La Restauradora Capítulo 29
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Capítulo 29

Le he subido los cuatro cuadros restaurados a Bruno el sábado a Madrid.

Los entregué en su casa a primera hora. Una casa de la calle Almagro, tercero.

Una vivienda pequeña, ordenada, sin demasiado mobiliario.

Tiene un pasillo largo con una pared que ya estaba preparada para los cuatro cuadros.

Los colgó él mismo, con un nivel y un martillo, mientras yo le ayudaba a sujetar.

Cuando los cuatro estuvieron colocados, retrocedió tres pasos. Los miró.

— Cuatro.

— Cuatro.

— ¿Vamos a comer?

— Vamos.

Comimos cerca, en un sitio sencillo. Hablamos de mi padre.

De la mujer con la que él lleva ocho años, que se llama Helena con hache, periodista cultural, treinta y nueve años.

Bruno me contó que en otoño se irá a vivir con ella.

Le dije "felicidades, Bruno". Bruno asintió.

Me preguntó por Adrián. Le dije que Adrián está bien, que el divorcio lo estamos llevando despacio y por las buenas.

Me preguntó por Tomás. Le dije que Tomás llama cada semana ahora.

Volví a Cuenca el domingo. Hoy es lunes y vengo a Pozuelo, a la residencia, a ver a mi padre.

Cojo el AVE de las nueve. Llego a la estación de Atocha. Cojo el Cercanías. Llego a la residencia a las once y media. La recepcionista, una mujer de mi edad, ya me conoce, me sonríe.

— Lucía.

— Buenos días, Marina.

— Tu padre está bien hoy. Estaba escribiendo.

— Bien.

Subo. Cuarto piso. Habitación catorce. Llamo.

— Pasa.

Entro. Mi padre está en el sillón junto a la ventana, con la libreta en el regazo y la pluma en la mano. Tiene gafas nuevas. La asistenta de la residencia le ha cortado el pelo la semana pasada. Está más arreglado que la última vez que lo vi.

— Papá.

— Hija.

Le beso. Me siento en el sillón de enfrente. Mi padre cierra la libreta. Deja la pluma.

— ¿Cómo está la libreta?

— Cuarenta y siete páginas.

— Has escrito mucho en seis semanas.

— Tengo tiempo, Lucía.

Sonrío.

Le cuento de Bruno. De los cuatro cuadros entregados en Madrid. De la sala que ha preparado en su casa de Almagro. Mi padre escucha. Asiente. No interrumpe.

— Y, papá. Una cosa más.

— Dime.

— He hablado con la directora de Bellas Artes de Cuenca.

Inmaculada Albizu. Va a aceptar los ocho cuadros como donación.

Y los cuatro de Bruno, cuando él decida.

La donación queda firmada esta semana. Los cuadros se exponen en septiembre.

Sala única. Sin atribuir. Doce cuadros, tres capas, cuatro mujeres.

— ¿Cuatro?

— En el duodécimo cuadro, la tercera capa es un retrato de otra mujer. Una sobrina de tu primo segundo. La hija de la hermana del otro Pedro Aizpún. Una niña que murió en un accidente de tren con dieciséis años. La abuela le pintó el retrato. Visitación Reverter.

Mi padre se queda mirando la pared.

— Visi.

— Sí.

— La conocí dos veces. Era una mujer alta. Hablaba con voz dura.

— Sí.

— Y, ¿la niña?

— La niña se llamaba Carmen Aizpún.

Mi padre cierra los ojos. Pausa.

— Yo a esa niña no la llegué a conocer. Murió en el setenta y cinco o setenta y seis.

Yo estaba en Barcelona haciendo prácticas de ingeniería.

La hermana del otro Pedro Aizpún, Beatriz Aizpún, era una mujer muy reservada.

Visi pintó a su nieta. Y luego, en algún momento, esa tela quedó en el cuarto del otro Pedro. Eso fue lo que pasó.

Mi padre se quita las gafas. Las limpia.

— Lucía.

— Sí.

— Quiero pedirte algo.

— Dime.

— Cuando expongan los cuadros, no quiero ir. No me siento bien para eso. Pero hazme una foto de la sala. Y mándamela. Quiero verla aquí, en la habitación, antes de morirme.

— Te la mando, papá.

— Bien.

Pausa. Mi padre coge la libreta.

— Lucía.

— Sí.

— ¿Te leo una página?

— Léeme.

Mi padre abre la libreta. Pasa hojas. Se detiene.

— Esta la escribí ayer.

Pone las gafas.

— "Tu madre, en agosto del noventa y siete, me dijo una tarde en la cocina de Cuenca: 'Pedro, si yo me muriera mañana, ¿tú le contarías a la niña lo de Bruno?

'. Yo le dije: 'No te vas a morir mañana, Elena'.

Tu madre se rió: 'Lo sé, Pedro. Te pregunto'.

Yo dije: 'No, si tú no quieres, no'. Tu madre se quedó pensando.

Después me dijo: 'Pedro, no estoy segura de querer.

Pero tampoco estoy segura de no querer. Cuando yo muera, tú decidirás.

Te dejo esa decisión. ¿Vale?'. Yo le dije que vale.

Llevo veintinueve años con esa promesa".

Cierra la libreta. Me mira por encima de las gafas.

— Lucía. Decidí callar. Me equivoqué.

— Papá.

— Sí.

— Te perdono. — Una pausa. — Y, papá, sigue escribiendo. Estas páginas son lo más bonito que vas a dejarme.

Mi padre asiente. Las dos manos se le quedan apoyadas en la libreta.

Comemos en el comedor de la residencia. Sopa y pescado. Mi padre come bien. Le bajan el postre, una mousse de fresa, que él rechaza. Pide café. Le dejan. Lo tomamos los dos.

A las tres y media, se va a su siesta. Yo bajo a la sala común a esperar el AVE de las siete.

Hay otras mujeres de mi edad esperando a sus padres, sus madres, sus suegros.

Una me dice "qué bonito hacéis los hijos esto".

Yo le sonrío. No le digo que llevo seis meses descubriendo cosas de mi padre que no sabía.

Tampoco le digo que solo ahora, con mi padre dentro de la residencia, yo y mi padre nos hablamos bien.

A las cinco subo otra vez a la habitación. Mi padre ya está despierto. Está sentado en el sillón. Tiene una bandeja con merienda al lado.

— Lucía.

— Papá.

— Tomás viene mañana.

— Lo sé.

— ¿Vendréis los dos un día juntos?

— Vendremos juntos en julio. Tomás se viene una semana entera y nosotros nos turnamos.

— Bien.

Pausa.

— Papá.

— Sí.

— Te quiero.

— Yo a ti.

Me voy a las cinco y media. Le beso. Me besa. Bajo. La recepcionista, Marina, me dice "tu padre está mucho mejor que cuando entró". Le digo "lo sé". Se lo agradezco. Salgo.

En el AVE de las siete, mirando por la ventana cómo cae la luz sobre Castilla, abro el portátil. Empiezo a redactar el texto de la cartela que acompañará la donación.

"Doce retratos en tres capas. Donación anónima. Cuenca, junio de 2026.

Cada uno de estos doce cuadros contiene tres capas de pintura, hechas en momentos distintos por tres manos distintas.

La capa superior, retrato en estilo XIX.

La capa intermedia, retrato de mujer joven.

La capa profunda, composición figurativa.

Las tres capas conviven en la misma tela, sin solaparse del todo.

La capa superior conserva la pintura de las dos capas anteriores debajo.

La donante ha decidido no retirar las capas inferiores. La donante ha decidido no atribuir las firmas. La donante ha decidido, también, que los doce cuadros se expongan juntos en una sala única, sin más explicación que esta cartela.

Estos cuadros llegaron a la donante a través de una historia familiar que la donante no contará.

Lo que importa de estas pinturas es lo que se ve, y, sobre todo, lo que no se ve.

Cada tela ha sido pintada tres veces, y cada vez una mujer joven ha sido cubierta por otra mujer joven, y otra por otra.

Esa estratificación es la pieza. No la pintura superior.

No la pintura intermedia. No la pintura profunda. La estratificación.

Quien venga a esta sala que se quede el rato que necesite.

Mire las pinceladas que se ven. Imagine las que están debajo.

Piense en las cuatro mujeres que cabían en una sola tela.

Piense en las pintoras y los pintores que las quisieron lo bastante como para no destruirlas y, al mismo tiempo, no atreverse a dejarlas a la vista. "

Cierro el portátil. Lo guardo en la mochila.

Cuando llego a Cuenca, son las once y media de la noche.

Abro la puerta del taller. Enciendo la luz suave. Los doce cuadros, ya restaurados los doce, ocupan la pared del norte. Los doce me miran. Yo los miro. Me siento en el taburete.

Mañana empiezo el embalaje para llevarlos a la universidad.