael se sentó.
Antes de sentarse, Jether le puso una mano en el hombro. Un segundo más de lo cómodo.
—¿Cómo está Anna? —dijo.
Michael no cambió de expresión.
—Bien.
—Bien. —Jether lo repitió como si lo pesara—. Me alegra. Un hombre necesita tener la casa en orden para rendir como tú.
Michael no respondió.
Jether abrió una carpeta.
—¿Y el contrato?
—Terminado esta mañana. Los números están limpios.
—¿Limpios o limpios? —dijo Jether, y sonrió.
—Limpios. Nadie va a encontrar nada.
Jether asintió.
—Eso me gusta de ti. Nunca tengo que explicarte dos veces. —Se recostó—. Hay otro. Llegó esta mañana. Más delicado.
—¿Cuánto más delicado?
—Lo suficiente para que solo tú puedas manejarlo.
Michael conocía esa frase. Quería decir que el trabajo era sucio. Que si salía mal, el que había firmado era él.
Lo había entendido la primera vez que lo escuchó, tres años atrás.
Seguía aceptando de todas formas.
—Mándamelo esta tarde —dijo Michael.
—Ya está en tu escritorio.
Jether sonrió como quien ya cerró una puerta y sabe que el otro todavía no se dio cuenta.
* * *
De vuelta en su oficina, el expediente nuevo lo esperaba sobre la silla.
En el extremo del escritorio, su teléfono personal tenía una notificación.
Cuatro llamadas perdidas. Número desconocido.
Michael miró la pantalla un momento. Luego dejó el teléfono boca abajo y volvió al expediente.
* * *
Las horas pasaron. El contrato nuevo era complicado, y a Michael eso le gustaba.
El piso se fue vaciando. Afuera, la ciudad se encendió.
Siguió trabajando.
Fue el teléfono lo que lo interrumpió.
No vibró. Sonó. Fuerte, en la oficina vacía. Número desconocido. Intentó silenciarlo. La pantalla no respondió.
Cortó la llamada manualmente.
Tres segundos después volvió a sonar.
Lo cortó otra vez. Entonces llegó un mensaje.
Lo leyó dos veces.
MICHAEL. NECESITAMOS HABLAR. VEN A ESTA DIRECCIÓN.
Debajo, una ubicación. Una dirección que no conocía.
Escribió con los pulgares:
Está equivocado. Deje de llamar.
Envió el mensaje. Dejó el teléfono sobre el escritorio.
Levantó la vista al reloj de la pared.
Las once y cuarenta y siete de la noche.
El café frío. Los números a medio terminar. Y un mensaje de Anna de las nueve, sin abrir.
Lo abrió.
Supongo que otra vez llegarás tarde.
No era una pregunta.
Guardó los documentos en el cajón con llave. Tomó el saco. Apagó la lámpara.
Salió sin responderle a Anna.
* * *
Esperando el elevador, miró el teléfono una última vez. La ubicación seguía ahí.
La borró.
Mientras bajaba los treinta y ocho pisos, se acordó del hombre del cartel. De sus ojos.
Mammon me robó la vida.
En el lobby, el mármol y el eco. Caminó hacia su auto como siempre.
Pero esa noche, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió cómodo en su propia piel.